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1CATEQUISTA, ENSEÑAR EL AMOR Y ENSEÑAR A AMAR
-Por padre Fernando Pascual-

Toda la actividad catequética gira en torno a un centro insustituible: la caridad. La catequesis, en efecto, no puede limitarse a exponer una doctrina o a presentar la intervención salvífica de Dios en la historia humana.

La catequesis va mucho más lejos, pues permite al catequizando avanzar hacia el conocimiento y la adhesión libre a las verdades de fe, y hacia un estilo de vida que caracteriza profundamente a todo cristiano: la caridad. Ayuda, en ese sentido, articular la catequesis sobre la caridad desde sus raíces en la Revelación, desde la reflexión teológica y desde la misma vida de la Iglesia.

La Biblia es un magnífico espejo de lo que es la caridad cristiana. Nos muestra el amor creador de Dios, que de la nada llama a la vida a las creaturas, que constituye al hombre en una dignidad muy particular. Nos enseña el misterio del pecado, en el que se pierde la armonía con Dios y la armonía entre los hombres. Nos abre a la esperanza de un Redentor. Y nos permite descubrir, a través de la Encarnación del Hijo de Dios, el rostro misericordioso y lleno de Amor del Padre.

2La comunidad cristiana primitiva vive un clima de oración y de caridad, de culto a Dios y de servicio al hermano. Hacer una lectura sapiencial y profunda del himno a la caridad que nos ofrece san Pablo (1Cor 13) o de las distintas invitaciones a la unidad, al amor, a la comprensión, a la paciencia, a las buenas palabras, al ejercicio activo de la atención a los pobres y a los más necesitados, será una manera maravillosa de introducir a los catequizandos, según sus diversas edades, en el mensaje divino sobre el amor.

La Tradición y la vida de las primeras comunidades cristianas han dado un realce profundo a la caridad de diversas maneras y en las distintas formas en las que la Iglesia practicó e “institucionalizó” la vivencia del mandamiento del Señor. En la Carta a Diogneto (n. 10) encontramos este rica reflexión: “Ahora, conocido que hayas a Dios Padre, ¿de qué alegría piensas que serás colmado?, ¿o cómo amarás a quien hasta tal extremo te amó antes a ti? Y en amándole que le ames, te convertirás en imitador de su bondad. Y no te maravilles que el hombre pueda venir a ser imitador de Dios. Queriéndolo Dios, el hombre puede. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente sobre nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en enriquecerse y violentar a los necesitados. No es ahí donde puede nadie imitar a Dios, sino que todo eso es ajeno a su magnificencia.

3El que toma sobre sí la carga de su prójimo; el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello justamente en que él es superior; el que, suministrando a los necesitados lo mismo que él recibió de Dios, se convierte en Dios de los que reciben de su mano, ése es el verdadero imitador de Dios”.

La teología ha buscado explicitar y profundizar la relación que existe entre el amor a Dios y el amor al prójimo. Podríamos recordar aquí lo que se indica, en una síntesis densa y llena de riquezas, el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1822-1829. O las diversas y articuladas reflexiones de santo Tomás de Aquino en su inigualable Suma de teología. La raíz profunda de la caridad radica precisamente en el amor a Dios, que incluye necesariamente el amor al prójimo. En palabras del Papa Juan Pablo II, “sólo quien se interesa por el prójimo y sus necesidades muestra concretamente su amor a Jesús. Si se cierra o permanece indiferente al «otro», se cierra al Espíritu Santo, se olvida de Cristo y niega el amor universal del Padre” (audiencia general, 20 de octubre de 1999).

4El Papa Benedicto XVI, en la segunda parte de la encíclica Deus caritas est, ofrece elementos y reflexiones de gran importancia sobre diversas dimensiones de la caridad. Podemos, por ejemplo, leer al inicio del n. 25: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (liturgia) y servicio de la caridad (diaconía). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”. Toda la Iglesia está llamada a convertirse en una vivencia continua de la caridad.

La catequesis, en esta línea, necesita pasar de la doctrina a la dimensión motivacional-operativa. Los destinatarios (niños, adolescentes, adultos) no pueden dejar de sentir, dentro de sus corazones, un movimiento profundo que les impulse a vivir el amor. Amor a Dios y amor al prójimo, ciertamente, son inseparables para la vida cristiana. Conforme más crece el primero, más aumenta necesariamente el segundo. Si el primero falla, fallará el segundo; y si no existe amor al hermano podemos estar seguros de que el amor a Dios está envuelto en cenizas.

5Es de especial importancia hacer descubrir que en cada ser humano está presente Jesucristo. Pues Cristo se ha unido, en cierto modo, a cada hombre, como nos recuerda el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et Spes n. 22). Por eso, quien ama al hermano ama a Cristo. Esta verdad, enseñada y explicada, desencadena un dinamismo en el corazón que lleva a una actitud de benevolencia y de cariño hacia todos. Si se nos permite un neologismo, lleva a una “benepensancia” (pensar bien, mostrar una actitud profunda de cariño) que conduce luego a la “benedicencia” (otro neologismo con el que se indica ese buen hablar, tanto del hermano como del “extraño”, si es que podemos considerar a alguien como extraño después de la venida de Cristo). O, en palabras de san Pablo, “por encima de todo esto revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,14).

La caridad debe llegar, por tanto, a todos los niveles de la persona. Pensar, querer, actuar desde el amor: hacia todos y en todo. Hay que promover corazones profundamente enamorados de la propia familia, leales y sinceros con los amigos, dispuestos a abrirse al extraño, capaces de perdonar al enemigo, comprometidos en la ayuda a los más necesitados (el pobre, el enfermo, el forastero, el encarcelado, el anciano, el perseguido). Estas y otras acciones serán la consecuencia lógica de un trabajo catequético bien orientado y sumamente práctico.

6Para la vida ordinaria, conviene subrayar la importancia de los detalles, de los pequeños gestos. Dar una limosna al pobre es siempre un magnífico gesto, pero añadirle una sonrisa y una palabra de afecto puede valer mucho más que el simple ofrecimiento de una ayuda material. El perdón y la promoción de la paz deben ser también dimensiones a tener siempre presentes. Mantienen todo su valor las palabras del mensaje de la paz de Juan Pablo II para la Jornada mundial de la paz del año 2002: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. Valen para un mundo que llora ante guerras evitables, y valen para esos pequeños o grandes conflictos que jalonan la vida ordinaria de tantos bautizados.

La catequesis puede hacer una labor inmensa en la enseñanza y en la promoción de la verdadera caridad cristiana. De esta manera, será posible asumir la invitación del Papa Benedicto XVI al inicio de la encíclica Deus caritas est (n. 1): “Mi deseo es insistir sobre algunos elementos fundamentales [de la caridad], para suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino”.

 
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