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DEJAR LAS ADICCIONES
-Por Merche Crespo-

Aitor estuvo 25 años viviendo en la calle, frente a la puerta de la Catedral de San Sebastián (España), hasta que el obispo de esa ciudad le acogió en su casa durante la pandemia y luego le ayudó a ingresar en la Comunidad del Cenáculo.

Nuestro protagonista, hijo de padres alcohólicos, pasó su infancia en centros y familias de acogida, puesto que a sus padres les quitaron su custodia y la de sus 8 hermanos. Hizo el servicio militar, aprendió albañilería y trabajó en la construcción, pero a los 22 años ya comenzó a vivir en la calle, a robar y a consumir alcohol de manera habitual.

Así estuvo más de 25 años, malviviendo frente a la puerta de la Catedral de la ciudad de San Sebastián, durmiendo en ocasiones en centros de Cáritas o en albergues municipales. Incluso ingresó en alguna ocasión en la cárcel. Hasta que Monseñor Munilla, obispo de la ciudad, le propuso dejar el alcohol y le acogió en su casa.

Aleteia ha hablado con Aitor, que se ha trasladado a vivir a Alicante, ya que José Ignacio Munilla es obispo actualmente de esa diócesis de Orihuela-Alicante , después de 12 años como obispo en San Sebastián.

¿Cómo conociste a Monseñor Munilla y hasta qué punto te ha ayudado a rehacer tu vida?

Yo vivía en la calle, casi siempre frente a la puerta de la Catedral de San Sebastián. Pero alguna temporada también estuve en la cárcel. Un día vino el obispo a visitar a los presos y yo me acerqué a él y le dije: “Estoy aquí por ti”. Resulta que había pintado un grafiti en los muros de la Catedral, un barco y una isla -se ríe-. Tengo dudas de si en aquella ocasión Mons. Munilla intercedió para que me rebajaran la pena.

El caso es que salí y continué viviendo en la calle bebiendo alcohol. De vez en cuando iba por el albergue de Cáritas. Allí realizaba cometas y pulseras en uno de sus talleres. Luego lo vendíamos.

Y luego fuiste a vivir a su casa ¿Cómo fue?

Todo comenzó durante la “Cena del pobre” que se organizó en la Catedral la víspera de Nochebuena. Allí el obispo me habló por primera vez del Cenáculo.

Después de ese encuentro, todas las mañanas una mujer consagrada, llamada María, me llevaba el desayuno al lugar donde yo había dormido, y me seguía hablando del Cenáculo.

Hasta que un día el obispo me dijo que si me decidía a entrar en el Cenáculo él me acogería en su casa, y así prepararme para dar el paso. En ese momento vi la oportunidad de salir de la calle, de dejar definitivamente el alcohol y de mejorar. Lo pensé bien y le dije que sí.

Así que los dos viajamos hasta Lourdes (Francia) donde el Cenáculo tiene un centro, para ingresar en él. Pero me informaron de que antes tenía que desengancharme del alcohol.

Entonces estuve una temporada en casa de Mons. Munilla donde fui reduciendo el consumo de alcohol poco a poco, hasta que me ingresaron en un hospital de Pamplona para poder dejarlo del todo.

Y meses más tarde ingresaste en el Cenáculo…

Sí, pero en ese momento, marzo de 2020, llegó el confinamiento domiciliario, debido al COVID 19, y tuve que quedarme en casa del obispo. Allí estuve ayudando a Mons. Munilla en los trabajos de la Catedral y los domingos grabábamos un vídeo para el Cenáculo de Lourdes para que viesen mi evolución.

También estuve grabando con unas catequistas las parábolas para los niños que no podían venir a la catequesis de manera presencial debido a la pandemia (#EnCasaEnFamiliaConJesus).

Al mismo tiempo, me prepararon para que recibiera la catequesis de confirmación. Así podía ir confirmado al Cenáculo para que el Espíritu Santo me ayudase.

