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1MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - DICIEMBRE
-Por Padre Carlos R. De Almeida-

Intención del papa Francisco para el mes de DICIEMBRE: Recemos para que nuestra relación personal con Jesucristo se alimente de la Palabra de Dios y de una vida de oración.

Martes 1 de diciembre
Beato Charles de Foucault, fundador

Evangelio de Lucas 10, 21-24:

“En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, Jesús exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar». Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron»”.

Reflexión:

Jesús, lleno del Espíritu Santo, agradece a su Padre porque se ha revelado a la gente sencilla. Qué importante es la sencillez, pues es una virtud estrechamente conectada con la humildad y debemos estar convencidos que, sin humildad, es imposible agradar a Dios. Una persona sencilla no está buscando aparentar o figurar, vive en la verdad y, por eso, refleja a Cristo, que es la Verdad. Además, la sencillez tiene que ver mucho con la acción del Espíritu Santo. En efecto, el Paráclito nos impulsa a participar de la misma vida de Cristo. Gracias a la fuerza vivificante del Espíritu Santo, podemos imitar a Jesús,

Miércoles 2 de diciembre
Santa Viviana

Evangelio de Mateo 15, 29-37:

“En aquel tiempo, Jesús llegó a orillas del mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudió a él mucha gente llevando consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los pusieron a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y a los ciegos recobrar la vista, y daban gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino». Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar en este despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?». Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos contestaron: «Siete y unos pocos peces». Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastas llenas”.
Reflexión:

Un detalle que podemos meditar, en el Evangelio de hoy, viene a ser que la gente, tras la multiplicación de los panes y los peces, comió hasta saciarse y además sobró. Es decir, que lo que dio Jesús fue algo sobreabundante. Al leer el Antiguo Testamento, podemos percibir que los anuncios de la venida del Mesías hablaban de la sobreabundancia de bienes; de esta manera, Jesús, con este milagro, hace un signo mesiánico (cf. Is 25, 6-10). Pero, además, aprendemos que Jesús da siempre a manos llenas. Todo lo que Él ofrece a los hombres es superabundante. El Señor sigue actuando hoy, su derroche de bendiciones no es menos que cuando estaba realizando milagros en Palestina. Nosotros estamos llamados no solo a ser receptores de la sobreabundancia de bienes que trae Jesús, sino de colaborar con Él, para que ningún hermano quede desprovisto de estos bienes.

Jueves 3 de diciembre
San Francisco Javier, presbítero

Evangelio de Mateo 7, 21, 24-27:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra aquella casa; pero no se derrumbó porque estaba cimentada sobre roca. Al contrario, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa: esta se derrumbó y fue grande su ruina»”.

Reflexión:

Todo buen constructor sabe muy bien que si se cimenta una edificación sobre roca, hay seguridad; en cambio, cimentar sobre arena no brinda solidez a una construcción. Hoy, Jesús nos pide aplicar esto a nuestra vida espiritual. Debemos apoyarnos siempre en el Señor, en Él tenemos una absoluta solidez. Por usar una imagen, los terremotos de la vida, que por cierto nunca faltarán, no nos derrumbarán, si nos abandonamos en Dios. El primer enemigo de este santo abandono es confiar en nuestras propias fuerzas y olvidarnos de que solo si nos apoyamos en el Señor podremos siempre salir adelante. Aquel que se fía de sí mismo y no cuenta con Dios, termina por derrumbarse existencialmente. Por eso, nos hace mucho bien hacer, diariamente, actos de abandono en el Señor.

Viernes 4 de diciembre
San Juan Damasceno, presbítero y doctor

Evangelio de Mateo 9, 27-31:

“En aquel tiempo, al salir Jesús, dos ciegos le siguieron y gritaban: «Hijo de David ten compasión de nosotros». Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creen que yo puedo hacerlo?». Contestaron: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que les suceda conforme a lo que han creído». Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado, que nadie lo sepa!». Pero ellos, apenas salieron, hablaron de él por toda aquella región”.

Reflexión:

Jesús les dice a estos dos ciegos que le piden ser curados: «Que suceda conforme a su fe». Hoy, también el Señor nos dice lo mismo y, por tanto, nos invita a examinarnos sobre nuestra fe. ¿Cómo es nuestra fe? Quizá nos estamos conformando con decir «tengo fe»; pero sería bueno que profundizáramos en ella. No caigamos en esa visión errada de la fe, que la confunde con un simple sentimiento o con ciertas prácticas piadosas, muchas veces, realizadas mecánicamente. La fe es mucho más. Estos dos ciegos, que aparecen hoy en el Evangelio, nos dan una lección de fe: siguen a Jesús, confían en Él creyendo en su poder, le piden lo que necesitan y, tras ser curados, hablan sin miedo de Jesús a los demás.

