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1MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - OCTUBRE
-Por Padre Wilton G. Sánchez Castelblanco-

Intención del papa Francisco para el mes de octubre: Recemos para que cada bautizado participe en la evangelización y esté disponible para la misión, a través de un testimonio de vida que tenga el sabor del Evangelio.

Viernes 1 de octubre
Santa Teresa del Niño Jesús, Vg. y Dra.
Ba 1, 15-22; Sal 78, 1-5.8-9; Lc 10, 13-16

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a ustedes. Y tú, Cafarnaum, ¿Piensas escalar el cielo? Caerás hasta el abismo. Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; quien a ustedes rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado».

Reflexión: Las palabras de Jesús no siempre proponen y desean alegría y felicidad. Él también es severo con quienes rechazan su mensaje. Sería de esperar que las ciudades que han asistido a la mayor parte de sus obras misericordiosas lo siguieran con entusiasmo. Sin embargo, los habitantes de estas ciudades rechazaron el camino de fe y de amor propuesto por el Maestro de Galilea. Por eso, Jesús es muy crítico con ellos. Habla fuerte a esas personas que conoció desde su juventud pero que no comparten con él sino un territorio común. En la vida cotidiana también nosotros vemos tantas buenas obras realizadas por Jesús y sus seguidores. Puede ser, que como los habitantes de Cafarnaún, también nosotros permanezcamos indiferentes ante tantas obras de bondad y no dejemos que Cristo transforme nuestro corazón en uno cargado de bondad y de misericordia.

Oración: Señor Jesús, tú que predicaste con amor, haz que te escuchemos a ti y a quienes en tu nombre nos conducen por las sendas de la justicia, la reconciliación y la paz, para que juntos caminemos hacia el reino prometido.

Sábado 2 de octubre
Ángeles Custodios
Ex 23, 20-23a; Sal 90, 1-6.10-11; Mt 18, 1-5.10
Ba 4, 5-12.27-29; Sal 68, 33-37; Lc 10, 17-24

Evangelio: En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?” Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: “Les aseguro que, si no vuelven a ser como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.  Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos.  El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.”

Reflexión: Los criterios humanos nos llevan a discutir acerca de la persona de mayor importancia en los contextos sociales, eclesiales, militares o académicos. A muchos les parece más importante un general que un soldado, un gerente que un empleado, un obispo que un bautizado, un rector más que un estudiante, un político, más que un elector, un entrenador más que un deportista, un médico más que un paciente, un conductor más que un pasajero, un presidente más que un ciudadano, etc. Con ocasión de la discusión acerca del más importante en el Reino de los Cielos, Jesús nos enseña que las primeras personas tienen una mayor responsabilidad, pero no una mayor importancia. Por eso los adultos tienen mayor responsabilidad, pero los más importantes son los niños.  Cuando asociamos el rango a la importancia, entonces nos volvemos excluyentes e imposibilitamos la vida de fraternidad, a la vez que nos excluimos a nosotros mismos del Reino de los Cielos.

Oración: Señor Jesús, haznos mansos y humildes de corazón para que con nuestra pequeñez en este mundo podamos ser grandes en el Reino de los Cielos.

Domingo 3 de octubre
XXVII del Tiempo Ordinario
Gn 2, 18-24; Sal 127, 1-6; Hb 2, 9-11;
Mc 10, 2-16 F.B. Mc 10, 2-12

Evangelio: En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: « ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?». Él les replicó: « ¿Qué les mandó Moisés?». Contestaron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Moisés dejó escrito este precepto por lo tercos que son ustedes. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio». Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Jesús, viendo esto, se enojó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan; porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él». Y tomaba en sus brazos a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

Reflexión: En el libro del Deuteronomio se lee que el hombre se puede divorciar de su mujer si descubre en ella “algo desagradable” (Dt 24,1). En la época de Jesús había varias interpretaciones al respecto. Unos pensaban que sólo el adulterio permitía el divorcio, mientras que otros consideraban que por el más fútil  de los motivos se podía acudir al divorcio. Los fariseos querían encasillar a Jesús en una de esas opciones, para enemistarlo con los defensores de la otra. Por eso, ante la trampa que le tienden, Jesús pregunta. En realidad, el ya sabe la respuesta, pero quiere dejar en claro que el divorcio aparece en la legislación israelita en una época muy posterior a la de la creación. Jesús no invalida la ley del Deuteronomio, pero pone de relieve que en la intención de Dios no está la separación sino la unidad entre el marido y la mujer. El matrimonio es, pues, una decisión de vida y por eso Jesús predica la unidad y la indisolubilidad del matrimonio.

Oración: Señor Jesús, te pedimos por todos los matrimonios, especialmente por aquellos que se encuentran en momentos de dificultad y de crisis, para que redescubran el amor y encuentren la felicidad en el amor, la fidelidad y el respeto mutuos.

Lunes 4 de octubre
San Francisco de Asís
Jon 1, 1—2, 1.11; Sal: Jon 2, 3-5.8; Lc 10, 25-37

Evangelio: En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: « ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?». Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Haz respondido bien. Haz esto y tendrás la vida eterna». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: « ¿Y quién es mi prójimo?». Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas; y después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y dándoselos al encargado, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él contestó: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda, y haz tú lo mismo».

Reflexión: La pregunta del legista, como la de tantos otros, tenía propósitos falaces y mezquinos. Sin embargo, Jesús aprovecha el cuestionamiento para dejar en claro que su diferencia con los demás maestros de su época no era la teoría ni el conocimiento de los compromisos religiosos, pues todos coincidían en que el primer y más importante de los mandamientos es amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. La novedad de Jesús consiste en que Él nos exige que pongamos en práctica este gran mandamiento con su doble dimensión de amor a Dios y al prójimo. La parábola del buen samaritano condensa el gran mensaje de misericordia que caracteriza el actuar del cristiano. Podemos tener mil disculpas para no ayudar al hermano necesitado; es más, podemos percibirlo como un estorbo en nuestro camino y tomar la actitud del levita o del sacerdote que indiferentes, siguen su camino. El ejemplo del samaritano nos invita a dejar de lado los afanes de la vida para que nuestro único afán sea el servicio desinteresado y misericordioso ante el hermano que sufre. Dejémonos interpelar por Jesús que nos sigue diciendo: “Ve y haz tu lo mismo”.

