MEDITACIÓN DIARIA
DEL EVANGELIO - SEPTIEMBRE 2026
-Por Padre Guillermo de Jesús Acero Alvarín-
Intención del Papa para el mes de septiembre: Oremos por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella.

Martes 01
San Egidio, abad
1 Co 2, 10b-16; Sal 144, 8-14; Lc 4, 31-37
Evangelio: En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño. Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen». Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
Reflexión: El evangelio enfatiza la presencia de Dios en la historia. El Hijo de Dios mantiene unos vínculos profundos con su patria. En efecto, el espíritu impuro lo reconoce como «Jesús Nazareno», es decir, como originario de una pequeña ciudad de Galilea. Lucas también ratifica la conexión de Jesús con esa región, pues nos muestra que la escena de hoy ocurre en Cafarnaún, población ubicada en la orilla norte del lago de Galilea. Jesús, sin desconocer su profundo arraigo en el ambiente de su época, actúa con la autoridad que procede de Dios, la cual le permite destruir el reino de la injusticia y el pecado para establecer el asombroso Reino de Dios, que es justicia, paz y libertad para todos.
Oración: Jesús de Nazaret, Santo de Dios, libéranos de todo aquello que nos separe de ti.
Miércoles 02
San Elpidio
1 Co 3, 1-9; Sal 32, 12-15.20-21; Lc 4, 38 -44
Evangelio: En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y Él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que Él era el Mesías. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero Él les dijo: «Es necesario que proclame el Reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Reflexión: Jesús restituye la integridad humana en diversos contextos, que abarcan a todas las personas. En un lugar público, como la sinagoga, había actuado en favor del endemoniado; ahora, en el espacio privado de un hogar, le devuelve la salud a la suegra de Pedro. Este modo integral de obrar de Jesús nos muestra la universalidad de su mensaje y nos enseña que la obra de Dios se realiza por doquier. El final del episodio deja claro que esa preocupación por el bienestar humano no se restringe a Israel, sino que se proyecta a todas las naciones. Por eso, Jesús no se queda en un solo lugar, por más éxitos que haya cosechado, e invita a sus discípulos a ir a otras ciudades.
Oración: Señor Jesús, sana nuestras dolencias y límpianos de nuestros egoísmos para construir comunidades acogedoras, especialmente con los marginados.
Jueves 03
San Gregorio Magno, Papa y doctor (MO)
1 Co 3, 18-23, Sal 23, 1-6; Lc 5, 1-11
Evangelio: En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la Palabra de Dios. Estando Él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una pesca tan grande que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Reflexión: El evangelio de hoy ofrece una síntesis de las actividades de Jesús. Por una parte, predica la Palabra de Dios de forma que sea accesible a todos, por eso recurre a las parábolas. Por otra parte, supera todos los obstáculos para mostrar su autoridad y la providencia de Dios. La actitud de Pedro también muestra el conflicto que existe entre obstinarse en los propios criterios («Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada») y la apertura a la voluntad de Dios («Por tu palabra echaré las redes»). La sobreabundancia de la pesca confirma que el camino a la plenitud reside en la confianza en Dios. Entonces los discípulos están listos para abrirse a nuevas misiones.
Oración: Señor Jesús, haznos testigos entusiastas del Evangelio para trabajar por la construcción del Reino de Dios.
Viernes 04
Santa Rosalía de Palermo, virgen
1 Co 4, 1-5; Sal 36, 3-6.27-28.39-40; Lc 5, 33-39
Evangelio: En aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber». Jesús les dijo: «¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días». Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que bebe vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».
Reflexión: En el lenguaje religioso las obras penitenciales recrean el dolor y la nostalgia por la ausencia de Dios. Ese era el sentido del ayuno para los escribas y fariseos. Incluso Juan Bautista, cuyo mensaje era tan cercano al de Jesús, promovía la práctica del ayuno. No obstante, la radical novedad del Evangelio transforma nuestra experiencia de Dios. Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Quien lo encuentra no tiene por qué vivir dándose golpes de pecho para pedir la presencia de Dios, pues Dios se hace presente en Jesús. Al encontrarlo a Él, encontramos al Padre que está en los cielos.
Oración: Señor Jesús, permítenos que, animados por tu presencia, vivamos con júbilo y esperanza.
