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1DÍA DE CERO DISCRIMINACIÓN. CONTRIBUCIÓN DE LA IGLESIA. PARTE 2
-Por Cardenal Van Thuan y Mons. Giampaolo Crepaldi, tomado de Catholic.net-

Cada 1 de marzo la comunidad internacional celebra el Día de Cero Discriminación. En este marco, podemos preguntarnos cuál ha de ser la contribución específica que la Iglesia católica está llamada a dar, a la lucha contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.

La cuestión de la reparación

Una segunda exigencia es la justicia, dado que "el perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación, que es propia de la justicia, sino que trata de reintegrar tanto a las personas y los grupos en la sociedad, como a los Estados en la comunidad de las naciones" (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada  mundial  de  la  paz de 1997, n. 5:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de diciembre de 1996, p. 11).

2La Santa Sede es muy consciente de la importancia y, al mismo tiempo, de la delicadeza de los problemas vinculados a "la exigencia de reparación", especialmente cuando se traduce en demandas de indemnización. El debate que se entabló entre algunos Estados miembros de las Naciones Unidas en el momento de aceptar el orden del día provisional de la Conferencia de Durban es un testimonio ulterior. A la Iglesia no compete proponer una solución técnica a ese problema tan complejo. Sin embargo, la Santa Sede expresa su convicción de que cada vez es más necesario mirar al pasado con memoria purificada para poder afrontar serenamente el futuro.

La educación en los derechos humanos

Entre las recomendaciones que se proponen en el programa de la Conferencia de Durban se halla también el compromiso de educar en los derechos humanos, particularmente a través de los medios de comunicación y la labor de las religiones.

3La Santa Sede es consciente de que las raíces del racismo, de la discriminación y de la intolerancia se encuentran en los prejuicios y en la ignorancia, ante todo frutos del pecado, pero también de una educación equivocada e insuficiente. De ahí el papel fundamental de la educación. Al respecto, la Iglesia católica recuerda su papel activo "en la base" -papel que tiene un enorme alcance- para educar e instruir a los jóvenes de cualquier confesión religiosa y de todos los continentes, y eso desde hace siglos. La Iglesia, fiel a sus valores, imparte una educación al servicio del hombre y de todo el hombre. Esta acción fundamental en favor de la causa de los derechos humanos es muy conocida.

Con respecto al papel insustituible de las religiones, y en particular de la fe cristiana, para educar en el respeto a los derechos del hombre, baste recordar que una enseñanza correcta de la religión permite alejarse de esos "ídolos falsos" que son el nacionalismo y el racismo. El Papa Juan Pablo II afirmaba ante la asamblea interreligiosa de 1999:  "La tarea que debemos cumplir consiste en promover una cultura del diálogo. Individualmente y todos juntos debemos demostrar que la creencia religiosa se inspira en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia y sostiene la libertad" (Discurso durante el encuentro con los líderes de diversas religiones, 28 de octubre de 1999, n. 3:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 6).

Las discriminaciones positivas

4Entre las recomendaciones del orden del día de la Conferencia de Durban se incluyen también las "discriminaciones positivas". En efecto, la Convención internacional sobre la eliminación de toda forma de discriminación racial, del 21 de diciembre de 1965, que la Santa Sede ratificó, prevé la posibilidad de adoptar medidas especiales "con el único fin de asegurar de modo adecuado el progreso de algunos grupos raciales o étnicos y de personas que requieren protección, la cual puede serles necesaria para disfrutar de los derechos humanos (...) en condiciones de igualdad" (art. 1, 4).

Sobre esta base de la "acción positiva", algunos países han adoptado legislaciones que conceden una protección especial a los pueblos autóctonos o minoritarios. Con todo, la elección de este tipo de política sigue siendo objeto de controversia. Existe el peligro real de que esas medidas consoliden la diferencia, en vez de favorecer la cohesión social; que, por ejemplo, en lo que atañe al empleo o a la vida política, se recluten o elijan las personas según su grupo étnico y no de acuerdo con su competencia; y, por último, que la libertad de elección quede condicionada.

Es indiscutible que, a veces, el peso de los antecedentes de índole histórica, social y cultural exige acciones positivas por parte de los Estados. Los pueblos autóctonos, en particular, aún sufren mucho a causa de discriminaciones. Ahora bien, la Iglesia católica, siempre muy atenta a la defensa de la realidad del hombre concreto, en su situación histórica, reivindica un respeto efectivo de los derechos humanos.

5Formas inéditas de racismo

Por consiguiente, estas políticas son legítimas si se respeta la prudente reserva del artículo 1° 4 de la Convención de 1965. En efecto, ese artículo establece que las discriminaciones positivas sean temporales, que no tengan como efecto el mantenimiento de derechos distintos para grupos diferentes, y que no sigan en vigor una vez obtenidos los objetivos fijados.

Notemos, por último, que desde 1988 se han ahondado dos grandes brechas a nivel mundial:  la, cada vez más dramática, de la pobreza y de la discriminación social; y la, más nueva y menos denunciada, del ser humano no nacido, sujeto a experimentos y objeto de la técnica (a través de las técnicas de procreación artificial, la utilización de "embriones sobrantes", la clonación llamada terapéutica, etc.). Es muy real el peligro de una forma inédita de racismo, pues el desarrollo de estas técnicas podría llevar a la creación de una "sub-categoría de seres humanos" destinada esencialmente a la utilidad de algunos. Se trata de una nueva y terrible forma de esclavitud. Ahora algunos poderosos intereses comerciales quisieran aprovecharse de esta latente tentación eugenésica. Por eso, los gobiernos y la comunidad científica internacional tienen el deber de vigilar atentamente.

Conclusión

6En septiembre de 1995, el Papa Juan Pablo II, en su visita a Sudáfrica, afirmó que la solidaridad "es el único camino posible para salir del completo fracaso moral de los prejuicios raciales y de las rivalidades étnicas" (Homilía en Johannesburgo,  17  de septiembre de 1995, n. 4:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de septiembre de 1995, p. 11). La solidaridad se ha de desarrollar entre los Estados pero también en el seno de todas las sociedades donde, indiscutiblemente, la deshumanización y la desintegración del entramado social están llevando a la exacerbación de las opiniones y de las conductas racistas y xenófobas, y al rechazo del  más débil, sea extranjero, inválido o pobre.

La solidaridad se funda en la unidad de la familia humana, pues todos los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, tienen el mismo origen y están llamados al mismo destino. Sobre esta base es insustituible la contribución de las religiones y esa contribución deben darla todos los creyentes que, adhiriéndose libremente a su fe, la viven diariamente. En todo esto nos ha de impulsar la convicción de que la libertad  de conciencia y de religión sigue siendo el presupuesto, el principio y el fundamento de cualquier otra libertad,  humana y civil, individual y comunitaria.

 
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