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FEBRERO: VENERABLE CAMILA ROLÓN

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La pequeña Camila

Era a mediados del siglo XIX. Entre las alumnas que se educaban en la escuela de San Isidro, localidad bonaerense en la costa del Río de la Plata, en la Argentina, se destacaba una chiquilla de rostro moreno, ojos grandes y negros, inteligencia despierta, y genio comunicativo, alegre y vivaz. Había nacido el 18 de julio de 1842. Cuatro días más tarde, sus padres la hicieron bautizar. Recibió los nombres de Camila Corina. Se la llamó Camila por haber nacido el día de San Camilo de Lelis, un santo hospitalario del siglo XVI. La pequeña era hija de Eusebio Rolón y de María Gutiérrez, ambos buenos cristianos, hondamente arraigados en el lugar. Fue confirmada por Monseñor Mariano Escalada, Obispo auxiliar de Buenos Aires, en la capilla de la Estancia de Escalada, cuando contaba seis o siete años, con motivo de una santa misión.

De acuerdo con la costumbre de la época, se supone con fundamento que recibió la Primera Comunión cuando contaba doce años de edad. Mientras tanto concurría, como otras niñas, a la escuela, la única del lugar. Además del catecismo y las primeras letras, las alumnas aprendían a confeccionar primorosas labores de manos que Camila realizaba con particular habilidad. Asidua, puntual, aplicada, su aprovechamiento en clase era ex­celente. Desde muy temprano se notaron en ella las señales de una piedad nada común. Visitaba al Santísimo Sacramento al salir de la escuela, socorría a los menesterosos, edificaba a sus hermanitos con sus ejemplos, rezaba las oraciones de la noche arrodillada al pie de la cama. Su infancia se deslizó en el seno de un hogar pobre, pero honorable y feliz.

La señorita Rolón

Un día don Eusebio Rolón cargó su carreta y fue a dar con su familia en la metrópoli de Buenos Aires, donde había resuelto instalarse. Consiguió en alquiler una casa ubicada en el barrio del Socorro, entonces apartado del centro de la ciudad. Allí Camila dejó de ser una chiquilla. Vio crecer a sus hermanos, encanecer a sus padres, y se incorporó a la juventud porteña, entre la cual supo elegir su lugar, señalado por la práctica de las virtudes, entre las jóvenes que se dedicaban al apostolado seglar. No condenaba las diversiones honestas de las chicas de su edad, entre quienes se contaban sus propias hermanas; pero su gozo estaba en las obras de caridad, en el catecismo parroquial, en la atención de los enfermos. Las ceremonias religiosas y sobre todo la buena predicación le “fascinaba”.

En la parroquia el Socorro, en sus largas horas de oración ante la imagen de San José, aprendió del Santo Patriarca el abandono en la Providencia del Padre, característica fundamental de su espiritualidad. Ejercía el apostolado catequís­tico entre los pobres y los ricos, en la iglesia y en los domicilios particulares, y lo mismo en su propia casa, a donde solía llegar acompañada de uno o más niños recogidos en la calle, a los cuales vestía, alimentaba, e instruía en las verdades de la Religión. Camila actuó con mucha caridad cuando el cólera y la fiebre amarilla azotaron la ciudad de Buenos Aires.

El llamado de Dios

Desde los 18 años, se siente llamada a la vida religiosa. En 1836, había intentado, infructuosamente, ingresar entre las monjas capuchinas de Buenos Aires. Ahora tiene treinta y dos años de edad y anhela con toda el alma consagrarse enteramente a Dios. Piensa en las austeridades del Carmelo y hacia él se dirige con la generosidad que pone en las cosas que son para Dios. Ingresó el 21 de abril de 1875. Pero lo que ella creyó un paso definitivo fue sólo una estación en la senda de su purificación interior. Los rigores de la vida conventual, quebrantando su salud, la postraron en cama, obligándola a renunciar a su generoso designio. Después de sólo veintinueve días de permanencia en el convento, gravemente aquejada de un tumor que la acompaño durante toda su vida, regresó a su casa.

