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NOVIEMBRE: SANTA FRANCISCA JAVIER CABRINI

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1Sus orígenes

La Madre Cabrini fue la menor de una familia de trece hijos. Nació cerca de Pavia, Italia, en el año 1850.  Su padre, Agustín Cabrini era un cultivador muy acomodado, cuyas tierras estaban situadas entre Pavía y Lodi.  Su esposa, Estela Oldini, era de Milán.

Una de sus hermanas mayores era maestra de escuela y la formó en la estricta disciplina, lo cual le fue muy útil después para toda su vida.

Desde muy pequeña al oír leer en su familia la Revista de Misiones, adquirió un gran deseo de ser misionera. A sus muñecas las vestía de religiosas, y fabricaba barquitos de papel y los echaba a las corrientes de agua y les decía: "Por favor, vayan a países de misiones a llevar ayudas". Para apagarle un poquito su gran deseo de irse de misionera le dijeron que en tierras de misiones no había dulces ni caramelos, entonces empezó a privarse de los caramelos que le regalaban, para irse acostumbrando a no comer dulces.

A los 18 años obtuvo el grado de profesora. Quiso entrar de religiosa en una comunidad pero no la aceptaron porque era de constitución muy débil y de poca salud. Pidió entrar a otra comunidad y tampoco la aceptaron por las mismas razones. Entonces se fue de maestra a una escuela que dirigía un santo sacerdote, el Padre Serrati.
 
Misionera

2Aquel sacerdote se dio cuenta muy pronto de que la nueva maestra de su escuela tenía unas cualidades muy especiales para hacerse querer del alumnado y lograr que sus discípulas se volvieran mejores. Y la recomendó para que fuera a dirigir un orfanato llamado de la Divina Providencia, el cual estaba a punto de fracasar por no tener personas bien capaces que lo dirigieran. Al Sr. Obispo le pareció que era una excelente directora y hasta le aconsejó que tratara de fundar una comunidad de religiosas para que le ayudaran en el apostolado.

El Sr. Obispo le dijo un día: "Me dice que su gran deseo ha sido siempre ser misionera. Pues le aconsejo que funde una comunidad de misioneras. Yo no conozco ninguna comunidad para esa labor tan santa y admirable".

Y Francisca reunió siete compañeras de trabajo y con ellas fundó en 1877 la Comunidad de Misioneras del Sagrado Corazón. A los 10 años de fundada la comunidad fue a Roma a tratar de obtener la aprobación para su congregación, y el permiso para fundar una casa en Roma. En la primera entrevista con el Cardenal Parochi, Secretario de Estado, éste le dijo que la comunidad estaba muy recién fundada y que todavía no se le podían conseguir semejantes permisos. Pero el Cardenal quedó tan admirado de la bondad y santidad de la fundadora que en la segunda visita ya le dio la aprobación y le pidió que en Roma fundara no sólo una casa para niñas huérfanas, sino dos: una escuela y un orfanato.

En aquel tiempo eran muchísimos los italianos que se iban a vivir a Norteamérica, pero allí, por falta de asistencia espiritual corrían el peligro de perder la fe y abandonar la religión. El Arzobispo de Nueva York le pidió personalmente que enviara sus religiosas a ese país a enseñar religión. Ella estaba dudosa porque más bien deseaba que se fueran al extremo oriente, a China. Pero consultó con el Sumo Pontífice León XIII y él le dijo: "No a oriente, sino a occidente". Con esto entendió que sí debían ir a Norteamérica.

Madre de Inmigrantes

3En aquel tiempo, Italia era incapaz de mantener a la población que crecía cada día más, mientras la expansión industrial en el resto de Europa y en los Estados Unidos ofrecía una tentadora promesa de prosperidad. Como lo dijo la propia Madre Francisca: “Si nos hubiéramos quedado en Italia, habríamos tenido que comernos unas a otras.” Así fue como millones de italianos partieron rumbo al oeste. Entre 1889 y 1917, el número de inmigrantes italianos que arribaron a las costas estadounidenses superaba los cuatro millones. La vasta mayoría tuvo que vivir en hacinados tugurios, trabajar en empleos de mísera paga y subsistir a duras penas y sin la ayuda de un maestro, un médico o un sacerdote.

