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1ENSEÑAR ES DEJAR SEÑAS
-Por Lic. Cecilia Barone*-

Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿En qué mejor árbol me apoyaría?
José Saramago. Premio Nobel Literatura 1988

¿Qué cosa da forma a la vida? ¿Qué ha cimentado nuestra vida? Nacemos hombres, pero desde el momento de nacer debemos hacernos para pertenecer a la raza humana y la manera de hacernos está marcada más por lo imprevisto, por las circunstancias que por las decisiones. Nos formamos a través de los fortuitos encuentros que tenemos con nuestros semejantes que se nos presentan de manera accidental casi siempre casual. Podemos decir que el resultado de quienes somos es el resultado de los encuentros que hemos tenido. Estamos modelados por ellos. ¿Qué nos dejan los encuentros? Nada, si no estamos atentos y dispuestos a aprender de ellos.

TODOS PUEDEN ENSEÑAR, TODOS PUEDEN APRENDER

2No elegimos nacer en un determinado país, tener estos padres, esta familia, pertenecer a una cultura establecida. Ahora nos queda aprender cómo lidiar con esta herencia.

Los acercamientos se producen primero con los familiares, amigos, conocidos y continúa con gente que encontramos sin haberla directamente buscado, También sucede cuando nos encontramos con libros que dejan huellas imborrables y que un día se pusieron ante nuestros ojos y nos turbaron. Sabemos que la literatura hace existir otros mundos que sería imposible vivir durante la extensión de una sola existencia.  

A partir de un encuentro significativo somos puestos en movimiento. Dejamos la inercia, lo habitual, pues algo nos mueve hacia otra dimensión. Donde hay encuentro siempre hay movimiento. A orillas del mar de Galilea estaba Pedro con su hermano y otros pescadores haciendo lo que sabía: pescar. De eso vivían y mantenían a sus familias. De repente, pasa Jesús y los llama y les dice que dejen las redes, la familia, todo y lo sigan ¿Por qué deberían obedecer a aquel desconocido y dejar a los suyos sin más? Es que Pedro y su hermano seguramente sintieron tal fuerza de atracción que no podían negarse.  El que lo decía no era cualquiera, era Alguien que los sacaba de sus rutinas y su presencia los movía de tal manera que no podían negarse. Era un maestro.

5Si el alumno está dispuesto, el maestro aparece, dice un antiguo dicho. Claro que muchos pasan a nuestro lado, nos hablan, los vemos, pero no a todos prestamos atención. Estar atentos es la disposición adecuada para aprender.

En el famoso Simposio de Platón hay una escena memorable que describe la actitud del maestro. Sócrates está invitado al banquete, mientras trata de llegar se pierde en una oscura callejuela. Allí la verdad se le presenta y le habla. Entonces llega tarde a la cena. Agatón pide a Sócrates que se siente a su lado así le puede trasvasar lo que la verdad le dijo. Es una ilusión que todos hemos soñado. Nos ofrecemos como copas para que el maestro nos llene con su saber. Sócrates le responde a Agatón: “Estoy vacío como vos. Yo no sé nada”. No le miente. Le quiere decir que él no es dueño del saber que solo le puede trasmitir su pasión. Esto incentiva al alumno que siente el deseo de continuar a aprender.

LA ESCUELA COMO LUGAR DE ENCUENTROS

3El lugar privilegiado para la formación es, sin dudas, la escuela. Allí convergen diversas generaciones, se interactúa con los pares, con un sistema institucional. Es en ese ámbito donde se producen buenos y malos encuentros. Tanto unos como otros nos marcan, dejan sus señas. Somos el signo de lo que han dejado en nosotros.

El mal encuentro lo reconocemos porque nos turba, nos aplasta, no nos deja crecer. Es el que cierra el mundo, lo restringe, lo achica. Cuando hacemos un encuentro de este tipo (todos los hacemos) queda en nosotros instalado un trauma que se repite de manera ciega en nuestro inconsciente hasta el infinito.

En cambio, el buen encuentro es el que alarga, extiende, dilata el horizonte que hasta ahora teníamos del mundo circundante pues lo abre y multiplica. Es un encuentro de amor, que da forma a la vida, le marca senderos, la guían.

La estructura escolar es más bien rígida, burocrática, con planes y programas definidos. No deja mucho espacio para que el docente pueda ser un verdadero trasmisor de saber. Conocemos la realidad: profesores taxis que corren de una escuela a otra para cumplir con sus horas. Les queda, al final de la jornada, continuar planificando, corrigiendo, preparando lecciones. Y, sin embargo, y a pesar de todo, siempre están allí los que no dejan de entusiasmar, los que no se conforman con solo dictar contenidos pues ponen su impronta, dejan señales: son los que de verdad enseñan. Claro que no pueden obligar a nadie a desear, pero el deseo de los alumnos se despierta a través de los estímulos que les transfiere por su forma de ser, por su estilo. Es humilde. Sabe que no es el dueño, pero ama el saber y eso trasmite. Pone al alumno en jaque: lo hace pensar, interrogarse, cuestionar, exponer las propias ideas. Es el maestro que más que orientar desorienta, en el sentido de que saca al otro de lo conocido y le muestra otro terreno a explorar.

4Todos nosotros recordamos a algunos profesores que más allá de la materia que enseñaban nos traspasaban algo. Las marcas, las huellas que dejaron no están hechas de contenidos, de objetos teóricos. Al maestro que no hemos olvidado, lo recordamos por la forma como lo ha hecho, porque ponía en juego su cuerpo, su voz y su modo de hacernos entrar al mundo del saber. Es el que ama lo que enseña y hace del saber un acto de amor. Entonces produce una transformación en el discípulo, que a la vez genera una segunda transformación de lo recibido y esa en otra. El alumno entonces se ha transformado, en un amante. Amante del saber que el maestro trasmite con amor.

El que muestra lo que sabe muestra también lo que no sabe y en el acto de enseñar tanto el alumno como él aprende porque ningún es completo. Lo que exige dejar de lado el engreimiento, la soberbia que produce el tener un papel que testifique ser poseedor de un saber.

En ese año tan particular que estamos viviendo muchos padres y alumnos añoran al maestro, extrañan no estar frente a alguien que los empuje, les explique, los impele a conocer. Las tecnologías son un instrumento excelente para encontrar información, pero no es todo lo que se necesita para aprender. Se necesita la presencia tangible del docente. Es cuando al maestro se lo vuelve a valorizar.

*Cecilia Barone es socióloga, psicóloga social
y profesora superior en Ciencias Sociales.
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Comentarios:

Bella la lectura, me reflexiona que el enseñar también se aprende, si que es de muchas circunstancias, pero el ejemplo de enseñar y aprender recíproco genera un bien común al profesor y alumno
Carlos Roberto Solis
18/09/2020

No coincido para nada con la expresión "El lugar privilegiado para la formación es, sin dudas, la escuela". Considero que el lugar privilegiado para la formación es, sin dudas, LA FAMILIA. La escuela, en el mejor de los casos, acompaña a la familia. Porque hay escuelas que deforman o malforman, escuelas donde el adoctrinamiento (en vez de la enseñanza) de alumnos se presenta con toda su furia y esplendor, docentes que no están a la altura de las circunstancias, autoridades peor que los docentes y escuelas "católicas" donde podemos encontrar más de un pañuelito verde.
Eleogardo Carlos Troilo
05/09/2020

 
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