Más de cinco meses se vio obligada a guardar reposo absoluto, y estuvo convaleciente unos dos años. Allí sintió la idea de “Fundar unas hermanas”. Cuando el confesor escuchó semejante propósito de labios de la joven postrada, pensó que se trataba del delirio de una enferma. Se llamarían Hermanas Pobres de San José y se dedicarían a proteger a la niñez abandonada, atender a los enfermos y socorrer a los menesterosos. Nuevas consultas con otros sacerdotes le depararon nuevas decepciones.

El padre Azurmendi, escuchó la consulta de Camila y prometió secundarla. Era un lazarista francés, que se desempeñaba como director del santuario de Luján. El Padre Emilio George resultó el hombre providencial para ella. Conocía bien las necesidades de la campaña y por pertenecer a una congregación misionera, apreció de inmediato cuán necesaria era una congregación de mujeres que reuniera las condiciones que Camila pensaba imponer en la suya. ¡Cuánto hizo este buen sacerdote por conocer mi vocación y por formarme en sólidos fundamentos! dirá la Madre Rolón refiriéndose a quien fue el primero en interpretarla y ayudarla.

Conociendo que el arzobispo de Buenos Aires Monseñor Federico Aneiros trataba de conseguir algunas congregaciones europeas, que enviaran mujeres fuertes y decididas para ejercer el apostolado en las pampas, el P. George le sugirió la conveniencia de la fundación proyectada por la señorita Rolón para esos fines. El Arzobispo sólo opuso el reparo de la salud de la futura fundadora y de los recursos materiales indispensables para la obra. Pero la respuesta de Camila, basada en la fe en la Providencia Divina, ­ terminó por desarmarlo. En cuanto a lo primero, Dios proveería; y en cuanto a lo segundo, las Hermanas Pobres de San José pedirían limosna, es decir, que en este caso también proveería la Providencia. “¡Oh mujer, grande es tu fe!”, pudo decir el Prelado, al igual que Jesús en su diálogo con la Cananea. Así fue que en 1879 resolvió otorgar su consentimiento por vía de ensayo, exigiendo que la futura congregación comenzara por ajustarse a un Reglamento.

En Mercedes

El 28 de enero de 1880, se aleja de la casa paterna, deja Buenos Aires y, acompañada de un grupo compuesto por dos amigas mayores que ella, dos muchachas y once niñas huérfanas, se dirige a un pueblo de la campaña bonaerense, para dar comienzo a la divina aventura de la caridad, que se ha constituido en el ideal de su vida. Esta población es Mercedes, localidad próxima a Luján. Sus colaboradoras inmediatas, Rosa Zurueta y Adelaida Núñez, experimentan el influjo sobrenatural que se desprende de aquella mujer templada en la plegaria, la enfermedad y la pobreza, y se sienten felices de correr su aventura. Se instalan en una casa vieja que, al cabo de siete días, transformada en Asilo de San José, les permite iniciar las clases. En treinta días el número de niñas sube de once a treinta. La fe ciega de la Madre Camila en la Providencia divina no resultó defraudada y el Asilo prosperó continuamente.

El 19 de marzo de 1881­, tuvo lugar la toma de hábito de las primeras cuatro hermanas: Camila Rolón (que tomó el nombre de Camila de San José), Rosa Zurueta, María Pía González y Juana Cabral. Un año más tarde, el 19 de marzo de 1882, con la primera profesión religiosa de votos temporales, las Hermanas de San José recibirán al Divino Huésped. Monseñor Aneiros otorgó su permiso para que conservaran el Santísimo Sacramento en la modestísima capilla de la casa de Mercedes.

En tren de progreso

El año 1885 encontró a la institución josefina en franco tren de prosperidad, porque la casa de Mercedes resultó un semillero de vocaciones religiosas. El 20 de octubre de 1885, tres religiosas, acompañadas por la Madre Camila, abandonaban la ciudad de Mercedes y se dirigían a realizar la segunda fundación. El pueblo de Rojas recibió a las hermanas con la misma entusiasta y generosa acogida que les dispensara la ciudad de Mercedes. No tardó en proporcionarles, junto con algunas elementales instalaciones y pobres comodidades, numerosos enfermos, mendigos y niños abandonados.

