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1MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - ABRIL
-Por Padre Carlos R. De Almeida-

Intención del papa Francisco para el mes de ABRIL: Recemos para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones sean bien ayudadas y acompañadas..

Miércoles 1 de abril
San Hugo


Evangelio de Juan 8, 31-42:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si se mantienen en mi palabra, serán de verdad discípulos míos; conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». Le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Serán libres”?». Jesús les contestó: «Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo, en cambio, se queda para siempre. Y si el Hijo los hace libres, serán realmente libres. Ya sé que ustedes son descendencia de Abrahán; sin embargo, tratan de matarme, porque mi palabra no ha penetrado en ustedes. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero ustedes hacen lo que han oído a su padre». Ellos replicaron: «Nuestro padre es Abrahán». Jesús les dijo: «Si ustedes fueran hijos de Abrahán, harían lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratan de matarme a mí, que les he dicho la verdad que oí de Dios, y eso no lo hizo Abrahán. Ustedes obran como su padre». Le replicaron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; tenemos un solo padre: Dios». Jesús les contestó: «Si Dios fuera su padre, me amarían a mí, porque yo he salido y vengo de Dios. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió».

Reflexión:
La verdad es profundamente liberadora y, por el contrario, vivir en la mentira es los más esclavizante. Y la verdad no es otra que Cristo. En efecto, Jesús nos enseña la verdad más profunda de Dios, porque Él viene de Dios, cuestión que los fariseos no reconocen, tal como aprendemos en el Evangelio de hoy. Además, Jesús nos enseña nuestra verdad y nos muestra cómo debemos vivir para desplegar, de forma correcta, nuestro ser. Cristo es nuestro modelo. Solo si permanecemos en la Palabra del Señor, podremos vivir en la verdad. Hoy, en esta profunda crisis de verdad que se da en la sociedad, donde prevalece la mentira, si nosotros no nos apartamos de Cristo, seremos libres porque viviremos en la verdad.

Jueves 2 de abril
San Francisco de Paula, ermitaño

Evangelio de Jn 8, 51-59:
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Les aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abraham murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien ustedes dicen: “Es nuestro Dios”, y, sin embargo, no lo conocen. Yo sí lo conozco, y si dijera: “No lo conozco” sería, como ustedes, un mentiroso; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, el padre de ustedes, se regocijó pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Jesús les dijo: «Les aseguro, antes que Abrahán existiera, Yo soy». Entonces, tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Reflexión:
Jesús muestra con claridad su divinidad al afirmar que, antes de que Abraham existiera, ya existía Él. De esta forma, expresa que es el Hijo eterno del Padre, la Palabra que, desde siempre, ha existido y que, por nosotros, se hace hombre. Acoger a Cristo es abrirse a lo eterno. Dicho de otra manera, en la medida que nosotros vivimos en comunión con Jesús, nos abrimos a la eternidad. Esto lo podemos concretar cada momento de nuestra existencia. Es algo maravilloso que incluso aquello que puede parecer pequeño a los ojos del mundo, por ejemplo, los deberes de cada día, cuando lo hacemos en Cristo, tiene valor de eternidad. No desaprovechemos ningún momento de nuestra existencia. Hagámoslo todo siempre en comunión con Cristo.

Viernes 3 de abril
Santa Casilda; San Ricardo

Evangelio de Juan 10, 31-42:
En aquel tiempo, los judíos de nuevo agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les dijo: «Muchas obras buenas, por encargo de mi Padre, les he mostrado: ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por ninguna obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en la ley de ustedes: “Yo les digo: ustedes son dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿dicen ustedes que blasfema por haber dicho que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que comprendan y sepan que el Padre está en mí, y yo en el Padre». Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escapó de las manos. Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo acerca de este hombre era verdad». Y muchos allí, creyeron en él.

Reflexión:
Las palabras de Jesús han escandalizado a los judíos y, por eso,
intentan apedrearlo. El motivo es que Jesús está hablando de tal forma que se coloca al nivel del Padre, y, por eso, se hace igual a Dios. Pero Jesús está expresando su verdad, Él es el Hijo igual al Padre. El Señor pide a los judíos que reconozcan, por lo menos, las obras que está haciendo, donde se manifiesta su relación filial con el Padre. En efecto, ahí donde actúa Jesús, ahí está actuando el Padre. Reconozcamos nosotros la relación filial entre Jesús y el Padre; más aún, debemos tener siempre presente que es imposible orientar nuestras vidas al Padre, sino es a través de Jesús.

Sábado 4 de abril
San Isidro de Sevilla, obispo y doctor

Evangelio de Juan 11,45-57:
En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Ustedes no comprenden nada; no se dan cuenta que les conviene que solo un hombre muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué les parece? ¿No vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían dado órdenes de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, les avisara para detenerlo.