Sábado 05
Santa Teresa de Calcuta, religiosa
1 Co 4, 6b-15; Sal 144, 17-21; Lc 6, 1-5
Evangelio: Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: «¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Respondiendo Jesús, les dijo: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, y tomando los panes consagrados, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él». Y les decía: «El Hijo del Hombre es señor del sábado».
Reflexión: Una de las leyes más importantes de Israel es la santificación del sábado. Era un aspecto central de su identidad como pueblo. Sin embargo, los fariseos se limitaban al cumplimiento externo de las normas del descanso sabático, al punto de considerar pecadores a los discípulos de Jesús por el solo hecho de arrancar espigas. Jesús les explica, con un caso concreto de la Sagrada Escritura, que para Dios lo más importante es la integridad del ser humano. Y, si no les basta con ese argumento, les da una razón todavía mayor: Él es Señor del sábado.
Oración: Señor Jesús, enséñanos a vivir con la alegría de la libertad de los hijos de Dios.
Domingo 06
XXIII del Tiempo Ordinario
Ez 33, 7-9; Sal 94, 1-2.6-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos. Les digo, además, que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Reflexión: Jesús plantea el amor al prójimo como el motor que rige la vida de la comunidad, no la prepotencia ni el desprestigio ajeno. Por ello, frente a los errores de un hermano, la primera opción no es la expulsión o el destierro, sino la corrección fraterna. No se trata de ser permisivos o indiferentes ante las faltas de los demás, pues eso sería cobarde y mezquino. Jesús nos pide una corrección amorosa y valiente, cuyo propósito es hacer de los hermanos cada vez mejores personas. La intervención de Jesús concluye remarcando la importancia de hacer todo bien y en comunidad, incluida la oración.
Oración: Padre de bondad, danos un corazón misericordioso como el tuyo para saber perdonar a nuestros hermanos.
Lunes 07
Santa Regina, mártir
1 Co 5, 1-8; Sal 5, 5-7.12; Lc 6, 6-11
Evangelio: Un sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero Él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada: «Levántate y ponte en medio». Y, levantándose, se quedó en pie. Jesús les dijo: «Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?». Y, echando una mirada a todos, le dijo: «Extiende tu mano». Él lo hizo y su mano quedó restablecida. Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.
Reflexión: La prioridad de Jesús es la misma que la del Padre del cielo: el ser humano, especialmente el que se halla en situación de necesidad o crisis. Con sus acciones, el Señor nos enseña el verdadero sentido de las leyes de Dios. En este pasaje, lo realiza mediante la curación en público de este hombre que tiene la mano paralizada, como muestra del poder absoluto de Dios, cuyos beneficios son para todos. El episodio saca a la luz la hipocresía de los escribas y fariseos, que, en vez de alegrarse por la salud restablecida, empiezan a maquinar cómo acabar con el dador de la vida. Estamos, pues, llamados a acoger con gozo la obra salvífica del Señor.
Oración: Dios de amor y compasión, fortalece nuestra solidaridad hacia nuestro prójimo.
Martes 08
Natividad de la Bvda. Virgen María (F)
Mi 5, 1-4a; o bien Rm 8, 28-30; Sal 12, 6; Mt 1, 1-16.18-23
Evangelio: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá, y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: «Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
Reflexión: La genealogía de Jesús que presenta Mateo destaca que su presencia en el mundo no es una mera coincidencia, sino parte del plan de salvación de Dios. Jesús, en tanto hijo de David, es el Mesías rey y, en tanto hijo de Abrahán, el salvador de su pueblo. La segunda parte del relato resalta el ejemplo de docilidad y abandono a la voluntad de Dios de José. María, en cambio, aparece en silencio, no busca defensa alguna, porque confía en Dios y sabe que Él no la abandonará y restaurará su dignidad. Tanto a ella como a José los sostiene su firme fe-confianza en Dios.
Oración: Santos José y María, miren benignamente nuestras debilidades e intercedan por nosotros pecadores ahora y siempre.
Miércoles 09
San Pedro Claver, presbítero (ML)
1 Co 7, 25-31; Sal 44, 11-12.14-17; Lc 6, 20-26
Evangelio: En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán. Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas. Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre! ¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán! ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas».
