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CÁNTICO DE NAVIDAD
-Por José María Castiñeira de Dios-

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“Tú eres el Dios de los humildes, el amparo
  de los pequeños, el defensor de los débiles,
  el refugio de los desamparados y el salvador
 de los que tienen esperanza”.
Judit 9-11

Gracias, Señor. Porque a pesar de todo puedo allegarme hasta tu Nacimiento.
Traigo, tal vez, más penas que alegrías, como la dura vida de mi pueblo.
¿Cómo cantar cuando tus pobres lloran y ese dolor me está quemando el pecho?
¿Cómo cantar si es una inmensa herida la callada memoria de mis muertos?
Gracias, Señor, porque me das palabras para alabar tu gloria en nombre de ellos.
Gracias, Señor, porque te compadeces de las penurias de mis compañeros.
Y es que tu amor de Salvador nos salva y por salvarnos nos estás naciendo.
Sólo tu amor me hace cantar ahora, más allá del dolor y el sufrimiento.

Toda la noche, con su pampa oscura, te anuncia en esa estrella sus pendida.
Templa el silencio su coraje augusto y el tiempo desovilla sus fatigas.
Se oye el misterio de la Nochebuena y el milagro entre lágrimas se espiga.
¡Naces, Señor, para los ojos ciegos; para los miserables de esta vida!
¡Naces, Señor, para los oprimidos, para los mendicantes de justicia!
Y todos vienen de una fe remota: los manantiales de la Profecía.
¡Son mi pueblo, Señor, y son tu pueblo, mis hermanos que esperan al Mesías!
¡Son el cántico nuevo ante un pesebre, porque mi Dios ha obrado maravillas!

Traen, Señor, como una sola ofrenda, todas sus vidas de vivir cansadas.
Siguen la estrella de la Nochebuena porque cifran en ella su esperanza.
Largo ha sido el dolor, la pena, el miedo; todos tenemos lastimada el alma.
Pero a la luz de tu pesebre humilde sabemos que tu amor reúne y salva.
Gracias, Señor, porque nos naces dentro y somos el pesebre de tu Gracia.
Estás aquí en la humanidad del pueblo; danos pan y justicia y paz cristiana.
Danos la certidumbre de tu reino y libra a nuestro hogar de la desgracia.
Muchos van hacia ti, Señor, ya vamos a tu fiesta de pobres y de parias.

Sé que tu amor es una puerta abierta y entro con aleluyas al establo.
¡Salve, María, la agraciada, salve, porque nos das al Niño, el Esperado!
¡Salve, José, el obrero, varón justo, porque escuchaste al ángel del milagro!
¡Y salve el asno, el buey y las ovejas, porque el Señor los colocó a tu lado!
Cúbrelos con tu amor y cada día dales el justo pan de su trabajo.
Cuida a mi patria de la desventura y a los míos otórgales tu amparo.
Y porque estás en la razón del pueblo seas siempre bendito y alabado.

 
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