ir al home ir a la revista ir a notas ir a archivo ir a guiones liturgicos ir a santo del mes ir a contacto ir a links ir a chiqui
 
volver

1MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - JUNIO
-Por Padre Wilton G. Sánchez Castelblanco-

Intención del papa Francisco para el mes de junio: "Recemos por los jóvenes que se preparan para el matrimonio con el apoyo de una comunidad cristiana: para que crezcan en el amor, con generosidad, fidelidad y paciencia."

Martes 1 de junio

San Justino, mártir
Tb 2, 9-14; Sal 111, 1-2.7-9; Mc 12, 13-17

Evangelio: En aquel tiempo, enviaron contra Jesús unos fariseos y herodianos para atraparlo con alguna pregunta. Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no tienes en cuenta la condición de las personas; porque no miras la apariencia de las personas, sino que enseñas según la verdad el camino de Dios. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?». Jesús, dándose cuenta de la hipocresía de ellos, les replicó: «¿Por qué me ponen a prueba? Tráiganme un denario, para que lo vea». Ellos le trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le contestaron: «Del César». Y Jesús, les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Y ellos quedaron admirados por su respuesta.

Reflexión: Los fariseos y los herodianos no acuden a Jesús porque estén interesados en su enseñanza o quieran una orientación real para sus vidas. Como bien lo menciona el evangelista, este episodio es una trampa. Su intervención comienza con una alabanza a la predicación y al comportamiento. Esa actitud recuerda a la de tantas personas que destruyen a sus hermanos, buscan su destrucción y, sin embargo, los llenan de adulaciones falaces y tendenciosas. La reacción ante esos falsos halagos es lo que distingue a Jesús. Él no se queda en lo superficial, sino que juzga por las acciones y, por tanto, descubre la hipocresía de sus interlocutores. Enseguida su intervención tiene un tinte de profeta. Actúa con autoridad y se vale de un signo concreto: “tráiganme una moneda”. Como en otras ocasiones, pareciera que Jesús no tiene escapatoria, pues una respuesta en favor de los impuestos lo enemistaría con su pueblo. Por el contrario, si se opusiera a  los mismos, habría sido acusado ante la potencia invasora. Dar a Dios lo que le corresponde, significa someterse a su soberanía absoluta, optar por el amor, por la vida y por la libertad. El César, por su parte tiene lo suyo y Dios no lo autoriza para deshumanizar al hombre ni para imponerle sus propios criterios.

Oración: Señor Jesús, tú que eres el señor y juez de la historia, permite que nos sometamos siempre a la autoridad de Dios, para que nuestras actitudes cotidianas muestren nuestra filiación Divina.

Miércoles 2 de junio

Santos Marcelino y Pedro, Mrs.
Tb 3, 1-11a.16-17a; Sal 24, 2-9; Mc 12, 18-27

Evangelio: En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió también la mujer. A causa de la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella». Jesús les respondió: «Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni la potencia de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres se casarán, ni las mujeres serán dados en matrimonio; serán como ángeles que están en los cielos. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos.  Ustedes están muy equivocados».

Reflexión: Después de haber superado la trampa que le habían puesto  los herodianos y los fariseos, ahora el turno es para los saduceos. Ellos también le hacen una propuesta falaz a Jesús, pues no creen en la resurrección, porque la querían interpretar con conceptos humanos. Jesús nos explica que la resurrección trasciende la comprensión humana y que es fruto del inmenso amor de Dios que no quiere que sus hijos se extingan al final de su paso por este mundo y que mediante ese mismo amor ha destruido la muerte y donado el amor de la vida de Dios que no tiene fin. Los saduceos habían acudido a la Sagrada Escritura para mostrar la incompatibilidad de esta con la resurrección. Jesús alude al episodio de la zarza ardiente para demostrar, por el contrario, que ya la misma Escritura es fundamento de la resurrección, pues el Dios de Abraham, Isaac y Jacob es un Dios de vivos. Quien niega la resurrección, niega al Dios de la vida que nos ofrece una felicidad plena y duradera.

Oración: Padre santo, tú eres un Dios de vivos y no de muertos, concede que las actitudes de nuestra existencia estén siempre a favor de la vida que nos regalas y que nos preparemos, así, para disfrutar de aquella plena y feliz a la que nos llamas al final de nuestra existencia terrena.

Jueves 3 de junio

Ss. Carlos Luanga y compañeros, Mrs.
Tb 6, 10-11; 7,1.8-17; 8, 4-9; Sal 127, 1-5; Mc 12, 28b-34

Evangelio: En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Respondió Jesús: «El primero es: “¡Escucha Israel! El Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con toda tu fuerza”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». El escriba replicó: «¡Muy bien, Maestro! Es verdad lo que has dicho: que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él. Y amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Reflexión: Las pruebas contra Jesús no cesan. Ya ha respondido magistralmente a los fariseos, saduceos y herodianos. Ahora es un escriba, un experto de la ley, quien lo interroga. Ante ese cuestionamiento, Jesús deja en claro que el primero y más importante de los mandamientos es amar a Dios con todo el corazón. Para la mayor parte de los creyentes esto no es difícil; Dios siempre actúa a favor de nosotros, pues Él siempre viene a nuestro encuentro lleno de misericordia. Sin embargo, Jesús exige que sus seguidores, también de acuerdo a la Sagrada Escritura, no sólo amen a Dios, sino también al prójimo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.  Estos mandamientos expresan el corazón de la experiencia cristiana, pues Jesús no quiere que seamos receptores inertes de la misericordia del Padre, sino que movidos por esa misma misericordia, brindemos amor a nuestro prójimo, a quien encontramos en nuestros hermanos carentes de bienes materiales, de salud, de bienestar y de amor.  Todos queremos participar de la salvación que nos ofrece Jesucristo, pero el único modo de entrar en el Reino de los cielos es demostrar que amamos a Dios, amando a nuestro prójimo.

Oración: Padre del cielo, tú nos has creado por amor. Concédenos la fuerza de tu espíritu para que podamos amarte con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, para que también podamos amar al prójimo como a nosotros mismos.

Viernes 4 de junio

Santa Clotilde
Tb 11, 5-19; Sal 145, 1-2.6-10; Mc 12, 35-37

Evangelio: En aquel tiempo, mientras enseñaba en el Templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David dijo inspirado por el Espíritu Santo: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo.