Reflexión: Las bienaventuranzas expresan las condiciones que Jesús nos pide para entrar en su Reino de amor, justicia y paz. Con ellas, declara que la meta final para la que nos ha creado Dios es el júbilo, la dicha y la felicidad plenas. Esta alegría es para aquellos que confían plenamente en Dios. Ellos no se asustan ante las adversidades; abrazan con amor la pobreza, el hambre, el llanto o la persecución. Aquellos que confíen en los principios opuestos al Evangelio, en cambio, no podrán disfrutar de esta alegría de Dios. De allí el lamento de Jesús, los «ayes». Abramos nuestro corazón al Reino de Dios y confiemos plenamente en la fuerza del Señor, que nos conduce a la felicidad por medio del Evangelio.
Oración: Dios de amor, llena nuestros corazones de la dicha de aquellos que confían en ti.
Jueves 10
San Nicolás de Tolentino, religioso
1 Co 8, 1b-7.11-13; Sal 138, 1-3.13-14.23-24; Lc 6, 27-38
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les darán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midan se les medirá a ustedes.
Reflexión: De los demás recibimos amabilidad, pero, a veces, también actitudes hostiles. Su trato no se convierte en un criterio de nuestro seguimiento de Jesús, pero sí la manera como reaccionamos. Es normal devolver bien por bien. Para eso no se necesita ser especial, simplemente ser buena persona. Pero Jesús quiere que seamos mucho más que eso. Sus verdaderos discípulos buscan el bienestar de todos, incluso de aquellos que les han causado mal. Estamos invitados, pues, a ser siempre misericordiosos, a ejemplo de nuestro Padre del cielo que es misericordioso con todos.
Oración: Padre del cielo, danos un corazón como el tuyo, misericordioso con todos.
Viernes 11
San Orlando
1 Co 9, 16-19.22b-27; Sal 83, 3-6.12; Lc 6, 39-42
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la viga que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la viga del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».
Reflexión: Para construir una verdadera fraternidad, es fundamental abstenerse de juzgar a los otros, porque nadie es mejor o superior que los demás. Acoger con amor no es fácil, porque a menudo andamos fijándonos en las faltas ajenas, nos constituimos en jueces de los demás. La corrección fraterna, sin embargo, tiene otro sentido, no supone que uno sea mejor que su hermano, sino que es una muestra sincera de buscar el bien del prójimo. Por eso, antes que descalificar el comportamiento de alguien, estamos llamados a cultivar la comprensión, fomentando así la solidaridad y una constante gratitud a Dios.
Oración: Señor Jesús, permite que, guiados por tu amor, tratemos a nuestro semejantes como auténticos hermanos nuestros.
Sábado 12
Santísimo Nombre de María (ML)
1 Co 10, 14-22; Sal 115, 12-13.17-18; Lc 6, 43-49
Evangelio: En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. ¿Por qué me llaman “Señor, Señor”, y no hacen lo que digo? Todo el que viene a mí escucha mis palabras y las pone en práctica, les voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, chocó el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; chocó contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».
Reflexión: Jesús nos enseña que las palabras son insuficientes para demostrar nuestra fe. Lo que realmente importa es cómo vivimos. En las obras y acciones es donde se expresa la fe y el compromiso con sus enseñanzas. Él nos llama a actuar con sabiduría, es decir, a amar al prójimo y vivir según el espíritu de las bienaventuranzas. En un mundo lleno de palabras vacías, se requiere creyentes que vivan con coherencia según la enseñanza de Jesús, apóstoles de la misericordia que demuestren su fe con su vida. Así es como construimos nuestro discipulado en la roca firme de la práctica del Evangelio.
Oración: Ablanda, Jesús, nuestros duros corazones para que encarnemos tu Evangelio en nuestras vidas.
Domingo 13
XXIV del Tiempo Ordinario
Eclo 27, 30—28, 7; Sal 102, 1-4.9-12; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35
Evangelio: En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste, ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Reflexión: Esta parábola destaca, por un lado, la profunda necesidad que los seres humanos tenemos de abrir nuestro corazón a la misericordia de Dios; y, por otro, que todos estamos llamados a ser misericordiosos con nuestros hermanos. Por eso, Jesús nos invita a ser coherentes. ¿Cómo pedir el perdón de Dios si no estamos dispuestos a perdonar siempre a nuestro prójimo? El mismo Jesús, en el momento extremo de su muerte en la cruz, nos dio ejemplo de perdón. No solo perdona, sino que incluso se convierte en intercesor de sus homicidas: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 24).
Oración: Padre nuestro, enséñanos a perdonar, así como tú nos perdonas.