 

Sábado 5 de diciembre
Santa Ada, abadesa

Evangelio de Mateo 9, 35_10, 1. 6-8:

“En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver Jesús a la multitud, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla». Y llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «Vayan a las ovejas descarriadas del pueblo de Israel. Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis»”.  

Reflexión:

Quedémonos con la última frase del Evangelio de hoy, que son unas palabras de Jesús a sus apóstoles: «Lo que han recibido gratis, denlo gratis». Todo lo que Jesús nos da es gratuito, en primer lugar, las virtudes teologales —la fe, la esperanza y la caridad— que son dones sobrenaturales y donde la iniciativa es absolutamente de Dios.
La Iglesia está llamada a ser un canal de las gracias salvíficas que Cristo ha logrado, con su muerte y resurrección. Cristo es la fuente, la Iglesia es el canal y ella tiene la misión de hacer que la gracia de Cristo llegue a todos los hombres, de manera gratuita. Esto exige, de los miembros de la Iglesia, no poner obstáculos a la comunicación de la gracia de Cristo. El papa Francisco nos está pidiendo no caer en una especie de burocracia de lo sagrado, por ejemplo, hay que facilitar la administración de los sacramentos a la gente, lo cual no significa diluir las exigencias; pero sí, no poner trabas.

 

Domingo 6 de diciembre
II de Adviento

Evangelio de Marcos 1, 1-8:

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajerodelante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”». Apareció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo»”.

Reflexión:

Hoy, segundo domingo de Adviento, aparece la figura de san Juan Bautista, el último profeta de la antigua Ley. En la Sagrada Escritura, aprendemos que los profetas son la «boca de Yahvé», son los que hablan en nombre de Dios y, por eso, el profeta anuncia y denuncia. En efecto, el profeta anuncia la verdad y denuncia la mentira. San Juan Bautista anunció la verdad, pues fue el precursor del Señor, proclamó a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Asimismo, Juan denunció la mentira, y, por hacerlo, fue martirizado, pues condenó sin miedo el adulterio de Herodías. Al igual que san Juan Bautista, nosotros estamos llamados a preparar el camino del Señor, ahí donde estamos anunciando la verdad y denunciando la mentira. El Señor cuenta con nuestra misión profética. Quien deja de lado su vocación profética, no solo no prepara el camino del Señor, sino que es cómplice de que la mentira gane terreno en la sociedad.

 

Lunes 7 de diciembre
San Ambrosio, obispo y doctor

Evangelio de Lucas 5, 17-26:

“Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados allí unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todos los pueblos de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de Jesús. Como no sabían por dónde hacerlo, a causa de la multitud, subieron a la azotea y, separando las tejas, lo descolgaron con la camilla y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados quedan perdonados». Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: «¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?». Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: «¿Qué están pensando en sus corazones? ¿Qué es más fácil: ¿decir “Tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda?”. Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados —dijo al paralítico—: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa». Él, levantándose inmediatamente, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios. Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: «Hoy hemos visto cosas admirables»”.

Reflexión:

En el pasaje de hoy, podemos fijarnos en los hombres que llevan al paralítico, para que se encuentre con Jesús. En estos hombres, podemos decir que está lo esencial del apostolado. ¿Qué es lo esencial del apostolado? Es hacer que el prójimo tenga un encuentro con Cristo, médico de cuerpos y almas. El paralítico tuvo un profundo encuentro con Jesús y fue curado, por Él, íntegramente. Aprendamos de estos hombres que ayudaron al paralítico a poner todos los esfuerzos para llevar a los demás hacia Cristo. Fijémonos en los esfuerzos que hacen: suben a la azotea, separan las tejas y bajan la camilla. Hacer apostolado exige iniciativas, mucho ingenio y esfuerzos. Así como hay personas que toman iniciativas y son ingeniosas para difundir el mal, nosotros debemos serlo para llevar a los demás a Jesús. La Iglesia, no olvidemos esto nunca, está en el mundo para hacer apostolado y, en esta tarea, todos nosotros estamos involucrados.