Reflexión: El Evangelio de hoy nos presenta una interpretación teológica de una concepción difundida en tiempos de Jesús. Es indudable que había un fuerte sentimiento mesiánico y que consideraba que el Mesías, palabra hebrea, que en griego significa Cristo y en castellano ungido, el hijo de David. Esa afirmación no se pone en duda. Jesús no hace una pregunta retórica, no cuestiona esa realidad, sino la interpretación que hacían los escribas, es decir, los expertos en Biblia de un tiempo. Jesús no describe la interpretación, sino que cita el inicio del salmo 110, que como los demás, se atribuía tradicionalmente a David. El título “Señor” era bien conocido entre los primeros cristianos para referirse a Jesús. ¿Cómo puede ser hijo suyo? Esta pregunta no rechaza la descendencia davídica del Mesías, sino que subraya nuevos aspectos de su naturaleza e identidad. El Mesías está revestido de una dignidad muy superior a la de los grandes reyes del pueblo de Israel. este episodio nos invita a seguir profundizando acerca de nuestra concepción acerca de Jesús. ¿Quién es él para nosotros?

Oración: Jesús, Hijo de David, tu que nos inspiras constantemente con la fuerza del Espíritu Santo, concédenos acercarnos cada vez más a ti, para que te conozcamos, te amemos y sigamos sin dilaciones.

Sábado 5 de junio

San Bonifacio, Ob. y Mr.
Tb 12, 1.5-15.20; Sal:Tob 13, 2.6-8; Mc 12, 38-44

Evangelio: En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la gente, y les decía: «¡Cuídense de los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia muy severa”. Y estando Jesús sentado delante del ánfora de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad. Se acercó una viuda pobre y puso dos monedas de poco valor. Y llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad les digo que, esta pobre viuda ha puesto en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir».

Reflexión: Jesús había sufrido fuertes ataques de los escribas, que habían puesto en tela de juicio su interpretación y vivencia de la ley de Dios. Jesús no critica su interpretación o estudio de la Sagrada Escritura, pero pone en evidencia su comportamiento caracterizado por el orgullo y la prepotencia. Hoy sigue habiendo en el mundo muchas personas con mentalidad de escribas, no por su celo por el estudio de la Palabra de Dios, sino por sus ansias de sobresalir y de apabullar a los hermanos, con presunción de superioridad. Jesús también critica claramente la actitud falaz de los escribas que esconden su corrupción en la oración fingida, que queda desvirtuada por el pecado pertinaz de quienes la practican. La personalidad estudiosa, aunque soberbia y corrupta de los escribas, se contrapone a la de la viuda. Ella no sabe ni leer, pero es una convencida de la solidaridad; no hacia ella, sino de su parte. Por eso el contraste entre ella y los escribas le merece la alabanza de parte de Jesús: “Ha echado más que nadie”. ¿Cuál es nuestra actitud hacia los demás?, ¿nos aprovechamos de ellos?, ¿qué tan fuerte es nuestra solidaridad?

Oración: Padre del Cielo, que nuestra oración no sea fingida, sino que esté unida a nuestra actitud de ayuda y solidaridad hacia los hermanos más pobres y desamparados, para que, como la viuda pobre del evangelio, un día también nosotros podamos ser elogiados por tu Hijo Jesús.

Domingo 6 de junio

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Ex 24, 3-8; Sal 115, 12-13.15-18;
Hb 9, 11-15; Mc 14, 12-16.22-26

Evangelio: El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?». Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y, en la casa en que entre, díganle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Prepárennos allí la cena». Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:  «Tomen, este es mi cuerpo». Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios». Después de cantar los salmos, salieron para el Monte de los Olivos.

Reflexión: Jesús no improvisa la celebración de la Pascua, sino que prepara esa cena pascual. Al hacerlo se manifiestan sus características de profeta, pues describe con anticipación lo que sus discípulos encontrarán. De esta manera sutil, Jesús manifiesta que afrontó su pascua con absoluta libertad y lucidez. Enseguida, la descripción de la institución de la Eucaristía está llena de solemnidad. Se describen los gestos de Jesús: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo distribuye. Además, se narran sus palabras con la que Jesús explica el significado del pan que distribuye: “Tomen, este es mi cuerpo”. Estas palabras aluden claramente al sacrificio de Jesús en favor de todos los hombres. El gesto y las palabras pronunciadas sobre el cáliz expresan la donación total de Jesús en la cruz por la que se establece una nueva alianza entre Dios y su pueblo. Esa redención llega a todos, mediante la mención del “muchos” que en el mundo semita indica la totalidad, en contraste con la individualidad. Cada hombre puede acceder, entonces, a la redención de Jesús.

Oración: Señor Jesús, tú que por amor has entregado tu vida en favor de  todos los hombres, concédenos alimentarnos siempre de tu cuerpo y de tu sangre, para que podamos vivir la redención que nos ofreces, con un espíritu de entrega y solidaridad.

Lunes 7 de junio

San Antonio María Gianelli, Ob. y Fund.
2Co 1, 1-7; Sal 33, 2-9; Mt 5, 1-12

Evangelio: En aquel tiempo, al ver la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los que sufren, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando les insulten y les persigan y les calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Reflexión: Jesús es un gran Maestro, el no huye de la multitud, sino que, al verla, se prepara para instruirla, por eso sube al monte y con un toque de solemnidad da inicio a uno de los más extensos e importantes discursos que nos narra Mateo. El Sermón de la Montaña es uno de los cinco discursos que encontramos en ese Evangelio, cuyo número evoca los cinco libros del pentateuco, que se atribuían a Moisés. Jesús es, pues el nuevo Moisés, que  ya no sube al monte para recibir una ley sino para proclamarla. El inicio de esta proclamación deja en claro lo que quiere Jesús para sus seguidores: la felicidad plena y total. Las primeras ocho bienaventuranzas forman una unidad literaria con una estructura bien definida. En primer lugar, el llamado a la felicidad; en segundo lugar, la condición para conseguirla: “los pobres en el espíritu, los mansos, los que lloran…”; finalmente, el motivo de la felicidad: “porque de ellos es el Reino de los cielos”. Esas bienaventuranzas describen la actitud del verdadero discípulo y están seguidas por una novena bienaventuranza que describe y anuncia la persecución que sufrirán los discípulos, ya descrita en la octava bienaventuranza.

