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1LA ALEGRÍA DE LAS BIENAVENTURANZAS
-Por pbro. Jesús Olmedo-

El “Monte de las Bienaventuranzas” fue un anticipo y el preludio del Monte Calvario. El mensaje de Jesús era claro y determinante; y a la larga, le iba a costar la vida.

Optar por los pobres y excluidos, llamándolos felices y prometiéndoles el Reino, fue interpretado como algo subversivo y no agradaba a los ricos de entonces, preocupados únicamente de sus riquezas y de su adorar, idolátricamente, al “oro del becerro”, incluso a costa de destruir la creación. Desde entonces, Jesús comenzó a jugarse la vida.

La discusión exegética sobre el significado semántico de “pobres”, tal como aparece en el Evangelio de Mateo y de Lucas, lo vamos a soslayar, dejando bien claro que Jesús se refería a los “Anawin”, término hebreo que abarcaba a todos los humildes, oprimidos, marginados, enfermos y desamparado de aquel tiempo, reconocidos social y religiosamente, como “Pobres de Yavé”. Los desgraciados y olvidados de la sociedad judía se acercaban a Yavé con toda confianza y el deseo de cumplir su voluntad. En este sentido, podríamos hablar de los “Pobres de espíritu”, que rechazaban los “ídolos materiales” de la plata y la riqueza, no aceptando otro Dios, que el Dios de la vida y la fraternidad, y al único que había que adorar en espíritu y verdad.

2Recordamos que el Profeta de Nazaret fue enviado a anunciar la “Buena Notica” a los pobres, declarando, en el “Sermón del Monte”, su felicidad y bienaventuranza, porque de ellos es el Reino de los cielos; al mismo tiempo, alababa a su padre y lo glorificaba, por haber revelado su misterio a los pequeños y humildes, y ocultado a los poderosos.

¿Qué pasa con los ricos de este mundo? ¿También se dirigen a ellos las Bienaventuranzas? Jesús fue muy claro a este respecto: siempre quiso dialogar con ellos y ofrecerles su mensaje de salvación. Las riquezas impedían la aceptación del Reino y dificultaban, enormemente, su entrada en él; por eso predica, especialmente, a los pobres y a todos los que querían seguirlo y cumplir las exigencias del Evangelio y el espíritu de las Bienaventuranzas. La opción era libre, pero traía sus consecuencias.  El mundo sigue llamando felices a los ricos y bienaventurados a los que poseen y acaparan las riquezas. La dinámica del Reino es otra, y no existe más alternativa para entrar el, que compartir las riquezas y bienes, globalizando la solidaridad, respetando la creación y construyendo un planeta nuevo y distinto, y una sociedad justa y fraterna. Solo entonces, los que poseen los bienes de esta tierra sentirían la alegría de las Bienaventuranzas y serán felices de poseer, igualmente, el Reino de Dios, ya en este mundo, aunque proyectado y planificado en el Reino eterno del Amor.

De una forma más integradora, tato unos como otros, llegaríamos a ser plenamente felices y dichosos, poniendo nuestra confianza no en el poder y la riqueza, sino en el Dios de la vida y en el Reino de la justicia y la fraternidad universal.

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Extraído de: Jesús de Nazaret. Aproximación cordial, vivencial y creyente desde los pobres, Editorial San Pablo, pp. 156-157/ LITURGIA COTIDIANA 246/

 
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