Finalmente, en junio, cuando se acabó el confinamiento, fuimos de nuevo al Cenáculo de Lourdes porque ya no había restricciones y podíamos cruzar la frontera con Francia.

¿Y la adaptación al Cenáculo fue fácil para ti o te costó seguir las normas?

Pues la verdad es que allí no lo pasé bien, ni por la disciplina ni por el idioma, francés, que me costaba entender. Así que sólo permanecí 20 días. Me escapé una noche a las 2 de la mañana y me puse a pedir limosna en el santuario de Lourdes. En un par de horas conseguí unos 70 € para poder regresar a San Sebastián.

De nuevo en la ciudad, tenía miedo de encontrarme con Mons. Munilla, pero sabía que tenía que hacerlo. Después de conversar un rato con él, me preguntó: “¿Qué tal un Cenáculo español?”. Yo contesté que sí.

Entonces el Sr. Obispo habló con el responsable del Cenáculo y me permitieron ir a la Comunidad que hay en Cornudella de Montsant (Tarragona). Así que al día siguiente salimos hacia allí, pero antes pasamos por Lourdes para pedir perdón.

Tampoco en Tarragona fueron fáciles las cosas- afirma-. Me costaba la disciplina, la relación con los demás y no estaba acostumbrado a rezar tanto. Aquello era “más que un convento”. Nos levantaban a las 6 de la mañana y a las 9 de la noche a dormir.

Pero poco a poco me fui familiarizando hasta sentirme como en mi casa. Aquello me ayudó a ordenar mi vida, mis hábitos, a perder la vergüenza para hablar con los demás, y también me di cuenta de que podía ayudar a otros. Me sentía querido y valorado.

La base de la vida en el Cenáculo es “Amistad, trabajo y oración”. ¿Puedes explicarlo brevemente?

Sí, allí descubrí la amistad verdadera y desinteresada. Cuando vivía en la calle la gente no me ayudaba y los amigos no lo eran tanto en realidad, solo se movían por interés.

Sin embargo, en el Cenáculo, todos los domingos apuntábamos en un papel los nombres de otros “hermanos” de la casa -así nos llamamos entre nosotros- con los que queríamos hablar cada día de la semana siguiente. Y durante esas conversaciones “de amigos” hablábamos y escuchábamos. Esta es la forma para conocernos mejor y trabajar la amistad.

Otra clave del Cenáculo es el trabajo: durante el tiempo que estamos residiendo en la casa realizamos pulseras y rosarios para venderlos, cuidamos de los animales, del huerto, segamos la hierba, realizamos labores de mantenimiento, de carpintería y albañilería y algunos se dedican a la cocina de la comunidad.

A mí personalmente lo que más me gustaba hacer era cuidar de los animales y realicé también alguna obra de albañilería, como unas escaleras. Es la manera de sentirse útil y colaborar e implicarse con la comunidad.

Por último, en el Cenáculo se dedica mucho tiempo a rezar. Allí me di cuenta de que realmente el Señor está presente y nos acompaña. Además, fui más consciente de los problemas de los demás, gracias a la oración.

¿Cómo es tu vida ahora?, ¿Tienes algún proyecto personal, laboral o social?

Respecto a mi futuro, aún no lo he pensado, lo que Dios quiera para mí. Desde hace un mes vivo en Alicante, que es donde ahora está Mons. Munilla. Y gracias a Dios estoy trabajando en una empresa de limpieza y mantenimiento.

En el Cenáculo, cuando los internos llevan más o menos un año y medio, les dejan salir durante una semana —lo que se llama la “Verifica”— para revisar sus avances y aquellos aspectos que todavía necesitan mejorar. Cuando Aitor hizo su “verifica” en San Sebastián, Mons. Munilla le anunció que le habían nombrado obispo de Orihuela-Alicante. Le ofreció ir con él. Aitor “le dijo que sí, como María”.

Según tu experiencia, ¿Cómo crees que podemos ayudar a otros que, como tú, están desorientados o viven dependientes de sus adicciones?