Oración: Señor Jesús, maestro, tú, mediante las bienaventuranzas, nos indicas los caminos que conducen hacia ti. concédenos la pobreza de espíritu, la mansedumbre y demás actitudes que nos llevarán hacia la salvación que nos ofreces.

Martes 8 de junio
San Medardo
2Co 1, 18-22; Sal 118,129-133. 135; Mt 5, 13-16

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero y así alumbre a todos los de casa. Del mismo modo, alumbre la luz de ustedes ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo».

Reflexión: Jesús habla en segunda persona a sus discípulos y, en esa exhortación, nos vemos involucrados también nosotros.  Con la imagen de la sal y de la luz Jesús nos fortalece y nos orienta acerca de nuestra misión. No se trata de que todos sigan a Jesús. Sería maravilloso, pero irrealizable. Lo que Jesús quiere es que quienes lo sigan, dejen su propia huella en el mundo, que mediante nuestro testimonio y nuestras obras de misericordia el mundo tenga el sabor de Jesús. Como cristianos estamos llamados a hacer sentir nuestra presencia en el mundo, pero hacerlo con el estilo de Jesús que es el estilo del amor. Jesús no estuvo en cada aldea y en cada ciudad, pero nos dio ejemplo de cómo ser esa sal que da sabor al mundo insípido del odio y de la indiferencia. ¿Cómo podemos dar sabor al ambiente en que vivimos cotidianamente? En el contexto de familia, comunidad, trabajo o misión, ¿estamos alumbrando con la luz de Cristo y dando sabor con nuestras buenas obras?

Oración: Señor Jesús, concédenos la paciencia y la coherencia de vida, para que con alegría y entusiasmo seamos, desde nuestra familia y comunidad, sal de la tierra y luz del mundo, de modo que hagamos brillar la luz de tu Evangelio delante de todos los hombres.

Miércoles 9 de junio

San Efrén, diácono y doctor
2Co 3, 4-11; Sal 98, 5-9; Mt 5, 17-19

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento.  En verdad les digo que, antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: El Evangelio de Mateo muestra a Jesús en relación con la ley. Las palabras que escuchamos hoy nos demuestran que su actitud fue criticada por los escribas y fariseos. Ellos lo perseguían porque no veían en la Palabra de Dios, mencionada como “ley y profetas”, un instrumento de salvación, sino uno de opresión y en vez de sentirse alegres en el camino de Dios se sentían atrapados en su ley. Jesús nos enseña no a cumplir externamente la ley sino a vivirla profundamente, más allá de la letra de la ley misma. Jesús deja bien en claro que no viene a traer una nueva propuesta de relación con el Padre. Su novedad consiste en vivir radicalmente el amor de Dios que había sido predicado por los profetas. Mediante su ejemplo Él nos sigue llamando a vivir su mensaje de amor, porque quien vive el Evangelio cumple radical e integralmente lo que la Sagrada Escritura nos enseña.

Oración: Señor Jesús, tú que has venido a dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas, concédenos conocer y vivir de acuerdo a la Palabra de Dios, para que también nosotros, desde la pequeñez y humildad de nuestra humanidad, podamos ser grandes en el Reino de los Cielos al que nos convocas.

Jueves 10 de junio
Beato Juan Dominici
2Cor 3, 15—4, 1.3-6; Sal 84, 9-14; Mt 5, 20-26

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad les digo: Si no son mejores que los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Llega a un acuerdo con tu adversario, mientras van de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: El Cristo de  los evangelios, el Hijo del Dios vivo, es el mismo aquí, en cualquier parte del mundo. Es el único y el mismo Cristo que está presente en el pan eucarístico, en el pan partido que se nos da como alimento para todos. Esto significa que sólo podemos encontrarlo junto con todas las demás personas. Sólo podemos recibirlo en la unidad. La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros, si estamos divididos. Si queremos presentarnos ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la generosidad, al altruismo y a la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias. La Eucaristía -repitámoslo- es sacramento de la unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos precisamente en el sacramento de la unidad. Por eso, sostenidos por la Eucaristía, debemos sentirnos estimulados a tender con todas nuestras fuerzas a la unidad plena que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo.

Oración: Señor Jesús, dame la gracia de comprender que donde hay división, no estás tú, dame el coraje de ir primero a reconciliarme con mi hermano, para poder ir a la comunión contigo, enséñame a ser puente que une.
 
Viernes 11 de junio

Sagrado Corazón de Jesús
Os 11, 1b.3-4.8c-9; Sal: Is 12, 2-6;
Ef 3, 8-12.14-19; Jn 19, 31-37

Evangelio: En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación de la Pascua, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura que dice: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Reflexión: Aunque similar, la muerte de Jesús no fue igual a la de los demás crucificados. Aquel escuadrón de la muerte tenía afán, necesitaban acelerar la muerte de los condenados y por eso les quiebran las piernas a los condenados. Sin embargo, para que se cumpliera la Escritura, a Jesús no le quebraron los huesos. En vez de eso, el evangelista narra que un soldado le atravesó el costado a Jesús. No se menciona el motivo, tal vez quería comprobar su muerte o hacer una última afrenta al crucificado. Del costado abierto de Jesús brota agua, signo de vida, pues Jesús ofrece esa agua que, como le había anunciado a la samaritana, se convierte en fuente de agua que brota para la vida eterna. Junto al agua, brota también la sangre, que es verdadera bebida, pues es fuente de la permanencia en Jesús, como él mismo lo había mencionado en la sinagoga de Cafarnaún. Así pues, la fuente de nuestra vida es el costado abierto de Cristo que se convierte para nosotros en fuente de misericordia y de bienes abundantes.

Oración: Señor Jesús, tú te entregaste por nosotros y nos diste hasta la última gota de tu sangre, concédenos acercarnos con piedad  a tus sacramentos para que tengamos siempre la vida plena y feliz que nos regalas.

