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1MEDITACIÓN DIARIA
DEL EVANGELIO - MAYO 2022
-Por Padre Juan Bytton Arellano, sacerdote jesuita-

Intención del papa Francisco para el mes de mayo: Recemos para que los jóvenes, llamados a una vida plena, descubran en María el estilo de la escucha, la profundidad del discernimiento, la valentía de la fe y la dedicación al servicio.

Domingo 01
III de Pascua
Hch 5, 27-32.40b-41; Sal 29, 2.4-6.11-13; Ap 5, 11-14;
Jn 21, 1-19 - SALTERIO III

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «También nosotros vamos contigo». Fueron pues y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?». Ellos contestaron: «No». Él les dijo: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la abundancia de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban solo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traigan algunos peces que acaban de pescar». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto lo dijo aludiendo a la muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Pedro y los demás discípulos han vuelto a lo suyo, frustrados. Luego de perder a su líder, solo queda volver a lo de antes; pero también fracasan. Por eso, Jesús se aparece al amanecer y los invita a trabajar juntos. Después de la cena, Jesús mantiene un diálogo muy especial con Pedro: «¿Simón, hijo de Juan, me amas?». En el griego original, dos preguntas llevan el verbo agape (amor fraterno); la última usa la palabra fileio (amor filial), la misma que emplea Pedro para responder las tres preguntas. Las cuales hacen eco de aquellas preguntas del compromiso (Jn 13, 6-10), la traición (Jn 18, 15-27) y las del amor y servicio (Jn 21, 15-19). Esta es la dinámica del continuo aprendizaje del amor.

Me pregunto: ¿De qué forma encarno en mi vida a Jesús, con luto o como resucitado? Mi mirada ¿sigue triste, juzgando, matando o dando vida y confianza?

Lunes 02
San Atanasio, obispo y doctor
Hch 6, 8-15; Sal 118, 23-24.26-27.29-30; Jn 6, 22-29

Evangelio: Después que Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había subido en la barca con sus discípulos, sino que sus discípulos habían partido solos. Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del lugar donde habían comido el pan después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del mar, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «Les aseguro: no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del Hombre; porque es él a quien el Padre Dios lo ha marcado con su sello». Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es esta: que crean en quien él ha enviado».

Reflexión: El relato de hoy está lleno de detalles. La gente está atenta a todo y hace de todo para llegar a Jesús. Él sabe bien por qué lo buscan y no los reprocha: la gente busca a Dios cuando está en necesidad, y está bien. Pero él les enseña a qué deben estar más atentos: al alimento que permanece para la vida eterna, que es Jesús mismo. «¿Qué tenemos que hacer?», le preguntan. Creer en quien Dios ha enviado, acompañarlo a las fronteras de la vida, donde miles pasan hambre y necesitan palabras de consuelo y ser reubicados dignamente en la sociedad. Así, se construye junto a Jesús el reinado soñado por Dios. Dar el pan de vida eterna es alimentarse y darse uno mismo, a ejemplo de Jesús.

Me pregunto: ¿Estoy atento al paso de Jesús por mi vida cotidiana? ¿Hago de mi vida un alimento para los demás?

MARTES 03
Ss. Felipe y Santiago, apóstoles
1 Co 15, 1-8, Sal 18, 2-5; Jn 14, 6-14

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, crean por las obras. Les aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

Reflexión: En el relato de hoy, Jesús retoma nuevamente una expresión muy presente en Juan: «Yo soy». Él es la verdad, que es el camino en la vida. La unión de Jesús con Dios es evidente. Por eso, conocerlo es conocer al Padre. Frente a este lenguaje, quizás complejo, Jesús antepone sus obras, que son las de Dios: sanar, perdonar, acompañar, llamar, enviar… Finalmente, nos deja el don de la petición. Quien se siente en suma confianza es capaz de pedir. Esa es la actitud a la que nos invita el Maestro: la confianza de estar en las manos de Dios. En esta fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, pidamos por todos los pastores que entregan su vida con generosidad, especialmente aquellos que se encuentran en zonas de conflicto y muerte.

Me pregunto: ¿Tengo la confianza suficiente en Dios para hacer mi oración de petición?

MIÉRCOLES 04
San José María Rubio
Hch 8, 1b-8; Sal 65, 1-7; Jn 6, 35-40

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero, como les he dicho, me han visto y no creen. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Esta es la voluntad del que me envió: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día».