Oración: Señor Jesús, tú que quieres que amemos siempre y sin medida, concédenos actuar como el prójimo de nuestros hermanos que sufren, para que seamos testigos íntegros de tu misericordia.

Martes 5 de octubre
Santa Faustina Kowalska, Rel.
Jon 3, 1-10; Sal 129, 1-4.7-8; Lc 10, 38-42

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán».

Reflexión: El evangelio ubica el episodio de Jesús en casa de Marta y María durante su viaje a Jerusalén, para hacer frente a su pasión, muerte y resurrección. Jesús enseña en lugares públicos como el templo y las sinagogas, así como en el ambiente privado de la familia. El amor, con el que Él trata a todos, despierta en Marta y María una respuesta de misericordia. Cada una corresponde al amor de Jesús con las mejores intenciones y con todo el entusiasmo. Marta piensa que la mejor manera es realizar los quehaceres que le corresponden. Por el contrario, María deja de lado los afanes del momento y escucha a Jesús. Contrariamente a lo que muchos podrían pensar, Jesús alaba la actitud de María y trata con firmeza a Marta. En nuestra vida cotidiana tenemos siempre la opción de actuar al estilo de Marta y al estilo de María. Cuando hacemos cosas para ayudar a nuestro prójimo, pero no estamos cerca de él ni lo escuchamos de corazón, estamos aún lejos de ser discípulos misericordiosos de Jesús, que nos pide que lo sigamos acogiendo y escuchando en nuestros hermanos que sufren.

Oración: Señor Jesús, tú nos enseñas que la mejor parte consiste en escuchar tu Palabra, concédenos la gracia de ser dóciles a ella, para que el amor y el servicio a nuestros hermanos se fundamenten realmente en tu Evangelio.

Miércoles 6 de octubre
San Bruno, Pbro.
Jon 4, 1-11; Sal 85, 3-6.9-10; Lc 11, 1-4

Evangelio: Una vez, Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”».

Reflexión: Una de las críticas que Jesús hace a los fariseos es que ellos no actúan de acuerdo a lo que enseñan. Por el contrario, sus discípulos quieren imitar su estilo de vida y por eso, como lo ven orar, les piden que los enseñe a orar. Jesús responde a su petición con el Padre Nuestro, que contiene el estilo de oración que distingue a los cristianos. La oración no puede ser un accidente opcional de nuestra vida, sino que hace parte integral de la misma. Jesús quiere que oremos, porque mediante la oración, no sólo pedimos la ayuda de parte de Dios, sino que nos comprometemos con Él, porque la oración no es un rito mágico, cuyas palabras manipulan la voluntad de Dios, sino que comprometen la vida y las acciones de quien habla con el creador. Orar con el Padre Nuestro significa estar dispuestos a aceptar todas las condiciones del Reino de Dios con su propuestas de amor, fraternidad, solidaridad y misericordia. También significa estar dispuestos a perdonar a quienes nos han ofendido gravemente para poder pedir el perdón que proviene de Dios.
Señor Jesús, tú que nos enseñaste a orar, concede que podamos vivir íntimamente unidos a ti, al Padre y al

Oración: Espíritu Santo, para que nuestra oración sea la expresión auténtica de nuestra fe y de nuestro compromiso con nuestros hermanos.

Jueves 7 de octubre
Nuestra Señora del Rosario
Ml 3, 13-20a; Sal 1, 1-2.3.4-6; Lc 11, 5-13

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y este viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Yo les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite. Por eso yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre ustedes, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».

Reflexión: El verdadero discípulo de Jesús es el que confía en la oración y su eficacia. Por eso él nos ofrece hoy su famosa expresión: “Pidan y se les dará”. Para ilustrar esa orientación Jesús nos cuenta dos ejemplos, el del amigo inoportuno y el del hijo que pide  alimento a su padre. El cristiano está llamado a hacer de su vida una vida de oración; pues a través de ella fortalecemos nuestra relación con Dios y le damos sentido a todas las buenas obras que hacemos en favor de nuestro prójimo. Gracias a ello, hay muchas personas y organizaciones que se dedican a ayudar a los más necesitados y, cuando ocurre una tragedia como un terremoto o una inundación, muchas de estas organizaciones prestan ayuda y socorro a los tantos necesitados. Cada persona que ayuda lo hace por motivos diferentes, pero lo que distingue a los creyentes solidarios es su profunda relación con Dios; es esta la que nos impulsa a no dejar a ningún hermano en situaciones de dificultad y necesidad.

Oración: Padre de infinita misericordia, tú sabes bien lo que necesitamos. Concédenos los bienes que proceden de ti, para que vivamos alegres de acuerdo a tu Evangelio.

Viernes 8 de octubre
San Hugo de Génova
Jl 1, 13-15; 2, 1-2; Sal 9, 2-3.6.16.8-9; Lc 11, 15-26

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús habiendo expulsado un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: «Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿Cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, si yo expulso los demonios en nombre de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿con que poder los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha  llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: “Volveré a la casa de donde salí”. Y al volver, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y se meten a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

Reflexión: La predicación de Jesús suscitaba admiración y seguimiento de parte de algunos, pero, en otros, causaba envidia, rechazo y hostilidad. Jesús fue acusado, por parte de estos últimos, que afirmaban que el fundamento de sus buenas obras no era Dios sino Satanás y que precisamente por ser amigo de Satanás, podía liberar a las personas de seguir bajo su dominio. Sin embargo, Jesús rechaza tales acusaciones y demuestra la autenticidad de su mensaje como consecuencia del envío por parte de Dios. Jesús culmina su intervención despreocupándose de la acusación de sus adversarios y dando con misericordia una palabra más a quienes ha librado del dominio de Satanás. Si después del encuentro misericordioso con Jesús, el ser humano no pone de su parte y sigue a Jesús, entonces queda en peligro y a merced de los enemigos de Dios que querrán volver a conquistarlo para alejarlo del perdón, del amor y de la salvación y llevarlo a la condenación.

