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UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE
-Por Marcelo E. Miraglia-

Por lo general aquellos acontecimientos importantes que ocurren de manera inesperada, suelen dejar su huella y generar cambios que modifican el curso de las cosas afectando -para bien o para mal- a las personas que deben vivirlos. Esto es lo que ocurrió con Luisa teniendo ya cerca de 80 años de edad cuando atravesó una situación muy complicada.

Podemos decir sobre su forma de ser que era una persona muy alegre y con mucha fuerza, que jamás bajaba los brazos. Su permanente sonrisa y facilidad para comunicarse con todos la convertía en una persona muy agradable y simpática. Siempre tenía palabras para todo y era muy expresiva. Creía en Dios, pero sin compromisos. Luego de casarse con Olegario cuando ambos eran muy jóvenes, formaron su familia compuesta por dos hijos; pero como la familia creció tuvieron cuatro nietos y ocho bisnietos. Toda su vida la dedicó a ellos. Muchas veces por su entrega y cariño llegaba al extremo de descuidarse a sí misma para atender a los suyos.

Así fue que en cierta oportunidad sintiendo dolores muy fuertes en la espalda le restó importancia y continuó con su rutina. Luego de unas semanas esos dolores no se calmaron y por el contrario se hicieron cada vez más agudos. Su familia preocupada al verla sufrir tanto urgentemente la trasladó al hospital y ya en la guardia del mismo, los médicos luego de examinarla y realizar una serie de estudios, diagnosticaron una infección muy severa en uno de sus riñones. Le comunicaron a sus familiares que debia ser operada inmediatamente ya que su vida corría serio peligro; debían extirpar el riñón enfermo. Se dispuso el quirófano y todo el equipo de profesionales para dar comienzo a la operación. Fueron varias horas de intervención.

Pero ocurrio algo totalmente inesperado. Mientras la operaban Luisa pudo observarse desde la altura del techo en la sala de operaciones. Se veía a sí misma en la camilla y a todos los médicos y enfermeras muy preocupados y en estado de desesperación pues se decían unos a otros: ”Se nos va”. Acto seguido ya no se veía desde el techo sino que ingresó como en una suerte de túnel y observaba a lo lejos una luz más blanca que la nieve y acercándose progresivamente a ella escuchaba una hermosa música incomparable que jamás había oído y que le transmitía una paz y serenidad únicas. Luisa más adelante describirá ese momento como inolvidable y comentará sobre él: “Si esto es morir es lo más hermoso que he vivido”.

Esa visión pronto desapareció y se despertó en su habitación con fuertes dolores, cosa que no le había ocurrído hasta ese momento. Al otro día se presenta el cirujano en su habitación para hacer un control, y al verla mejor se alegra profundamente. Le pregunta cómo se siente y ella le responde que totalmente dolorida. El médico mirándola a los ojos le toma su mano derecha y emocionado le dice: ”¡Que trabajo nos dio a todos!”. Luisa lo mira y le pregunta: ”¿Por qué?”. El cirujano le responde: ”Por que se nos moría”. Ella no dijo nada y se quedó en silencio pensando en todo lo ocurrido. La experiencia que tuvo la guardó celosamente para sí y no quiso hacer comentario alguno.

Con el paso de los meses y ya recuperada, Luisa comienza a visitar a los parientes más lejanos. Puede decirse que es en ese momento cuando vislumbra que debe dar testimonio de aquella experiencia vivida. A partir de ese momento comienza a decirles a todos que : ”No hay que tenerle miedo a la muerte porque es solamente un paso. Si lo que me pasó es morir, morir es lo más lindo que hay. La vida después de la muerte existe. ¡Qué lástima que haya gente que no crea en esto! El mundo podría ser mucho mejor”. Ella estuvo al borde de la muerte y descubrió con certeza que la vida no acaba allí. Su nueva misión fue compartir lo ocurrido con todos para que creyeran. En esto transcurrieron sus días entre nosotros hasta que el Señor la llamó a su lado.

Lo sucedido a Luisa es algo que la hizo madurar en su fe. Supo que, como todos, también estaba llamada a resucitar a una vida nueva. Si antes tenía dudas, ellas ya se habían disipado.

El Evangelio de San Juan nos muestra cómo el Apóstol Tomás también pasó por una situación de duda similar a la de Luisa que luego Jesús a su manera se encargó de aclarar:

Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn. 20,27-29).

Este Evangelio nos invita a meditar en aquellas cuestiones de nuestra fe que, podríamos decir, son cruciales. Luisa no perdió más tiempo y asumió su compromiso dando a conocer esta nueva realidad que había conocido, ¿Nosotros cómo compartimos a Jesús resucitado con nuestros hermanos?

 

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