Lunes 14
Exaltación de la Santa Cruz (F)
Nm 21, 4b-9; o bien Flp 2, 6-11; Sal 77, 1-2.34-38; Jn 3, 13-17
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Reflexión: Dios se caracteriza por su capacidad para transformar situaciones extremas de muerte en oportunidades inesperadas de vida. Así ocurrió con la serpiente de bronce en el desierto. Esta pasó de ser símbolo de terror y muerte para los israelitas a instrumento de salvación, gracias a la intervención de Moisés. Jesús alude a este episodio para explicar el significado de su muerte en la cruz que, aunque acarrea muerte y sufrimiento, se transforma en fuente de salvación para la humanidad. La cruz representa la suprema entrega de Jesús, su vida derramada por todos. Como discípulos suyos, estamos comprometidos a creer en Él y a seguir su ejemplo para poseer una vida plena de felicidad y sentido.
Oración: Padre de bondad, permítenos acoger tu salvación para tener vida plena en tu Hijo.
Martes 15
Bienaventurada Virgen María de los Dolores (MO)
Hb 5, 7-9; Sal 30, 2-6.15-16.20; Jn 19, 25-27
Evangelio: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Reflexión: A lo largo de su ministerio, Jesús atraía grandes multitudes, pero, cuando fue arrestado y condenado a la cruz, la mayoría de sus seguidores lo abandonaron. Solo un pequeño grupo de personas leales se mantuvo firme al pie de la cruz, entre ellas su madre María, otras tres mujeres y el discípulo amado. Solo ellos declaran su pertenencia total a Jesús, bajo el riesgo de ser asociados a un «criminal». Pero es ante la cruz donde el verdadero discípulo declara su total adhesión al Señor. Nuestra pertenencia a Jesús se sella allí, y de ahí emana también nuestra filiación de María.
Oración: Santa María, intercede por nosotros para que seamos dignos de acogerte como madre nuestra.
Miércoles 16
Ss. Cornelio, Papa y Cipriano, obispo, mártires (MO)
1 Co 12, 31—13, 13; Sal 32, 2-5.12.22; Lc 7, 31-35
Evangelio: En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta y no han bailado, hemos entonado lamentaciones, y no han llorado”. Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dicen: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
Reflexión: Quienes rechazan la misericordia y el amor de Dios nunca se hacen responsables de sus acciones; buscan culpar de ello a otros o a Dios mismo. Jesús denuncia esta actitud de sus contemporáneos y desenmascara sus falacias. Envió Dios a Juan Bautista y ellos menospreciaron su estilo de predicación, tratándolo de endemoniado. Vino su Hijo Jesucristo y lo trataron como comilón y borracho. Quien acepta el Evangelio, en cambio, no se escuda en disculpas mezquinas. Lleno de confianza, abre su corazón a la salvación de Jesús para ser amado y misericordiado por Él.
Oración: Padre bueno, aleja de nosotros la soberbia y la vanagloria para acoger tu amor y misericordia con humildad.
Jueves 17
San Roberto Belarmino, obispo y doctor (ML)
1 Co 15, 1-11; Sal 117, 1-2.16-17.28; Lc 7, 36-50
Evangelio: En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora». Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?». Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Le dijo Jesús: «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados». Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Reflexión: La fama de Jesús se propaga por doquier. A Él acuden todo tipo de personas: enfermos, publicanos, pecadores e incluso fariseos, como Simón, que lo invita a comer en su casa. Allí la misericordia universal de Jesús es puesta a prueba. Los criterios humanos suelen crear distancia y enemistades entre los distintos grupos de personas. Los fariseos que invitan a Jesús pretenden que Él los acoja a ellos, pero que desprecie a los demás. Jesús, sin embargo, acoge siempre, jamás desprecia. Por el contrario, quienes han sido rechazados por los demás, encuentran en Él el amor y la compasión que los acerca a Dios. Así ocurre con aquella pecadora, que recibe de Jesús el perdón que la redime.
Oración: Padre bueno, mira con misericordia nuestras debilidades e infúndenos vida nueva con el amor de tu Hijo y la fuerza de tu Espíritu.