Esta fue la desolación a la cual llegó la “Madre” Francisca Javiera Cabrini. Ciertamente fue una madre para los inmigrantes, porque conseguía ropa y alimento para los huérfanos, cuidaba a los enfermos, y buscaba techo para los pobres y ella misma les enseñaba. Era menuda y frágil, pero tenía un corazón enorme y lleno de amor por sus compatriotas, muchos de los cuales se habían alejado de Dios en medio de la extrema pobreza. Más que limitarse a aliviarles el sufrimiento físico, anhelaba restituirles la fe. “Se han venido a los Estados Unidos para ganarse la vida —decía— pero lo que me aflige es ver que no piensan más que en eso.”

4Llegada a Nueva York

El 31 de marzo de 1889 Santa Francisca llegó con seis de sus religiosas a Nueva York.

Al llegar a Nueva York se encontraron con que las señoras que habían prometido ayudar a conseguir la casa para ellas no habían conseguido nada, y tuvieron que pasar su primera noche en un hotelucho de mala muerte, sucio y destartalado. Y al presentarse al arzobispo éste les dijo desanimado: "No se les pudo conseguir casa. Así que lo mejor que pueden hacer es devolverse otra vez a Italia". Pero la Madre Francisca, que era valiente y tenía una gran fe, le respondió: "No, señor arzobispo, el Sumo Pontífice nos envió para acá, y acá nos vamos a quedar". El arzobispo se quedó admirado del valor de la monjita y del apoyo que le ofrecían a ella desde Roma y les consiguió entonces alojamiento en una casa de religiosas.

A los pocos meses la Madre Cabrini había logrado conseguir una buena casa, buscando ayudas entre los bienhechores, y poco antes de un año ya pudo ir a Italia, llevando las dos primeras novicias norteamericanas para su comunidad. De vuelta se trajo varias religiosas más y fundó su primer gran orfanato junto al Río Hudson.

Nuevas Fundaciones

5La comunidad empezó a extenderse admirablemente en Italia y en América. La Madre Cabrini en penosos y largos viajes fundó una casa en Nicaragua y otra en Nueva Orleáns. En esta ciudad norteamericana los italianos vivían en condiciones infrahumanas, y la presencia de las misioneras fue de enorme provecho para esas pobres gentes.

Las grandes obras que emprendió demuestran que Francisca Cabrini fue una mujer extraordinaria. Su inglés lo hablaba con acento italiano lo que le concedía una gracia especial, y que en cualquier parte donde llegaba la señalaba como una extranjera. Pero ello no le impidió ser amada y estimada por toda clase de personas en los Estados Unidos. Los que trataban con ella de asuntos económicos (en grande escala muchas veces) se quedaban admirados de las capacidades tan impresionantes que esta mujer tenía para salir adelante aun con las obras más difíciles.

La Madre Cabrini había nacido para gobernar. Procuraba vivir al día con las buenas ideas modernas y no se cerraba a lo nuevo por puro capricho por lo pasado. Pero lo nuevo que era escandaloso lo rechazaba valientemente sin más ni más. Era inflexible para hacer cumplir los reglamentos y para exigir buen comportamiento, pero al mismo tiempo se hacía amar por su gran bondad. A sus religiosas les repetía: "No olvidemos que seguimos al Buen Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, que es manso y humilde de corazón. Jamás echemos una cucharada de amargura en la vida de los demás. No seamos duras ni bruscas con nadie. Que los que nos traten se vayan siempre contentos de haber sido tratados muy amablemente por nosotras".

Un hospital y nuevas fundaciones

6En 1892, al cumplirse el cuarto centenario del descubrimiento de América, fundó en Nueva York una gran obra: "El hospital Colón". Luego fundó nuevas casas de su comunidad en Costa Rica, Brasil, Buenos Aires, Panamá, Chile e Italia. Cuando le decían que no emprendiera la fundación de una obra porque iba a encontrar enormes dificultades, respondía: "Pero, quién es el que va a llevar esta obra al éxito: ¿nosotras o Dios?", y emprendía la fundación.