Sábado 12 de junio

Inmaculado Corazón de la Virgen María
Is 61, 9-11; Sal: 1S 2, 1.4-8; Lc 2, 41-51

Evangelio: Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándo y haciéndoles preguntas; todos los que oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: Hijo, ¿Por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Él les contesto: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Reflexión: Meditación: falta junto al corazón de Jesús, el Corazón Inmaculado de María que es la mayor fuente de gracia de Dios Padre. De su corazón fluyen innumerables bendiciones. De hecho hay una gran verdad en una frase de san Luis Mª Grignion de Montfort: "A Jesús, por medio de María". Para tocar el corazón de Jesús, primero debes tocar el corazón de María. El Papa Francisco nos dice: dejémonos mirar por ella, pero ¿A quién mira la Virgen María? Nos mira a todos, a cada uno de nosotros. Y, ¿cómo  nos mira? Nos mira como Madre, con ternura, con misericordia, con amor. Así ha mirado al hijo Jesús en todos los momentos de su vida, gozosos, luminosos, dolorosos, gloriosos, como contemplamos en los Misterios del Santo Rosario, simplemente con amor. Cuando estamos cansados, desanimados, abrumados por los problemas, volvámonos a María, sintamos su mirada que dice a nuestro corazón: “¡Ánimo, hijo, que yo te sostengo!” La Virgen nos conoce bien, es madre, sabe muy bien cuáles son nuestras alegrías y nuestras dificultades, nuestras esperanzas y nuestras desilusiones.

Oración: María, haznos sentir tu mirada de madre, guíanos a tu Hijo, haz que no seamos cristianos de escaparate, sino de los que saben mancharse las manos para construir con tu Hijo Jesús su Reino de amor, de alegría y de paz”. Papa Francisco.

En otros Lugares
2 Co 5, 14-21/ Sal 102, 1-4. 8-9. 11-12 / Mt 5, 33-37.

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “cumplirás lo que hayas prometido al Señor bajo juramento”. Pues yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. A ustedes les basta decir “sí” o “no”. Lo que se le añade viene del Maligno».

Reflexión: Jesús exige que el modo de proceder de sus seguidores sea superior al de los escribas y fariseos. Esa opción parecía imposible, pues parecía que el legalismo de estos últimos era difícil de superar. Sin embargo, Jesús enseña que es más importante cumplir el espíritu que la letra de la ley. De esa manera Jesús presenta un modo más radical de cumplir algunos mandamientos como no matar, no cometer adulterio, o no jurar en falso, entre otros. Hoy meditamos sobre este último mandamiento. Estos versículos tienen que ver con el juramento y el respeto a la palabra empeñada, pues esta se constituye en el fundamento de las relaciones humanas. Para favorecer la verdad no hay necesidad de poner a Dios como testigo, cada palabra humana debiera corresponder a la verdad. Quien es honesto en sus palabras demuestra la pureza de corazón que el mismo Jesús nos exige en las bienaventuranzas. Él nos llama a decir y obrar la verdad como muestra de nuestra adhesión a él.

Oración: Jesús, tú eres el Camino, la Verdad  y la Vida, ayúdanos a ser siempre amigos de la verdad, para que mediante la honestidad de nuestras palabras y acciones nos acerquemos cada vez más a ti y podamos ser dignos del Reino de los Cielos.

Domingo 13 de junio

XI del Tiempo Ordinario
Ez 17, 22-24; Sal 91, 2-3.13-16; 2Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha». Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella». Con muchas parábolas  parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Reflexión: Con las parábola de la semilla que crece por sí sola, Jesús nos invita a no desfallecer y a perseverar con entusiasmo en la construcción del Reino de Dios, que no se instaura de manera repentina en nuestras vidas, sino que se trata de una realidad que, como el grano de mostaza,  va creciendo muy lenta, pero segura y eficazmente. Estas palabras invitan a superar el desánimo ante las dificultades que surgen en la vida cristiana. Este ocurre no solamente mirando la propia vida y el camino que falta por recorrer, sino también mirando la vida de los demás. Muchos testigos de Jesús se desaniman porque quisieran que después de haber transmitido el mensaje de Jesús, todos llegaran repentinamente a una fe sólida y madura. Mediante esta parábola, Jesús nos enseña a seguir sembrando el mensaje de su Palabra. Será el mismo Jesús, y no nosotros, quien la haga germinar y crecer hasta dar los frutos que Él mismo espera.

Oración: Señor Jesús, regálanos la paciencia necesaria para poder ser constantes en la predicación de tu Reino, de modo que nuestra confianza y fe en ti crezca de día en día.

Lunes 14 de junio

San Metodio de Constantinopla
2Co 6, 1-10; Sal 97, 1-4; Mt 5, 38-42

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, les digo: No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te obligue para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale; y al que te pide presta- do, no le vuelvas la espalda».

Reflexión: Al parecer los escribas y los fariseos cumplían al pie de la letra la ley del talión.  Ellos tenían una visión del mundo que no superaba la letra de la ley. El precepto de “ojo por ojo y diente por diente” (Ex 21,24) impedía que el castigo superara la intensidad o las consecuencias de los delitos cometidos. Sin embargo, Jesús nos enseña que esa no es la actitud del cristiano. Como cristianos no estamos llamados a la venganza sino a mostrar siempre amor y misericordia con todos; por eso nos pide que estemos dispuestos a poner la otra mejilla, como acto de misericordia.  Cada vez que un cristiano pone la otra mejilla, está rompiendo el círculo de la violencia y le está enseñando a los violentos que ese no es el camino. Jesús no nos pide que seamos indiferentes ante las injusticias, sino que promovamos la justicia mediante el amor a todos, incluso a nuestros enemigos. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?

Oración: Padre de bondad, tú nos pides ser misericordiosos con todos, perdona nuestras ofensas, pues ya nosotros hemos perdonado de corazón a quienes nos han ofendido de palabra y obra.