Un protector providencial

La Madre Camila solía decir a sus Hermanas: “Pidan de puerta en puerta y verán maravillas”. Y ocurrió como había dicho. Pidiendo de puerta en puerta, la Hermana Rosa, una de las fundadoras, dio con la casa de don León Gallardo, en Buenos Aires, donde fue recibida no sólo con deferencia, sino con interés. Este caballero estaba dando vueltas en su cabeza al problema de dos niñas y un varón, hijos de unos puesteros suyos, que habían quedado huérfanos. De modo que la visita de las josefinas le interesó vivamente. Visitó el asilo de Mercedes, donde alojó las dos hermanitas, habló con la Madre Camila, pagó las deudas de la congregación y prometió construir un asilo de varones modelo, que sirviera también para instalar en él la Casa Madre de la congregación. Este es el origen del asilo de Muñiz. Desde ese momento, la congregación josefina, que había crecido de manera prodigiosa, tuvo su Casa Madre. San José no la había defraudado.

A los pies del Papa

Camila había concebido el audaz proyecto de cruzar el mar, poner los pies en el suelo sagrado de la Ciudad Eterna y postrarse a las plantas del Santo Padre para pedirle que dé su bendición a la pequeña y querida Congregación. Llegó a Roma el 7 de mayo de 1891. La acompañaban dos religiosas. Al encontrarse en presencia del Papa, León XIII, la Madre se arrojó a sus pies y los besó devotamente con afecto filial. El Santo Padre, después de escucharla con la mayor atención, prometió a la fundadora argentina un decreto laudatorio para la nueva Congregación “Instituto Hermanas Pobres Bonaerenses de San José”.

El grano de mostaza

El 19 de marzo de 1892, próxima a cumplir los cincuenta años, Camila pronunció sus votos perpetuos. Pensó en diversificar su obra. Comprendió que, además de los asilos y los hospitales, había que fundar casas para recoger y salvar a esas jovencitas que, víctimas de su inexperiencia, ruedan por la pendiente del vicio y luego no pueden recuperarse Su caridad no temía el contacto de la miseria moral, como no rehuía la miseria física. Fue así cómo el 23 de setiembre de aquel mismo año instaló en Mercedes una casa de corrección, que tituló “Casa de San José de la Divina Providencia”. El 2 de octubre las Hermanas Pobres de San Jasé se hacían cargo de un asilo de mendigos en la localidad de San Vicente, provicia de Buenos Aires. La Congregación se extendió a la ciudad de Buenas Aires, a Santiago del Estero y a la República Oriental del Uruguay.

En 1895, después de varias tribulaciones y pruebas, el instituto cuenta con dieciséis casas entre asilos, hospitales y colegios, y alimenta y viste a más de setecientos huérfanos. El 19 de marzo de 1896 Camila es reelegida Superiora General por un nuevo período de seis años. Dos años más tarde llega de Roma la aprobación del Instituto como Congregación religiosa de votos simples. El instituto ya no será exclusivamente diocesano. Será pontificio. Un poco de tiempo y mucha fidelidad a los fines establecidos harán lo que falta.

Una casa en Roma

A fines de octubre de 1904, la Madre escribe: “Alabemos al Señor, hijas mías, y démosle gracias por tantos beneficios. Por fin veo realizado lo que tanto deseaba: el 1 de noviembre parto en el vapor León XIII, llevando a mis queridas hijas… para la fun­dación de la casa en Roma”. La Madre zarpó del puerto de Buenos Ai­res acompañada de seis religiosas, además de la secretaria. Por primera vez en la historia una Superiora General de la Argentina viajaba a Europa a fundar una casa religiosa. El 28 de enero de 1905 fue la inauguración de la casa. La Congregación cumplía ese día el vigésimo quinto aniversario de su fundación. La casa romana tenía por finalidad recoger algunas muchachas salidas de la cárcel, para contribuir a reintegrarse a la vida con dignidad. La Providencia Divina se presentó ante sus ojos encarnada en la persona de un sacerdote argentino residente en Roma, el presbítero José León Gallardo, hijo de su gran bienhechor Don León Gallardo, que secundó con generosidad sin medida la ins­talación de un Noviciado de las josefinas en Roma. Camila regresa a Argentina.

