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SEPTIEMBRE: SAN JUAN MACÍAS

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1Su infancia

San Juan Macías nació en Ribera de Fresno (Badajoz, España) el año 1585. Sus padres fueron Pedro de Arcas y Juana Sánchez, pero luego a él lo llamaron Juan Macías porque a los pastorcitos se los llamaba "los Macías". Es que Juan quedó huérfano a los cuatro años y se hizo cargo de él un tío que desde pequeñito lo dedicó al pastoreo. Esto le duró a Juan hasta los 8 años de edad, momento en que decidió marcharse de la casa de su tío.

Desde niño Juan era muy modesto y amigo de las cosas religiosas, frecuentaba las iglesias y oía con gran atención los sermones, que a su manera contaba a otros niños. Su infancia estuvo marcada por una especial devoción a la Virgen María, particularmente mediante el rezo del Rosario. Las largas horas cuidando ovejas le permitieron adquirir hábitos contemplativos. En esos momentos pensaba mucho en el texto del Apocalipsis: "vi un cielo nuevo y una tierra nueva" y lo identifica con las Américas, hacía poco descubiertas.

Viaje al Nuevo Mundo

2Conoció a un comerciante con el que trabajó y, cuando tendría unos veinte años de edad, con él logró hacer el viaje a la tan anhelada América. En una nave mercante llegó a Cartagena de Indias (Colombia) y más tarde a Lima (Perú), lugar donde se estableció hasta su muerte.

En la capital peruana trabajó con unos ganaderos, ya que conocía el trabajo con animales de campo desde su infancia. Mientras tanto fue conociendo y contactándose con la Orden de Santo Domingo de Guzmán, o “Dominicos” (Orden a la que también pertenecieron los santos peruanos y limeños san Martín de Porres y santa Rosa de Lima, contemporáneos y amigos de Juan Macías).

Su vocación

Juan se decidió y en 1622, con 37 años de edad, pidió ingresar a la Orden con el hábito de hermano cooperador (o lego), en el convento de Santa María Magdalena. Realizó su noviciado, y al término de éste profesó los votos religiosos.

Su vida se distinguió por una gran pobreza, humildad y caridad, fue una persona sencilla y siempre abierta al cambio de vida. Aprendió de los acontecimientos y de la lectura de la Palabra de Dios. Su oración era muy profunda: en ella la Virgen María y San Juan Evangelista le ayudaban a encontrarse permanentemente con Cristo. Se dice que incluso tuvo momentos de éxtasis místico. Fue un hermano muy respetuoso de los consensos comunitarios, incansable trabajador y por sobre todo, obediente.

3La portería de la caridad

Fue portero del convento durante veinticinco años. Desde ese puesto ejercitó una increíble obra de beneficencia material y espiritual con limosnas y con el rosario ofrecido por los pecados propios por los demás y en sufragio por las almas del purgatorio. Su humildad era enorme, a los pobres y mendigos les daba de comer arrodillado, y mirando el suelo. Su mayor deseo siempre era pasar desapercibido.

Tuvo también mucho influjo en la ciudad con sus consejos. Hasta el propio Virrey se acercó a Juan Macías para recibir consejo del humilde fraile. Desde la portería Juan estaba expuesto a todos y a todos recibía con exquisita delicadeza, pero lo realizaba más por obediencia que por propia iniciativa, ya que su más íntimo deseo era ser ignorado. De él se dijo que si no fuera por la obediencia, nadie le habría visto jamás el rostro.

Aquella portería de la Magdalena se convirtió en lugar de comunión y participación de pobres y enfermos. Allí Juan Macías oraba con ellos, les impartía catequesis y les ayudaba en sus necesidades.

Su acción fue más allá del recito conventual. Fue capaz de amaestrar un burrito que con él pidió limosna por la ciudad. Más de una vez, sin guía alguna, el burrito se dirigía a las casas de los necesitados llevándoles alimento.

Semblanza Espiritual

4San Juan Macías procuró ocultar siempre la estimación que de su santidad hacían todos, dentro y fuera del convento, lo mismo los grandes señores que los pobres a quienes en la portería daba sustento. Teníase por indigno de tratar con los demás religiosos, estimando no solamente a los sacerdotes, sino también a los novicios y conversos como si cada uno fuera su superior. Las reprensiones las llevaba con mucha paz sintiéndose mortificado cuando era alabado.

Su obediencia era tan pronta que, sin formar juicio de lo que le mandaban, inmediatamente lo cumplía. Bastaba con que el superior le hiciese la más mínima señal o indicación para dejar hasta los mismos ejercicios espirituales y hacer lo que le mandaban.

Su caridad con los pobres fue grande en socorrerlos y consolarlos, para lo cual se daban ayuda los nobles de la ciudad y de otras partes. En cada pobre veía a Jesucristo. Socorría a todos, en su portería o enviando un criado a las familias necesitadas. Esta caridad que con los pobres ejercitaba, dándoles limosna, la ejercitaba también con los ricos aconsejándoles y consolándolos.

5Santidad

San Juan Macías murió en Lima, el 15 de septiembre de 1645, en la total humildad acompañado de los frailes.

Después de su muerte comenzaron a ocurrir los milagros. Se cuenta que en el año 1678 un novicio dominico haciendo limpieza en su celda levantó un bulto de mucho peso, y como padecía de una hernia inguinal, el esfuerzo que realizó le estranguló la hernia necesitando urgentemente una operación que en aquella época no se practicaba. Los médicos lo dieron por desahuciado y los sacerdotes le administraron la Unción de los Enfermos. El prior del convento le dio un cuadro de fray Juan, que había muerto ya hacía más de treinta años, y todos se pusieron a rezarle para que le curara. Al despertarse el siguiente día vieron que el novicio estaba curado.

6Ese milagro fue uno de los reconocidos para que fuera declarado beato. Fue beatificado por Gregorio XVI en 1813.

El 23 de junio de 1949, en la parroquia Santa María Magdalena, de Olivenza (España), ocurrió otro milagro. Una religiosa repartía el arroz para los pobres, cuando se dio cuenta que no había suficiente para paliar las necesidades de tantos que habían acudido al reparto, se puso a rezarle en voz alta al beato Juan Macías. Al rezar volvió la vista a la olla y vio que para su sorpresa esta rebosante de arroz, y siguió llena mientras seguía repartiendo a los necesitados.

La Iglesia verificó la milagrosa multiplicación de arroz atribuida a la intercesión de Juan Macías, y por eso el papa san Juan XXIII ordenó que se retomara su causa de canonización. Al fin fue canonizado por san Pablo VI el 28 de septiembre de 1975.

Treinta y seis años después de su muerte su cadáver fue exhumado y estaba incorrupto. Actualmente, así se encuentra dentro de su urna en el altar mayor del convento de Santo Domingo, basílica del Rosario, junto con los cuerpos de santa Rosa de Lima y san Martín de Porres.

La fiesta litúrgica de san Juan Macías es el 16 de septiembre.
 
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