Reflexión:
El Espíritu Santo habla incluso por aquellos de quienes menos se espera que puedan decir algo bueno. Es el caso de Caifás, sumo sacerdote, quien afirma que conviene que uno muera por el pueblo y no que perezca todo el pueblo. Esto es verdad. Cristo muere, pero no solo por su pueblo Israel, sino por toda la humanidad. Por medio de las palabras de Caifás, pronunciadas sin tener conciencia de la profundidad que expresan, aprendemos cómo Dios se vale incluso de quienes se oponen al Evangelio, para llevar a cabo su plan salvífico, a favor de los hombres. Esto nos debe llevar a mirar siempre el futuro con optimismo. Pase lo que pase, a pesar de tantas oposiciones y obstáculos, el plan salvífico del Padre, realizado en Cristo, siempre se cumple. Ahora bien, tenemos que estar insertos en ese plan, usando bien nuestra libertad.

Domingo 5 de abril
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Procesión de Palmas: Mt 21, 1-11:

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al poblado de enfrente; encontrarán enseguida una burra atada con su pollino, desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les dice algo, contéstenle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: «Digan a la hija de Sion: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, cría de un animal de carga”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús montó encima. La multitud extendió sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban el camino. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: «¿Quién es este?». La gente que venía con él decía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Evangelio de Mateo 26, 3-5.14-27,66:

Sacerdote / Jesús: +
Cronista y Otros Personajes: C.

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?». Ellos acordaron darle treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó:
+ «Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar».
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «Señor, ¿acaso seré yo?».
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado su pan en el mismo plato que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».
C. Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomen y coman: esto es mi cuerpo».
C. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio, diciendo:
+ «Beban todos de ella; porque esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y les digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche van a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré antes que ustedes a Galilea».
C. Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Siéntense aquí, mientras yo voy allá a orar».
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo».
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tumulto de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ese es; deténganlo». Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Te saludo, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le dijo:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Han salido ustedes a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvieron».
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, entró y se sentó con los criados para ver en qué terminaría todo aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”». El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?». Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: Desde ahora ustedes verán que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte». Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: «Adivina, Mesías; ¿quién te ha pegado?».
Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo». Él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé qué quieres decir». Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Este andaba con Jesús el Nazareno». Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento”. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo: «No conozco a ese hombre». Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».
Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»! Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre». Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor». Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: «¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?». Pues sabía que lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Crucifícalo». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Crucifícalo!». Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!». Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la tropa: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a casa. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, moviendo la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?». Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron las tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: +«Elí, Elí, lamá sabaktaní».
C. Lo que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí, dijeron: «Llama a Elías». Uno de ellos fue corriendo; enseguida, tomó una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu.
En esto, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó
que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María
se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. El último engaño sería peor que el primero». Pilato contestó: «Ahí tienen ustedes la guardia: vayan y aseguren el sepulcro lo mejor que puedan». Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Reflexión:
Hoy se inicia la Semana Santa, es domingo de Ramos, y todos debemos preguntarnos lo siguiente: ¿cómo voy a vivir esta Semana Santa? ¿Serán días para meditar lo que Jesús hizo por mí o quizás serán solo días de descanso?
Hemos iniciado la liturgia con el pasaje de la entrada triunfal de Jesús, montado en un burrito, en Jerusalén, la Ciudad Santa. Jesús entra como Rey, es aclamado con cantos «Viva el Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor». Pero el Señor no entra para sentarse en un trono de lujo, sino que su trono será la cruz, tal como nos enseña el relato de la pasión que hoy se proclama. No dejemos que estos días santos pasen inadvertidos y examinémonos, con profundidad, si estamos aclamando de verdad a Jesús, con nuestras propias vidas. Esa es la verdadera alabanza que quiere el Señor: que, con todo nuestro ser, nos orientemos a Él.

Lunes 6 de abril
Lunes Santo

Evangelio de Juan 12,1-11:
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y los secó con
su cabello. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la
bolsa se llevaba lo que iban echando en ella. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tienen».
Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Reflexión:

María hermana de Lázaro y Marta, nos enseña a tener detalles de cariño con Jesús y a no poner límites para expresarlo. Ella derrama todo el contenido del frasco de un perfume de nardo sobre el santísimo cuerpo del Señor, sin importarle lo caro que era. ¡Qué derroche de amor! Sin embargo, no olvidemos que el Señor nos ha
dado más: ha entregado su vida por nosotros. Por ello, todo lo que hagamos por el Señor siempre será poco comparado con lo que Él hizo y hace, cada día, por cada uno de nosotros. Además, la figura de Judas, que hoy aparece en el Evangelio, nos debe llevar a evitar esa visión ideológica de usar a los pobres para deformar el
Evangelio. La generosidad hacia Jesús y la ayuda a los pobres no se oponen. Más aún, solo si Cristo está en nosotros, podemos servir de verdad a los pobres.