A la sombra del Vaticano

En octubre de 1906 ya han profesado las primeras josefinas italianas. El 19 de marzo de 1908 Camila es reelegida nuevamente Superiora General. Tiene ya sesenta y cinco años largos. El 10 de mayo de 1909 la Sagrada congregación despacha favorablemente el pedido de autorización para trasladar la Casa Generaliza a Roma. Mas para llevar a cabo su propósito deberá fundar por lo menos dos casas más en Europa. Por ello Camila funda en Barcelona una escuela destinada a educar a los hijos de gitanos, y. en Génova un “Asilo de San José”, para niñas pobres. El 27 de setiembre de 1910, se embarcaba rumbo a Roma para quedarse allí definitivamente.

Desde el momento en que se instala en Roma, la obra empieza a escapársele de las manos. Ya cercana la hora en que debía partir de este mundo, la Divina Providencia permite que se acrisole en la contradicción y el dolor. Como suele suceder en la vida de los santos, los últimos años de la Madre Camila Rolón fueron de laboriosos padecimientos, los cuales, labrando su espíritu, lo purificaron más y más.

Camino del cielo

A fines de 1911 su viejo mal recrudeció de tal manera que se vio obligada a guardar cama. Los médicos la sometieron a un enérgico tratamiento en base de inyecciones, que la Madre toleró con paciencia. Este mal, que consistía en un carcinoma de útero, ­tuvo su primera manifestación en 1875, cuando Camila hubo de abandonar el monasterio­ carmelita por razones de salud. Una gracia obtenida por intercesión de la Santísima Virgen, le había permitido vivir sin hemorragias hasta ese momento. En sus largas horas de sufrimiento no cesaba de bendecir el dolor, en el que veía un instrumento de santificación.

En la madrugada del 15 de febrero de 1913, dio a entender ella misma que llegaba su fin. El corazón le latía violentamente: “Está contento porque se va”. Durante aquel día hizo a sus Hijas sus últimas recomendaciones y les impartió su bendición maternal. A las nueve de la noche, mostrando el rosario a una religiosa, le decía, santiguándose con él: “Lo he rezado todo”. Poco después, la Madre Camila seguía con la mayor atención y, a ratos, respondía devotamente a las oraciones rituales de la recomendación del alma. Cuando perdió el habla, des­pués de besar el escapulario del Carmen, tomó en sus manos el Crucifijo, lo levantó esforzadamente ante sus propios ojos, siguiéndolo con la mirada en que brillaban los últimos resplandores de la vida, y lo mantuvo en alto. Un instante después cedían sus fuerzas y el crucifijo descendió a posarse sobre su pecho, que había dejado de palpitar. El alma de la Sierva de Dios volaba camino del cielo… Eran las 0 horas 20 minutos del 16 de febrero de 1913.

Sus restos mortales llegaron a Buenos Aires el 22 de marzo de 1913. Hoy descansan en la Casa Madre de Muñíz.

Venerable…

El magisterio de la iglesia ha reconocido la santidad de la Venerable Madre Camila de San José Rolón, mediante el Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes, que Su Santidad Juan Pablo II firmó el 2 de abril de 1993 declarándola Venerable. El Pbro. Amancio González Paz, distinguido sacerdote argentino que la conoció personalmente y estudió su fisonomía espiritual, la considera flor y fruto de la labor evangelizadora de España en América Latina: “Al fin y a la postre, la Sierva de Dios Madre Camila, no fue, no es y no será, si mañana la Iglesia la eleva a los altares, sino un fulgor más, por su espíritu y por su obra, de eso que Pío XII, ciento veintinueve veces llamó “maravillosa epopeya”, “epopeya misionera”, “epopeya gigante”.

Oración para obtener la beatificación de la Venerable Camila de San José Rolón

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nosotros te adoramos y te damos gracias por las insignes virtudes de la fe, la esperanza y la caridad que tú encendiste en el corazón de tu sierva fiel Camila de San José Rolón, para que, por su intermedio, muchas almas fueran preservadas del mal, y encaminadas por las sendas de la santidad.
Te rogamos que nos concedas la gracia... que te pedimos ardiente y humildemente, para tu mayor gloria, nuestro provecho espiritual y la glorificación en la tierra de tu sierva fiel.
Así sea.

Rezar tres Glorias.

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Información tomada de:

http://www.camilarolon.com.ar/

 
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