Reflexión: Recordemos que el pan era el alimento principal para los pueblos de la cuenca del mar Mediterráneo donde vivía Jesús. Por eso, él se presenta de esa forma, como el pan de vida. Un poco antes de este pasaje, Juan relata el signo de la multiplicación de los panes, con el que Jesús satisface las necesidades fisiológicas de una multitud necesitada. Pero nosotros no solo tenemos necesidades de alimento para el cuerpo, sino que también poseemos aspiraciones, sueños, anhelos y una sed profunda de Dios. Por ello, incluso si lo negamos, necesitamos de algo, o mejor, de alguien que llene de manera plena nuestras vidas. Y Jesús nos da la respuesta: él es pan de vida que sacia toda hambre.

Me pregunto: ¿Es Jesús para mí el alimento que puede dar sentido pleno a mi vida? ¿Le abro mi corazón para que él colme mis necesidades más profundas?

Jueves 05
San Ángel de Sicilia
Hch 8, 26-40; Sal 65, 8-9.16-17.20; Jn 6, 44-51

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ese ha visto al Padre. Les aseguro: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Reflexión: Jesús vuelve a hablar de la resurrección y la vida eterna en relación con el Padre. En el centro de la narración, nos devela nuevamente su identidad: «Yo soy el pan de vida». El alimento de los antepasados en el desierto fue limitado. Pero ahora ha llegado el pan de vida bajado del cielo para llegar a los de abajo, a los últimos. San Juan Pablo II, en su primera visita al Perú, decía: «¡Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no!». La vida eterna es la vida plena alimentada de Cristo. La fe en la vida eterna, demostrada en la generosidad y la gratuidad de Jesús, pan partido para ser compartido, es «para la vida del mundo».

Me pregunto: ¿Me alimento del cuerpo de Cristo para alimentar así a los «cuerpos de Cristo» encarnados en los últimos y excluidos?

Viernes 06
Santo Domingo Savio
Hch 9, 1-20; Sal 116, 1-2; Jn 6, 52-59

Evangelio: En aquel tiempo, discutían los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el maná que comieron sus padres, y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Reflexión: Es lógico que los judíos estén confundidos con este modo de hablar de Jesús. Comer carne y beber sangre no era lo más común en sus comidas. Pero lo que Jesús dice es para asumir la carne y sangre como pan y vino —los que sí son propios de un banquete—, pero como signos de entrega y sacrificio. La cena del Señor, para compartir el pan, tiene como antesala partir el pan. En el templo, se configura el signo de la mesa; en el lugar de la cruz, las fronteras, se configura el signo de la salvación. Todo esto es posible si se está unido a Dios, si se entiende esa lógica divina de buscar que el ser humano viva plena y dignamente; esta es la puerta para la vida eterna.

Me pregunto: ¿Cómo relaciono en mi fe «templo» y «mesa»? ¿Siento al Señor como mi alimento que me impulsa a compartir mi vida?

Sábado 07
San Agustín Roscelli
Hch 9, 31-42; Sal 115, 12-17; Jn 6, 60-69

Evangelio: En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, a pesar de esto, algunos de ustedes no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Reflexión: En el relato de hoy, son los mismos discípulos quienes no entienden mucho de lo que Jesús dice. Por eso, él evoca al Espíritu: «Las palabras que les he dicho son espíritu y vida». Lo mismo que ya había dicho antes: «Adorar a Dios en espíritu y verdad» (Jn 4, 23). Es decir, la adoración y el alimento van más allá de un espacio y tiempo concretos. A un pueblo judío acostumbrado a relacionar a Dios con el templo y la fe con el rito, no le es fácil entender qué es alimentarse de Jesús. Por eso, algunos se van, quizás porque no quieren abrir su mente y corazón a esta novedad. De allí las palabras de Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna». Y sabemos bien que Pedro también fallará, pero lo seguirá hacia esa vida plena.

Me pregunto: ¿Creo que la Palabra de Dios es vida para siempre? Mi vida de cara a los demás, ¿es palabra de esperanza, de justicia y paz?

Domingo 08
IV de Pascua
Hch 13, 14.43-52; Sal 99, 2-3.5; Ap 7, 9.14b-17; Jn 10, 27-30 SALTERIO IV

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno».

