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VIVIR A MARÍA PARA COMUNICAR A CRISTO
-Por Padre José Forlai, igs-

El Bautismo marca el nacimiento místico de Jesús en nosotros y nos une a la comunidad de los creyentes. Así como en el seno de María se unieron sin confusión la naturaleza humana y la divina, también en la fuente bautismal se realiza la irrupción de la gracia en nuestra carne mortal.

Todo está fundamentado en el ADN de Cristo para ser sanado y reintegrado a la verdad. Principio y fundamento de nuestro propio soplo vital, el itinerario de cristificación al que estamos llamados lo podemos contemplar ya en la Madre cristiforme: su inmaculada concepción prefigura el bautismo de gracia en el que somos lavados de la aversión a Dios; su asunción y realeza en la comunión de los santos anticipa la entrada de todo nuestro ser en el paraíso del Padre, para ocupar nuestro lugar en la Iglesia celestial. Entregarnos a María es una respuesta al don del Crucificado. Aceptar a su Madre como nuestra implica la elección consciente de entregarnos a la gracia del bautismo, para que Cristo alcance en nosotros la plena madurez. El acto libre con el que nos entregamos a esta dinámica transformadora implica seguir al Maestro renunciando a nosotros mismos y levantando nuestra propia cruz. En una palabra, debemos elegir para nosotros la humildad y el despojo de Jesús, su kénosis. «Acoger a nuestra casa a María» y «elegir para sí la humillación del Hijo» el mayor acto de amor posible a una criatura, son gestos prácticamente equivalentes: no hay cristianismo sin despojarse de sí mismo, como no hay espiritualidad mariana que descarte el misterio de la cruz.

El don bautismal inaugura el compromiso de hacer vivir en uno mismo a Cristo sacerdote de la humanidad, misionero del Padre. Dar a Jesús a los demás es una consecuencia natural de haberlo encontrado. «No me basta amar a Cristo si mi prójimo no le ama» decía san Vicente de Paul. María dio a su Hijo único después de haberlo concebido. Ella, modelo del apóstol, nos lo ofrece extendiendo sus brazos. Pero la Escritura no nos permite caer en el irenismo.

Anunciamos la gracia a un mundo que a menudo no la quiere porque no la conoce: «Vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Los que sueñan con éxitos en el apostolado o cuentan los números ¡son unos pobres ilusos! Rara vez la gente aplaude a los que les dicen la verdad enseñada por el Maestro. Cruz y lucha contra el sopor de la indiferencia son el pan de cada día del verdadero apóstol.

El apostolado de María posee el rasgo inconfundible de la intimidad con Cristo y del ocultamiento, por lo que en ella no hay mero “actuar” sino una particular mística apostólica.

Su naturaleza cristificada se derrama en sus gestos de forma natural gracias al corazón contemplativo que le ha sido dado. Íntimo a ella más que ella misma, parafraseando a Agustín, el Maestro respira y actúa en ella incluso antes de nacer. Pero si su acción es ya la del Hijo que se humilló tomando forma de siervo, el modo en que se entregó sólo podría estar oculto a los ojos del mundo, lejos de cualquier orgullo u ostentación espiritual.

 
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