Martes 15 de junio

Santa María Micaela
2Co 8, 1-9; Sal 145, 2.5-9; Mt 5, 43-48

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Reflexión: Esta parte del Sermón de la Montaña es tal vez la más difícil de poner en práctica y se constituye en un verdadero reto de nuestra obediencia Cristo: “Amen a los enemigos y rueguen por los que los persiguen”. Este mandamiento hace parte fundamental de la opción de vida que Jesús nos exige. Con él Jesús nos enseña que el auténtico amor, cuyo fundamento es Dios mismo, no tiene límites ni condiciones. Cuando encerramos el amor y amamos solo a los que nos aman, estamos encerrando también a Jesús, no lo estamos dejando actuar y estamos pecando por omisión al impedir que el amor de Dios se haga realidad. Amar a los enemigos no es fácil; pero podemos comenzar orando por ellos, su presencia en nuestra oración puede ser un primer paso, un signo real de nuestro compromiso con Jesús y una prueba de nuestro verdadero amor a Dios, que nos conduce a la reconciliación.

Oración: Padre de bondad, te pedimos de corazón por todos aquellos que nos insultan, nos agreden o hablan mal de nosotros, que tu amor, tu bondad y tu misericordia llegue a ellos y les concedas la paz.

Miércoles 16 de junio

San Aureliano, Ob.
2Co 9, 6-11; Sal 111, 1-4.9; Mt 6, 1-6.16-18

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Tengan cuidado de no practicar las buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendrán la recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas  y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean la gente. Les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Reflexión: La parte central del Sermón de la Montaña nos enseña que incluso las obras más nobles pueden perder su valor si las hacemos sólo para agradar a los demás. Si oramos y ayunamos no para encontrarnos con Dios sino para buscar el elogio y la aprobación de los demás, nuestra oración es vana; si hacemos limosna, no como un acto de misericordia que brota de nuestro corazón, sino para que los demás sepan que somos misericordiosos, entonces en realidad no damos testimonio de misericordia sino de orgullo y vanagloria. Así, aunque el reconocimiento por parte de las personas favorece la autoestima y motiva a ser cada vez mejor, cuando las cosas se hacen únicamente buscando ese reconocimiento y esa aprobación terminamos haciendo lo que otros quieren y no lo que en realidad nosotros mismos nos proponemos. Cuando dejamos que los demás tomen las riendas de nuestra vida estamos menospreciando la libertad que Dios nos ha regalado y estamos yendo en contracorriente de nuestro propio desarrollo.

Oración: Padre nuestro que estás y ves en lo secreto, mira con bondad nuestra vida, haznos humildes como a tu Hijo y concédenos alegrarnos por tu presencia en medio de nosotros.

Jueves 17 de junio

San Ismael
2Co 11, 1-11; Sal 110, 1-4.7-8; Mt 6, 7-15

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando oren, no usen muchas palabras, como hacen los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No hagan como ellos, porque el Padre de ustedes, ya sabe lo que a ustedes les hace falta antes de que se lo pidan. Ustedes oren así: “Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonan sus faltas a los demás, también nuestro Padre que está en el cielo, los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco vuestro Padre los perdonará a ustedes».

Reflexión: En la parte más central del Sermón del Monte, Jesús presenta el Padre Nuestro. Con esta oración reconocemos a Dios como Padre y nos comprometemos a realizar siempre su voluntad. Como cristianos de oración, no sólo le pedimos al Padre que nos muestre su misericordia mediante el perdón, sino que nos comprometemos a ser misericordiosos con los demás, perdonando a los que nos ofenden. Esta oración nos compromete, porque pedimos a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pero nos comprometemos a vivir en coherencia con las enseñanzas de Jesús. Si nos ejercitamos cada día en la vivencia cristiana del Evangelio, también estaremos  preparados para superar cualquier prueba a la que nos podamos enfrentar y demostrar que en realidad somos y vivimos como hijos de Dios. Los versículos finales subrayan la importancia del perdón al prójimo como premisa para que el Padre Nuestro del cielo, nos perdone.

Oración: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Viernes 18 de junio

San Gregorio Barbarigo, Ob.
2Co 11, 18.21b-30; Sal 33,2-7; Mt 6, 19-23

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones perforan las paredes y roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los corroen, ni ladrones que perforen y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡Cuánta será la oscuridad!».

Reflexión: Cuando el valor supremo es el dinero, todo lo demás queda subordinado a él, por eso surgen las violencias, las agresiones, la corrupción y la injusticia, entre otros muchos males que aquejan la humanidad. Jesús nos pide que nos interroguemos acerca de lo que en realidad consideramos valioso. ¿Cuál es nuestro valor supremo? Hay muchos que escogen el dinero. Ellos ponen toda su vida al servicio de este. Ese comportamiento parece coherente, pues buscan con toda intensidad lo que consideran que vale más. Pero Jesús nos advierte acerca del peligro de buscar a toda costa las riquezas de este mundo, porque el dinero es un bien aparente y pasajero. Las riquezas, por más abundantes que parezcan, siempre terminan; o con la bancarrota o con la muerte. Por eso Jesús nos invita a dejar de amontonar las riquezas que terminan y a buscar y a construir aquellas que jamás se acabarán, mediante la solidaridad y la misericordia.

Oración: Señor Jesús concédenos la sabiduría que procede de ti para que busquemos incansablemente lo que es noble agradable y perfecto, de manera que mediante la ayuda mutua y la solidaridad nos amontonemos tesoros en el cielo.

Sábado 19 de junio

San Romualdo, Ab.
2Co 12, 1-10; Sal 33, 8-13; Mt 6, 24-34

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero. Por eso les digo: No estén agobiados por la vida, pensando qué van a comer o beber; ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo: ni siembran, ni cosechan, ni almacenan; sin embargo, nuestro Padre del cielo las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora más al tiempo de su vida? ¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿No hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Vuestro Padre del cielo ya sabe de qué tienen necesidad de todo eso. Sobre todo busquen el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura. Por lo tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas».

Reflexión: Jesús no rechaza abiertamente el uso del dinero, pero pide una relación moderada con él, sin considerarlo jamás como el valor supremo de la vida. El cristiano no está llamado a confiar en las riquezas, sino en Dios. Cuando nos reconocemos como sus creaturas, reconocemos que vivimos no por nuestro propio esfuerzo sino por el amor y la misericordia permanente de él. Por eso Jesús nos invita a confiar siempre en la misericordia de Dios y a no exagerar nuestra preocupación por la satisfacción de nuestras necesidades básicas como el alimento, la vivienda o el vestido.  Hay muchas personas que, con el pretexto de buscar el propio y debido bienestar, descuidan el bienestar de los demás y permanecen indiferentes ante las carencias y necesidades materiales y espirituales del prójimo. Si las obras de misericordia son nuestro pan de cada día, entonces estamos viviendo las enseñanzas de Jesús y podemos considerarnos auténticos discípulos suyos.