Viernes 18
San José de Cupertino, San Juan Macías
1 Co 15, 12-20; Sal 16, 1.6-8.15; Lc 8, 1-3
Evangelio: En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
Reflexión: Jesús recorre cada ciudad y aldea para que ningún lugar quede sin el anuncio de la Buena Noticia del Reino. Cada persona debe conocer que Dios no es terror y amargura, sino misericordia, amor y perdón. Por eso, quienes tienen la gracia de encontrarlo optan por cambiar sus vidas y seguirlo radicalmente. Todos estamos llamados a esta conversión; hombres y mujeres, como escuchamos en el evangelio de hoy. Las mujeres que seguían al Maestro de Galilea también fueron testigos de sus obras y palabras, y pusieron sus vidas, talentos y bienes al servicio del Reino de Dios. Que su opción de vida y su ejemplo animen nuestro caminar en pos de Jesús.
Oración: Señor Jesús, que, a ejemplo de tus discípulas de Galilea, nosotros también lo dejemos todo y te sigamos con entusiasmo.
Sábado 19
San Jenaro, obispo y mártir (ML)
1 Co 15, 35-37.42-49; Sal 55, 10-14; Lc 8, 4-15
Evangelio: En aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola. Él dijo: «A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del Reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”. El sentido de la parábola es este: la semilla es la Palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la Palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes y riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Lo de la tierra buena son los que escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».
Reflexión: Con esta parábola, Jesús nos enseña cómo la misericordia de Dios llega a todos, a ejemplo del sembrador que esparce su semilla en diferentes tipos de terreno. Jesús siembra la semilla del Reino en cada corazón, sin importar cómo la reciba cada uno. En un segundo momento, el Señor explica a sus discípulos el significado de la parábola, porque ellos son los nuevos sembradores del Reino. Reciben el regalo de entender a fondo el Evangelio que van a compartir. Como ellos, nosotros también estamos invitados a reconocer el amor misericordioso de Jesús y a poner nuestra vida al servicio de la Buena Noticia.
Oración: Espíritu Santo, llénanos de tu fuerza para que perseveremos en el seguimiento de Jesús y demos abundantes frutos de vida eterna.
Domingo 20
XXV del Tiempo Ordinario
Is 55, 6-9; Sal 144, 2-3.8-9.17-18; Flp 1, 20c-24. 27a; Mt 20, 1-16
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña». Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
Reflexión: Jesús se enfoca en lo que las personas pueden hacer en el presente y el futuro más que en sus acciones u omisiones pasadas. Así lo manifiesta en la parábola de hoy. El patrón remunera la misma cantidad a los que trabajaron solo una hora y a aquellos que soportaron todo el peso del día. Para él, lo que importa no es desde cuándo trabaja el obrero, sino su decisión y entusiasmo durante el tiempo trabajado en la viña. Si dejamos la hostilidad y la envidia y acogemos con cariño a los demás, podemos ser agentes de conversión de todos los que quieren vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús.
Oración: Señor, que, al sentirnos amados intensamente, podamos acoger con alegría a todos nuestros hermanos y hermanas.
Lunes 21
San Mateo, apóstol y evangelista (F)
Ef 4, 1-7.11-13; Sal 18, 2-5; Mt 9, 9-13
Evangelio: En aquel tiempo, Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Y, estando Jesús en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Anden, aprendan lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
Reflexión: La vocación de Mateo refleja la grandeza de la misericordia de Dios, pues Jesús lo llama en pleno ejercicio de su función de cobrador de impuestos, una labor que implicaba ser traidor de su pueblo y cometer múltiples injusticias. Mateo responde de inmediato, no se detiene a hacer cálculos. Siente la sinceridad de Jesús, quizás porque conocía que Él acoge a los publicanos y pecadores. Horas más tarde ve confirmada su intuición cuando el Maestro de Nazaret se sienta a la mesa con él y otro grupo de publicanos. Así, Jesús nos enseña a recibir a todos y a confiar en el poder transformador de la misericordia divina, capaz de convertir corazones aferrados al dinero en seguidores de Cristo.
Oración: Señor Jesús, por intercesión de san Mateo, fortalece nuestra confianza en el poder de tu gracia.
Martes 22
San Mauricio, mártir
Pr 21, 1-6.10-13; Sal 118, 1.27.30.34-35.44; Lc 8, 19-21
Evangelio: En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta Él. Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen».
