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OCTUBRE

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1 DE OCTUBRE: SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alenzón (Francia) el 2 de enero de 1873 y murió en el convento carmelita de Lisieux siendo aún muy joven, con apenas 24 años, el 30 de septiembre de 1897. El Papa Pío XI la declaró en 1925 Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol, y en 1927, Patrona de las Misiones junto a san Francisco Javier.

Teresa fue la novena hija del matrimonio formado por Luis Martin y Celia Guérin (canonizados por la Iglesia en 2015). Cuatro de sus hermanos murieron siendo muy pequeños y las cinco niñas que sobrevivieron fueron religiosas. Vivió los primeros años de su infancia en un hogar cristiano y feliz (imaginó el cielo “como una fiesta familiar en domingo”). Tras la muerte de su madre (Teresa contaba con apenas 5 años), se unió fuertemente a su hermana Paulina. La familia se trasladó a Los Buissonnets, en las afueras de Lisieux, desde donde Paulina partirá en 1882 al carmelo de Lisieux; Teresa acusará su marcha tanto física como anímicamente.

A los 15 años, obtiene la aprobación de su padre para entrar en el convento, antes de la edad reglamentaria; también se la dará el papa León XIII en una audiencia personal, a la que asiste con su padre y su hermana Celina. De regreso a Lisieux, el obispo da su visto bueno, y el 9 de abril de 1888 Teresa entra en el carmelo de esta ciudad.

Allí experimentará el salto de lo natural a lo sobrenatural, de la familia humana a la gran familia de la Iglesia. Su progreso en la santidad es notorio a su alrededor, a través de pequeños gestos, como el sufrimiento ofrecido por los misioneros. A finales de ese año, y por indicación de su superiora, la Madre Inés (nombre religioso de su hermana Paulina), Teresa comienza a escribir sus recuerdos de infancia, que, junto a otros manuscritos posteriores, se convertirán en Historia de un alma. En esta autobiografía, aparece su “camino de la infancia espiritual”, una especial contribución a la espiritualidad católica por su insistente llamada a la confianza en Dios Padre, por el camino de la sencillez y el abandono. Según el teólogo von Balthasar, lo que Teresa de Lisieux escribió es más bien la “historia de una misión”, la que el Señor había dispuesto para ella en la Iglesia y que formuló muy pronto en su vida cuando dijo: “En el corazón de la Iglesia yo seré el amor”.

El amor por las misiones, que se remonta a su infancia, creció en Teresa “encerrada en el carmelo”, adonde entró “para salvar las almas”. Siempre se identificó con los misioneros; después de la lectura de la vida de Teófano Venard, mártir en Tonkín, escribió: “Mi alma se parece a la suya”. Mantuvo el contacto epistolar con el seminarista de los padres blancos Belliére y con el padre Roulland, de las Misiones Extranjeras de Paris y misionero en China.

En los tres últimos años de su vida libró una batalla continua ‒como la de su admirada Juana de Arco‒, un combate espiritual que Dios libra con ella para conducirla a la santidad. Teresa afirma que su misión está en el cielo. En una novena hecha a san Francisco Javier, pidió la gracia de “hacer el bien después de su muerte”, con la confianza de que Dios se lo concedería. El epitafio en su tumba de Lisieux recoge una de las últimas frases que le escucharon poco antes de su muerte: “Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra”.

 

9 de OCTUBRE: SAN HÉCTOR VALDIVIELSO

El Hermano Héctor A. Valdivielso Sáez nació en Buenos Aires el 31 de octubre de 1910 en la calle Treinta y Tres 1075, barrio de Boedo y fue bautizado en la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, situada entonces donde hoy se encuentra el Obelisco. Actualmente dicha parroquia se encuentra en la Av. Santa Fe 1352 y en ella aún está la primitiva pila bautismal.