Martes 7 de abril
Martes Santo

Evangelio de Juan 13,21-33.36-38:

“En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros perplejos sin saber por quién lo decía. Uno de ellos, el discípulo al que Jesús tanto quería, estaba reclinado sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Jesús le contestó: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan mojado». Y, mojando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que tienes que hacer hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: “Adonde yo voy, ustedes no pueden venir”». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde». Pedro insistió: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Darás tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo, me negarás tres veces».

Reflexión:

En el pasaje de hoy se muestra la debilidad humana, con claridad. Por un lado, aparece Judas, quien tiene ya en su corazón el deseo de traicionar al Maestro y ni siquiera las palabras del Señor lo hacen recapacitar. Por otro lado, aparece Pedro, quien ama al Señor; pero no es consciente de su fragilidad y sobredimensiona sus fuerzas pensando que él no le fallará al Señor. Pedro se ha olvidado que necesita de la gracia, qué diferente hubiera sido que le dijera: «Señor si tú me ayudas, no te negaré». Nadie está libre de ser como Judas o como Pedro, porque todos somos frágiles y estamos llenos de debilidades. Por eso, estamos llamados a no creernos demasiado fuertes. Tomemos conciencia de que podemos traicionar al Señor en cualquier momento. Seamos humildes y pidamos a Jesús su gracia, que nos hace fuertes en la prueba.

Miércoles 8 de abril
Miércoles Santo

Evangelio de Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote,
fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?». Ellos acordaron darle treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «Señor, ¿acaso seré yo?». Él respondió: «El que ha mojado su pan en el mismo plato que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió:«Tú lo has dicho».

Reflexión:

Nunca he conocido, en mi vida de sacerdote, a alguien que nombre a su hijo «Judas». Y es que este nombre está relacionado con aquel que traicionó al Señor. Hoy se relata la traición de Judas. ¿Por qué fue Judas y no otro? Judas vio, tocó, escuchó a Jesús, fue testigo directo del amor del Señor por los hombres. ¿Por qué traicionó al Maestro? Estamos en el misterio de la libertad humana. Pero, cuando pensamos en Judas, no pensemos solo en él y su traición, sino en nuestras propias traiciones. ¿Acaso no se repite el pecado de Judas, en el abandono práctico de la fe, en quienes han sido bautizados? Cuando un bautizado no vive, no celebra y no transmite su fe, está traicionando a Jesús. Ahí donde un discípulo de Cristo deja de lado su fe, ahí está la huella de Judas.

Jueves 9 de abril
Jueves Santo

Evangelio de Juan 13, 1-15:
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de
pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, cuando el diablo ya había metido en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregar a Jesús. Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Simón Pedro le dijo: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos están limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo, para que lo que hice con ustedes, ustedes también lo hagan».

Reflexión:

En esta misa de la Cena del Señor, donde contemplamos la institución de la Sagrada Eucaristía, se nos relata el lavatorio de los pies. Hoy agradecemos a Jesús por quedarse realmente presente bajo las apariencias del pan y del vino, en el sacramento de la Eucaristía; pero no basta con agradecer, hay que aprender del Maestro. La Eucaristía es un impulso para la caridad. De ahí que un termómetro de nuestra fe eucarística (es decir, cómo participamos de la Eucaristía) es la forma cómo nos relacionamos con los demás. Es una gran incoherencia que una persona que participa de la celebración eucarística sea incapaz de ponerse al servicio de los demás. La lógica de la Eucaristía consiste en estar ahí donde hay pies sucios que lavar, es decir, en ponerse como servidor de nuestro prójimo.

Viernes 10 de abril
Viernes Santo

Evangelio de Juan 18, 1-19,42:

C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el lugar, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, llevando consigo un destacamento de soldados romanos y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: +«¿A quién buscan?». C. Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús: +«Yo soy». C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: +«¿A quién buscan?». C. Ellos dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús contestó: +«Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que estos se vayan». C. Y así se cumplió lo que Él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la desenvainó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: +«Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
C. El destacamento, el comandante y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Él dijo: «No lo soy». Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: +«Yo he hablado abiertamente al mundo; he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, y que ellos digan de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo». C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?». Jesús respondió: +«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». Él lo negó, diciendo: «No lo soy». Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: «¿No te he visto yo con él en el huerto?». Pedro volvió a negarlo, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de la casa de Caifás al palacio del gobernador romano. Era el amanecer, y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: «¿Qué acusación presentan contra este hombre?». Le contestaron: «Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato les dijo: «Llévenselo ustedes y júzguenlo conforme a su propia ley». Los judíos le dijeron: «No estamos autorizados para dar muerte a nadie». Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el palacio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le contestó: +«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». C. Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». C. Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: +«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». C. Pilato le dijo: «Y, ¿qué es la verdad?». Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que deje en libertad al rey de los judíos?». Volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás». El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo: «Miren, lo traigo de nuevo, para que sepan que no encuentro en él culpa alguna». Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura.
Pilato les dijo: «Aquí está el hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Pilato les dijo: «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él». Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios». Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el palacio, dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”. Jesús le contestó: +«No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.» Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «Aquí tienen a su rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Acaso, voy a crucificar a su rey?». Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió hacia el lugar llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”». Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, vamos a sortearla, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis vestiduras y echaron a suerte mi túnica». Esto fue lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: +«Mujer, ahí tienes a tu hijo». C. Luego, dijo al discípulo: +«Ahí tienes a tu madre». C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:  «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: +«Todo está cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unos treinta kilos de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a sepultar entre los judíos. Había un huerto en el lugar donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido sepultado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Reflexión:
Cuando era niño, el Viernes Santo era un día de verdadero recogimiento. Era un día donde se guardaba silencio, no podíamos jugar y los mayores nos decían: «Hoy murió Jesús». Lamentablemente, se ha ido perdiendo el profundo carácter religioso de estos días santos, y muchos aprovechan este tiempo para el desorden moral. Estoy seguro de que nosotros queremos poner nuestra mirada en la cruz. Conviene llevar a la oración el relato de la pasión del Señor, que hoy se proclama en el oficio. Meditemos en todo lo que sufrió Jesús, por cada uno de nosotros. Contemplemos al Señor, en la cruz, que, con los brazos abiertos, nos pide que lo acojamos en nuestra vida. Metámonos en las llagas de Cristo, ahí estaremos siempre seguros. Son las llagas de Aquel que «me amó y se entregó por mí» (Ga 2, 20).

Sábado 11 de abril
Vigilia Pascual en la Noche Santa

Evangelio de Mateo 28, 1-10:

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «No teman; ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Vengan a ver el sitio donde lo pusieron y vayan aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán”. Este es mi mensaje». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alégrense». Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengan miedo: avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Reflexión:
Hoy, la celebración litúrgica empieza a oscuras, pero, tras proclamar que Cristo ha resucitado se encienden las luces. He aquí la lección: solo si vivimos con Cristo resucitado, viviremos en la verdadera luz; caso contrario, nuestra vida estará inmersa en la oscuridad. Hoy, la Iglesia desborda de gozo y alegría porque proclama sin miedo, a todo el mundo, que Cristo está vivo, ha vencido a la muerte, ha resucitado y nos trae la salvación. En esta Vigilia Pascual, Jesús nos dice lo mismo que a las mujeres que habían ido al sepulcro: «No tengan miedo». En verdad, si nosotros creemos que Jesús está vivo y es el vencedor de todo mal, ¿por qué tener miedo? A lo largo de las lecturas que se proclaman hoy aprendemos cómo Dios, desde la creación, ha ido haciendo alianza con los hombres, siendo el culmen la resurrección de Jesús. En Cristo resucitado, cada uno de nosotros tiene acceso a la misma vida de Dios. ¡Estemos siempre alegres, en Cristo resucitado, y dejemos de lado todo tipo de miedo!

Domingo 12 de abril
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Evangelio de Juan 20, 1-9:

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él debía resucitar de entre los muertos.

Reflexión:
María Magdalena ve el sepulcro que está vacío y corre para
comunicar a los apóstoles lo que ha visto. Ante esa noticia desconcertante, Pedro y el discípulo amado «salen disparados» para comprobar lo dicho por esta mujer. Efectivamente, los dos confirman la noticia. Y un detalle que conviene meditar es que el discípulo amado «vio y creyó». ¿Qué vio? Mejor dicho, qué no vio. No vio al cadáver, pues el sepulcro estaba vacío y por eso creyó. Hoy también tenemos que ser como el discípulo amado, pues nosotros no vemos a Jesús con los ojos del cuerpo; pero creemos que está vivo, creemos en su resurrección. Reconozcamos la presencia del Resucitado en nuestra vida. A pesar de que no lo vemos, nuestra fe, si es sólida, nos llevará a sentir su presencia.

Lunes 13 de abril
Octava de Pascua – San Martín I, papa y mártir

Evangelio de Mateo 28, 8-15:

En aquel tiempo, las mujeres se alejaron a prisa del sepulcro; y
corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alégrense». Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengan miedo: Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea y allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos guardias fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma de dinero, con esta consigna: «Digan: sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros lo convenceremos y a ustedes los sacaremos de apuros». Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta versión se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.

