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1EJERCICIOS IGNACIANOS. Líneas teológicas estructurales.
-Por Fray Alejandro Ferreyros, OFMconv-

3º PARTE. DIOS, EL HOMBRE Y EL PECADO.

Los ejercicios ignacianos, momento privilegiado de experiencia de desierto como posibilidad de encuentro significativo con Dios y consigo mismo para posibilitar el reordenamiento de la vida según Dios y por lo tanto su mejor realización, tienen su origen, no en una teoría abstracta sino en la experiencia fundamental de Manresa a partir de la cual se desarrollará la visión ignaciana de Dios, del hombre y de la relación entre ambos. Tener claridad acerca de quién es Dios y quién soy yo y de la dimensión real de la relación establecida ente ambos es la condición de posibilidad de un cambio de vida que dinamice desde dentro las estructuras antropológicas hacia una realización del yo en una dinámica de relación.

Sin embargo, no basta solamente con conocer la verdad acerca de Dios y del hombre, verdad que no es solamente un dato objetivo sino profundamente experiencial ya que el hombre debe descubrir en su relación concreta con Él quién es, se debe establecer la realidad de la relación que los une o los separa. Es esta la verdad del pecado y de la gracia. Es por eso que la dinámica de los ejercicios debe llevar al ejercitante a hacerse consciente de su verdadera relación con Dios. Superar las ilusiones por medio de una dinámica de discernimiento adecuada será la gran tarea la gran tarea a la que se avocará el ejercitante ayudado por el director para que pueda llegar al momento de la elección con la libertad necesaria en una actitud de indiferencia que le permita elegir lo mejor para la gloria de Dios que coincide con la verdadera glorificación del hombre.

El Dios de Ignacio

2Los ejercicios disponen al hombre para encontrar la voluntad de Dios. Hay un elemento esencial en los mismos que es la motivación, el deseo. La condición para el éxito de los ejercicios está en la voluntad motivada correctamente. A los ejercicios no se va a descansar, a pasear, a aprender algo de religión o a escuchar un buen predicador, se va a discernir y encontrar la voluntad de Dios sobre la propia vida. De aquí la importancia del principio y fundamento y de tener la claridad necesaria acerca de la propia imagen de Dios. Puede ser que esta imagen esté equivocada y haya que corregirla.

Para Ignacio Dios es infinita bondad e infinita majestad. Podemos decir que si la majestad asusta al hombre pecador por su grandeza trascendente, la bondad es su corrector ya que lo hace cercano no por igualdad sino por condescendencia amorosa. El Dios de Ignacio es un Dios que sale al encuentro del hombre, del que brota todo lo bueno desde el primer momento de la creación y que, al ser el creador que nos ha dado la vida lo único que desea es que la tengamos en abundancia y ciertamente que el hombre tendrá vida en abundancia solamente en una relación con Dios plena. Él está cerca del hombre y es fundamentalmente providente, nos conoce y lo que es importante: se nos comunica, se nos manifiesta. Dios es revelación.

3Es un Dios que se compadece al ver el alejamiento del hombre y manda a su Hijo para reestablecer esta relación. Los misterios de la vida de Cristo que son la base de la meditación de los ejercicios son la prueba de un amor condescendiente que ha querido compartir la indigencia del hombre para revelarle el camino de su verdadera vocación a la vida plena que puede encontrar solamente en una relación con Dios plena y ordenada. Esta relación plenamente ordenada no es ciertamente una obra de la sola voluntad humana sino de la gracia a la que el hombre se debe abrir removiendo los obstáculos, afecciones de todo tipo, que impiden y entorpecen su trabajo en el alma y el ejercicio libre de la voluntad humana. Esta acción del Hijo se continúa en su Iglesia y en el vicario de Cristo, que son los canales ordinarios de la gracia, los lugares privilegiados del encuentro salvífico con la fuerza de su Espíritu. Este Espíritu, que infunde en el hombre la caridad le da también el don de la discreción, para que guiado por él pueda discernir sus mociones e inspiraciones en cada momento. Los ejercicios son entonces una escuela experimental de vida según el Espíritu para poder entrar en una dinámica existencial de encuentro permanente con un Dios, que permanentemente sale al encuentro del hombre haciendo de su vida una historia de salvación: encontrando a Dios en todas las cosas.

El hombre

4El primer fruto del encuentro con Dios es reconocer la verdad acerca de uno mismo. Esto es lo que sucedió a Ignacio en su experiencia de Manresa y lo que proyectará admirablemente en sus ejercicios que son la demostración de la profundidad psicológica de su penetración teológica del misterio del hombre en su relación con Dios.