Reflexión: En el breve relato de hoy, Jesús se identifica como el Buen Pastor, una imagen que hace eco de un momento clave de la historia de Israel: la liberación de Egipto. Las palabras que Jesús emplea —escuchar, seguir, proteger y permanecer unidos— también están enraizadas en la tradición. De hecho, escuchar es el fundamento de toda experiencia religiosa hebrea: «Escucha (Shema) Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno» (Dt 6, 4). Asimismo, Jesús presenta un rasgo esencial del Padre: su poder creador y protector. La mano del Hijo es la mano del Padre que tiene como misión proteger su creación en la unidad. Pero sabemos que esa mano que nos sostiene no es la de un rey, sino una clavada en la cruz.

Me pregunto: En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, oremos por todos los que quieren decir sí al llamado radical de entrega generosa al servicio de Dios y su pueblo.

Lunes 09
Nuestra Señora de Luján (trasladada)
Is 35, 1-10; Sal: Lc 1, 46-55; Ef 1, 3-14; Jn 19, 25-27

Evangelio: Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien El amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquella Hora, el discípulo la recibió como suya.

Reflexión: Jesús nos entregó a María como madre. Desde la Cruz le dijo a María: “aquí tienes a tu hijo”. María asumió el ser madre de toda la humanidad. Nosotros entonces, estamos invitados a recibirla como respuesta al pedido del Señor: “aquí tienes a tu madre”.Una buena manera de recibirla es consagrarnos a ella y dejar que ella nos cuide y custodie la vida de todos desde el inicio y siempre.

Me pregunto: ¿Cómo recibes el don de Jesús? ¿Qué significa para ti recibir a María como Madre? ¿Qué hacemos nosotros para recibir a María en nuestra casa?

Martes 10
San Juan de Ávila, religioso
Hch 11, 19-26; Sal 86, 1-7; Jn 10, 22-30

Evangelio: Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo, por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dilo francamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno».

Reflexión: «Mis ovejas escuchan mi voz». Ser de Jesús es escucharlo. Quien escucha es ya un colaborador de la promesa de Dios y se encuentra en el camino de la salvación. Esto lleva a que Karl Rahner defina al creyente como «oyente de la Palabra». Se trata de saber escuchar y discernir las voces, para reconocer la senda del camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). La obediencia activa y dinámica del creyente corresponde a la promesa activa y eterna de Jesús. A propósito, san Juan de Ávila, cuya fiesta celebramos, decía: «Lo importante es acertar con la voluntad de Dios. Señores, lo que han de desear es que, donde fueran, los lleve Dios; que su mudanza de estado sea conforme a su voluntad; y estén seguros, confíen en él, que él mira por ustedes».

Me pregunto: ¿Cómo vivo mi ser «oyente de la Palabra» en mi día a día? ¿Hago mi oración en actitud de escucha?

Miércoles 11
Beato Fray Mamerto Esquiú
Hch 12, 24—13,5; Sal 66, 2-3.5-6.8; Jn 12, 44-50

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús exclamó: «El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo como luz he venido al mundo, para que todo el que crea en mí, no permanezca en tinieblas. Al que escuche mis palabras y no las cumpla yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo. El que me rechaza y no acepta mis palabras ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y hablar. Y yo sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, las palabras que digo, las digo como me ha encargado el Padre».

Reflexión: Jesús es el mensaje y el mensajero. Creer en él es creer en Dios; quien lo ve, ve a Dios. Por ello, esta parte del discurso se cierra del mismo modo como empezó el Evangelio: él es la luz. Al que no crea, no lo juzga; es su Palabra la que ilumina el juicio de cada uno ante sí mismo y ante Dios. De esta forma, Jesús confirma con palabras y acciones que él es uno con el Padre. Y con ello, se concluye esta primera parte del Evangelio de Juan, y quedamos preparamos para la hora de la gloria de Jesús.

Me pregunto: ¿Creo que la palabra de Dios es luz para mi camino? ¿Cómo es mi juicio sobre los demás, busca destruir o sanar?

Jueves 12
Ss. Nereo, Aquiles y Pancracio, Mrs.
Hch 13, 13-25; Sal 88, 2-3.21-22.25.27; Jn 13, 16-20

Evangelio: Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: «Les aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Sabiendo esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica. No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy. Les aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que me recibe, recibe al que me ha enviado».