Reflexión:
En este encuentro que nos relata el Evangelio entre Jesús y las mujeres que
habían ido al sepulcro, podemos fijarnos en tres expresiones que pronuncia el Señor: «Alégrense», «No tengan miedo» y «Vayan a comunicar a mis hermanos». Son tres tareas de este tiempo pascual. En primer lugar, la resurrección del Señor nos debe llevar a estar alegres, y esto no significa estar libres de cruces. La Resurrección le da sentido a la cruz. En segundo lugar, la victoria de Cristo sobre la muerte, su Resurrección, nos debe llevar a desalojar todo tipo de miedos en nuestra vida. Con Cristo superamos todo miedo. Y, por último, si nos hemos encontrado con Cristo resucitado, estamos llamados a comunicar esa buena noticia a los demás. Seamos portadores del mensaje que trae la Resurrección de Cristo.

Martes 14 de abril
Octava de Pascua – San Benito de Avignon

Evangelio de Juan 20, 11-18:
En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María Magdalena, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contestó: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, dio media vuelta y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, pensando que era el jardinero le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella lo reconoce y le dice en hebreo: «¡Raboni!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”». María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

Reflexión:

Hoy también Jesús nos pregunta, al vernos tristes por los golpes de la vida, lo que le preguntó a María: «¿Por qué lloras?». Jesús mismo nos consuela con su resurrección y nos dice que todo dolor y agobio pasa, menos Él, que está vivo y glorioso. Asimismo, hoy el Señor nos llama por nuestro nombre, como llamó a María. Para Jesús resucitado, todos somos importantes, no somos una masa anónima. Actualicemos este encuentro, entre Jesús resucitado y María, descargando, en el Señor, nuestros dolores, tristezas y agobios, es decir, todo lo que nos hace llorar. Aprendamos de María a reconocer la voz del Resucitado cuando, en el silencio de la oración, en el fondo de nuestro corazón, escuchemos nuestro nombre y su mensaje de paz.

Miércoles 15 de abril
Octava de Pascua – San Crescente

Evangelio de Lucas 24,13-35:

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a un pueblo llamado Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?». Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué ha pasado?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca del pueblo donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque ya atardece y está anocheciendo». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión:
Cuantos detalles podríamos meditar en este pasaje de los discípulos que iban camino a Emaús. Quedémonos con uno solo. Podemos percibir un cambio en la actitud de estos dos discípulos. Al inicio del relato están desanimados, han caído en el pesimismo. Pero, al final, tras su encuentro con el Resucitado, han cambiado de actitud, lo que tienen es un gran ánimo, sus corazones habían ardido al escuchar al Señor y salen presurosos a reunirse con los Once. Esta es la lección que el Evangelio de hoy nos transmite. Cuando uno tiene un profundo encuentro con Cristo resucitado, en su vida no hay desánimo ni pesimismo; al contrario, nos llenamos de esperanza y alegría. Quien deja que Cristo resucitado lo transforme, siempre tendrá una visión positiva de la vida.

Jueves 16 de abril
Octava de Pascua – San Flavio

Evangelio de Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a ustedes». Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría y el asombro, les dijo: «¿Tienen ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Cristo padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

Reflexión:
Lo primero que Jesús resucitado les dice a sus apóstoles es «Paz a ustedes». Ese es el gran mensaje de la Pascua del Señor. Es un mensaje de paz. De ahí que, por más que tratemos de forjar un ambiente de paz, en el mundo, si no contamos con Jesús resucitado, será imposible. Pensar que la paz vendrá por los sistemas económicos o políticos es un gravísimo error. Jesús es el único que trae la verdadera paz, y si nosotros forjamos una sólida amistad con Él, seremos portadores de la paz pascual. En una sociedad violenta, donde domina el insulto, la agresión, el maltrato y la ley de la selva, tenemos que ser transmisores de la paz de Jesús resucitado. Ahí donde hay un discípulo de Jesús, ahí debe haber paz.

