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CANONIZACIÓN DE ARTÉMIDES ZATTI
-Por los obispos de la Patagonia-

Compartimos la carta escrita por los obispos de la región Patagonia-Comahue ante la noticia de la canonización de Ártémides Zatti, el enfermero salesiano italo-argentino.

Con inmensa alegría les comunicamos que el Papa Francisco celebrará la canonización del Beato Artémides Zatti en Roma el Domingo 9 de octubre de 2022, acontecimiento de gozo y de gracia que luego viviremos en Viedma el domingo 30 de octubre.

Celebramos esta canonización con gratitud, reconociendo todo el amor de Dios derramado en sus hijos en esta tierra patagónica. Amor misericordioso de Dios que fue correspondido con generosidad por tantos bautizados que vivieron haciendo el bien por los demás, apostando a la fraternidad y bienestar para todos. 

La Iglesia pone de manifiesto algunos rostros de esa santidad con: el reconocimiento del martirio del sacerdote Bartolomeo Poggio, quien entregó su vida misionando en la Península Valdés; la beatificación de Laura Vicuña, adolescente que vivió y murió en Junín de los Andes; la beatificación de Ceferino Namuncurá, joven mapuche que nació en Chimpay y murió en Roma. Y ahora, con la canonización de Artémides Zatti, salesiano coadjutor, que nació en Italia y se brindó como buen vecino y enfermero en la comarca Viedma-Carmen de Patagones hasta su muerte.

Es nuestro deseo que al contemplar a Don Zatti entre los santos, se renueve en todos nosotros el anhelo de vivir el don de ser hijos e hijas de Dios Padre sirviendo a los demás, en la certeza que “todo lo que hicieron a unos de estos pequeños a mí me lo hicieron” (Mt.25,40). 

Artémides Zatti santo nos desafía a vivir “para los demás” en el servicio generoso cotidiano. Él, venido de lejos, de Italia, puso lo mejor de sí al servicio del bien de los demás. No guardó nada para sí, se entregó todo para los demás, de manera especial en el cuidado de los enfermos. ¿Por qué no descubrir su Canonización como la invitación a hacer realidad lo que el Papa San Juan Pablo II nos decía hace poco más de 30 años cuando visitaba la Patagonia? Precisamente en Viedma expresaba: “Que nadie se sienta tranquilo mientras haya en vuestra Patria un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un enfermo, ¡un hijo de Dios! cuya dignidad humana y cristiana no sea respetada y amada”.

Buscando conocer más a nuestro Santo les proponemos acercarnos a su persona desde estas características:

1. Zatti: “El pariente de todos los pobres”.

Así lo llamó su primer biógrafo, el padre Raúl Entraigas. Es que Zatti nació pobre, eligió luego ser pobre siguiendo a Cristo pobre, en las huellas de Don Bosco, para ser así el servidor de todos, en particular de los más pobres.

Artémides Zatti nace en Boretto (Italia), el 12 de octubre de 1880. A los 17 años llega con sus padres, Luis Zatti y Albina Vecchi y sus 7 hermanos a Bahía Blanca buscando trabajo y pan. Se suma a un emprendimiento familiar, la fabricación de baldosas. En su pobreza no deja de brillar su amor a la familia, su espíritu de trabajo y su fe en Dios.

Abriéndose camino en este mundo nuevo y desconocido encuentra en la parroquia salesiana un ambiente propicio para echar raíces y crecer. En los frecuentes encuentros con el párroco, el padre Carlos Cavalli, va madurando su vocación a “ser para los demás”. Esto lo lleva a soñar su vida como salesiano de Don Bosco.

En abril del 1900 se encuentra en Bernal (cerca de Buenos Aires) iniciando su formación para la vida salesiana. Con sus 20 años convive con compañeros más pequeños que él, ya que no había tenido la posibilidad de ir antes a la escuela. Nada lo detiene, ni lo intimida, pone lo mejor de sí.

En ese camino que se abre no faltan imprevistos, y es así que cuidando a un sacerdote con tuberculosis enferma él también. Es entonces que se le presenta un nuevo destino: Viedma. Destino que será sin retorno, será para siempre, hasta su Pascua en 1951. Allí es acogido en el hospital salesiano San José. El padre Evasio Garrone, director del hospital, con los escasos medios de la época, busca su curación. Allí también está Ceferino Namuncurá, con la misma enfermedad y el mismo anhelo de ser salesiano. Entre ellos se forja una profundad amistad.