Reflexión: Estamos al final del relato del lavatorio de pies, durante la última cena. En las horas finales con sus discípulos, Jesús les muestra la actitud que debe definir a un seguidor suyo: el servicio realizado por la persona más humilde. Quien es agradecido en la vida sabe actuar con humildad; pero quien no lo es, se conduce con prepotencia porque se considera merecedor de algo. Junto a la pedagogía del servicio, encontramos también la traición. Pues lo que sucede en la vida no es blanco o negro, es gris, y debemos colorearlo con el evangelio. Jesús nos invita a poner en práctica la fe.

Me pregunto: ¿Pido a Dios que me conceda la actitud de un servidor? En tiempos de traición, ¿cómo me dirijo al Señor?

Viernes 13
Nuestra Señora de Fátima
Hch 13, 26-33; Sal 2, 6-11; Jn 14, 1-6

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se angustien; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino, la verdad, la vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Reflexión: Jesús es la verdad, que es el camino en la vida. Su unión con Dios es evidente, por ello, conocerlo es conocer al Padre. En la analogía casa-hogar, se reconoce la absoluta confianza entre el Padre y el Hijo. Jesús nos invita a participar de esa misma confianza cuando vuelva y nos lleve consigo. La pregunta de Tomás, por su parte, es la pregunta de toda la humanidad: «¿Cómo podemos conocer el camino?». Seguramente, ese camino se vislumbre si generamos ambientes de confianza y hospitalidad; si pensamos siempre en tener espacio en casa para quien toque a la puerta; si tenemos espacio en el corazón para dar sin esperar nada a cambio; espacio en la vida para amar sirviendo.

Me pregunto: ¿Tengo la suficiente confianza en Dios para pedirle que me permita conocer y seguir el camino correcto en mi vida?

Sábado 14
San Matías, apóstol
Hch 1, 15-17.20-26; Sal 112, 1-8; Jn 15, 9-17

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no les llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes les llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre les he dado a conocer. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto dure. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre, se los dé. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Reflexión: Estamos en el corazón del Evangelio de Juan, y aquí se nos da la clave de lectura de toda su obra: «permanezcan en mi amor». El ejemplo de esa permanencia no es otro que el de Jesús con el Padre. El camino hacia esta unidad es vivir los mandamientos de Jesús, y para eso es vital escucharlo, seguirlo, configurarse con él. Su nuevo mandamiento resume toda la ley y los profetas: ámense los unos a los otros. Si en el lavatorio de pies nos enseña la actitud del servidor, aquí nos enseña la actitud del verdadero amigo. En la confianza, el seguimiento y el amor desinteresado, Dios nos va dando a conocer quién es, a través de su Hijo, nuestro hermano y amigo.

Me pregunto: ¿Siento a Dios como un amigo? ¿Confío y espero en él como él confía en mí?

Domingo 15
V de Pascua
Hch 14, 21b-27, Sal 144, 8-13; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35 - SALTERIO I

Evangelio: Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros».

Reflexión: La gloria de Dios y el amor fraterno son dos realidades profundamente conectadas, como bien lo señaló san Ireneo: «La gloria de Dios es que el hombre viva». El mandamiento nuevo renueva todos los mandamientos y abre la puerta a tiempos nuevos. De hecho, san Pablo relaciona el amor con la libertad: «Toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5, 14). Es lo que alguna vez escuché por allí y ha marcado mi ministerio: «Dime a qué Dios le rezas, y te diré cómo tratas a los demás». Porque la fe actúa en el amor (cf. Ga 5, 6); ese es el signo por el que reconocerán quiénes son discípulos de Jesús y quiénes no.

Me pregunto: ¿Cómo vivo el amor que me regala Cristo? ¿Soy capaz de amar a los demás de tal forma que mi fe transparente al Dios amor?

Lunes 16
San Luis Orione
Hch 14, 5-18; Sal 113 B, 1-4.15-16; Jn 14, 21-26

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los cumple, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre y yo también lo amaré, y me manifestaré a él». Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te manifiestes a nosotros y no al mundo?». Respondió Jesús: le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto mientras permanezco con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho».

Reflexión: Seguimos con este diálogo del amor entre Jesús y sus discípulos. Llevar a la práctica las palabras de Jesús, eso es amar. «Lámpara para mis pies es tu Palabra, luz para mi camino» (Sal 119, 105). La Palabra se confirma como nexo indestructible entre Dios, Jesús y los seres humanos. Amar la Palabra es dejarse llevar por ella y cumplirla a pesar de los miedos internos y externos. El don de esta acción es la promesa de la permanencia de Dios Padre e Hijo en medio de nosotros. Finalmente, Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo —como lo hará otras cuatro veces en el Evangelio de Juan—, ahora como ayudante para interpretar y anunciar la Palabra.