Viernes 17 de abril
Octava de Pascua – San Benito José Labré

Evangelio de Juan: 21, 1-14:

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dijo: «Me voy a pescar». Ellos contestaron: «También nosotros vamos contigo». Fueron pues y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?». Ellos contestaron: «No». Él les dijo: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la abundancia de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dijo a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban solo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra, vieron unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos peces que acaban de pescar». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión:
El discípulo amado, en este pasaje de la pesca, en el lago de Tiberíades, es quien reconoce a Jesús resucitado. Aquí tenemos una bonita lección. Si nuestra mirada es limpia, como la del discípulo amado, si brota de un corazón puro, siempre reconoceremos la presencia del Resucitado en nuestra vida. Por otro lado, siempre me ha desconcertado lo que hizo Pedro en la barca, en el lago Tiberíades, cuando el discípulo amado le dice que en la orilla está el Señor. Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se tiró al agua, cuando lo lógico hubiera sido que se lance al agua, sin la túnica. ¿Cómo explicar esta actitud ilógica? Pedro no quiere que Jesús vea su desnudez. El Señor ya había desnudado el alma de Pedro cuando le indicó que le iba a negar tres veces. Pedro, en ese detalle de pudor, quiere presentarse bien ante el Señor; pero olvida que el Señor lo conoce más que nadie.

Sábado 18 de abril
Octava de Pascua – San Wladimir

Evangelio de Marcos 16, 9-15:

Jesús, que había resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no le creyeron. Después se apareció con aspecto diferente a dos de ellos que iban caminando hacia el campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación».

Reflexión:

Un indicativo de nuestra fe en Cristo resucitado es nuestro apostolado, es decir, la forma cómo es- tamos anunciando el Evangelio. Hoy aparece el mandato misionero que Jesús resucitado da no solo a los Once, sino a toda la Iglesia: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio». No podemos dejar estas palabras en el aire, debemos concretarlas, deben resonar en nuestros oídos y calar en nuestros corazones. En este sentido, no olvidemos la insistencia del papa Francisco de ser una Iglesia en salida, no una Iglesia encerrada en cuatro paredes. Salgamos a comunicar nuestra experiencia con Cristo resucitado. No dejemos que ningún espacio de la sociedad, por más inaccesible que sea, se quede sin la mejor noticia de todas: Cristo está vivo y nos cambia la vida.

Domingo 19 de abril
II dom. de Pascua o de la Divina Misericordia

Evangelio de Juan 20, 19-31:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a ustedes». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Reflexión:

Cuando Jesús resucitado se aparece por primera vez, a sus apóstoles, Tomás no se encontraba allí. ¿Dónde estaba? No lo sabemos. Lo que podemos afirmar es que debía estar con sus hermanos, en la comunidad, es decir, en la Iglesia. Cuando nosotros nos alejamos del ámbito de la Iglesia, por ejemplo, no frecuentamos los sacramentos, a la larga terminaremos perdiendo la fe o, por lo menos, esta se debilitará enormemente. En la segunda aparición, Jesús sale al encuentro de Tomás y le concede el don de la fe. Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia. Jesús tuvo misericordia de Tomás y sanó su incredulidad, lo sacó del mundo de la oscuridad y le dio luz a su vida, porque la fe trae luz. Tomás, tras su encuentro con Jesús, el Señor de la Divina Misericordia, nos ha dejado quizás la jaculatoria más bella de toda la Escritura: «Señor mío y Dios mío». Qué bonito sería que la repitiésemos varias veces al día.

Lunes 20 de abril
San Marcelino, obispo; San Edgardo

Evangelio de Juan 3, 1-8:
Había un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío. Este
fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?». Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Reflexión:

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo reconocemos la importancia del
bautismo, que es el sacramento del nuevo nacimiento, un nacimiento del agua y del Espíritu, que nos conduce al Reino de Dios. En verdad, tras recibir el agua del bautismo nacemos de nuevo, somos nuevas criaturas en Cristo (cf. 2 Co 5, 17). El día de nuestro bautismo vino sobre nosotros el Espíritu Santo, nos borró el pecado original, nos hizo hijos de Dios, cristianos y miembros de la Iglesia. ¡Cómo no asombrarnos ante esta transformación interior obrada por el Espíritu Santo! Valoremos nuestro bautismo y, al mismo tiempo, preocupémonos de que las personas que están a nuestro lado reciban el sacramento del nuevo nacimiento.

Martes 21 de abril
San Anselmo, obispo y doctor

Evangelio de Juan 3,7b-15:

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?». Jesús le contestó: «Tú eres el maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Te aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Reflexión:
Jesús es el Hijo del hombre que ha venido de lo alto (cf. Dn 7, 13) y que, tras realizar su misterio pascual, su muerte en la cruz y su resurrección gloriosa, volverá, ya con su humanidad glorificada, al seno del Padre. Cristo viene del Padre y va hacia Él. Solo a través de nuestra comunión con Cristo resucitado, podremos alcanzar la vida plena, es decir, la vida eterna. Participar de la vida de Cristo resucitado está al alcance de todos: la Iglesia lo ofrece, a todos los hombres, a través de los sacramentos. En nosotros ya empezó la vida eterna mediante el bautismo, pero no basta quedarse con el primer sacramento, debemos esforzarnos para que la vida de Cristo esté siempre en nosotros, frecuentando, sobre todo, la confesión y la eucaristía.