Oración: Jesús, Maestro de misericordia, tú que viniste de parte de Dios a liberarnos del pecado que nos oprime y esclaviza, concédenos ser dóciles a tu salvación, para que vivamos permanentemente en la alegría que tú nos ofreces.

Sábado 9 de octubre
San Héctor Valdivielso Saéz
Jl 4, 12-21; Sal 96, 1-2.5-6.11-12; Lc 11, 27-28

Evangelio: En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la voz en medio de la multitud, diciendo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Pero él le respondió: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen».

Reflexión: Al apreciar a simple vista el grito de aquella mujer que grita desde la multitud, podríamos pensar que ella pronuncia la bienaventuranza más grande posible. Para ella no había mayor dicha que ser la madre de Jesús. Sin embargo, el mismo Jesús nos anuncia una dicha mayor: Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios”. Estas palabras no excluyen a María de la bienaventuranza, sino que nos incluyen en ella si cumplimos la condición de la escucha y práctica de la Palabra. Jesús nos enseña, así, que cualquier situación buena, puede ser mejor. quien lo sigue de verdad, alcanza también la verdadera alegría. Jesús construye esta nueva bienaventuranza y la dedica, no sólo a su propia madre, primera en cumplir la voluntad del Padre, sino también a sus seguidores de todos los tiempos; a aquellos que asumen su enseñanza en el corazón, pero sobre todo a quienes encuentran la fuerza y la decisión para practicar la misericordia que Él nos muestra y nos enseña.

Oración: Padre de bondad, tú que escogiste a María para ser la madre de tu Hijo, concédenos, con su ejemplo, escuchar atentamente tu palabra y ponerla en práctica cada día de nuestra vida.

Domingo 10 de octubre
XXVIII del Tiempo Ordinario
Sb 7, 7-11; Sal 89, 12-17; Hb 4, 12-13;
Mc 10, 17-30 F.B. Mc 10,17-27

Evangelio: En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: « ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Jesús lo miró con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se fue entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: « ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!». Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: «Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro entonces le dijo: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí  y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en el mundo futuro, vida eterna».

Reflexión: La predicación de Jesús provoca la intención del seguimiento, como le ocurre al hombre que corre hacia él. Este lo reconoce como alguien especial. En efecto, le dice Maestro; es decir que reconoce que él enseña con autoridad y no como los escribas. Además, le añade una cualidad: “bueno”. Sin embargo, Jesús rechaza el elogio, pues considera, y así lo manifiesta, que el único realmente bueno es Dios. Así demuestra, también, que no es un Maestro como los demás. Lo que él busca no es que la gente le haga reverencias por las plazas ni que lo llame por títulos honoríficos. Lo que Jesús pretende es guiar a sus discípulos a la salvación. Por eso, al hombre que lo encuentra, le muestra un camino con dos etapas. El hombre ya ha recorrido la primera que consiste en cumplir los mandamientos. Cuando conoce la segunda etapa, el hombre desiste, pues no está dispuesto a luchar por el tesoro del cielo. Él prefiere quedarse con los tesoros que tiene en la tierra y renunciar a la salvación. Enseguida, Jesús introduce el tema del cuidado con las riquezas para el crecimiento en la fe. No porque poseer bienes materiales sea malo, sino porque en ocasiones las riquezas y las seguridades que éstas proporcionan desvían la atención de lo que es verdaderamente importante, la riqueza de Dios expresada en misericordia, justicia, perdón y reconciliación.

Oración: Señor enséñanos a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos para que compartamos alegremente nuestros bienes con los que más los necesitan y a practicar la justicia y la misericordia con todos.

Lunes 11 de octubre
San Juan XXIII, Pp.
Rm 1, 1-7; Sal 97, 1-4; Lc 11, 29-32

Evangelio: En aquel tiempo, la gente se aglomeraba alrededor de Jesús y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el juicio con los hombres de esta generación y los condenará; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría  de Salomón, y aquí hay Alguien que es más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con los hombres de esta generación, y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay Alguien que es más que Jonás».

Reflexión: Jesús ha actuado con misericordia curando y enseñando. Sin embargo, hay muchos que aún no confían en él, de modo que le piden una señal que pruebe su idoneidad y legitimidad. Él no se rehúsa a mostrar un gran signo que demuestre su condición de Hijo de Dios, al contrario, su mayor signo será su muerte en cruz y su resurrección al tercer día, a las que alude mediante el signo de Jonás. De acuerdo al libro, que lleva el mismo nombre, Jonás fue un profeta que se había rehusado a predicar en Nínive, ciudad extranjera y pecadora, pero que se convirtió ante su predicación.  Nínive era el prototipo de corrupción y de pecado; sin embargo, se convirtió gracias a la predicación de Jonás. Mediante la alusión a Nínive y a la predicación de Jonás, Jesús nos exige una conversión radical, para que comencemos a poner en práctica su Evangelio de misericordia, animados por su mismo ejemplo.

Oración: Señor Jesús, tú que nos llamas permanentemente a la conversión, abre nuestros ojos, para que, viendo tu amor total, manifestado en la cruz, permanezcamos siempre unidos a ti, dador de la vida eterna.

Martes 12 de octubre
Nuestra Señora del Pilar y beato Carlo Acutis
Rm 1, 16-25; Sal 18, 2-5; Lc 11, 37-41

Evangelio: En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a  la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Den más bien, como limosna lo que tienen dentro y todo será puro».

Reflexión: A Jesús no le importa la apariencia, la condición o la proveniencia de las personas. Por eso, a pesar de las fuertes críticas que había recibido de parte de los fariseos, decide aceptar la invitación de uno de ellos. Este anfitrión deja ver el propósito falaz de su invitación, pues en vez de acoger a Jesús de corazón, lo observa para ver si cumplía todos los rituales que acompañaban la comida. Jesús, al notar la actitud del fariseo, critica con severidad el estilo meramente ritualista, que pretende agradar a Dios mediante acciones externas que permanecen indiferentes ante las necesidades humanas. Por eso Jesús, actualizando las palabras del profeta Oseas: “Quiero misericordia y no sacrificios” (Os 6,6), considera que es más importante el amor al prójimo que cualquier otra obra que se pueda realizar. Quien demuestra su amor al prójimo mediante acciones y actitudes de misericordia, es digno y puro delante de Dios.