Sus padres habían venido de España en la primera década del S. XX tratando de mejorar su calidad de vida; pero viendo que su situación no cambiaba, cuando Héctor tenía cuatro años, regresaron a su suelo natal, un pequeño villorrio de nombre Briviesca, cuna de Juan Ayolas. Cuando tenía doce años, Héctor ingresó al internado que los Hermanos De La Salle tenían para formar candidatos a la vida religiosa, cerca de su casa, en Bujedo. En Bélgica, en 1923, los Hermanos abrieron un centro para atender muchachos con inquietudes misioneras. Héctor pidió ingresar en él, terminando allí sus estudios secundarios, haciendo también su Noviciado. Recibió un nuevo nombre: Hermano Benito de Jesús. En 1927 regresó a España y en 1929, ya maestro, fue destinado a Astorga. En 1933 es enviado junto con otros Hermanos a la Comunidad de Turón, una pequeña población minera. Debido al avance de la laicización y a la persecución religiosa que ya se presentía, la nueva comunidad religiosa se presentó, sin hábito religioso, como una asociación de maestros.

En los primeros días de octubre de 1934 estalló lo que se conoce como la “revolución de Asturias”, durante la cual los revolucionarios tomaron el poder durante 20 escasos días. Comenzaron las detenciones de algunos sacerdotes, de aquellos jóvenes de la Acción Católica y de los directivos y profesionales católicos de la mina de carbón. A los revolucionarios les fue fácil saber que los supuestos maestros de la escuela eran, en realidad, religiosos…

El martirio

En la madrugada del 5 de octubre una mujer avisó a los Hermanos que había estallado la revolución. Ellos celebraron la misa y consumieron las hostias consagradas para evitar su profanación por parte de los revolucionarios. Al terminar la misa, irrumpieron unos 30 hombres para revisar el colegio y buscar armas. Encontraron la lista de miembros de la Acción Católica y se llevaron presos a los Hermanos y al Padre Inocencio, pasionista, que había presidido la Eucaristía.

Al caer la tarde del día 8 de octubre, en el nuevo cementerio local fue cavada una fosa de nueve metros. Por la noche hubo una fiesta en el Colegio. Eran los revolucionarios que se preparaban a festejar.

Hacia la una de la mañana del día 9, llevaron a los siete Hermanos y al Padre Inocencio frente a la fosa del cementerio y allí el dirigente comunista Silverio Castañón dio la orden de fusilarlos. Sería la una y media de la mañana. El levantamiento fue aplastado por el ejército pocos días después.

La veracidad y certificación del martirio fue reconocida por la Santa Sede el 9 de diciembre de 1988. El 29 de abril de 1990 el Papa Juan Pablo II beatificó al Hno. Héctor Valdivielso y a sus compañeros de comunidad y al Padre Inocencio. Para la canonización hubo que atenerse al estudio y a la comprobación del milagro atribuido a la intercesión de estos nuevos Santos.

El milagro

El milagro presentado, estudiado y aprobado para la canonización consistió en la curación de una joven nicaragüense llamada Rafaela Bravo Jirón, quién se debatía entre la vida y la muerte como consecuencia de un cáncer de útero, en estado terminal, situación clínicamente bien documentada. Luego de rezar dos novenas a los nuevos beatos se sintió curada y recuperó su salud.

Actualmente Rafaela vive en Nicaragua con su familia y trabaja como docente.

Los mártires fueron beatificados en Roma el 29 de abril de 1990 y la canonización se cumplió el 21 de noviembre de 1999 que elevó a los altares a 12 nuevos santos.

Al regreso de la delegación, la Junta de Estudios Históricos de Boedo promovió una serie de actos que se incorporaron a la agenda oficial, incluyendo una misa de campaña frente al domicilio de la calle Treinta y tres Orientales 1075, donde naciera San Héctor, concurriendo familiares y todas las autoridades de la Hermandad Lasalleana, portando las urnas con las reliquias del Hermano, ahora Santo.

Héctor Valdivielso Sáez había vuelto a Boedo.

La información transcripta forma parte de la publicación efectuada por la Comisión Organizadora Canonización Hermano Héctor A. Valdivielso Sanz, que integran los Hnos. Telmo Meirone y Carlos Albornoz, el Prof. Pascual Alarcón y la Prof. Liliana Gómez Bidonde

 
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