Martes 8 de diciembre
Inmaculada Concepción de María

Evangelio de Lucas 1, 26-38:

“En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, puesto que aún no vivo con un hombre?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban la estéril, porque para Dios nada es imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel”.

Reflexión:

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción. La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, ha definido el dogma de la Inmaculada en 1854, por el papa Pío IX. Es una verdad de fe que María fue concebida sin pecado original y que, además, no cometió ningún tipo de pecado. Ella es toda limpia, toda pura y toda santa. María es la kejaritomene (Lc 1, 28), una palabra griega que implica hablar de que ella, desde el primer momento de su existencia, está colmada de Dios. La única persona humana que aparece, en toda la Biblia, como kejaritomene es María. De esta manera, en Ella se cumple el protoevangelio (Gn 3, 15) que anuncia la venida de una mujer que será totalmente enemiga del diablo. Puesto que en María no hay pecado, ella no tiene parte con el maligno. En María, todo refleja a Cristo y es, por su Hijo, que Ella es Inmaculada. Hoy, en esta solemnidad, tomemos conciencia de que no hay nada más bonito que ser totalmente de Dios, lo cual tendrá como efecto la santidad. Acudamos siempre a la Inmaculada pidiendo que nos ayude a tener el alma limpia.

 

Miércoles 9 de diciembre
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

Evangelio de Mateo 11, 28-30:

“En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera»”.

Reflexión:

Jesús nos conoce mejor que nadie y Él sabe muy bien que, en nuestro caminar por esta vida, estamos llenos de problemas y todo ello nos agobia y cansa. Si nosotros pretendemos cargarnos todo ese peso, con seguridad que vamos a quebrarnos interiormente. En el Evangelio de hoy, el Señor nos pide que descarguemos en Él todos nuestros agobios y cansancios. Esto lo concretamos, sobre todo, cuando vamos a la oración. Toda persona que cuida su oración y la hace con fe, descansa en el Señor. Sobre todo, vayamos al sagrario, que es el mejor lugar para descansar en el Señor. Ahí, contemplando a Jesús Eucaristía y dejándonos mirar por Él, los agobios que aparecen en nuestro caminar se derriten como la nieve se derrite cuando sale el sol.

Jueves 10 de diciembre
Nuestra Sra. de Loreto

Evangelio de Mateo 11, 11-15:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Les aseguro que, de los nacidos de mujer no ha surgido uno más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde que apareció Juan el Bautista, hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y la gente violenta pretende apoderarse de él. Pues todos los profetas y la ley anunciaron esto, hasta que vino Juan; y es que, lo acepten o no, él es Elías el que tenía que venir. El que tenga oídos que oiga»”.

Reflexión:

Jesús nos enseña que los violentos arrebatan el Reino. ¿A qué violencia se refiere? ¿Acaso Jesús no es el príncipe de la paz? Conviene aclarar que la violencia de la que habla Jesús, de ninguna manera es de tipo física, aquella propia de los poderosos del mundo, que con prepotencia quieren imponer sus ideologías. La violencia que propone Jesús no es algún tipo de maltrato a la persona, sino que Él nos habla de una «violencia interior», que consiste en negarse a uno mismo. Es decir, consiste en erradicar el egoísmo, tan arraigado en nosotros, para así amar sin medida. Esa es la violencia «buena» que todo discípulo de Jesús debe practicar. Se trata de quebrar, con la gracia de Dios, nuestros corazones de piedra abriéndolos de par en par al amor de Jesús, para ser portadores de los valores del Reino: la justicia, la paz, la verdad y el amor.

Viernes 11 de diciembre
San Dámaso I, papa

Evangelio de Mateo 11, 16-19:

“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta, pero ustedes no han bailado; hemos cantado lamentaciones, pero ustedes no han llorado”. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tienen a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero la sabiduría de Dios se conoce por sus obras»”.

Reflexión:
Si nos fijamos en la vida de los profetas, tal como nos relata la Biblia, podemos decir que ellos nunca contentaron a las mayorías. Ellos se preocuparon de vivir y predicar para agradar a Dios, pues hablaban en nombre de Dios. Eso es lo que hizo san Juan Bautista, y, por supuesto, Aquel que es el Profeta con mayúsculas, Cristo Jesús. Nosotros, que somos profetas desde el día de nuestro bautismo, estamos llamados a actuar bajo la mirada de Dios y no bajo la mirada de las mayorías porque, hay que decirlo, el cristianismo no es una cuestión de mayorías. Dicho en otras palabras, no se trata de tener contenta a la opinión mayoritaria. De lo que se trata es de encontrarnos con Cristo, Él nos transforma, nos hace agradables a Dios Padre y nos vuelve «signos de contradicción», para todos aquellos que no viven conforme al evangelio.