Oración: Padre de amor, tú que quieres misericordia y no sacrificios, concédenos un espíritu dispuesto a amar, para que con nuestras palabras y actitudes hagamos sentir a todos como auténticos y dignos hijos tuyos.

Miércoles 13 de octubre
San Eduardo
Rm 2, 1-11; Sal 61, 2-3.6-7.9; Lc 11, 42-46

Evangelio: En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasan por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los primeros asientos en las sinagogas y ser saludados en las plazas! ¡Ay de ustedes, que son como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!». Un maestro de la Ley intervino y le dijo: «Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros». Jesús replicó: «¡Ay de ustedes también, maestros de la Ley, que imponen a la gente cargas insoportables, mientras ustedes no las tocan ni con un dedo!».

Reflexión: Jesús habla con claridad a todos y, sin distinción, denuncia las propias inconsistencias e incoherencias de vida. A los fariseos denuncia que, por estar preocupados de cumplir los pormenores de la ley, descuidan lo más importante que consiste en la justicia y el amor de Dios. También hoy, podemos cumplir uno o varios de los mandamientos y preceptos que encontramos en la Biblia, pero si en nuestro comportamiento diario no practicamos ni luchamos por la justicia, entonces no podemos considerarnos auténticos discípulos de Jesús. Él sigue reclamando justicia de parte de todos los que llevamos el nombre de cristianos. El empresario cristiano paga un salario justo y el trabajador cristiano trabaja con honestidad. El cristiano demuestra que ama de corazón a Dios cuando no se alegra con la injusticia, sino que se alegra con la verdad (1Co 13,6).

Oración: Señor Jesús, concédenos ser generosos y humildes como tú, para que busquemos sobresalir, no con nuestra soberbia, sino con el espíritu de servicio hacia nuestros hermanos.

Jueves 14 de octubre
San Calixto, Pp. y Mr.
Rm 3, 21-30a; Sal 129, 1-5; Lc 11, 47-54

Evangelio: En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de ustedes, que edifican sepulcros a los profetas, a quienes sus antepasados mataron! Así se hacen testigos y cómplices de lo que hicieron sus antepasados; porque ellos los mataron y ustedes les edifican sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán”; así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, se lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de ustedes, maestros de la Ley, que se han quedado con la llave del saber; no han entrado ustedes y a los que intentaban entrar les impidieron!». Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo con muchas preguntas capciosas, para sorprenderlo con sus propias palabras.

Reflexión: Jesús denuncia el pecado de todo el pueblo por igual: de ricos y pobres, de sabios e ignorantes, la falta de coherencia de los fariseos y, ahora, de los expertos de la ley. Los fariseos pensaban que cumplir la ley era observar externamente los preceptos, pero sin la más mínima atención por el prójimo. Los expertos en la ley se consideraban a sí mismos como los únicos capaces de entender la Escritura y hacían de la voluntad de Dios algo tan difícil de comprender que el pueblo terminaba alejándose de la misma. Con la denuncia hecha a los escribas y a los fariseos Jesús nos invita a cumplir la ley de Dios mediante el amor y la misericordia al prójimo y a acercarnos a la Palabra de Dios, mediante su lectura y la práctica de las enseñanzas que encontramos es ella. El verdadero sabio no es el que hace alarde de su conocimiento o de su inteligencia, sino el que sabe vivir de acuerdo a la guía de Dios y conduce, mediante su ejemplo y sus palabras, a su prójimo por el buen camino de la salvación.

Oración: Señor Señor Jesús, concédenos la valentía necesaria para denunciar las injusticias del mundo y la fuerza de corazón para actuar  siempre de acuerdo a tu enseñanza.

Viernes 15 de octubre
Santa Teresa de Ávila, Vg. y Dra.
Rm 4, 1-8; Sal 31, 1-2.5.11; Lc 12, 1-7

Evangelio: En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digan de noche se repetirá a pleno día y lo que digan al oído, o en el sótano, se pregonará desde la azotea. A ustedes, amigos míos, les digo: no tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer nada más. Les voy a decir a quién tienen que temer: teman al que tiene poder para matar y después arrojar al infierno. A éste tienen que temer, se los digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo: Ustedes valen mucho más que muchos gorriones».

Reflexión: A la vista de esa multitud que iba creciendo cada vez más, Jesús evoca el ejemplo de la levadura que infla la masa de pan. Él no reprocha las enseñanzas de los fariseos, sino su comportamiento hipócrita, mediante el cual se presentan con una actitud de superioridad ante los demás. Jesús nos enseña que toda situación, por más oculta que parezca, termina haciéndose de conocimiento público. Esa actitud se puede convertir en criterio de comportamiento. Si cada uno se comporta siempre, sabiendo que su modo de proceder es o va a ser conocido por  todos, entonces este comportamiento será honesto y acorde a las enseñanzas de Cristo. Él nos invita a seguirlo de corazón, no porque alguien nos vigile, sino porque actuamos con convicción. Desde esta perspectiva Él anima a vivir con intensidad la propia fe, incluso en ambientes de hostilidad, como la que le tocó vivir al mismo Jesús. Como cristianos no estamos llamados a esconder nuestra propia fe sino a proclamarla abiertamente. Jesús nos invita a ser testigos de nuestro encuentro de amor y misericordia con él.

Oración: Señor Jesús, tú inspiras nuestras palabras y nuestras acciones, inspíranos siempre el comportamiento justo, para que podamos ser auténticos y dignos testigos de ti.

Sábado 16 de octubre
Santa Margarita María de Alacoque, Vg.
Rm 4, 13.16-18; Sal 104, 6-9.42-43; Lc 12, 8-12

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me niega ante los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando los conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo se van a defender. Porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que tengan que decir».