Reflexión: La total pertenencia a Jesús es requisito indispensable para ser discípulos suyos. Por eso sus palabras no son un rechazo a su familia de sangre que lo busca entre la multitud. Son, más bien, la confirmación de que toda persona puede unirse a Él no solo por lazos étnicos o culturales, sino por un vínculo que proviene de Dios, el cual se expresa en la escucha y custodia de su Palabra. Por tanto, cada vez que escuchamos y ponemos en práctica su mensaje de misericordia y amor nos comportamos como auténticos hermanos de Jesús e hijos amados de Dios, conformamos la gran y única familia en la que nadie queda excluido.
Oración: Señor Jesús, danos oídos y corazones atentos a tu Palabra de vida.
Miércoles 23
San Pío de Pietrelcina, presbítero (MO)
Pr 30, 5-9; Sal 118, 29.72.89.101.104.163; Lc 9, 1-6
Evangelio: En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengan dos túnicas cada uno. Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si algunos no los reciben, al salir de aquel pueblo sacúdanse el polvo de sus pies, como testimonio contra ellos». Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.
Reflexión: Jesús pasó por este mundo haciendo el bien y mostrando a todos el amor y la cercanía de Dios. Pero Él no quiso que su obra solo fuera recordada, sino continuada por la Iglesia. De allí que confiera a sus discípulos su misma autoridad para confirmar con signos de poder la autenticidad del Reino de Dios. En el envío de los suyos que leemos en el pasaje evangélico de hoy, también enseña las características de la misión y la confianza que se necesita para que esta tenga éxito. La conversión no puede ser con violencia o coerción, sino que es fruto del entusiasmo y ejemplo de vida de los misioneros.
Oración: Padre de amor, envía más obreros a tu mies y concédenos a todos ser testigos y anunciadores alegres de tu Palabra.
Jueves 24
Nuestra Señora de la Merced (MO)
Qo 1, 2-11; Sal 89, 3-6; 12-14.17; Lc 9, 7-9
Evangelio: En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo.
Reflexión: La admiración a Jesús no necesariamente lleva a hacerse discípulos suyos. Ese es el caso del rey Herodes, cuyo apego al poder y la violencia le impide considerar siquiera la posibilidad de abandonar el egoísmo y servir con amor a su pueblo. La fama de Jesús solo despierta su curiosidad, quiere saber quién es. Y, en efecto, la respuesta a esta pregunta marca la diferencia entre los creyentes y el resto de la gente. Para esta, Jesús es alguien para admirar, como ocurre hoy con los influencers. El creyente, en cambio, se siente interpelado por Él y llamado a seguirlo, porque el Maestro no es una estrella famosa que busca seguidores, sino el salvador que, a través del sendero de la cruz, nos lleva a la salvación.
Oración: Señor Jesús, enséñanos a mantenernos firmes y fieles en el anuncio de tu Reino.
Viernes 25
San Cleofás
Qo 3, 1-11; Sal 143, 1-4; Lc 9, 18-22
Evangelio: Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «El Mesías de Dios». Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Reflexión: Aunque la fama de Jesús se había extendido por toda Galilea, no todos tenían claro quién era. Para unos se trataba de Elías u otro de los grandes profetas que había vuelto a la vida. Otro grupo, entre ellos Herodes, pensaba que había resucitado Juan Bautista. Solo Pedro se atreve a salir de estos esquemas y profesar su fe en el ungido de Dios. No obstante, aunque Pedro está en lo cierto, Jesús le prohíbe divulgarlo para evitar malentendidos. La fe es un proceso personal. Solo cuando se alcanza un verdadero seguimiento de Jesús, la profesión de fe se convierte en una realidad.
Oración: Padre santo, como a Pedro, concédenos también a nosotros seguir a tu Hijo con alegría y dar testimonio de nuestra adhesión a Él.
Sábado 26
Santos Cosme y Damián, mártires (ML)
Qo 11, 9—12, 8; Sal 89, 3-6.12-14.17; Lc 9, 43b-45
Evangelio: En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Métanse bien en los oídos estas palabras: el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.
Reflexión: La cruenta muerte de Jesús es la más profunda expresión del amor, la máxima muestra de la misericordia infinita de Dios. Este misterio, sin embargo, es el más difícil de entender. Por eso el Señor dedica tiempo para explicar a sus discípulos las consecuencias del seguimiento y nos exhorta a no desfallecer en el camino de la cruz. Antes de la Pascua, los discípulos no captaron este mensaje de Jesús, pues, aunque estaban físicamente con Él, sus enseñanzas les parecían imposibles de cumplir. Estamos invitados a superar el miedo que paraliza y a profundizar con entusiasmo en los misterios de nuestra fe.