Miércoles 22 de abril
Santa Karina

Evangelio de Juan 3, 16-21:

Dijo Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Reflexión:

El Evangelio según san Juan, que se proclama en tiempo de Pascua, tiene la característica de presentar nuestra relación con Jesús en el presente de nuestra existencia. Jesús dice que, si hoy creemos en Él, ya estamos salvos; si no creemos en Él, ya estamos condenados. ¿Cómo entender esto? En primer lugar, debemos aclarar que el amor de Dios quiere que todos se salven y nadie se pierda. Pero «creer», conviene aclararlo, no es una cuestión de palabras bonitas, es una entrega total y radical a Jesús. Quien se ha entregado a Jesús con todo su ser, está en el ámbito de la salvación. Y, al contrario, «no creer» viene a ser lo propio de quien, usando mal su libertad, se ha salido del ámbito de Cristo, está totalmente orientado a su propio mal y no al Señor. En esa situación, buscada por él mismo, no puede participar de la vida eterna.

Jueves 23 de abril
Ss. Jorge, mártir y Adalberto, obispo y mártir

Evangelio de Juan 3, 31-36:

«El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él».

Reflexión:

Jesús nos habla del cielo porque es el Hijo eterno del Padre, que nos comunica todo lo que el Padre quiere que nosotros conozcamos para nuestra salvación. Solo en las palabras de Jesús podremos conocer, de verdad, toda la belleza de la vida eterna, la casa del Padre. No nos cansemos de llevar a la oración todo lo que Jesús nos dice sobre el cielo, nuestra patria eterna. Esto no nos hará personas alienadas ni despreocupadas de los asuntos temporales. Al contrario, quien escucha las enseñanzas de Jesús no solo tiene deseos ardientes de alcanzar la patria celestial, sino que se pone al servicio de los hermanos, buscando forjar un mundo más justo y solidario.

Viernes 24 de abril
Santa María Eufrasia, fundadora; San Fidel de Sigmaringen

Evangelio de Juan 6, 1-15:

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar
de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde compraremos panes para dar de comer a toda esta gente?». Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios no bastan para que a cada uno le toque un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?». Jesús dijo: «Digan a la gente que se siente». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; hizo lo mismo con el pescado y les dio todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie». Los recogieron, y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. La gente, entonces, al ver la señal milagrosa que había hecho, decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que tenía que venir al mundo». Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Reflexión:
Jesús hace el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, pero
antes «tantea» a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?» La respuesta de Felipe es muy humana, pues afirma que no hay tanto dinero y habla de 200 denarios, para poder comprar alimentos. A nosotros también nos puede pasar lo que le pasó a Felipe, nos quedamos solo con el factor humano; pero nos olvidamos del factor divino, es decir, de la acción de Dios. Jesús hará el milagro, lo que ningún ser humano puede hacer, y esta es la gran diferencia. Ahora bien, no olvidemos el factor humano, nuestra colaboración, representado en este milagro en los cinco panes y los dos peces. No olvidemos que, si se unen la acción de Dios y nuestra colaboración, experimentaremos las maravillas que obra el Señor.

Sábado 25 de abril
San Marcos, apóstol y evangelista

Evangelio de Marcos 16, 15-20:

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Reflexión:
Hoy celebramos la fiesta de san Marcos, de sobrenombre Juan, quien fue compañero primero de Pablo y Bernabé y luego de Pedro. Convendría meditar en el segundo Evangelio, el más corto de los cuatro y el que acostumbro aconsejar que se lea primero. Con un lenguaje sencillo, Marcos nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios (Mc 1, 1) y, al mismo tiempo, como el Mesías, el Cristo, el Ungido (Mc 8, 29). Asimismo, este Evangelio nos muestra a Jesús como el Maestro que llama a sus apóstoles para estar con Él (Mc 3, 13), que los defiende del rigorismo de la ley (Mc 2, 23-28), los instruye con parábolas (Mc 4) y, tal como hemos escuchado hoy, los lanza a la misión de predicar el Evangelio (Mc 16, 15). Leyendo y meditando este Evangelio, aprenderemos a ser discípulos de Jesús.