Reflexión: Jesús exige que el testimonio acerca de él sea auténtico y permanente. Él también advierte que el anuncio de la Buena Noticia tiene dificultades que van desde las más abiertas persecuciones hasta el desánimo por parte de quienes como seguidores de Jesús, tenemos la tarea de dar testimonio de Él.  Por eso, las  palabras de Jesús animan al discípulo misionero para que nunca dejen de dar testimonio de Él, pues las persecuciones forman parte del plan de Dios, que tiene previsto también el triunfo final y definitivo de Cristo, quien nos promete declarar a favor nuestro delante de Dios Padre. Él mismo nos pide que anunciemos nuestra fe a todas las personas y que no tengamos miedo de lo que podamos decir, pues contamos con la asistencia del Espíritu Santo que infunde en nuestros corazones las palabras y actitudes adecuadas.  En un mundo que con frecuencia desconoce el amor de Dios y margina cada vez más a los necesitados, estamos llamados a declarar que el egoísmo no lo es todo y que el amor al prójimo es posible y puede transformar nuestra sociedad mediante relaciones de respeto, de tolerancia y de inclusión.

Oración: Padre del cielo, que el pecado, las injusticias y las hostilidades no desanimen nuestra fe, sino que aparezcan para nosotros como los signos de los tiempos que nos animen a predicar constantemente el Evangelio de tu Hijo a todas las personas.

Domingo 17 de octubre
XXIX del Tiempo Ordinario
Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5.18-21.22;
Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

Evangelio: En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les contestó: «Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?». Ellos contestaron: «Sí, podemos». Jesús  les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y recibirán el bautismo que yo voy a recibir, pero el sentarse a mi derecha o mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Ustedes saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y les hacen sentir su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así: el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Reflexión: Con frecuencia se nos advierte que no firmemos ningún documento antes de leer y entender lo que contiene. Por el contrario, los hijos del Zebedeo querían hacerle prometer a Jesús algo que le propondrían después. Jesús no promete a ciegas, sino que les pregunta sobre lo que quieren. Es entonces cuando ellos tienen que ser sinceros y exponer su solicitud de tener puestos privilegiados. Jesús les hace una exigencia y ellos, que no lograron que él prometiera a ciegas, se comprometen a seguir a Jesús hasta el final. Allí el Maestro se muestra mucho más astuto que ellos y finalmente les dice que no les puede prometer nada de lo que piden. Ante la indignación que la extraña propuesta de Santiago y Juan causó entre los demás, Jesús aprovecha para exigir a todos sus seguidores un comportamiento de hermandad y de servicio.

Oración: Señor Jesús, tú que nos pides beber tu cáliz y vivir tu bautismo, concédenos la gracia de la perseverancia con un espíritu fraternal y servicial en favor de nuestros hermanos.

Lunes 18 de octubre
San Lucas, Evangelista.
2Tm 4, 10-17b; Sal 144, 10-13.17-18; Lc 10, 1-9

Evangelio: En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.  Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Vayan, yo los envío  como corderos en medio de lobos.  No lleven dinero ni alforja, ni sandalias; y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren  en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quédense  en la misma casa, coman y beban de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No anden cambiando de casa.  Si entran  en un pueblo y los reciben bien, coman lo que les den, curen a los enfermos que haya, y digan: “Está cerca de ustedes el Reino de Dios.”

Reflexión: La misión encomendada a los discípulos no es solo la de ir a predicar el Evangelio, sino también de orar al Padre del cielo, el dueño de la mies, por más personas comprometidas con la tarea evangelizadora. Jesús les confiere la capacidad de ir delante de él, predicando en nombre suyo. Él confía en los setenta y dos enviados, así como confía hoy en los tantos hombres y mujeres que en nombre suyo predican su mensaje. El Evangelio muestra que Jesús encomienda a sus enviados realizar las mismas obras que él hacía, pues reciben la orden de sanar a los enfermos. De la misma manera el contenido de la predicación anticipa el mensaje de Jesús: “El Reino de Dios se ha acercado”. La iglesia tiene hoy la misión de continuar la obra de Jesús. Cada cristiano tiene el compromiso de llevar la paz, la salvación y el mensaje de Cristo a todos los hermanos, de modo especial a aquellos que sufren. Tal como los enviados del siglo I, también los enviados del siglo XXI reciben la formación y la asistencia constante del mismo Jesús.

Oración: Padre de bondad, suscita cada vez más santas y abundantes vocaciones, para que nunca deje de anunciarse el mensaje de amor  y de paz que tu Hijo nos encomienda. 

Martes 19 de octubre
Beato José Timoteo Giaccardo
Rm 5, 12.15b.17-19.20b-21; Sal 39, 7-10.17; Lc 12, 35-38

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos».

Reflexión: Durante su paso por este mundo Jesús nos mostró el camino que conduce a la salvación. Con su propio ejemplo nos señaló cuál es el comportamiento que corresponde a sus seguidores y con su predicación explicó a sus discípulos, y también a los que se oponían a su ministerio, que la novedad de su propuesta estaba en la radicalidad de la vivencia del amor al prójimo como expresión del amor a Dios. También nos explica que esa vivencia profunda del Evangelio no se puede postergar para un futuro lejano o cercano, sino que debe comenzar en el momento presente y nunca debe parar. Jesús nos promete una segunda venida, pero nos oculta el momento de la misma, para que nuestro comportamiento esté siempre a la expectativa de su regreso, como siervos fieles, prudentes y, sobre todo, despiertos. Esta constancia permitirá que la alegría por estar al servicio de Jesús llegue a su plenitud y que, además, perdure por siempre.

Oración: Señor Jesús, ayúdanos a permanecer vigilantes, a tener siempre encendida nuestra lámpara de la fe, la esperanza y el amor, para que cuando tú nos llames a tu encuentro, nos encuentres  preparados por el bien que hemos hecho.

Miércoles 20 de octubre
San Pedro de Alcántara, Rel.
Rm 6, 12-18; Sal 123, 1-8; Lc 12, 39-48

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría asaltar su casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Pedro le preguntó: «Señor, ¿Has dicho esa parábola por nosotros o por todos?» El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración de alimentos a sus horas? Bienaventurado el criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad les digo, que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y a las criadas, y se pone a comer y beber y a emborracharse. Llegará el señor de aquel criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que conoce la voluntad de su señor, pero no está preparado y no obra según su voluntad, recibirá un castigo muy severo. En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más».