Me pregunto: ¿Hago de mi vida y de mi familia una escuela de la Palabra? Como creyente, ¿soy anunciador de la Palabra, generando espacios de amor fraterno?

Martes 17
San Pascual Baylón, religioso
Hch 14, 19-28; Sal 144, 10-13.21; Jn 14, 27-31a

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean. Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y obro como él me ha ordenado».

Reflexión: En este acápite, Jesús nos ofrece el regalo de la paz que viene acompañado por la valentía. La paz hay que construirla, o como nos enseñaba san Pablo VI: «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz». Como creyentes en Cristo vivo, estamos llamados a construir una sociedad de paz y por la paz. La violencia y el terror jamás tendrán la última palabra, porque «el príncipe de este mundo… no tiene poder sobre mí». Si Jesús ha resucitado, la paz es el único camino para vivir. Las pruebas de amor son el sacrificio y la paz. Esto supone renunciar incluso a nuestro modo de ver las cosas para buscar y construir el bien común, el sueño del Padre para el mundo.

Me pregunto: ¿Me considero un artesano/a de paz? ¿Cómo estamos atentos de manera personal y comunitaria ante el «príncipe de este mundo»?

Miércoles 18
San Juan I, papa y mártir
Hch 15, 1-6; Sal 121, 1-2.4-5; Jn 15, 1-8

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador. Si alguna de mis ramas no da fruto, él la arranca; y poda las que dan fruto, para que den más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Como la rama no puede producir frutos por sí misma si no permanece en la vid, así tampoco pueden ustedes producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes las ramas; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como ramas secas; luego las recogen y las echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les dará. Con esto recibe gloria mi Padre, en que ustedes den fruto abundante; así serán discípulos míos».

Reflexión: Esta es la última metáfora con la que Jesús se identifica en el Evangelio de Juan: la vid. Él va revelando todo lo que el Padre le ha dicho y por qué ha sido enviado. Los discípulos deben estar atentos. El conocimiento otorga poder, pero en la medida que uno crea que sabe más, puede caer en la tentación de la autonomía y autosuficiencia. Entonces suelta la mano del maestro y hasta lo puede negar. Por eso, Jesús es claro y enseña con imágenes comunes en su entorno y enraizadas en la tradición (Jr 2, 21): viñador, vid, sarmiento y fruto. Así, la palabra escuchada es la garante de pureza, es decir, de amor y misericordia. Al final, nos obsequia de nuevo el don de la petición para demostrar que la gloria del Padre se refleja en el fruto de un mundo fraterno.

Me pregunto: ¿Cómo puedo comparar mi unión con Jesús y su palabra? ¿Soy agradecido por los dones recibidos y los frutos realizados?

Jueves 19
San Celestino V, papa
Hch 15, 7-21; Sal 95,1-3.10; Jn 15, 9-11

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría sea completa».

Reflexión: Después de utilizar la imagen de la vid para transmitir la fuerza de la unidad con Dios, Jesús vuelve a decir: «Permanezcan en mi amor». El camino de esta unidad es vivir los mandamientos de Jesús, y para eso es vital escucharlo, seguirlo, configurarse con él. Hasta su alegría más honda la quiere compartir. La alegría es el signo del cumplimiento de la antigua alianza. De la misma forma, comienza también la historia de la nueva alianza: ¡alégrate! Con la alegría, compartir genera más fruto, se puede esperar con más esperanza porque nos sentimos acompañados.

Me pregunto: ¿Cómo encarno en mi vida la frase de Jesús: «Permanezcan en mi amor»? ¿Me alegro con la alegría de los demás?

Viernes 20
Beata María Crescencia Pérez
Hch 15, 22-31; Sal 56, 8-12; Jn 15, 12-17

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto dure. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre, él se los concederá. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Reflexión: El amor más grande es dar la vida por los amigos. Jesús lo hizo realidad en lo grande y pequeño, en su vida pública y privada, en la acción y en la oración. «De noche Jesús hablaba al Padre teniendo en el corazón al ser humano. De día, Jesús sanaba al ser humano teniendo en el corazón al Padre» (Ermes Ronchi). La amistad se vive en unidad, a tiempo y a destiempo, de cerca o de lejos. El nuevo mandamiento resume toda la ley y los profetas: amarse los unos a los otros. En la confianza, el seguimiento y el amor desinteresado, Dios nos va dando a conocer quién es a través de su Hijo, nuestro hermano y amigo.

