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MEJOREMOS LA CALIDAD DE NUESTRO TIEMPO
-Por lic. Cecilia Barone*-

Otro año que acaba. Llegamos a diciembre y no podemos creer que tan pronto haya terminado el año. Nos pasó desapercibida la velocidad con que se nos escurrió. Es, quizás, el momento de preguntarnos sobre cómo hemos pasado este tiempo que gratuitamente se nos ha otorgado.

Andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo.
San Pablo, Éfeso 5

Otro año que acaba. Llegamos a diciembre y no podemos creer que tan pronto haya terminado el año. Nos pasó desapercibida la velocidad con que se nos escurrió. Es, quizás, el momento de preguntarnos sobre cómo hemos pasado este tiempo que gratuitamente se nos ha otorgado.

MAS SE ALARGA LA VIDA Y MÁS VUELA EL TIEMPO

Parece que a medida que van pasando los años la vida nos resulta siempre más breve. Los días, los meses y los años se suceden sin que nos demos cuenta.  A veces la celeridad con que vivimos no nos permite tomar conciencia de cómo vamos viviendo.

Gracias a los adelantos científicos y los avances de la medicina la población, en general, ha ganado en cantidad de años de vida. Sin embargo, esta longevidad no siempre va acompañada de calidad. Vivimos más y queremos más, sin saber bien para qué. No es que tengamos poco tiempo, lo más seguro es que perdamos mucho. La vida no es breve, sino que nosotros la acortamos debido a la aceleración con que la vivimos sin que nos demos cuenta y sin poder hacer mucho por detenerla.

Somos pura fuga, evasión. Estamos corroídos por la ansiedad. Nos dedicamos a todo menos a nuestro deber esencial: vivir con plenitud el tiempo que se nos ha otorgado. “Es menester sacar fuerzas para servir y procurar no ser ingratos con el tiempo que se nos ha dado, porque con esa condición lo da el Señor; que, si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos lo tornará a tomar y nos quedaremos muy más pobres, pero ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende que está rico?”, dice Santa Teresa, en su Camino de perfección y nos despierta la conciencia ante tan grande riqueza recibida.

Si andamos escasos de tiempo es porque lo derrochamos. Parece una paradoja:  todo el mundo hace los esfuerzos posibles e imposibles por conservar su patrimonio material; pero cuando la cuestión es perder tiempo, entonces se conduce con el mayor desprendimiento, pero es, justamente, en este asunto donde más convendría ser avaro.

Nos decimos continuamente: “ahora estoy ocupado, pero en cuanto tenga tiempo haré…” y allí enumeramos todas las cosas pendientes que si las haríamos nos harían más sanos y felices. Esperamos que ese momento glorioso se nos dé sin molestarnos en hacer las cosas que nos reportarían el bienestar anhelado. Vivimos como si fuéramos a vivir eternamente. Con la razón entendemos que somos mortales, pero no actuamos de acuerdo a esta realidad.

Nuestra cabeza está llena de compromisos asumidos, de trabajos que debemos realizar, de miles de demandas y obligaciones. La obligación de vivir una vida satisfactoria debería de ser la más importante, sin embargo, ninguna obligación puede ser ejercida dignamente por un hombre demasiado ocupado. El espíritu distraído nada puede hacer con profundidad sino con ligereza y ansiedad.

DESEAMOS MÁS TIEMPO LIBRE, PERO ¿PARA QUÉ? 

Parece que se deba hacer siempre algo que tenga un fin, que lleve a la realización de algo concreto, que se vea. El que no lo hace se siente culpable. Cuando llega el momento de aprovechar el tiempo libre, el hombre se siente como perdido y sólo se le ocurre seguir consumiendo, no sea que le quede tiempo para pensar en lo que está haciendo de su vida. Para esto hay un enorme mercado que produce cosas, servicios, entretenimientos, para “ocupar el tiempo libre”, a fin de que el tiempo “no quede muy libre”.

Hoy se niega el verdadero ocio, el que implica disfrute en el hacer, en el encuentro con el otro, en el descanso de la mente y el cuerpo. Más bien, en los momentos libres del trabajo se superponen más espacios para movernos y seguir perdiendo energía. “El tiempo de ocio del hombre actual se gasta en el consumo y cuanto más tiempo le queda libre, más ávidos y vehementes son sus apetitos. Estos apetitos no quedan restringido a los artículos de primera necesidad, sino que por el contrario se concentran principalmente en las cosas superfluas de la vida”, afirma la filósofa Hannah Arendt.

Es en los ratos de descanso cuando la pereza se hace dueña de la situación y, no es que esté mal tomarse el tiempo para no hacer nada, sino que por pereza dejamos de hacer muchas cosas que nos gustan, porque casi siempre entrañan algún cambio o riesgo y una dedicación que no estamos dispuestos a darles. Lo más sencillo es llenar las horas del día libre conectados a alguna pantalla, ya sea la televisión, la computadora, el celular, sin dejarnos espacios para las emociones, la creatividad, el ejercicio físico, la compañía de los seres queridos, el disfrute de la naturaleza. Antes o después, nos llega el aburrimiento.

Con la cabeza llena de estímulos externos, es evidente que no se puede pensar bien, ni descansar, ni sentirse capaz de recrear la vida.

UNA NUEVA OPORTUNIDAD

Estamos en las puertas de un nuevo año. Es hora de ponernos a pensar en lo que realmente queremos hacer para mejorar la calidad de nuestra vida. Recordemos que el único tiempo es el que nos toca vivir; lamentarnos del poco tiempo que nos resta es siempre postergar las cosas.

Seamos conscientes de la fugacidad, de nuestra impaciencia ante los ciclos y los procesos, de la precipitación hacia lo próximo antes de culminar lo presente. La aceleración solo dará como resultado la sensación de que nada se ha experimentado de veraz, nada ha pasado, nada se ha incorporado a nuestro bagaje de vida. Cuando esta percepción se acentúa sobreviene la sensación de vacío, la angustia existencial.

Necesitamos comprometernos en hacer del tiempo que se nos ha dado un verdadero tiempo de vida. Para ello no queda otra que trabajar sobre nosotros mismos. Cultivar a diario y sin cesar nuestro jardín interior antes de que lo invada la maleza. Y para ello es necesario hacer paréntesis, tener momentos de verdadero ocio para hacer aquello donde nos manifestemos más humanos.

Los momentos libres permiten al hombre construir una “abundancia de vida”, con espíritu abierto e interesado, desplegando las fuerzas potenciales, enriqueciéndose a sí mismo y a los demás, elevando el nivel de los logros y las realizaciones. Justamente es el tiempo donde uno se puede sentir más vital y más pleno de vida. No es la actitud del que interviene sino la del que se relaja; no la del que toma sino la del que suelta y abandona.

Probablemente nos digamos, ¿cómo puedo ponerme a pensar, a relajarme, si tengo tanto por hacer?  Es hora de hacer un balance y reflexionar sobre cuáles son nuestras prioridades. Seguro el trabajo, como medio de subsistencia, aparecerá en primer lugar, pero no dejemos que lo ocupe todo. Sepamos hasta cuando extenderlo y como organizar el tiempo restante para poder dedicarnos a aquello que nos aportará más años de calidad.

 
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