Durante doce años estuvo viajando por diversos países fundando casas de su congregación. Ella podría ser nombrada patrona de los viajeros internacionales. Y en su tiempo el viajar era mucho más complicado y difícil que ahora. Su amor por los pobres y su deseo de salvar almas y de hacer conocer y amar más a Dios la llevó de un sitio a otro del mundo, aunque fueran muy distantes. De Río de Janeiro a Roma, de Francia a Inglaterra y de Italia a Norteamérica. Todo por extender el reino de Dios.

La comunidad, que había empezado con ella y siete hermanas, ya contaba con mil religiosas, enseñando en escuelas gratuitas y orfanatos, y atendiendo en hospitales y otras obras de caridad. Hasta los presos de la peor cárcel de Estados Unidos, la cárcel de Sing-Sing, la proclamaban su bienhechora.

7Su estilo

·  Luchó contra la segregación racial.
·  Dignificó la vida de los inmigrantes italianos.
·  A pesar de su debilidad física, cruzó los Andes en mula para expandir su Instituto.
·  Su accionar se asemejó a los estratégicos movimientos de una partida de ajedrez. Ubicaba sus misiones como almácigos, para cosechar maestras para sus obras.
·  Vivió el dolor de las cárceles, de las minas, de los miserables barrios de inmigrantes, de los pueblos indígenas.
·  Inauguró e impulsó todas sus obras.
·  El tiempo era poco y el mundo pequeño para ella;  quería derramar sobre él, todo el amor de Jesús y de su Madre.
·  Nunca hizo alarde de su piedad. Su mundo interior fue un misterio del cual sus discípulos sólo percibían chispazos a través de sus obras.
·  Su vida ardió en la contemplación del Sagrado Corazón. En Él se confortó e hizo suya su fuerza.

Algunos de sus pensamientos

8“Procuren multiplicar las misiones. Transmítanselo a tantos jóvenes, a los cuales Dios les ha concedido la ciencia y las buenas cualidades. Díganles que no mantengan sepultado el talento recibido. Animen a todos nuestros amigos para que no se cansen de ayudar. Bienaventurados aquéllos que hayan colocado su caridad en el bien.”

“Es ciertamente verdadero que si las gracias no llegan a nosotros es porque nosotros mismos las alejamos con nuestro poco amor.”

“Sigamos las pisadas de María, venzámonos a nosotros mismos, cueste lo que costare y tendremos paz en nuestras almas y alegría en nuestros corazones”.

“El rostro alegre lleva también el gozo a todos los que lo rodean.”

“¿Para qué perder la paz y llevar la tristeza a todas partes, por algunas ideas o caprichos?”

“El amor de Dios, cuando penetra en un alma, no solamente aligera toda pena, sino que hace llover en ella tanto rocío de paraíso que la alegra y la embriaga.”

“La fe y la oración unidas constituyen una potencia superior a todo pensamiento.”

Sus últimos días

9Si bien se conoce a Madre Cabrini como aquélla para la cual el mundo era demasiado pequeño, pocos saben que la aplastante actividad se afianza en un continuo esfuerzo de educadora. Madre Cabrini tiene la convicción de que la educación intelectual no puede disociarse de la moral y de los sentimientos. Ella sabe que no se puede hacer en el educando una “injusta y cruel separación entre el intelecto y la voluntad”…

Durante los últimos siete años se sentía muy agotada y con una salud muy deficiente pero no por eso dejaba de trabajar incansablemente promoviendo sus obras de caridad y de evangelización. El 22 de diciembre de 1917 murió de repente, más quizás por agotamiento de tanto trabajar, que por edad, pues sólo tenía 67 años. Sus restos se conservan en el colegio Cabrini en Nueva York.

Fue beatificada por el Papa Pío XI en 1938 y canonizada por el Papa Pío XII en 1946.
Ella fue la primera ciudadana norteamericana declarada santa. Nadie que no hubiese tenido una gran santidad y un inmenso amor a Dios y al prójimo habría podido llevar a cabo obras tan grandes como ella logró realizar.
La Iglesia  celebra su fiesta litúrgica el día 13 de noviembre.

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