Me pregunto: ¿Qué soy capaz de hacer por un amigo? ¿Recibo, cuido y promuevo el don de la amistad, la confianza y el amor sincero?

Sábado 21
Ss. Cristóbal Magallanes, Pbro., y Comps., Mrs.
Hch 16, 1-10; Sal 99, 1-3.5; Jn 15, 18-21

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, por eso el mundo los odia. Acuérdense lo que les dije: “No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes”. Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Reflexión: Por varios días, venimos reflexionando el discurso de amor que Jesús deja a sus discípulos. Hoy se nos habla del odio del mundo. Amor y odio pueden vivir tanto distanciados como cercanos. Quien ama con sinceridad y, a pesar de todo, buscando el bien de todos, será odiado por algunos. Jesús lo sabe y nos lo advierte. No ceder al mundo, en el sentido que Juan lo presenta, es no ceder al odio. La persecución es parte del camino, es la brújula para saber si estamos caminando detrás del Maestro. A esto, unirá Jesús la paz frente a la angustia, la humildad frente al ansia de poder.

Me pregunto: ¿Cuáles son mis temores más profundos con respecto a mi fe y a mi llamado a la evangelización?

Domingo 22
VI de Pascua
Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66, 2-3.5-6.8; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29 - SALTERIO II

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que ustedes están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy; no la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto, antes de que suceda, para que cuando suceda, entonces crean».

Reflexión: Este domingo, Jesús nos recuerda la importancia vital de escuchar, vivir y permanecer en su palabra. Esa es la garantía humana de unión con lo divino. Pero esta unidad, a la que tanto animó Jesús, la debemos reflejar entre nosotros, en nuestras comunidades y en los países. No es lógico creer y alabar una unidad divina y promover la división entre los humanos. Por eso, Jesús nos deja el Espíritu, de modo que el fruto de todo esfuerzo, asistido por la gracia divina, sea la paz. Como bien nos lo recuerda el papa Francisco: «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (Fratelli tutti, 225).

Me pregunto: ¿Vivo con paz y libertad la presencia del Espíritu Santo en mi vida? ¿Mi fe me anima a ser promotor de paz en mi hogar y en la sociedad?

Lunes 23
San Juan Bautista de Rossi
Hch 16, 11-15; Sal 149, 1-6.9; Jn 15, 26—16, 4a

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio, porque desde el principio están conmigo. Les he dicho esto para que no se escandalicen. Los expulsarán de las sinagogas; más aun, llegará la hora en que quien les dé la muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que yo se lo había dicho».

Reflexión: Con la presencia del Espíritu Santo, Jesús nos invita a ser testimonios; es decir, «mártires», en griego. «Les digo esto para que no se escandalicen». Pues el martirio, en su máxima expresión, es la entrega de la vida hasta la muerte. Por eso, honramos a tantos mártires que murieron por promover la paz y la justicia y nunca negaron su fe. Junto a ellos, también existe el ser testimonio en el día a día; lo que, seguramente, generará el rechazo e, incluso, el odio de algunos. Pero sabemos que Jesús está con nosotros cuando nuestra actitud es siempre primero escuchar, acoger y anunciar. En el camino de la gloria, Dios no se ahorró la cruz; al contrario, esta le dio sentido pleno a la vida.

Me pregunto: ¿He tenido experiencias de rechazo por promover mi fe? ¿Me formo con perseverancia para ser testimonio de Jesús y su proyecto?

Martes 24
María Auxiliadora de los Cristianos
Hch 16, 22-34; Sal 137, 1-3.7-8; Jn 16, 5-11

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberles dicho esto, la tristeza les ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que les digo es la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Espíritu Consolador. En cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes. Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y a la condena. En lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y no me verán; en lo referente al juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido condenado».