Sábado 12 de diciembre
Bienaventurada Virgen María de Guadalupe

Evangelio de Lucas 1, 39-48:

En aquellos días, María se puso en camino y fue sin demora a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».

Reflexión:

Hoy contemplamos a María que se aparece a Juan Diego, en el Tepeyac. El relato de los diálogos está lleno de una ternura sin igual. Cómo no conmovernos ante esas palabras de la Virgen: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo?». Debemos convencernos de que estas palabras de María son para cada uno de nosotros y no solo para Juan Diego. María es Madre y, con eso, ya lo hemos dicho todo. Actualicemos lo que pasó en el Tepeyac teniendo una sólida devoción a María, que nos llevará a invocarla todos los días con diversas oraciones y, además, a imitarla; es decir, a practicar esas virtudes que Ella vivió: la fe, la esperanza, la caridad, la obediencia, la humildad, el servicio, etc. Al igual que pasó con san Juan Diego, nosotros también podemos encontrarnos con María, si le tenemos una verdadera devoción.

Domingo 13 de diciembre
III de Adviento (Gaudete)

Evangelio de Lucas 1, 46-50.53-54:

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando”.

Reflexión:

En este tercer domingo de Adviento, vuelve a aparecer la figura de san Juan Bautista, el precursor del Señor. Un aspecto esencial en la vida de Juan es que él sabe muy bien que no es el Mesías, por eso, con claridad y humildad afirma que quien vendrá es más que él. Aprendamos de Juan el Bautista a ser «flechas» que orientan a los demás a buscar a Jesús. Lo nuestro es orientar a todos hacia el Señor y, para ello, tenemos que ser como «una voz que grita en el desierto», pues hay que proclamar sin miedo, en esta sociedad secularizada, que el Mesías es uno solo y se llama Jesús. Solo salva Cristo y nadie más. Erradiquemos todo deseo de colocarnos en el centro. Juan el Bautista no se colocó en el centro, pues era consciente de que el único centro es Jesús y, de esa manera, él se ubicó en un segundo plano.

Lunes 14 de diciembre
San Juan de La Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia

Evangelio de Mateo 21, 23-27:

“En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?». Jesús les contestó: «Yo también les voy a hacer una pregunta; si me la contestan, les diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?». Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le han creído?” Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta». Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto»”.

Reflexión:

Jesús tiene la verdadera autoridad. Él es Dios con nosotros, la misma Verdad que se hace hombre y nos enseña nuestra verdad. En el Evangelio de hoy, se percibe cómo los dirigentes religiosos quedan en ridículo, pues Jesús les muestra su ignorancia al no saberle responder la pregunta que Él les plantea. Reconozcamos siempre que, ante el Señor, somos ignorantes, por eso, con humildad pidámosle a Él, que es el Maestro, que nos enseñe. Estamos llamados a aprender constantemente de Jesús, a establecer un diálogo amoroso con Él, partiendo de los Evangelios y a reconocer que solo Él tiene toda la autoridad para enseñarnos y guiarnos siempre, por el camino de la verdad.

 

Martes 15 de diciembre
San Reinaldo

Evangelio de Mateo 21, 28-32:
   
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña». Él le contestó: «No quiero». Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». Contestaron: «El primero». Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y ustedes a pesar de esto no se arrepintieron ni creyeron en él»”.

Reflexión:

Cuando Jesús nos pone el ejemplo del hijo que le dice «no» a la orden de su padre, pero al final lo obedece, nos está invitando a convertirnos. Lo fundamental, en la conversión, son los actos concretos que hacemos y que agradan a Dios. Las palabras pierden todo valor si se quedan solo en buenas intenciones, pero no se plasman en la vida. El hecho de que Jesús diga que los publicanos y las prostitutas están en mejor situación que los dirigentes religiosos, es también un fuerte llamado de atención para nosotros, que nos consideramos católicos practicantes.

Miércoles 16 de diciembre
Santa Alicia

Evangelio e Lucas 7, 19-23:

“En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro»? Aquellos hombres se presentaron a Jesús y le dijeron: «Juan, el Bautista, nos ha mandado a preguntarte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”». Y en aquella ocasión Jesús curó a muchos de sus enfermedades, dolencias y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Después contestó a los enviados: «Vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y dichoso aquel que no se escandalice de mí»”.