Oración: Señor Jesús, infúndenos la fortaleza de tu Espíritu para que no temamos el camino de la cruz.
Domingo 27
XXVI del Tiempo Ordinario
Ez 18, 25-28; Sal 24, 4-9; Flp 2, 1-11, Mt 21, 28-32
Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándolos el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, ustedes no se arrepintieron ni le creyeron».
Reflexión: Con esta parábola, Jesús nos recuerda qué es lo más importante en la vida cristiana. Aunque alguna vez muchos le hayan dicho no a los mandamientos de Dios y al Evangelio de su Hijo Jesucristo, lo que realmente cuenta es que en el momento decisivo actúen con un sí. Los propósitos, aunque son el inicio de cualquier tarea, si no van acompañados del compromiso real, carecen de sentido, no sirven. La vida cristiana es un constante sí a Dios. Mostremos con nuestras acciones que hemos asumido el arrepentimiento que Jesús nos exige y que creemos de verdad en el Evangelio que nos salva.
Oración: Padre de amor, ayúdanos con tu gracia, para que nuestro sí lo sea de palabra y de obra.
Lunes 28
San Wenceslao, mártir (ML)
Jb 1, 6-22; Sal 16, 1-3.6-7; Lc 9, 46-50
Evangelio: En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante. Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de ustedes es el más importante». Entonces Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros». Jesús le respondió: «No se lo impidan: el que no está contra ustedes, está a favor de ustedes».
Reflexión: Jesús quiere de sus discípulos una forma de proceder distinta a la lógica del mundo. Él no prohíbe sobresalir, pero aclara quién, según los criterios del Evangelio, es el que más cuenta. La vida necesita regirse con una serie de valores, pero el más grande de todos es la humildad. Por ende, para Jesús, los más importantes no son aquellos que buscan imponerse por encima de los demás, sino los más pequeños y humildes de la comunidad. Solo una actitud de mansedumbre posibilita acciones de misericordia que generan bienestar para nuestro prójimo. Agradezcamos a Dios entonces por tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, trabajan arduamente por la promoción humana de todos los hermanos.
Oración: Señor Jesús, concédenos ser testigos de amor y servicio en este mundo, así como tú nos lo enseñaste.
Martes 29
Ss. Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (F)
Dn 7, 9-10.13-14; o bien Ap 12, 7-12a; Sal 137, 1-5; Jn 1, 47-51
Evangelio: En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y añadió: «Yo les aseguro: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre».
Reflexión: Natanael, al comienzo, no se fía de Jesús, pero Él responde a esa desconfianza reconociéndolo como un auténtico israelita. Ese gesto del Señor (no devolver indiferencia con indiferencia) derriba las resistencias de Natanael y pronuncia la primera confesión de fe del Evangelio de Juan: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Natanael reconoce a Jesús como rabí, es decir como maestro, cuyas enseñanzas han de ser seguidas. También lo proclama Hijo de Dios, lo cual le confiere absoluta legitimidad a su misión. Finalmente, lo reconoce como rey de Israel, es decir, como Mesías, el ungido de Dios para instaurar un nuevo Reino caracterizado por el amor, la justicia y la misericordia.
Oración: Padre del cielo, permítenos, por intercesión de tus santos arcángeles, alabarte siempre con íntegro corazón
durante todos los días de nuestra vida.
Miércoles 30
San Jerónimo, presbítero y doctor (MO)
Jb 9, 1-12.14-16; Sal 87, 10-15; Lc 9, 57-62
Evangelio: En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». El respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el Reino de Dios».
Reflexión: La decisión de seguir a Jesús no debe regirse solo por algún impulso repentino, sino por la decisión consciente de asumir permanentemente su propuesta de amor incondicional. En efecto, para entrar en el Reino de Dios hay que transitar el camino de la cruz. Jesús, que es claro en lo que promete, pide decisión y perseverancia; pues quien tiene experiencia de Él conoce que el bien más valioso es el Reino de Dios y, por eso, pone toda la vida a su servicio. Llenos de esperanza por el cumplimiento de la Palabra de Jesús, estamos invitados a ser cada vez más entusiastas y sinceros en el testimonio de su Evangelio.
Oración: Señor Jesús, Hijo del Hombre, concédenos amar lo que tú amas y disponer toda nuestra vida según los criterios del Reino de Dios que tú anunciaste. |