Reflexión: En este momento del diálogo, Jesús demuestra que está atento a los sentimientos de sus discípulos: «La tristeza les ha llenado el corazón». Esto da pie a que Jesús señale una nueva característica del Espíritu —recordemos que lo hará cinco veces en este Evangelio—: el Espíritu Santo, don de Jesús y del Padre, es consolador. La consolación viene cuando se desenmascara al pecado, la injusticia y la prepotencia. Estos tres actos alejan al Espíritu, y a la paz y fraternidad que vienen con él. Jesús nos pide que estemos atentos para saber escuchar lo que proviene de Dios y lo que procede del príncipe de este mundo. Ese es el camino que garantiza la llegada del reinado de Dios.

Me pregunto: En esta fiesta de María Auxiliadora, pidámosle que interceda por nosotros, en especial por quienes más necesitan de auxilio espiritual, físico y material.

Miércoles 25
Santa Magdalena Sofía Barat
Hch 17, 15.22—18,1; Sal 148, 1-2.11-14; Jn 16, 12-15

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y les comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes».

Reflexión: En esta sección de su discurso de despedida, Jesús nos presenta el Espíritu de la verdad, una de las dimensiones más hondas de la fe. Sin Espíritu no hay verdad. La fe no puede ser ideología o moda; no puede ser manipulada por quien quiera dominar y ganar poder, prestigio o bienes. El Espíritu garantiza la verdad que sana y salva, que crea fraternidad y hace justicia, que abre la puerta a la vida para siempre. Jesús habla de la verdad plena, aquella que se va revelando cuando más nos acercamos a él y a sus preferidos. Es interesante también que nos diga que el Espíritu comunicará «lo que está por venir»; pues, si caminamos en la verdad, amor encarnado, sabremos hacia dónde vamos.

Me pregunto: ¿Estoy atento al Espíritu de la verdad? ¿Me dejo guiar por la verdad de Dios con alegría y paz, y sin buscar imponerla o esconderla?

Jueves 26
Santa Mariana de Jesús Paredes y San Felipe Neri
Hch 18, 1-8; Sal 97, 1-4; Jn 16, 16-20

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me verán, pero un poco más tarde me volverán a ver». Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me verán, pero un poco más tarde me volverán a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice». Comprendió Jesús que querían preguntarle algo y les dijo: «¿Están discutiendo de eso que les he dicho: “Dentro de poco ya no me verán, pero un poco más tarde me volverán a ver”? Pues sí, les aseguro que ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría».

Reflexión: Las palabras de Jesús pueden confundir en un primer momento, como ocurre en este relato con los discípulos. Pero Jesús hace una aclaración bastante efectiva. Unos lloran, otros ríen; unos tristes, otros alegres. ¿Por qué? Jesús nos invita a tener claro quién es el motivo de nuestra alegría y, por tanto, saber de qué apenarnos realmente. Cuando compartimos las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias del pueblo, nuestras dudas se van disipando poco a poco, porque vamos comprendiendo el corazón de Jesús, cuya autoridad provenía de su cercanía a la gente. Acompañando a Jesús es como vamos descubriendo la verdad de Dios que brota de esa cercanía.

Me pregunto: ¿Cómo vivo mis propias penas y alegrías y las de otras personas?

Viernes 27
San Agustín de Canterbury, obispo
Hch 18, 9-18; Sal 46, 2-7; Jn 16, 20-23a

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Les aseguro que ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda de la angustia, por la alegría que siente al ver que ha nacido un hombre en el mundo. También ustedes ahora sienten tristeza; pero yo los volveré a ver, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría. Aquel día no me preguntarán nada».

Reflexión: Jesús continúa explicando a sus discípulos lo que significa estar tristes ahora, para estar alegres después. Para ello, utiliza el ejemplo de una mujer que va a dar a luz y está triste, lógicamente, no por el niño, sino por el dolor del parto. Allí está lo genial del ejemplo: el dolor tiene sentido y además genera vida. Mirando en perspectiva y con esperanza, podemos afirmar que Dios jamás envía el dolor, pero tampoco puede ir en contra de la ley natural que él mismo instauró. El sufrimiento es parte de la vida, y de él también puede surgir vida. El sufrimiento incluso puede desaparecer cuando la alegría posterior es mayor, aquella «esperanza esperante» que nos puede sorprender.

Me pregunto: ¿Cuál es mi reacción natural ante el sufrimiento personal y social? ¿Cómo reacciono desde la fe?