Reflexión:

Con la venida de Jesús, ya no es necesario esperar a alguien más. Dicho en otras palabras, Jesús trae la plenitud. Todo lo que anunciaba el Antiguo Testamento, sobre la venida del Ungido, del Mesías, se cumple en Jesús. Dentro de los signos mesiánicos estaban las sanaciones, pues el Mesías traerá la curación de los ciegos, los sordos, los leprosos, los inválidos, etc. Jesús, lo dicen los Evangelios, por donde pasaba, sanaba a los enfermos. Hoy, Jesús sigue realizando verdaderas sanaciones. En efecto, el Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, nos sana de la peor ceguera, que es la del egoísmo, que no nos permite ver las necesidades del prójimo; Él nos sana de la peor sordera, que consiste en no querer oír la Palabra de Dios; Él nos sana de la peor lepra, que es la del pecado.

Jueves 17 de diciembre
San Lázaro

Evangelio de Mateo 1, 1-17:

 “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así, desde Abrahán a David fueron en total catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce generaciones”.

Reflexión:

Hoy empezamos la segunda parte del Adviento, que nos coloca a puertas del nacimiento del Salvador. Si en la primera parte se nos invitaba a contemplar la segunda venida del Señor, en esta parte vamos a tener presente la primera venida del Señor, es decir la Encarnación. Hoy, el Evangelio nos presenta la genealogía de Jesús. Esta larga lista de nombres nos quiere decir que Jesús, en cuanto verdadero hombre, es uno como nosotros, menos en el pecado. Un detalle es que aparecen cinco mujeres. De ellas, cuatro son de mala reputación: Tamar se hizo pasar por prostituta; Rajab fue una prostituta de Jericó; Rut no era judía, sino pagana; y la mujer de Urías cometió adulterio con David. ¿Por qué aparecen estas cuatro mujeres? Para decirnos que Jesús se ha hecho solidario con nuestras miserias, siendo Él inocente, asume nuestros pecados para purificarlos con su sangre preciosa.

Viernes 18 de diciembre
Nuestra Sra. de la Esperanza

Evangelio de Mateo 1, 18-24:

“El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Pero apenas había tomado esta decisión, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas aceptar a María por esposa, pues la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Miren: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a María como esposa”.

Reflexión:

Se dice que los personajes del Adviento son Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Sin embargo, debemos hacer justicia, como personaje del Adviento, también a san José, el varón justo, que hoy es el protagonista del Evangelio. No podemos hablar de la primera venida del Señor sin considerar la misión de san José quien, al adoptar al niño Jesús, le pasó su linaje davídico. Según las leyes judías, cuando un hombre adoptaba a un niño, le daba también su linaje. La docilidad de José al plan de Dios hizo que Jesús fuera el Hijo de David. Cuánto tenemos que agradecerle a san José, pues gracias a él, a su total apertura a la voluntad de Dios, tanto Jesús como la Santísima Virgen María tuvieron un verdadero custodio y protector.

Sábado 19 de diciembre
San Urbano V y San Nemesio

Evangelio de Lucas 1, 5-25:

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según todos los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada. Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso. Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor. Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto». Zacarías dijo al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada». El ángel le contestó: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento». El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: «Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres»”.

Reflexión:

Hoy se nos relata el nacimiento de Juan Bautista y aparecen sus padres: Zacarías e Isabel, quienes eran justos delante de Dios, es decir, judíos que se esforzaban por tener una relación correcta con Dios. Zacarías se sobresaltó ante la noticia del ángel Gabriel de que su esposa concebiría, a pesar de la edad avanzada que tenía. Nos dice el relato que Zacarías se quedó mudo por no haber creído en esta noticia. Lo curioso es que Zacarías era, como hemos dicho, una persona justa, pero no se deja sorprender por Dios y, por ello, sus dudas. También eso nos puede pasar a nosotros, que nos esforzamos por tener una amistad con Dios, muchas veces no nos dejamos sorprender por Él, porque lo queremos encasillar en nuestros esquemas. No perdamos nunca de vista que Dios nos sorprende en cualquier momento, como lo hizo con Zacarías e Isabel, dándoles la bendición de un hijo. Dejémonos sorprender por Dios.

Domingo 20 de diciembre
IV de Adviento

Evangelio de Lucas 1, 26-38:

“A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la descendencia de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada es imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel”.

