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1CONVIVIR CON EL MAL
-Tomado de: Nº 1208 LA REVISTA CATÓLICA-

Tendremos que saber convivir con el mal sin connivencias ni escándalos.

Dios, como el sembrador, tiene paciencia con su campo, para que la sementera pueda dar su fruto […]. La impaciencia no legitima al discípulo como tal, ¡mucho menos la intolerancia!, solo las buenas obras. Crecer junto al mal, sin hacerse malo, es la suerte del discípulo.

Es tan evidente el mal, su presencia, tan cotidiana, tan claro su predominio, que sería de necios atreverse a negar su realidad, lo mismo que imaginarnos libres de su poder. Y bien sabemos que no hace falta asomarnos al mundo de los demás para toparnos con el mal, inevitable invencible en apariencia.

Para llegar a descubrir el rostro de la maldad y su eficacia basta con mirarnos a nosotros mismos. Fijarnos, sin ir más lejos, en nuestras manos y en nuestro corazón bastaría para verlo cara a cara. Estamos tan inclinados a exculparnos a nosotros mismos que solemos echar la culpa a cualquier otro, empezando siempre por los que no están más próximos. Jesús quiere que aprendamos a convivir con el mal sin permitirle que crezca en nosotros.
Un día se lo dijo a sus oyentes, pueblo y discípulos, cuando les propuso esta parábola:

2“Con el Reino de los Cielos sucede lo que con un hombre que sembró buena semilla en su campo. Mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Y cuando creció la hierba y se formó la espiga, apareció también la cizaña. Entonces los siervos vinieron a decir al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es posible que tenga cizaña? Él les respondió: “Lo ha hecho un enemigo”. Le dijeron: ‘Quieres que vayamos a arrancarla?’ Él les dijo: ‘No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos ambos hasta el tiempo de la siega, entonces diré a los segadores. Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, pero el trigo amontonadlo en mi granero”.

Con la parábola de la cizaña y el trigo Jesús quería aludir, sin aclararla del todo, a esa misteriosa presencia del mal en nuestro mundo; quiso, sobre todo, dar respuesta a nuestra angustia ante su amenazante poder. Más que enseñarnos algo sobre el misterio del mal, Jesús pretendía convencernos de la bondad de Dios, de su paciencia y su mesura con los malos.

No busca de nosotros que nos conformemos con la presencia del mal en nuestro entorno, espera que no nos sintamos solos frente a él. No le niega su realidad ni empequeñece su poder. Pero no quiere vernos temerosos ni preocupados en demasía. Intenta hacernos amar a Dios y gozar de su presencia más que temer el mal, su ausencia.

3Jesús nos transmite dos convicciones muy suyas: el mal es real, como el mundo y como el hombre. Hay que contar, pues, con él en un mundo creado por Dios y anidado dentro del hombre hecho a imagen de Dios. La creación, como el campo, ha quedado sembrada de él. De poco sirve discutir su origen, cuando lo decisivo es escapar de su poder… No todo lo que crece, tras su predicación, es trigo limpio. Pero – y no deja de sorprender- al mal que él no plantó, no lo va a extirpar antes de tiempo. La buena semilla ha de crecer junto a la mala, y madurar. El día ha de llegar en que se haga justicia, mientras tanto, a todo lo que haya germinado Dios le concede una oportunidad.

Tendremos que saber convivir con el mal sin connivencias ni escándalos. Dios como el sembrador, tiene paciencia con su campo, para que la sementera pueda dar su fruto. Habrá que acostumbrarse a responder a Dios junto a quien lo ignora; intentar hacer su voluntad entre quienes no la niegan. La impaciencia no legitima al discípulo como tal, ¡mucho menos la intolerancia!, solo las buenas obras. Crecer junto al mal, sin hacerse malo, es la suerte del discípulo.

 
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