Domingo 26 de abril
III Domingo de Pascua

Evangelio de Lucas 24, 13-35:

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a un pueblo llamado Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?». Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué ha pasado?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca del pueblo donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque ya atardece y está anocheciendo». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión:

Este tercer domingo de Pascua, a la luz del relato de los discípulos de Emaús, podemos meditar en la celebración eucarística. Todo el relato nos va explicando lo que pasa en la celebración eucarística. En efecto, en la primera parte de la santa misa, llamada liturgia de la Palabra, nosotros escuchamos la voz del Señor Resucitado, y, tal como pasó con los discípulos de Emaús, deben arder nuestros corazones ante aquel que tiene Palabras de vida eterna. En la segunda parte de la santa misa, la liturgia de la Eucaristía, reconocemos al Señor en la fracción del pan, pues, en el momento de la consagración, se realiza la presencia viva de Cristo resucitado, bajo las apariencias del pan y del vino. Vivamos bien la celebración eucarística, desde el principio hasta el final, y, de esa forma, saldremos al igual que los discípulos de Emaús: gozosos de haber tenido un encuentro con el Señor.


Lunes 27 de abril

III Semana de Pascua

Evangelio de Juan 6, 22-29:

Después que Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus
discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había subido en la barca con sus discípulos, sino que sus discípulos habían partido solos. Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del lugar donde habían comido el pan después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del mar, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «Les aseguro: no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien el Padre Dios lo ha marcado con su sello». Ellos le
preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es esta: que crean en quien él ha enviado».

Reflexión:
Tras el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, tal como nos relata el Evangelio, aumentó la popularidad de Jesús, muchos lo siguen a donde va. Pero el Señor muestra la verdadera razón. Es un seguimiento por conveniencia, pues lo siguen debido a que se hartaron de pan. En otras palabas, lo buscan por el propio interés. Hoy, Jesús también nos cuestiona a nosotros y nos pregunta si lo estamos buscando solo para pedirle milagros o favores. Jesús quiere que lo sigamos por ser quién es, no por interés, en otras palabras, que lo sigamos por amor. Purifiquemos nuestro seguimiento al Señor, no buscamos en Él a un milagrero, lo buscamos porque lo amamos.

Martes 28 de abril
San Luis María Grignon de Montfort

Evangelio de Juan 6, 30-35:

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús:
«¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”». Jesús les replicó: «Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».

Reflexión:
El pan es el alimento por excelencia. En otras palabras, hablar de pan es hablar del alimento que necesita todo hombre; por eso, en el lenguaje coloquial, hablamos de la necesidad de tener un pan para comer. Y Jesús, en el Evangelio de hoy, se presenta como el pan de vida, con lo cual nos está señalando que solo Él puede saciar el hambre y la sed de felicidad que tiene todo hombre. Jesús nos dice que vayamos a Él para no padecer hambre y que creamos en Él para no tener sed. Creer en Jesús e ir a su encuentro son dos acciones estrechamente relacionadas, que darán como efecto que nuestro corazón esté saciado, que no tenga más hambre ni sed de felicidad.

Miércoles 29 de abril
Santa Catalina de Siena, virgen y doctora

Evangelio de Juan 6, 35-40:

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de vida. El que
viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero, como les he dicho, me han visto y no creen. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Esta es la voluntad del que me envió: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Reflexión:
Hoy se propaga una visión deformada de la libertad, pues se piensa equivocadamente, que consiste en hacer lo que uno quiere o, por decirlo de otra manera, hacer lo que a uno le da la gana. Sin embargo, Jesús nos enseña en qué consiste la verdadera libertad. Él no viene a hacer lo que le dio la gana, sino a hacer siempre la voluntad de su Padre. Aprendamos del Señor a orientar nuestra voluntad, nuestro querer, a la voluntad de Dios, solo así seremos libres. Quien no hace la voluntad de Dios, expresada, por ejemplo, de manera concreta en su santa ley, sino que sigue sus propios caprichos, ha dejado de ser libre, ha caído más bien en las garras del libertinaje. En la medida que nuestro querer está en armonía con el querer divino, viviremos la verdadera libertad.

Jueves 30 de abril
San Pío V, papa

Evangelio de Juan 6, 44-51:
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie puede venir a
mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ese ha visto al Padre. Les aseguro: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Reflexión:
La Eucaristía es alimento de inmortalidad, pues es el mismo Cristo, que se ofrece como Pan vivo, quien trae la vida eterna. Valoremos lo que significa la Sagrada Comunión. Erradiquemos de nuestra práctica religiosa la «costumbre» ante el alimento de vida eterna, que es la Eucaristía. No debemos acostumbrarnos ante el alimento del cielo. Para ello, tomemos conciencia de que, cada vez que comulgamos en las debidas condiciones —primero, estar en gracia de Dios—, recibimos un anticipo de la vida eterna que nos espera en el cielo. Cada comunión debe llevarnos a percibir la belleza de lo que nos espera por toda la eternidad: estar plenamente con Jesús. En verdad, recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo es participar de una vida plena. La Eucaristía, como han señalado muchos santos, es el cielo en la tierra.

 
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