Animado por el espíritu cristiano que reinaba en el hospital, luchando contra su enfermedad y conviviendo con tantos enfermos y pobres, silenciosamente Zatti va madurando su vocación de buen samaritano de los pobres y enfermos. En una de sus cartas a sus padres escribe: “Muy queridos. Les hago saber que no era sólo mi deseo, sino también de mis superiores, el vestir la santa sotana, pero hay un artículo de la santa Regla que dice que no puede recibir el hábito uno que padezca la más pequeña cosa en la salud. Así que, si Dios no me ha encontrado digno del hábito hasta ahora, confío en vuestras oraciones para sanar pronto y de este modo satisfacer mis deseos”.

Con ese corazón pobre y desprendido, abierto a la providencia de Dios, en 1908 hace su primera Profesión como Salesiano Coadjutor. Ese día manifiesta: “Estoy con el corazón lleno de una santa e indivisible alegría por la gracia extraordinaria que el buen Dios, más allá de todas mis esperanzas, se ha dignado concederme”. Y a uno de sus hermanos le decía: “Se puede servir a Dios sea como sacerdote, o como coadjutor: delante Dios una cosa vale tanto como la otra, con tal que se la viva como una vocación y con amor”.

Y con este “sí” como Salesiano Coadjutor, Zatti hará de su vida una entrega total a los pobres y a los enfermos. Uno de ellos y todo para ellos, en su trabajo cotidiano y en su sacrificio escondido en el Hospital San José, del cual será su director después de la muerte del padre Evasio Garrone (1911). Y más allá del hospital, con su infatigable bicicleta, saldrá al encuentro de todo el que lo necesite, ya sea para un medicamento, o brindar consuelo y ánimo, o para socorrer otra necesidad.

Todos tuvieron acogida en su entrega. En el hospital había lugar para todo el mundo. Y si no había, se fabricaba. La cama de Zatti también estaba disponible. No era extraño que él durmiera en el suelo.

Sus preferidos siempre fueron los más pobres, los más marginados por la sociedad. Se reservaba la atención de los contagiosos, de los que generaban rechazo. “A usted, Don Zatti, le toca siempre lo peor”, le dijo un médico. Se recuerda su amor sin medida hacia una mujer sordomuda bastante inquieta y a un niño macrocefálico cuyo aspecto impresionaba. Ellos complicaban la vida de todos en el hospital. Ante la propuesta de derivarlos a Buenos Aires, Don Zatti exclamó: “eso nunca, porque ellos son los que atraen la bendición de Dios sobre este hospital”. Y no se habló más, se quedaron con él.

En su sentirse de verdad pobre, siempre necesitó de todos. La comunidad salesiana de Viedma fue su familia, en ella se apoyó siempre. Con ella compartía la oración, los días de retiro, momentos de esparcimiento y tantas otras vivencias. El Hospital San José sumó a todos los que querían hacer el bien: las Hermanas de María Auxiliadora, médicos, enfermeros, y tantas otras personas voluntarias y generosas. Nadie estaba de más, todos eran necesarios.

Se sintió “pueblo”. Vibraba con todo lo que sucedía en la comarca Viedma y Patagones. Siempre que podía participaba en los momentos festivos de la ciudad. Un lugar de encuentro al que trataba de no faltar eran las juntadas en el Círculo Católico de Obreros. Allí, entre el juego de las bochas, un vaso de vino y la conversación espontánea, reforzaba su ser buen vecino, buscando el bien de esos obreros. 

Las circunstancias le regalaron también compartir la vida de un sector de la sociedad tan olvidado: los presos. Sí, Don Zatti estuvo preso en agosto de 1925. Cinco días en la cárcel por la fuga de un hombre que la justicia le había traído al hospital. Alguien lo acusa de complicidad. Él con cierta picardía decía: “hice lo pedido, me lo trajeron para curarlo y no para vigilarlo, curó y se fue”. Y recordará esos días en la cárcel como sus únicas vacaciones.

Como “pariente de todos los pobres”, Don Zatti también siempre vivió con deudas. A modo de ejemplo, en 1946, menciona que fueron 927 los que estuvieron internados, y en el consultorio externo, a domicilio y en la farmacia se atendieron a más de 15.000 personas, suministrando inyecciones, medicamentos y apósitos curativos. “En cuanto a la tarifa, el reglamento era sencillo: “el que tiene poco, paga poco; el que no tiene nada, no paga nada”. Y este último tipo de clientes eran los más abundantes. No había economía que pudiera enfrentar esta realidad.