Reflexión:

El relato de la Anunciación nos va preparando para la celebración de la Navidad. Nunca estará de más enfatizar que toda la humanidad está en deuda con María Santísima. Las palabras de la Virgen: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1, 38) fueron la llave que abrió el cielo para que el Verbo se hiciese carne y habitara entre nosotros (cf. Jn 1, 14). En efecto, el sí de María hizo posible que Aquel, que ni los cielos pueden contener, se hiciese hombre para salvar a todos los hombres. Además, María nos enseña a ejercer correctamente nuestra libertad, pues solo en la medida que le respondemos afirmativamente a Dios, estamos siendo verdaderamente libres. Aprendamos de la Santísima Virgen María a acoger con libertad al Verbo encarnado: Jesucristo. A Jesús se le acepta libremente y no por imposición.

Lunes 21 de diciembre
San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia

Evangelio de Lucas 1, 39-45:

“En aquellos días, María se puso en camino y fue sin demora a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y exclamó con voz fuerte: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá»”.

Reflexión:

El relato de la Visitación nos presenta a María Santísima como modelo de servicio. La Virgen ya está encinta, lleva ya en sí al Verbo encarnado, por eso, Ella es el primer Sagrario de la historia. Pero María no se queda en su casa de Nazaret, sino que sale. ¿Por qué sale María? Porque Ella se ha enterado de que su prima Isabel también está encinta y quiere atenderla. Aprendamos de María lo que significa el servicio cristiano. Cuando somos portadores de Cristo, como pasó con María, podemos salir a servir de verdad a los demás. Dicho en otras palabras, el primer paso para que sirvamos con eficacia es dejarnos transformar por Cristo. Además, el servicio de María no es solo una ayuda material, sino que Ella llega a la casa de su prima dándole el mejor servicio, que es comunicar la Buena Noticia, que es Cristo, por eso, Isabel y su hijo Juan se llenaron de alegría. Cada vez que nosotros evangelizamos, estamos haciendo un servicio a los demás.

Martes 22 de diciembre
Sata Francisca y San Javier Cabrini

Evangelio de Lucas 1, 46-55:

“En aquel tiempo, María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.

Reflexión:

Hoy debemos meditar en la oración de María, que es el magníficat. En esta plegaria, aprendemos a alabar y agradecer a Dios. He aquí dos verbos que no debemos olvidar nunca en nuestra oración. María alaba a Dios reconociendo que ha sido receptora de abundantes gracias. Ella no se cansa de proclamar la grandeza del Señor. Aprendamos de María a alabar siempre, con gozo y alegría, a ese Dios que nos ama con locura y que, como hizo con María, a nosotros también nos colma de bendiciones. Además, María agradece a Dios porque es consciente de que el Altísimo ha hecho maravillas en Ella. Seamos siempre agradecidos con el Señor e imitemos la gratitud de la Santísima Virgen María reconociendo todos los beneficios recibidos de Dios.

 

Miércoles 23 de diciembre
San Juan de Kety, presbítero

Evangelio de Lucas 1,57-66:

“A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una pizarrita y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente recuperó el habla y empezó a bendecir a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que la oían la grababan en su corazón diciéndose: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él”.

Reflexión:

Hoy contemplamos el gozo de Zacarías y de su esposa Isabel. En primer lugar, Zacarías escribe el nombre que tendrá su hijo y recupera el habla. Por otro lado, Isabel se llena de gozo al dar a luz, pues ella ya era de edad avanzada. Todo el relato es una invitación a confiar en que Dios nos alegra la vida; Él actúa siempre en el momento preciso y, si hay momentos de dolor, como pasó con Zacarías e Isabel, el Señor los cambia por el gozo de su presencia amorosa. Hoy, como ayer, también tenemos que confiar en la intervención gozosa de Dios. Nunca dejemos de relacionarnos con Él. Zacarías e Isabel formaban parte de los Anawin, los pobres de Yahvé, aquellos que nunca dejaban de confiar en la intervención de ese Dios que nos alegra la vida.

Jueves 24 de diciembre
Santa Adela

Evangelio de Lucas 1, 67-79:

“En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión:

Hoy debemos meditar en el cántico de Zacarías llamado Benedictus. Todos estamos llamados a bendecir a Dios, la palabra bendecir viene de bene y dicere, «hablar bien». Tenemos que hablar bien de Dios, Él es una fuente de gracias para todos los hombres y, como dice Zacarías, es el Dios que visita y redime a su pueblo. Asimismo, no olvidemos que el primero que bendice es Dios. En efecto, Dios nos colma de gracias, es una fuente de bienes para los hombres. La máxima bendición de Dios hacia los hombres es Jesús. En Cristo Jesús, Dios bendice a toda la humanidad y, en la medida que reflejamos a Jesús y estamos unidos a Él, Dios habla bien de nosotros, es decir: nos bendice.
    