Después de mi vivencia, creo sinceramente que, si alguien quiere desengancharse de verdad del alcohol o las drogas, el Cenáculo es el lugar apropiado. No es necesario tomar pastillas ni nada, allí los amigos y compañeros te acompañan a tirar para adelante, si te caes, te levantan.

Además de esta amistad verdadera, en el Cenáculo cuentan con el trabajo y la oración, que ayudan y son la clave para salir del hoyo.

Yo invito a todos a ir y probar, no hay edad para hacerlo, hay chicos muy jóvenes, pero también adultos, como es mi caso. Pueden estar el tiempo que necesiten, y marchar si quieren, aquello no es una cárcel. Solo hay que acostumbrarse, poco a poco, al ritmo de trabajo y de colaboración con el funcionamiento de la comunidad: empezar por hacerse la cama, cuidar la ropa propia y tener la habitación limpia, más o menos “como en el cuartel”.

En el Cenáculo -continua-, dejas las drogas de verdad y descubres que una vida nueva es posible. Muchos rehacen su vida completamente, incluso se casan y tienen hijos. De hecho, la semana pasada fui a Valencia a un encuentro de antiguos compañeros que han salido del Cenáculo recientemente como yo. Te reúnes con ellos, les preguntas qué tal les va. Hay una amistad verdadera.

¿Piensas que Dios y la Virgen te han asistido durante esta “renovación”?

Si, por supuesto. Tanto el Señor como la Virgen me han levantado y ayudado en muchas ocasiones durante este proceso. También yo se lo he pedido mucho. Es lo que me insistían en el Cenáculo: la importancia de la oración. Para mí ha sido una gran prueba aguantar día a día, pero gracias a la ayuda de Dios y de los compañeros, lo he conseguido.

Nunca pensé que podría estar durante 2 años en el Cenáculo, a menudo tenía ganas de abandonar. Pero entre el Aitor que entró en junio de 2020 y el que ha salido en mayo de 2022 han cambiado muchas cosas. Ya no veo la vida de la misma manera, ahora he aprendido a valorar todo mucho más. Antes todo me daba igual.

Pero gracias al ritmo del Cenáculo se aprende a vivir de nuevo y a salir del bache. Se dejan atrás todas las adicciones y te lo piensas dos veces antes de volver a hacerlo.

Por último, ¿qué conclusión sacas de todo lo vivido? Supongo que estarás muy agradecido e ilusionado.

Doy las gracias a toda la gente que ha estado a mi lado durante este tiempo, día a día, insistiendo. Es lo que más valoro.

En el Cenáculo, por ejemplo, los encargados también han sido adictos, pero Dios les ha ayudado y ahora ellos ayudan a los demás dedicando unos años a esta tarea. Si a mí el Señor me llamara para realizar esta labor, también colaboraría. Y si en Alicante hubiera un centro del Cenáculo, seguro que sí.

Desde aquí quiero aprovechar para invitar a cualquiera que esté en mi situación anterior a que ingrese en el Cenáculo, que lo intente. Allí hay gente buena que le puede ayudar y si no quiere seguir, puede marcharse, tiene libertad. En el Cenáculo ingresan personas de todas las edades, algunos muy jóvenes, pero también gente más mayor, como yo. Nunca nada está perdido.

Para mí es importante no olvidar nunca de donde he venido y mirar ahora donde estoy. Gracias a Dios y a la Virgen que me han ayudado a crecer. Ahora lo valoro y estoy ilusionadísimo y con mucha fuerza para seguir adelante.

A quienes acogen se les propone un estilo de vida comunitaria simple y familiar: se les recibe gratuitamente como signo de amor verdadero; la amistad sincera como base de las relaciones humanas y del amor fraterno; redescubren el trabajo vivido como un don y el esfuerzo para madurar en las responsabilidades de la vida; por último, la oración y la fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, es la respuesta a la necesidad de amor infinito que habita en el corazón humano.

 
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