Reflexión: La atención constante es la virtud que asegura el éxito de toda tarea que se realice. Esto es claro cuando pensamos en el trabajo de un cirujano, de un piloto, de un conductor, o de tantos profesionales que requieren una vigilancia permanente. Jesús alude a la sorpresa como estrategia usada por los ladrones y la vigilancia continua como elemento indispensable que impide que seamos víctimas de los ladrones. No importa a qué hora del día o de la noche llegue un ladrón; si la posible víctima está siempre lista, entonces no se dejará sorprender y evitará el robo. Pero si se descuida, aunque sea un instante, corre el riesgo de perderlo todo. Con este ejemplo Jesús nos invita a no descuidar nuestra vida cristiana y a practicar las buenas obras en toda circunstancia. Un cristiano que deje de obrar el bien, aunque sea por un día, entonces está arriesgando toda su vida de seguimiento. Ante los pobres, los enfermos, los marginados y todos los necesitados de la misericordia  del Evangelio, no nos podemos descuidar. Cristo nos exige hacia un amor y una misericordia constantes, como constante es el amor que diariamente nos manifiesta Jesús.

Oración: Jesús, Hijo del Hombre, tú has querido ocultarnos el día y la hora de tu segunda venida, concédenos esperarte siempre vigilantes en el cumplimiento de tu Evangelio, para que contribuyamos a que tu iglesia sea un verdadero recinto de amor y solidaridad.

Jueves 21 de octubre
Santa Laura Montoya
Rm 6, 19-23; Sal 1, 1-4.6; Lc 12, 49-53

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? ¡No, sino división! Desde ahora, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Reflexión: La vida cristiana no consiste en la indiferencia pasiva y sin compromiso ante las injusticias. El verdadero discípulo de Jesús es el que escucha su Evangelio, se deja cuestionar por él y adapta su propia vida de acuerdo a sus enseñanzas. Nuestro Señor utiliza la figura del fuego para referirse a su Evangelio; pero, así como en los comienzos del cristianismo, hoy ese fuego no está ardiendo con el suficiente dinamismo y en algunos corazones, ni siquiera está ardiendo. La falta de compromiso, de decisión y de entusiasmo de muchos cristianos contribuye a que la fuerza del Evangelio disminuya e, incluso, llegue a apagarse.  Jesús nos pide que dejemos arder el fuego de su Evangelio y estemos dispuestos asumir las consecuencias de oposición y de hostilidad por parte de quienes no estén dispuestos a amar, incluso si pertenecen a nuestro propio círculo familiar. Estamos, pues, llamados a vivir con entusiasmo nuestro compromiso cristiano.

Oración: Padre de bondad, reaviva en nosotros el fuego de tu amor, para que llenos de entusiasmo vivamos con fraternidad y solidaridad, mostrando a todo el camino de la salvación que tu Hijo nos señala.

Viernes 22 de octubre
San Juan Pablo II, Pp.
Rm 7, 18-25a; Sal 118, 66.68.76-77.93-94; Lc 12, 54-59

Evangelio: En tiempo, Jesús dijo a la gente: «Cuando ven subir una nube por el poniente, dicen en seguida: “Va a llover”, y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, dicen: “Hará calor”, y así sucede. Hipócritas: si saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿Cómo no saben interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no saben juzgar ustedes mismos lo que es justo? Cuando te dirijas al tribunal con tu adversario, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras  van de camino; no sea que te lleve ante el juez y el juez te entregue al guardia y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo».

Reflexión: Un seguidor de Jesús no puede ignorar lo que pasa en el mundo y mucho menos en los ambientes más cercanos que lo rodean, sino que está llamado a ser protagonista de la historia. Por eso, Jesús nos invita a analizar lo que sucede a nuestro alrededor para que, desde nuestra fe cristiana, podamos contribuir eficazmente al desarrollo de la misma sociedad en la que vivimos. La experiencia auténtica del Evangelio tiene en cuenta la propia realidad para transformarla mediante la práctica de la misericordia. No seríamos buenos cristianos si estuviéramos viviendo nuestra fe exactamente de la misma manera en que se vivía hace dos mil años. Los pobres, los marginados y los necesitados no son los mismos de cada tiempo y de cada lugar y por eso requieren una atención especial de acuerdo a las propias circunstancias.  Comprender los signos de los tiempos significa también emprender el camino de reconciliación, al cual Jesús nos invita mediante la parábola conclusiva.

Oración: Señor Jesús, tú quieres que seamos protagonistas de la historia, ayúdanos a discernir los signos de los tiempos, para que seamos sacramento de tu presencia misericordiosa y reconciliadora en el mundo.

Sábado 23 de octubre
San Juan de Capistrano, Rel.
Rm 8, 1-11; Sal 23, 1-6; Lc 13, 1-9

Evangelio: En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿Piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».

Reflexión: La alusión de Jesús a la tragedia sufrida por los galileos, deja ver que cuando lo que prima es la fuerza, se impone la violencia que lleva a la muerte. Jesús no considera a los galileos como culpables, sino como víctimas de aquel episodio, aunque esos episodios habían sido interpretados por la gente como castigo por los pecados. Muchas personas siguen interpretando así los males del mundo y por eso piensan que el sufrimiento de las personas es justo delante de Dios. Pero Jesús nos da una nueva perspectiva para que no permanezcamos indiferentes ante quienes sufren calamidades y desgracias; por eso pide enérgicamente a sus discípulos que dejen de pensar que quienes sufren o han sufrido desgracias de todo tipo son más pecadores que los demás. Para Jesús no importa el motivo del sufrimiento y sus seguidores estamos llamados a participar activamente en la ayuda inmediata y eficaz a favor de los que lo necesitan. Esta tarea encuentra diversas dificultades en el mundo de hoy; pues siguen latentes muchas ideologías que promueven la indiferencia ante las necesidades humanas, explicándolas engañosamente como consecuencia de los pecados de quienes las sufren.

Oración: Señor Jesús, ayúdanos a ser sacramentos de tu justicia, para que junto a nuestros hermanos trabajemos incansablemente en favor de quienes sufren a causa de los males que aquejan al mundo.