Viernes 25 de diciembre
Natividad del Señor
Misa de medianoche

Evangelio de Lucas 2, 1-14:
“En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Quirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la descendencia y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No teman; les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De pronto, en torno al ángel, apareció una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor»”.

Reflexión:

Hoy ponemos nuestra mirada en Belén, donde todo es humildad. Humilde es el pesebre y la posada. Humilde es María, la mujer sencilla que siempre le dice sí a Dios. Humilde es san José, quien dejó de lado sus planes para que solo se hiciera el plan de Dios. Y el modelo de toda humildad es Jesús mismo, pues Él es ese Dios que se abaja, que se hace niño, frágil, por puro amor a los hombres. Contemplemos en el niño Jesús el triunfo de la humildad y que la celebración de la Navidad sea para todos nosotros un motivo para luchar contra todo tipo de soberbia en nuestras vidas. El niño Jesús, desde el pesebre, hoy nos dice a todos nosotros: sé humilde. Si Dios se ha abajado por nosotros, ¿por qué ese complejo de sentirnos por encima de los demás?

Misa del día

Evangelio de Jn 1, 1-18:

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de todo lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí es superior a mí, porque existía antes que yo”». Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”

Reflexión:

Hoy, en Navidad, la liturgia nos propone el prólogo del Evangelio según san Juan, pues nos quiere invitar a reflexionar en el misterio de la Encarnación: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). En ese niño frágil, colocado por María en el pesebre, contemplamos al Dios encarnado. El infinito se hace finito, el eterno se mete en el tiempo, el todopoderoso se hace frágil, quien está por encima de todo se pone a disposición de los hombres. ¡Qué misterio de amor es el de la Encarnación! Solo el amor de Dios explica la Encarnación. Correspondamos con amor a ese Dios que viene a buscarnos, que por nosotros se hace un niño frágil y que quiere descansar en el pesebre de nuestro corazón. Que no se cumpla en nosotros lo que hoy también hemos escuchado: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11).

Sábado 26 de diciembre
San Esteban, protomártir / Octava de Navidad

Evangelio de Mateo 10, 17-22:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No se fíen de la gente, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así darán testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando los arresten, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán: en su momento se les comunicará lo que tengan que decir; no serán ustedes los que hablen, el Espíritu de su Padre hablará por ustedes. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos los odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará»”.

Reflexión:
Ayer nos llenábamos de alegría al celebrar el nacimiento del Salvador, hoy celebramos al primer mártir san Esteban.  ¿Qué sentido tiene celebrar a un mártir, luego de la Navidad? Es necesario decir, con claridad, que Jesús vino al mundo a derrotar el imperio del mal y esto exige el martirio, es decir, padecer la persecución. Ese niño que ayer contemplábamos en un pesebre crecerá e irá a la cruz. Seguir a Jesús nos lleva, necesariamente, al martirio, como pasó con san Esteban. Él no tuvo miedo de proclamar su fe en Cristo y murió como Cristo, es
decir, perdonando. Aprendamos de este santo mártir a no tener miedo de mostrar, con claridad, sin ambigüedades de ningún tipo, que creemos en Cristo; y a perdonar, de corazón, a quienes nos lanzan las piedras del insulto o la burla.

 

Domingo 27 de diciembre
Sagrada Familia: Jesús, María y José

Evangelio de Lucas 2, 22-40:

“Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.

Reflexión:

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Y para hablar de la familia, en primer lugar, debemos hablar de Dios. ¿Por qué? Porque Dios es familia, en efecto, Dios es comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la medida que nuestras familias sean una verdadera comunión de personas, donde se vive el diálogo y el encuentro personal, entonces reflejarán a Dios, uno y trino. Asimismo, el modelo humano de toda familia es la Sagrada Familia: Jesús, José y María. Aprendamos de la familia de Nazaret a poner como centro a Jesús. Hoy urge consolidar nuestras familias a través del diálogo sincero, la cercanía y lo que es esencial: centrar la vida del hogar en Cristo. Cada uno de nosotros debemos esforzarnos para que en nuestras casas se viva el diálogo y que el centro sea Jesús, solo así viviremos en paz y armonía.