Oración: Padre Celestial, tú nos has creado por amor, regálanos tu Santo Espíritu, para que nos entreguemos totalmente a tu providencia, de modo que busquemos primero tu Reino y su justicia.

Domingo 20 de junio

XII del Tiempo Ordinario
Jb 38, 1.8-11; Sal 106, 23-26.28-31;
2Co 5, 14-17; Mc 4, 35-41

Evangelio: Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, así como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, cállate!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?». Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Reflexión: La fuerte borrasca que se levanta en el mar de Galilea ponía en riesgo la integridad de la barca y de sus ocupantes, que confiaban en Jesús y veían en él no sólo un maestro que se preocupaba por el conocimiento y la doctrina, sino también por la integridad de todos aquellos a quienes había llamado a seguirlo. Esto explica el reclamo urgente que le hacen ante la inminencia de una muerte trágica: “¿no te importa que perezcamos?” La perspectiva de Jesús es diferente. Para él la pregunta muestra la falta de fe de sus discípulos. Él espera una fe más radical, que implique una confianza absoluta, incluso en medio de las más angustiosas dificultades. Sin embargo, la primera acción de Jesús no se dirige al reproche por la falta de fe, sino que interviene para salvaguardar la vida de sus discípulos. Una vez que muestra cómo hasta el viento y el mar le obedecen, exige que también sus discípulos lo hagan mediante la fe. Si las fuerzas de la naturaleza obedecen a Jesús, con mayor razón deben hacerlo sus discípulos.

Oración: Señor Jesús, a ti se someten el viento y el mar. Acepta nuestra adhesión a ti para que la fe en ti mueva nuestros sentimientos y haga de nosotros auténticos discípulos tuyos.

Lunes 21 de junio

San Luis Gonzaga, Rel.
Gn 12, 1-9; Sal 32, 12-13.18-20.22; Mt 7, 1-5

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguen y no serán juzgados; porque con el juicio con que ustedes juzguen serán juzgados, y la medida que usen, la usarán con ustedes. ¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no te fijes en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte esa paja del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la paja del ojo de tu hermano».

Reflexión: Una de las actitudes más comunes entre los seres humanos es la murmuración y el juicio contra los demás. Sentimos repulsión por los defectos y pecados de los demás y nos presentamos como expertos en descubrir actitudes, acciones y palabras que no concuerdan con lo que consideramos bueno y justo. Somos rigurosos e inflexibles ante los demás, pero no lo somos con nosotros mismos. Con sus palabras, Jesús nos exige preocuparnos de nuestra propia conversión y no de la de los demás, pues esa es obra de Dios. En diversos ambientes las personas se reúnen para hablar mal de los demás y alardear de una supuesta mejor conducta propia. Es como si quisiéramos hacer el examen de la conciencia de los demás y no de la nuestra, de la cuál sí somos responsables. Un comportamiento así es expresión de hipocresía y no corresponde a las enseñanzas del Evangelio que nos pide acoger a nuestros hermanos ¿Hacemos con frecuencia un examen sincero de nuestra conciencia? ¿Estamos dispuestos a reconocer y a corregir nuestros errores?

Oración: Señor Jesús, concédenos la humildad y la sabiduría necesarias para reconocer nuestras, faltas, errores y pecados delante de ti y de nuestros hermanos y así contribuir con nuestra propia conversión a la construcción de la Iglesia y de la sociedad.

Martes 22 de junio

Ss. Juan Fisher, Ob. y Tomás Moro, Mrs.
Gn 13, 2.5-18; Sal 14, 2-5; Mt 7, 6.12-14

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No den lo que es santo a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos. Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas. Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y son pocos los que lo encuentran».

Reflexión: Jesús nos presenta la regla de oro que sintetiza todas las leyes descritas en la Sagrada Escritura de la época y a la cual se suele llamar “Ley y Profetas”. En esa combinación de palabras, la “Ley” hacía referencia a los cinco primeros libros de la Biblia y “los Profetas” hacían referencia al resto de los libros del Antiguo Testamento. Con frecuencia el mensaje de la Biblia se queda en palabras, pero Jesús no quiere que despreciemos esos mandamientos y nos da la clave para cumplir todo lo que Dios nos ha mandado a través de los profetas y demás líderes religiosos. La clave está en comportarnos con los demás como queremos que ellos se comporten con nosotros.  Si ésta es la norma de nuestro actuar, cesarían los asesinatos, los odios, las infidelidades, las injusticas, las ofensas y, entonces, reinaría el amor, la justicia, la paz y la reconciliación entre todos.

Oración: Señor Jesús, regálame el don de la inteligencia para acoger la regla de oro que nos regalas hoy en tu Evangelio: tratar a los demás como quiero que ellos me traten.

Miércoles 23 de junio

San José Cafasso
Gn 15, 1-12.17-18; Sal 104, 1-4.6-9; Mt 7, 15-20
Misa vespertina de la vigilia de Juan Baut. (blanco) (S):
Jr 1, 4-10; Sal 70, 1-6.15.17; 1P 1, 8-12; Lc 1, 5-17

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidado con los falsos profetas, que vienen a nosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de espinos o higos de los cardos? Los árboles buenos dan frutos buenos; los árboles malos, dan frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, por sus frutos los conocerán».

Reflexión: Estamos llamados a tener un buen criterio y a diferenciar los auténticos de los falsos profetas. A Jesús no le importan las apariencias ni la palabrería; eso no es lo importante. Hay muchas personas que hacen alarde de lo que no son y se aprovechan y defraudan a los demás. Hay estafadores falaces en todos los sectores de la sociedad. En el sector político hay personas que estafan a sus electores, porque una vez elegidos no cumplen lo prometido; en el sector económico hay ladrones que se hacen pasar por personas honestas y terminan robando a sus semejantes y, lamentablemente, también en el sector religioso hay estafadores que se presentan como líderes espirituales, pero que, en vez de buscar el beneficio de las personas, buscan su propio interés, como lobos rapaces. Jesús nos advierte contra estas falsas espiritualidades para que no caigamos en su engaño y nos mantengamos firmes en la propia fe.