Sábado 28
San Germán, obispo
Hch 18, 23-28; Sal 46, 2-3.8-10; Jn 16, 23b-28

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo les aseguro que todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se lo dará. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan y recibirán, para que la alegría de ustedes sea completa. Les he hablado de esto en parábolas; pero ahora ya no lo haré así, sino que les hablaré claramente del Padre. Aquel día ustedes pedirán en mi nombre y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que el mismo Padre los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Reflexión: Jesús sabe que sus discípulos están preocupados. Por eso, no solo les transmite la paz, sino que les enseña a pedir: «Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se lo dará». En un momento como el que están viviendo, no pedirán cosas materiales ni seguridades, sino comprender lo que está pasando y que no le ocurra nada a Jesús ni a ellos. Jesús les dice que, en adelante, todo sea «en su nombre». Es decir, ya está asegurada su presencia —para la cultura hebrea el nombre es la presencia—, incluso cuando se vaya. Jesús vuelve al Padre, pero se va asegurándose de que sus hermanos sigan su camino, construyendo la fraternidad, la confianza y la libertad.

Me pregunto: ¿Cómo es mi oración de petición? ¿Pido por mí y por los míos o también por los demás?

Domingo 29
Ascensión del Señor
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-3.6-9; Ef 1, 17-23; o bien
Hb 9, 24-28; 10, 19-23; Lc 24, 46-53 - SALTERIO III

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de todo esto. Yo les enviaré lo que mi Padre ha prometido; permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Reflexión: Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús va al Padre, como lo hemos reflexionado largamente con la lectura del evangelio de Juan, pero su presencia entre nosotros es eterna. Ahora contemplamos ese acontecimiento desde un marco histórico inspirado en las Escrituras: todo lo que Jesús hizo fue para que las Escrituras se cumplieran en el sanar, abrazar, llamar, perdonar, enviar… Todo lo que Dios hizo en lo humano, ahora se corona con la presencia eterna de Jesús entre nosotros. «Cuando respetemos a cada ser humano como respetamos a Dios, ese día nos hemos enterado de la genialidad de Jesús y del cristianismo» (José María Castillo).

Me pregunto: ¿Cómo vivo la promesa y cumplimiento de las palabras y obras de Jesús?

Lunes 30
Santa Juana de Arco y San Fernando, rey
Hch 19, 1-8; Sal 67, 2-7; Jn 16, 29-33

Evangelio: En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús: «Ahora sí que hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por esto creemos que tú has salido de Dios». Les contestó Jesús: «¿Ahora creen? Miren: se acerca la hora, ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y a mí me dejarán solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo».

Reflexión: Concluimos con el discurso de despedida de Jesús. Los discípulos finalmente creen en él, pero muy pronto veremos que el miedo los vencerá y Jesús se lo advierte. Tener miedo es humano; ceder al miedo, un error. Las palabras de Jesús son motivadoras; sabiendo que lo dejarán solo, no condena, porque él mira más allá de lo inmediato. Él ha venido y ha vencido al mundo como lo plantea Juan. Los fracasos sumados nunca serán mayores que el auxilio y la presencia de Dios. La paz interior que impulsa la exterior será el mejor signo de ello. «El Señor bendice a su pueblo con la paz» (Sal 29, 11).

Me pregunto: ¿Cómo me dirijo a Jesús en mi oración? ¿Le planteo mis temores y mis dudas? ¿Escucho su llamado para hacerme artesano de la paz?

Martes 31
Visitación de la Virgen María a santa Isabel
So 3, 14-18; o bien Rm 12, 9-16b; Sal: Is 12, 2-6; Lc 1, 39-56

Evangelio: En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— a favor de Abraham y su descendencia por siempre». María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Reflexión: María acaba de recibir el Espíritu para ser madre, el mismo que ahora la hace servidora. La reacción de Isabel y de su hijo es propia de quien se siente en presencia de alguien cercano, servicial, amigo. «Bendita tú» es el primer grito que sale de un corazón agradecido. A su vez, eso hace brotar de María un canto que rememora al Dios fiel de la historia. Un magníficat que todos podemos hacer realidad si nos dejamos llevar por el Espíritu y estamos atentos a las necesidades de los demás, especialmente de los últimos y los que no cuentan. Este canto de María se transformará en la hoja de ruta de Jesús y, por tanto, del cristianismo.

Me pregunto: ¿Puedo hacer de mi vida un magníficat? ¿Cómo vivo el espíritu de envío y servicio?

 
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