Lunes 28 de diciembre
Santos Inocentes, mártires / Octava de Navidad

Evangelio de Mateo 2, 13-18:

“Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise. Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto». Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven»”.

Reflexión:

Hoy celebramos la fiesta de los santos inocentes. Contemplamos el martirio de aquellos niños que derramaron su sangre por la maldad de Herodes. Este hombre perverso veía en el niño Jesús a un competidor, alguien que le iba a quitar su poder. Qué equivocado estaba Herodes, pues Cristo no vino a hacer la competencia a los hombres, sino a salvarlos, a darles vida eterna. Desgraciadamente, actualmente en el siglo XXI, también hay inocentes que son las víctimas de la cultura de la muerte, fomentada por los Herodes de hoy. No podemos permanecer pasivos ante los ataques contra la vida humana, comenzando por el aborto. Estamos llamados a promover la cultura de la vida, a defender al inocente y a luchar contra todo tipo de atentado hacia la vida humana, que es sagrada desde el primer instante de su concepción.

Martes 29 de diciembre
Santo Tomás Becket, obispo y mártir / Octava de Navidad

Evangelio de Lucas 2, 22-35:
 “Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén,
para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: «Mira, este niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como un signo de contradicción y a ti una espada te traspasará el alma. Así quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones»”.

Reflexión:
El Evangelio de hoy nos presenta a Simeón, quien tiene un encuentro con el niño Jesús, en el templo de Jerusalén. El relato nos dice que Simeón era honrado, piadoso y que el Espíritu Santo moraba en él. Aquí tenemos tres características propias de todo aquel que busca un profundo encuentro con Jesús. Como Simeón, nosotros debemos ser honrados, es decir, tenemos que obrar siempre con rectitud. Es imposible seguir a Cristo siendo corruptos. Asimismo, tenemos que ser piadosos, esto se concreta en manifestar cariño a Dios. La piedad nos lleva a tratar con familiaridad al Señor. Además, hay que dejar que el Espíritu Santo habite en nosotros, lo cual exige una lucha seria contra el pecado. Quien se abre a la acción del Espíritu busca hacer todo lo que agrada a Dios y rechaza lo que no le agrada a Él.

Miércoles 30 de diciembre
San Rogelio / Octava de Navidad

Evangelio de Lucas 2, 36-40:

“En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que ordenaba la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él”.

Reflexión:
Ayer meditábamos sobre Simeón, hombre honrado, piadoso y dócil al Espíritu Santo. Hoy, el Evangelio nos presenta a Ana, una mujer que, desde que enviudó, se había dedicado a servir a Dios. En esta mujer, que oraba y ayunaba, se percibe el valor de la piedad femenina. La mujer, sin duda, tiene una sensibilidad especial para tratar a Jesús. Qué sería de la Iglesia sin la piedad femenina, pues expresa, de una manera peculiar, el amor que debemos a Jesús. Se nos dice que Ana, tras su encuentro con Jesús, hablaba del niño a los que esperaban la liberación de Israel. He ahí la misión, en clave femenina. Cuánto bien hace a la Iglesia el apostolado de las madres, consagradas, solteras que, en el lugar donde están, hablan de Jesús a los demás, como lo hizo Ana.

Jueves 31 de diciembre
San Silvestre, Papa / Octava de Navidad

Evangelio de Juan 1, 1-18:

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él proclamando: «Este es aquel de quien yo dije: “El que viene detrás de mí es superior a mí, porque existía antes que yo”». Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”.

Reflexión:

Todo este año, que hoy acaba, hemos estado acompañados por el Verbo, la Palabra encarnada. En efecto, Jesús, en quien está la plenitud de la gracia, ha sostenido nuestro caminar. Jesús es nuestro compañero en el camino de la vida y hoy es un buen momento para decirle lo siguiente: «Gracias, Jesús, porque no me has dejado solo, sino que has estado siempre conmigo». Pero también hoy tenemos que pedirle perdón al Señor por nuestras fragilidades y miserias, es decir, por las veces que, con nuestras acciones, no lo hemos recibido (cf. Jn 1, 11). Vivamos este último día del año en acción de gracias y perdón por nuestros pecados. Con humildad, acudamos hoy a Jesús, por medio de María, nuestra Madre, y pidámosle que, en el año 2021, nos ayude a tener una mayor amistad con Él.

 
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