Domingo 24 de octubre
XXX del Tiempo Ordinario
Jr 31, 7-9; Sal 125, 1-6; Hb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Evangelio: En aquel tiempo, cuando salía Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de mucha gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí». Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?». El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Reflexión: Como en otras ocasiones, Jesús está acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, mientras transita por una de las ciudades más antiguas del mundo. Allí lo espera un hombre con dos condiciones que lo ponen en desventaja ante lo demás. Es pobre y más que pobre, se trata de un mendigo. Además, es ciego y, por tanto, no puede percibir adecuadamente la realidad. Pero, aunque le faltan recursos materiales y la luz para sus ojos, no le falta la esperanza y la fe. Él no reclama por su ceguera, no considera que la vista sea un derecho, sino un regalo y, por eso, pide compasión al Hijo e David. Como ocurre también en nuestros tiempos, la expresión de su súplica provoca dos reacciones. En primer lugar, algunos quieren esconder su realidad y lo intentan silenciar, así como hoy cuando no afrontamos los graves problemas personales sociales y eclesiales, sino que tratamos de esconderlos. En segundo lugar, Jesús afronta la situación con la misericordia acostumbrada, habla con  el ciego, quien mantiene la humildad, pero también demuestra premura y pone de su parte. Jesús le devuelve la vista al ciego, pero no se atribuye esa obra, sino que atribuye ese milagro a la fe de su interlocutor. Por su parte, quien ha sido curado responde a Jesús mediante su seguimiento a lo largo del camino.

Oración: Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros y concédenos el don de la vista, para que viendo las necesidades de nuestro prójimo, nos comportemos con ellos como auténticos seguidores tuyos.

Lunes 25 de octubre
San Frutos de Segovia
Rm 8, 12-17; Sal 67, 2.4.6-7.20-21; Lc 13, 10-17

Evangelio: Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Y había una mujer que desde hacía dieciocho estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos y en seguida se enderezó y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tienen para trabajar; vengan en esos días a que les curen, y no en sábado». Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de ustedes, ¿No suelta al buey o al asno del pesebre y lo lleva a beber, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abraham, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que liberarla de sus ataduras en sábado?».

Reflexión: La mujer de la escena llama la atención por su enfermedad y especialmente por el tiempo que llevaba así. Los 18 años de su sufrimiento aluden a los 18 hombres que murieron aplastados por la torre de Siloé (Lc 13,4). Con esto, Jesús indica que, así como ellos fueron inocentes de su muerte, la mujer encorvada no tiene la culpa de su enfermedad. En esta ocasión Jesús demuestra la misericordia que lo caracteriza y libra a la mujer encorvada de la enfermedad que padece. Con la acción de Jesús, la mujer puede volver a levantar la cabeza después de dieciocho años. Sin embargo, el jefe de la sinagoga no entiende la acción misericordiosa de Jesús, pues consideraba que era más importante cumplir el precepto del sábado que ayudar al prójimo. Una vez más Jesús se manifiesta como Señor del sábado y nos muestra el aspecto liberador de su misión: Él ha venido a librarnos de las ataduras que no nos dejan actuar, que no nos dejan creer y que no nos dejan amar.

Oración: Señor Jesús, tú que levantaste a la mujer en la sinagoga y le devolviste, así, su dignidad, concédenos a nosotros poder actuar con misericordia y lealtad, para que en su encuentro con nosotros se dignifique cada hermano nuestro.

Martes 26 de octubre
San Evaristo, Papa
Rm 8, 18-25; Sal 125, 1-6; Lc 13, 18-21

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un árbol y las aves anidan en sus ramas». Y añadió: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».

Reflexión: Las parábolas son uno de los medios predilectos de Jesús para anunciar el Reino de Dios que es la realidad más grande que que pueda existir. Sin embargo, ese reino no aparece abruptamente en la vida de nadie, sino que se va instaurando paulatinamente mediante la práctica constante de los valores enseñados y predicados por Jesús. Cuando Jesús compara ese Reino con el grano de mostaza nos invita a no desesperarnos al no ver ya grande en medio de nosotros el cumplimiento de la voluntad del Padre del Cielo. La vivencia misericordiosa del Evangelio permite que la voluntad de Dios se vaya cumpliendo y aunque seguimos viendo graves injusticias, terribles pecados y espantosas indiferencias, estamos llamados a no perder la esperanza y a seguir contribuyendo desde nuestra propia experiencia y realidad a la construcción del Reino de Dios. A Jesús no le importan los resultados a corto plazo, pues puede suceder como con la semilla que brota al instante pero que se marchita por falta de raíces.

Oración: Señor Jesús, concédenos ser constantes en la predicación de tu Reino, pero también pacientes, para que sepamos esperar con alegría que los frutos que tú esperas se vayan realizando en el mundo.

Miércoles 27 de octubre
Santa Sabina
Rm 8, 26-30; Sal 12, 4-6; Lc 13, 22-30

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús de camino hacia Jerusalén recorría ciudades y pueblos enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Jesús les dijo: «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán afuera y llamarán a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y él les contestará: “No sé quiénes son ustedes”. Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él contestará: “No sé quiénes son ustedes. Aléjense de mí, malvados”. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras ustedes serán arrojados fuera. Y vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos».

Reflexión: El evangelista ubica el episodio de la pregunta sobre el número de los que se salvan en el contexto del camino de Jesús hacia Jerusalén, adonde va al encuentro de su pasión, muerte y resurrección. Él no quiere que nos preocupemos por el número de las personas que se salvan ni por el cupo que queda disponible en el cielo, sino por el camino que conduce a la salvación y que consiste en pasar por la puerta estrecha para que no nos excluyamos a nosotros mismos del Reino de Dios. Si hacemos la opción adecuada, no tenemos que preocuparnos por el cupo del cielo sino por recorrer el camino estrecho del amor a Dios y al prójimo. No se trata de un camino fácil, pues en el mundo hay muchas voces que desalientan para permanecer en él; hay muchos falsos profetas que no predican la cruz de Cristo, sino un falso camino de aparente prosperidad que aleja a las personas del ejercicio de la misericordia hacia los hermanos. ¿Estamos dispuestos a recorrer el camino estrecho y a vivir amando a nuestro prójimo para poder entrar en el Reino de Dios?

Oración: Señor Jesús, tú que te sientas con Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios, concédenos apreciar todo aquello que nos conduce a la salvación, para que, aunque nos parezca difícil, podamos caminar sin retroceder hacia la verdadera felicidad.