Sin recursos y siempre cargado de deudas, cuántas veces fue sorprendido con las lágrimas en los ojos porque no podía pagar. Zatti confiaba en la Providencia. Decía: “A Dios no le pido que me traiga las cosas, sino que me diga dónde están y yo las voy a buscar”. “El dinero –solía decir– o sirve para hacer el bien o no sirve para nada”. Un día sin salida ante las deudas, cruzó la calle y encaró a un hacendado y le dijo: “Don Pedro, ¿Ud. no le prestaría cinco mil pesos a Dios?”, “¿A Dios?”, “Sí, Don Pedro, siempre es buen negocio prestarle a Dios”. A quienes en una ocasión le dijeron que habría que levantarle un monumento, les contestó: “Vean, es mejor que me lo den en efectivo, para algodones, gasa y alcohol”. Cuando quisieron regalarle un pequeño automóvil, él lo rehusó: “No, les dijo, éste que tengo -la bicicleta- no necesita nafta y no para nunca”.

2. “Para Jesús lo mejor”

Esta era una expresión habitual de Don Zatti. Era frecuente escuchar de sus labios: “A ver, una muda de ropa para Nuestro Señor”, “Una ropa para un Jesús viejito”, “Necesito abrigo para un Jesús de 12 años”. Esas expresiones eran naturales en él y ponen en evidencia que su mirada iba a lo esencial: en cada persona está Jesús. Lo reconocía y buscaba amarlo.

Ciertamente, Zatti cultivaba espacios de intimidad con el Señor. Cada día renovaba su encuentro con el Señor como “el todo de su vida”, y esa comunión se prolongaba y se acrecentaba en el encuentro y servicio a los hermanos necesitados. En el silencio de la oración personal, en la Misa diaria, en el Sacramento de la Confesión y en el encuentro filial con María Auxiliadora, Zatti vivía su experiencia de hijo necesitado y también renovaba el llamado y envío del Padre a sus hermanos más pobres. Su oración era constante y continua. En la bicicleta pedaleaba y rezaba. Cuando atendía a los enfermos con naturalidad pronunciaba expresiones de fe y decía palabras que elevaban el espíritu. Cuando jugaba a las bochas se recreaba y rezaba.

Don Zatti confesó, allá en 1915, su certeza de que su vida era un milagro, un milagro para una misión especial: ser para los enfermos. Así lo dejó escrito: “Si yo estoy bueno y sano y en estado de hacer algún bien a mis prójimos enfermos, se lo debo al padre Garrone, doctor, quien viendo que mi salud empeoraba cada día, pues estaba afectado de tuberculosis con frecuentes hemoptisis, me dijo terminantemente que, si no quería concluir como tantos otros, hiciera una promesa a María Auxiliadora, de permanecer siempre a su lado, ayudándole en la cura de los enfermos y él, confiando en María, me sanaría. CREÍ, porque sabía por fama que María Auxiliadora lo ayudaba de manera visible. PROMETÍ, pues siempre fue mi deseo ser de provecho en algo a mis prójimos. Y habiendo Dios escuchado a su siervo, SANÉ.”

La vida de Artémides Zatti refleja esa armonía, esa gracia de unión, entre la oración y la entrega sin límites a los demás. El protagonista principal era Jesús: Jesús en el silencio de la oración y Jesús en el hermano. Hoy para nosotros ciertamente es muy valioso poner de manifiesto y buscar hacer nuestra esa comunión armoniosa que vivía Zatti entre la unión con Dios, la fraternidad con todos y la profesionalidad. En el quirófano más de un médico manifestaba que la presencia de Zatti, además de su competencia en la medicina, sumaba algo más, sumaba presencia de Dios... Decía un médico: “frente a Don Zatti flaquea mi incredulidad… si hay santos sobre la tierra, éste es uno de ellos. Cuando yo estoy con el bisturí y lo miro a él con el Rosario en las manos, la sala se llena de algo sobrenatural”. Y otro médico que trabajó muchos años con él: “Don Zatti no solamente es un habilísimo enfermero, sino que él mismo era una medicina, porque curaba con su presencia, con su voz, con sus ocurrencias, con sus cantos”.

Su comunión profunda con Dios impregnaba toda su vida. Lo llevaba a buscar hacer “el bien”. Zatti decía: “el bien debe hacerse bien”. Esto lo llevaba a no buscar su éxito personal sino el bien del otro, el alivio y la salud de los demás. Vivir en el Señor se reflejaba en ser sembrador de alegría y esperanza contagiante, que se alimentaba en el misterio de la Cruz.

Nunca fue indiferente frente al dolor, siempre lo conmovió. Nada lo detenía ante el que sufría. Una noche fría y ventosa, fue a llevar un remedio a una casa y cuando llegó le dijeron: “pero Don Zatti ¿con este tiempo?”. Y él respondió: “no tengo otro tiempo”.