Oración: Señor Jesús, concédenos que guiados por tu Evangelio, podamos ser auténticos profetas y que estemos dispuestos a dar testimonio de ti con los buenos frutos de esperanza, de amor y de misericordia que tú mismo nos regalas.

Jueves 24 de junio

Natividad de san Juan Bautista
Is 49, 1-6; Sal 138,1-3.13-15; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66.80

Evangelio: A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: “¡No! Se va a llamar Juan.” Le replicaron: “Ninguno de tus parientes se llama así.” Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre.” Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que oían reflexionaban diciendo: “¿Qué va a ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Reflexión: El nacimiento de Juan el Bautista se caracteriza por dos elementos importantes: la misericordia y la alegría. En primer lugar, el evangelista nos habla de la misericordia de Dios hacia Isabel, la madre del Bautista. Es una misericordia grande; lo cual es lógico por provenir de Dios. También se trata de una misericordia real y tangible, pues el niño es el signo más grande de la misericordia de Dios hacia una madre que ya había entrado en años. El segundo elemento que se destaca es la alegría. El evangelista no nos narra la alegría de Isabel, que es evidente, porque ha experimentado la misericordia de parte de Dios. La alegría que se describe es la de los vecinos y parientes de la madre. Esa alegría también es signo de la misericordia y de la presencia de Dios; quienes se alegran por el bienestar de los demás tienen a  Dios en su corazón. Y nosotros, ante el éxito y bendiciones materiales y espirituales de los demás, ¿nos alegramos de corazón?

Oración: Padre de amor y de misericordia, tú que has bendecido el hogar de Zacarías e Isabel con el nacimiento de Juan el Bautista, concédenos también a nosotros bendecirte por las maravillas que obras constantemente en nuestras vidas.

Viernes 25 de junio

San Próspero de Aquitania
Gn 17, 1.4-5.9-10.15-22; Sal 127, 1-5; Mt 8, 1-4

Evangelio: En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio». Y en seguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés para que les sirva de testimonio».

Reflexión: La lepra excluía de la comunidad a los enfermos que la padecían. Él no puede juntarse con los demás para evitar contagiarlos, por eso se pasa toda su vida huyendo de los demás. Sin embargo, el leproso del relato tiene una actitud contraria a la lógica de ese entonces. En vez de huir, se acerca a Jesús y se postra ante él. Ese reconocimiento se expresa también mediante sus palabras, pues se dirige a él como “Señor”. La lepra era una enfermedad, que tenía que ver con la pureza, por eso el enfermo, con humildad exclama: “si quieres, puedes limpiarme”. Con esas palabras reconoce el señorío de Jesús mediante el poder que tiene sobre la naturaleza. Es así que Jesús demuestra la autoridad de su  enseñanza, mediante la autoridad sobre la enfermedad; por eso el enfermo al instante quedó limpio de la lepra. Jesús muestra así su misericordia, que no huye del leproso, sino que lo toca y lo limpia para devolverle la humanidad que parecía haber perdido.

Oración: Señor Jesús, límpianos de todos los prejuicios que nos alejan de ti y de nuestros hermanos, para que también nosotros nos acerquemos a todos con actitud y gestos de misericordia, que les muestren la bondad del Padre.

Sábado 26 de junio

San Josemaría Escrivá, Pbro.
Gn 18, 1-15; Sal: Lc 1, 46-50.53-55; Mt 8, 5-17

Evangelio: En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa a mi siervo que está en cama paralítico y sufre mucho». Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero una palabra tuya bastará para que mi siervo quede sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “ve”, y va; al otro: “ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «En verdad les digo que en Israel no he encontrado a nadie con tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; en cambio, a los hijos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y al centurión le dijo: «Ve, que se cumpla lo que has creído». Y en aquel momento el criado quedó sano. Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra de éste en cama con fiebre; le tocó la mano, y la fiebre se le pasó. Ella se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados. Él, con una palabra, expulsó los espíritus y curó a todos  los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Reflexión: El centurión romano pudo haber enviado una delegación ante Jesús. Sin embargo, quiso ir en persona adonde el maestro a quien reconoce como el Señor. La escena nos muestra a un representante de la potencia política, económica y militar más grande de la época, buscando la ayuda de aquel humilde predicador de Galilea. A primera vista el criado enfermo no tenía derecho a la sanación por parte de Jesús, pues se trataba de un extranjero que representaba la sumisión y la opresión que el pueblo judío sufría a manos de los romanos. Jesús responde a las arbitrariedades de la potencia extranjera de la única manera que lo sabe hacer: con misericordia. Por eso desde la distancia, sanó al enfermo. Por misericordia también sana a la suegra de su amigo y discípulo Pedro. Allí el acto de misericordia no se hace esperar, pues la enferma fue sanada al instante. Así es la misericordia de Jesús, ilimitada e incluyente; ¿cómo es la nuestra?

Oración: Señor Jesús, tú eres nuestro guía y Maestro. Confiamos en tu infinita misericordia, no somos dignos de que entres en nuestra casa, pero una palabra tuya bastará para sanarnos.

Domingo 27 de junio

XIII del Tiempo Ordinario
Sb 1,13-15; 2, 23-24; Sal 29, 2.4-6.11-13; 2Cor 8, 7.9.13-15;
Mc 5, 21-43; F.B. Mc 5, 21-24.35b-43

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús atravesó, de nuevo en barca, a la otra orilla; una gran multitud se reunió a su alrededor, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud». Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué alboroto y qué llantos son éstos? La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. Pero él echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña, la tomó de la mano y le dijo: «Talitha qum» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y comenzó a caminar; tenía doce años. Y se quedaron totalmente admirados. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Reflexión: Jesús realiza dos gestos admirables que se entrelazan. Jesús decide atender la súplica de Jairo y se va con él hacia donde yace su hija enferma. Sin embargo, su marcha es interrumpida por la hemorroisa. Jairo se había atrevido a interactuar con Jesús, tal vez porque era un jefe de la sinagoga y de alguna manera estaba acostumbrado a interactuar con maestros de la región. Por  el contrario, la mujer quiere pasar desapercibida, su confianza es tan grande que decide tocar a Jesús para buscar su sanación, como realmente ocurrió. Sin embargo, Jesús busca a la mujer para redimirla y sacarla del anonimato. Por eso la acoge con las palabras que siguen a la curación: “vete en paz y queda curada de tu enfermedad. Pero lo que había sido una buena noticia para la mujer, se convierte en nefasta información para Jairo. Le informan que, tal vez debido al retardo causado por el episodio con la hemorroisa, su hija ha muerto. Sin embargo, el no deja de confiar en Jesús y por eso pudo ser testigo de la resurrección de su pequeña hija.