Jueves 28 de octubre
Santos Simón y Judas, Apóstoles
Ef 2, 19-22; Sal 18, 2-5; Lc 6, 12-19

Evangelio: En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Reflexión: Jesús ora con frecuencia, pero de manera especial en los momentos más importantes de su vida y de su ministerio. La llamada a los apóstoles es uno de esos momentos y por eso ora con intensidad antes de elegir a sus más fieles colaboradores para integrar el grupo de los doce, a quienes convirtió en testigos directos de su obra misericordiosa. Jesús siendo el Hijo de Dios, buscó la ayuda de un grupo de personas que lo acompañarían a lo largo de todo su ministerio. Entre ellos estaba Judas Iscariote el que lo traicionó. A él también lo llamó y no lo excluyó, sino que con misericordia le dio la oportunidad de seguirlo hasta el momento definitivo. Con sus discípulos, Jesús no se manifiesta como un predicador solitario, sino que desde el inicio de su actividad misionera nos enseña la importancia de la comunidad. Jesús mismo vivió y predicó junto a sus discípulos y a ellos, que estaban siempre con Él, fue a los primeros que les mostró su misericordia.

Oración: Señor Jesús, tú que nos muestras al Padre del Cielo con tu oración y tu misericordia, mueve nuestros corazones, para que al ser testigos de tu amor y de tu misericordia, podamos servirte con total dedicación.

Viernes 29 de octubre
Beata Chiara Luce Badano
Rm 9, 1-5; Sal 147, 12-15.19-20; Lc 14, 1-6

Evangelio: Un sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos lo observaban atentamente. Había allí delante de él, un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: «¿Es lícito curar los sábados, o no?». Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: «Si a uno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?». Y se quedaron sin respuesta.

Reflexión: La narración es explícita al afirmar que la curación realizada por Jesús ocurre un sábado, día sagrado para los judíos y en el que debían abstenerse de realizar muchas actividades. Todo sucede delante de los fariseos y de los legistas que observan y juzgan su comportamiento como contrario a la ley de Dios. Jesús desenmascara la hipocresía del jefe de los fariseos que lo había invitado a comer y le pone de manifiesto que lo más importante no es cumplir la letra de la ley sino su espíritu. De acuerdo a la denuncia hecha por Jesús, los mismos fariseos pasan por alto la letra de la ley, cuando se trata de salvar a sus propios seres queridos o a sus posesiones más preciadas. Nadie dejaría morir a un hijo so pretexto de respetar el sábado. En coherencia con sus enseñanzas, Jesús muestra que la misericordia es más importante que la ley y por tanto la primera obligación que tenemos es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Oración: Señor Jesús, tú que obraste con misericordia en cada circunstancia, llena nuestro corazón de misericordia, para que podamos servirte con sinceridad y amar al prójimo con todas nuestras fuerzas.

Sábado 30 de octubre
San Marcelo de León
Rm 11, 1-2a.11-12.25-29; Sal 93, 12-15.17-18; Lc 14, 1.7-11

Evangelio: Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer; y ellos lo observaban atentamente. Notando que los invitados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan invitado a otro de más categoría que tú. Y vendrá el que los invitó a ti y al otro, y te diga: «Cédele a éste tu sitio». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga quien te invitó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Reflexión: Las enseñanzas de Jesús se basan en la observación que hace de la realidad. En este caso, todo surge al darse cuenta de la elección de los primeros puestos por parte de los invitados. Él quiere que sus discípulos se distingan por las actitudes de humildad y de disponibilidad al servicio de los demás. Él no quiere que esperemos atenciones especiales por el hecho de ser cristianos. Por el contrario, estamos llamados a comportarnos siempre como servidores humildes de nuestro prójimo. No obstante esta enseñanza de Jesús, seguimos encontrando en nuestros ambientes eclesiales personas que, aunque profesan externamente una fe cristiana, llevan una vida notoriamente basada en el orgullo y la vanagloria, creyéndose superiores a los demás y actuando con indiferencia y desprecio hacia el prójimo. Son personas que aprovechan cada ocasión para ensalzarse y enaltecerse a sí mismas, porque esperan el reconocimiento y la gloria por parte de los seres humanos y no por parte de Dios. Como cristianos estamos llamados a ocupar el primer puesto en el servicio a los demás y a destacarnos por las obras de amor y misericordia que nos acercan a Dios.

Oración: Señor Señor Jesús, tú que por amor te humillaste hasta una muerte de cruz, concédenos comportarnos con mansedumbre y humildad con nuestro prójimo, para que podamos participar contigo de la gloria de tu resurrección.

Domingo 31 de octubre
XXXI del Tiempo Ordinario
Dt 6, 2-6; Sal 17, 2-4.47.51; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28b-34

Evangelio: En aquel tiempo, un escriba  se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos». El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Reflexión: Los diferentes grupos sociales y religiosos rechazaban a Jesús. Sin embargo, no lo atacaban públicamente, sino que escondían falazmente sus agresiones en aparentes discusiones doctrinales. Así habían actuado los partidarios de Herodes, los fariseos y los saduceos.  Jesús nunca rehuyó al debate, sino que respondió con astucia y con sabiduría. Eso lo notó un experto de la ley, un escriba, quién entabla un auténtico debate. En el Pentateuco los judíos cuentan 613 mandamientos, por eso es legítima la pregunta: ¿cuál es el primero de los mandamientos? La respuesta de Jesús es inmediata, pues no hay duda acerca de la primacía del amor del amor a Dios. Aunque esta respuesta era esperada, Jesús añade el segundo mandamiento, que se trata del amor al prójimo. El escriba no debate ni contradice, sino que asume la respuesta de Jesús y la justifica haciendo suyas las palabras del profeta Oseas “misericordia quiero y no sacrificios”, de modo que el culto y las demás expresiones rituales tienen su razón de ser en el amor a Dios y al prójimo.  El reconocimiento de Jesús como maestro por parte del escriba hizo que cesaran las preguntas falaces.

Oración: Señor Jesús, Maestro nuestro, tú nos recuerdas los mandamientos más importantes de la ley, concédenos que, amando a Dios con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser, podamos amar también al prójimo, para que podamos ser dignos de tu misericordia.

 

 
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