Frente al que sufría Zatti sabía ver que el enfermo es más que su enfermedad. Veía a un hijo de Dios, y a un hermano. Y la creatividad se multiplicaba para que ese enfermo se sintiera amado. A quienes sufrían los acompañaba a descubrir el amor infinito de Dios y los preparaba para la muerte. A un muchachito que se acercó al Hospital, Don Zatti lo preparó para la Primera Comunión. El muchacho la recibió en la Catedral, luciendo un moño blanco comprado por el mismo Zatti. Esa misma noche el enfermo lo llamó y le dijo: “me muero, Don Zatti”. Y él le respondió: “y bueno, si te querés morir, primero haz la señal de la cruz, ahora junta las manos y luego contento y feliz te vas al cielo; así … sonriendo … sonriendo… “El muchachito murió con la sonrisa en los labios.

Uno de sus dichos era: “hay que tragar amargo y escupir dulce”. A un médico que le preguntaba si era feliz le respondió que “¡claro que sí! Vea, la felicidad de cada uno está en sí mismo. Esté usted contento y conforme con lo que tiene, tenga lo que tenga, eso es lo que quiere Dios de nosotros”.

Uno de los hechos que manifestó su “tragar amargo” y “escupir dulce” fue cuando a fines de 1941 se decidió demoler el Hospital San José para construirse allí el Obispado. Don Zatti no podía creerlo… pero así se hizo. Sus ojos lloraban, su corazón sangraba. En espíritu de obediencia e inquieto en no dejar de hacer todo el bien posible, tuvo que emigrar con sus enfermos a las afueras de la ciudad, en lo que era la Escuela Agrícola Salesiana San Isidro. Luego, en una de sus cartas, con esa mirada de esperanza que lo caracterizaba escribía: “nos hemos trasladado en cuerpo y alma a la escuela agrícola, en donde estamos como en un paraíso terrenal, y cuando hayan hecho las obras, que están proyectados y que en estos días han de comenzarse, no hay hospital ni sanatorio que nos gane. Sean dadas a Dios las más expresivas acciones de gracias”.

Zatti, después de una caída desde una escalera en julio de 1950, ya vislumbró la cercanía de su muerte y más que nunca reflejó cómo la Fe impregnaba su vida. Lo refleja diciendo: “hace 50 años vine acá para morir, y he llegado hasta este momento; ¿qué más puedo desear ahora? Por otra parte, he pasado toda mi vida preparándome para este momento”. Y cuando avanzaba la enfermedad que lo llevaría a la muerte, y se volvía amarillo, poniéndole su buen humor decía: “Hasta ahora he sido un gorrión, pero ahora me voy transformando en canario”. Escribió en una hoja su última receta, con las medicinas para una semana. Muere un día después, el 15 de marzo de 1951. El médico que lo revisa encuentra en la mesita de luz el certificado de defunción con la fecha puesta. Sólo faltaba la firma.

SAN ARTÉMIDES ZATTI, enfermero santo de la Patagonia

Concluyendo estas reflexiones, damos gracias a Dios por regalarnos este hermano santo, este buen samaritano de la Patagonia, San Artémides Zatti. 

Y qué oportuno volver a escuchar lo que nos dice el Papa Francisco: “A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo”, (Evangelii Gaudium 270).

Así fue la vida de Zatti: tocó la miseria humana, la carne sufriente de los hermanos más pobres. Se jugó la vida por ellos, sumó a muchos otros para esta causa. Su vida se complicó mucho, pero fue feliz siguiendo los pasos de Jesús, entregando la vida por los demás, siendo un hermano de este pueblo patagónico. ¡Zatti nos anima a andar este camino!

Con su intercesión, renovemos entonces el llamado a una Fe rica en obras, “demostremos nuestra Fe con obras” (Santiago 2,18). Zatti se adelantó a prepararnos un lugar y hoy nos sale al encuentro y nos anima para que también nosotros seamos “buenos samaritanos” para tantos que están marginados y sin muchas posibilidades en su vida.

Queremos poner bajo el cuidado de Don Zatti a todo el mundo de la salud. De modo especial a los enfermos, que encuentren en él alivio y fortaleza; a los médicos, enfermeros, voluntarios y demás servidores de la salud; que en Zatti puedan inspirar su servicio. Que Don Zatti interceda también para que el cuidado de la salud sea una prioridad en las políticas públicas de los gobiernos, un derecho para todos, que nadie quede excluido de una cobertura sanitaria de calidad.

María que cuidó la vida de Don Artémides Zatti, nos cuida también a nosotros.

 
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