Antes que nada el hombre es un ser en relación que solamente encontrará su plenitud en una relación amorosa con el Dios que lo ha creado (principio y fundamento). El hombre es un compuesto de un alma inmortal y un cuerpo corruptible. Por lo tanto, según una ley jerárquica, el cuerpo deberá ser subordinado al espíritu y puesto a su servicio para alcanzar el fin. Es el sentido del entrenamiento de los ejercicios que parten de la conciencia del desorden existente que bloquea toda la dinámica espiritual. No hay en él una visión negativa de la sensualidad y de las pasiones sino realista. Más allá de ver los peligros ve en esta dimensión de la persona la gran potencialidad que en ella se esconde para ponerla al servicio de un fin más alto. Es por eso que no se habla de destruir sino de ordenar, redireccionar, encauzar. La sensualidad podrá ser reprimida cuando nos inclina al pecado o por deseo de mortificación para unirse a la cruz de Cristo. Pero hay que tener en cuenta que para Ignacio la mortificación es solamente un medio y nunca un fin en sí misma. El cuerpo tiene que ser respetado y encauzado ya que maltratarlo injustamente puede ser un sacrilegio por ser templo de Dios. Es también canal de expresión de su unión con Dios con relación al apostolado.

5Lo que el hombre recibe por medio de los sentidos y sensaciones lo debe poner al servicio de las facultades superiores que ayudadas por la fe y la acción del Espíritu Santo en el alma abren al hombre al conocimiento y realización de los valores superiores. El uso frecuente de sentir y ver en el vocabulario ignaciano referido a los fenómenos espirituales, las “inteligencias espirituales”, nos hablan de la elevación de los sentidos a la posibilidad de experimentar la cercanía de la presencia del misterio que el hombre percibe y conoce solamente por analogía pero con una clara conciencia de presencia objetiva.

La aplicación de los sentidos a los misterios de la vida de Cristo y la posibilidad de la memoria de hacerlos presentes a la imaginación abren a la comprensión de la trama de la salvación y sobre todo a la posibilidad de la iluminación divina que lleve a “gustar interiormente” el contenido de los mismos. Esta dimensión debe ser acentuada adecuadamente, ya que lo que ayuda al discípulo no es la acumulación de datos en el intelecto, sino el ardor del corazón. Si los misterios no llegan a tocar la conciencia afectiva del sujeto, no pueden tener verdadera influencia en la vida del mismo.

Este encuentro tendrá repercusiones psicosomáticas como manifestación de la dinámica interior: lágrimas, sensaciones de calor o frío, y otro tipo de manifestaciones. No deben ser buscados por si mismos los dones extraordinarios para evitar afecciones desordenadas a lo que no es esencial. De este modo se manifiesta un optimismo antropológico fundamental, ya que el hombre puede, con la ayuda de la gracia y las virtudes y dones infusos por el Espíritu, no solo vencerse a sí mismo reordenando su bagaje tendencial sino canalizar sus pasiones y su potencial afectivo hacia los valores del Reino: no se trata de renunciar al amor sino de reorientar toda la potencialidad de las pasiones según el plan de Dios. El modo concreto como puede el hombre reconocer esta voluntad de Dios en su vida es por medio del discernimiento de espíritus, con el uso adecuado de sus facultades naturales guiadas por la enseñanza de la Iglesia y la prudencia o, en caso de que se produzcan, secundando las claras inspiraciones en las que el Señor no deja dudas acerca de su voluntad.

6Todo este dinamismo espiritual está dirigido a la acción, a la práctica concreta de las virtudes y al anuncio de la Buena Noticia. Para esto no se deberán descuidar los medios humanos que son los instrumentos concretos que Dios da para secundar su acción en el mundo con la clara conciencia de que es él el verdadero protagonista. La característica de la acción será la caridad discreta que informa la prudencia en la regulación de las distintas actividades.

El camino ignaciano contempla al hombre en su situación existencial concreta, siempre dirigido hacia la superación de sí mismo ya que fue creado a imagen del Hijo y redimido para gozar de la gloria. Por medio de una dinámica de escucha y discernimiento camina en la realización de la voluntad de Dios en su vida conformándose a la actitud obediente del Verbo encarnado. Esta circularidad amorosa y obediencial transforma su vida en un proceso pascual de muerte a todo lo que lo aleja de Dios y despertar a la verdadera vida que se manifiesta en el seguimiento concreto. La contemplación de Dios en todas las cosas los transformará en un místico que en una dinámica de encuentro descubre el rostro del amor eterno que se revela desvelándose en la misma historia.

 
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