Oración: Señor Jesús, concédenos una fe tan grande que nada nos haga dudar de ti, para que aunque las circunstancias nos parezcan adversas, tú puedas hacer tu obra redentora en nosotros.

Lunes 28 de junio

San Ireneo, Ob. y Mr.
Gn 18, 1-2a.16-33; Sal 102, 1-4.8-11; Mt 8, 18-22
Misa vespertina de la vigilia de stos. Pedro y Pablo (rojo):
Hch 3, 1-10; Sal 18, 2-5; Ga 1, 11-20; Jn 21, 15-19

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús viendo que lo rodeaba mucha gente, dio orden de atravesar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Otro, que era discípulo, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Tú sígueme. Y deja que los muertos entierren a sus muertos».

Reflexión: Aunque Jesús se aleja de la muchedumbre, quienes realmente quieren seguirlo, se le acercan. Así lo hace  el escriba, experto en el estudio de la Palabra de Dios y otro de los discípulos. Sin embargo, Jesús no acepta el seguimiento de todos. Su interés no es la cantidad, sino la calidad de sus discípulos. El no quiere que muchos lo sigan con entusiasmo por un tiempo y después desistan ante las dificultades del seguimiento. Por eso a quienes pretenden seguirlo, les advierte acerca de la seriedad del compromiso del cristiano. Al escriba le advierte que si lo único que busca es estabilidad y seguridad económica, el camino no es el seguimiento de Jesús y, por eso, le advierte que no tiene ni siquiera donde reclinar la cabeza. Al otro discípulo le exige un seguimiento inmediato y radical. Y nosotros, ¿qué buscamos en Jesús? ¿Estamos dispuestos a seguirlo para toda la vida?

Oración: Señor Jesús, concédenos la fuerza de tu Espíritu, para que con decisión, entusiasmo y constancia podamos seguirte como fieles discípulos y así entrar en el Reino de los Cielos que has preparado para nosotros.

Martes 29 de junio

Santos Pedro y Pablo, Apóstoles.
Hch 12, 1-11; Sal 33, 2-9; 2Tm 4, 6-8.17-18; Mt 16, 13-19

Evangelio: En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.” Él les preguntó: “Y ustedes, ¿Quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que  desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Reflexión: Jesús interroga a sus discípulos acerca de la percepción que todos tienen acerca de él. Sus acciones y sus palabras hacían que fuera identificado de las más diversas maneras. Para algunos era Juan el Bautista que habría regresado de la muerte tras su martirio a manos de Herodes y, para otros, Elías, importante figura mesiánica, cuyo retorno era esperado por los judíos. También era considerado un profeta, al estilo de Moisés. Sin embargo, para sus discípulos y, en especial para Pedro,  Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios viviente. Esta consideración es posible, como fruto del auténtico y decidido seguimiento de Jesús, que hace posible la revelación de la verdad de parte del Padre. Pedro ya no actúa ni habla de acuerdo con criterio humanos, sino de acuerdo con los criterios de Dios. Por eso Jesús, al constatar la fe, de Pedro, lo constituye en piedra fundacional de la Iglesia.

Oración: Señor Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente, concédenos la humildad que necesitamos para salir de la terquedad que nos impide llegar a la auténtica fe y permite que contribuyamos con nuestra vida a la construcción de tu Iglesia bajo la guía del sucesor de Pedro.

Miércoles 30 de junio

Santos protomártires romanos
Gn 21,5.8-20; Sal 33, 7-8.10-13; Mt 8, 28-34

Evangelio: En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos. Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». A cierta distancia había una gran piara de cerdos comiendo. Los demonios le rogaron: «Si vas a expulsarnos, mándanos a la piara». Jesús les dijo: «Vayan». Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó al mar desde lo alto del acantilado, y perecieron en las aguas. Los que cuidaban los cerdos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Reflexión: Los endemoniados constituían un peligro para sí mismos y para la comunidad, en efecto “nadie podía pasar por aquel camino”. Ellos reconocen el poder de Jesús y saben que él expulsará de aquellos hombres a los espíritus que los atormentan. La intervención de Jesús tiene una doble consecuencia. Por una parte, la liberación y humanización de quienes habían estado poseídos; pero, por otra, la catástrofe de los cerdos que se arrojaron al precipicio. Aunque los hombres ya no están atormentados por los demonios y el camino ha vuelto a quedar disponible para la libre circulación de los vecinos, los habitantes de la ciudad desaprueban la acción de Jesús. Ellos hubieran preferido que el camino siguiera interrumpido y que los hombres siguieran poseídos, por eso le ruegan a Jesús que se retire de la región. Esa actitud es frecuente en nuestro tiempo, pues hay personas que se oponen a la obra de Dios y prefieren ser indiferentes ante el sufrimiento de sus semejantes, para no renunciar a los propios privilegios.

Oración: Jesús Hijo de Dios, tú que has venido a liberarnos de todo aquello que nos esclaviza, permite que no obstaculicemos tu obra, sino que trabajemos siempre en favor de nuestros hermanos.
 
volver | subir
 
Dejá tu comentario:
Nombre:
Nota:
Comentario:
 
volver | subir
publicidad
barrita
barrita
barrita
barrita
barrita
barrita
barrita
barrita
vocacional
barrita
barrita
vivienda
barrita
barrita
gottau
barrita

FAMILIA CRISTIANA  |  LA REVISTA  |  NOTAS  |  ARCHIVO  |  GUIONES LITÚRGICOS  |  SANTO DEL MES  |  CONTACTO  |  LINKS  |  CHIQUIFAMILIA

Familia Cristiana, revista digital mensual - Larrea 44 (1030), Buenos Aires, Argentina - Telefax: (011) 4952-4333 - revista@familiacristiana.org.ar