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1EJERCICIOS IGNACIANOS. Líneas teológicas estructurales.
-Por Fray Alejandro Ferreyros, OFMconv-

1º PARTE. EL DESIERTO COMO LUGAR DE ENCUENTRO. En la experiencia del pueblo de Israel y de la misma humanidad el desierto tiene múltiples significados. Veámoslos.

El desierto es el lugar de la esencialidad y de la gratuidad. Allí no se puede ir cargado más que con lo indispensable para la travesía, ya que lo superfluo se transforma en obstáculo y se debe aprender a contar con lo que realmente cuenta y es indispensable para poder atravesarlo ya que casi por definición el desierto no es un lugar para habitar sino necesariamente de paso.

El desierto es desierto, dice transitoriedad, período de prueba y de lucha, de preparación e iniciación, de regreso al origen y de lanzamiento a una misión. Es la imagen del desierto la que reaparecerá cada vez que, en la simbólica de la creación renovada, el pueblo de Dios vuelva a establecer su alianza con Él. Es por eso que el éxodo a través del desierto será paradigma de todo paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del alejamiento al encuentro, de la idolatría a la vivencia de la Alianza como encuentro amoroso y dinámico de una vida personal y social de relación con Dios.

2La peregrinación a través del desierto se vuelve símbolo de la vida del creyente en la medida en que la purificación del camino lo prepara para una dimensión nueva de su existencia que comienza al otro lado del recorrido.

En la soledad del desierto, donde no se pueden escuchar otras voces sino la de Dios, el creyente y el pueblo aprende a reconocer la voz de su Señor y a experimentar su providencia. En el desierto no se puede cultivar, se vive de lo que Dios manda. La vida se vuelve experiencia de gratuidad, contacto permanente con la muerte y experiencia incesante de dependencia amorosa del Dios de la vida.

El desierto es también lugar de elección. Desde lo profundo de su libertad el hombre tiene siempre la posibilidad de volverse sobre sus pasos, de probar la nostalgia de las cebollas de Egipto, de retroceder y de rechazar el don de la libertad ofrecida en gratuidad laboriosa.

No es por propia iniciativa que el Pueblo de Dios va al desierto. En el inicio, como en la creación, hay un momento de gracia, una invitación a alzarse y caminar desde la decisión de la propia libertad que se pone en marcha, respondiendo a la gracia recibida ya en la propia posibilidad de alzarse.

3En el encuentro, en el cara a cara con Dios de la intimidad probada se prepara la misión, se descubre el sentido de la vida y de la propia historia, se reorientan las propias opciones, se toman las decisiones que forjan el futuro y adiestran a la dinámica de un encuentro incesante que se vuelve adiestramiento para la escucha y el discernimiento de una llamada que se transparenta en las respuestas sucesivas de la vida cotidiana.

En su múltiple valencia el desierto se nos presenta en la tradición del Antiguo y Nuevo Testamento como el lugar privilegiado y necesariamente transitorio, en el que Dios, por gracia, prepara a su pueblo a través de la purificación que significa el encuentro con su intimidad, purificándolo de obstáculos e impedimentos, adiestrándolo en la dinámica de la escucha y el discernimiento de su voluntad para poder elegir, desde la radicalidad de la propia libertad consolidada en la gracia de la vocación descubierta, la misión a la que está llamado.

EL DESIERTO DE IGNACIO

4En la España del S. XVI en la que se sitúa la experiencia de Ignacio de Loyola, el recogimiento y la exploración de los caminos de la interioridad hacen especialmente actual la experiencia del desierto. En la conjunción de la tradición recibida a través de la meditación de la Escritura, la formación teológica y algunas lecturas espirituales con la propia experiencia, tanto en su convalecencia como en Manresa, está la clave de la originalidad del desierto ignaciano.

La experiencia del desierto se estructura a partir de una finalidad concreta: desapegar al hombre de las afecciones desordenadas para que pueda ordenar la propia vida según Dios a través de una experiencia espiritual personal. Con gran lucidez señala los medios concretos y adaptados personalmente para lograr este fin, las distintas actividades para cada día a lo largo de las distintas etapas (semanas) del mes de ejercicios con la guía de un experto entrenador que distribuye los ejercicios, según la necesidad del ejercitante y acompaña el discernimiento, permitiendo un entrenamiento en la dinámica del mismo que llevará paulatinamente al ejercitante a poder caminar por sí mismo.

5En su forma más pura el desierto ignaciano, sobre la base de lo que hemos señalado anteriormente, se realiza en el retiro, en el silencio, en forma personal de modo que el ejercitante se encuentre tú a Tú con Dios; ya que una de las cosas que deberá aprender es que sólo Dios basta. Cualquier otra cosa que no sea Dios, durante el tiempo del encuentro es prescindible. Por este mismo motivo se reserva el espacio y el tiempo para la participación diaria a la misa y a la liturgia ya que lejos de ser motivo de distracción profundizan el encuentro en su dimensión sacramental. Se debe destacar aquí que el fruto del retiro es obra principalmente de la gracia y ésta nos llega en forma especial por medio de los sacramentos.

Adentrándose en la profundidad del silencio lo que aparentemente era un vacío casi insoportable se comenzará a llenar de una presencia distinta que transformando la propia sensibilidad agudizará los ojos de la Fe para descubrir al totalmente otro como el totalmente cercano. Es allí cuando el desierto se transforma en paraíso.

 
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