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MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - FEBRERO
-Por Padre Carlos R. De Almeida-

Intención del papa Francisco para el mes de FEBRERO: Recemos para que el clamor de los hermanos migrantes víctimas del tráfico criminal sea escuchado y considerado.

Sábado 1 de febrero
Santa Brígida de Irlanda

Evangelio de Marcos 4, 35-41:

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, así como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Y Él les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?». Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero ¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Reflexión:
Hoy contemplamos a Jesús que calma la tempestad y, de esa manera, les quita el miedo a sus discípulos, quienes estaban aterrados por la tormenta. ¡Cuántas veces, en nuestro caminar por este mundo, ante las diversas tempestades de la vida, quedamos paralizados por el miedo! Y esto nos pasa porque no tomamos conciencia de que Jesús está con nosotros. De manera especial, el Evangelio de hoy nos invita a darnos cuenta de que Jesús siempre está en la barca, su Iglesia, y por eso, ella nunca se hundirá, pase lo que pase. Jesús también nos pide que confiemos en Él porque está vivo. En su Iglesia, sigue actuando a nuestro favor y, a través de ella, nos sigue comunicando la fuerza del Espíritu Santo, para no hundirnos ante las tempestades.

Domingo 2 de febrero
Presentación del Señor

Evangelio de Lucas 2, 22-40:
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una señal de contradicción: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Reflexión:
Hoy celebramos la fiesta de la presentación del Señor. La obediencia, tanto de María Santísima como de san José, quienes cumplen la ley de Moisés (cf. Ex 13,1; Lv 12,8), hace posible el encuentro de Jesús con los justos que esperaban al Mesías prometido. Fijémonos en Simeón y Ana. Ellos formaban parte de los pobres de Yahvé, los anawin, aquellas personas sencillas y humildes, y por eso estaban orientadas con sinceridad a Dios. Si nosotros queremos tener un profundo encuentro con Cristo, el camino es la sencillez y la humildad. Aprendamos de Simeón y Ana el deseo ardiente de tener un encuentro profundo con Jesús, la luz del mundo.

Lunes 3 de febrero
San Blas, obispo y mártir

Evangelio de Marcos 5, 1-20:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído por un espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con grilletes y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los grilletes, y nadie podía dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, vino corriendo, se postró ante él y gritó con fuerza: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes». Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella región. Había cerca una gran piara de cerdos comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos». Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se precipitó al mar desde lo alto del acantilado y se ahogó en el mar. Los que cuidaban los cerdos huyeron y dieron la noticia en el pueblo y por los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se alejara de su territorio. Mientras se embarcaba, el que había estado endemoniado le pedía estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti». El hombre se fue y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Reflexión:
Jesús exorciza a un hombre poseído por una legión de demonios, y de esta forma se muestra como Aquel que vence el poder del maligno. El pasaje de hoy nos lleva a fijarnos en lo que piden los demonios, ellos quieren ser arrojados a una piara de cerdos. Para los judíos, el cerdo es un signo de inmundicia, por ello no comen carne de ese animal. He ahí una enseñanza sobre el ámbito del demonio. ¿Cuál es? La inmundicia. Esto lo podemos percibir en la existencia humana. Hoy existen diversos espacios de inmundicia: la corrupción, la explotación, la pornografía, las drogas, la trata de personas, etc. No seamos ingenuos, en esos ámbitos está la huella de una legión de demonios. Nosotros no podemos permanecer impasibles, estamos llamados a llevar la luz de Cristo en todos los ambientes de la realidad para arrojar al maligno de la vida de los hombres.

Martes 4 de febrero
Santa Juana de Valois

Evangelio de Marcos 5, 21-43:

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en una barca a la otra orilla; una gran multitud se reunió a su alrededor, y se quedó a la orilla del mar. Se acercó uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está agonizando; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a mano de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto, quedaré sana». Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y sintió que su cuerpo estaba curado de la enfermedad. Jesús, notando la fuerza que había salido de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, y preguntó: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaron: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Y Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Todavía estaba hablando, cuando llegaron de la casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y vio el alboroto y a los que lloraban y gritaban sin parar, y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué alboroto y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo: «Talitha qum» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y comenzó a caminar; tenía doce años. Y se quedaron totalmente admirados. Les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Reflexión:
Hoy Jesús nos invita a fijarnos en dos personas que nos dan lecciones de fe: la hemorroísa y Jairo. Ambos expresan con gestos y palabras su total abandono en Jesús. Aprendamos de la hemorroísa a vivir los gestos de la fe. Ella toca con fe el manto del Señor y como respuesta queda curada. ¿Qué gestos de fe hago yo con relación a Jesús? Por ejemplo, cuando estoy ante el Santísimo Sacramento se nota con mis gestos que tengo una verdadera fe eucarística. Y, en relación a Jairo, sus palabras denotan su total confianza en Jesús. Pide que Jesús vaya a su casa para sanar a su hija postrada por la enfermedad. La respuesta de Jesús ante estas palabras es devolver la vida a una niña que ya estaba muerta. No nos cansemos de manifestar con palabras que creemos en el Señor.

Santa Miércoles 5 de febrero
Santa Águeda, virgen y mártir. San Felipe de Jesús, mártir

Evangelio de Marcos 6, 1-6:

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Reflexión:

No es difícil comprobar que el ámbito más complicado para evangelizar es nuestra propia casa, es decir, nuestra propia familia. Jesús mismo encontrará en su propio pueblo, con las personas más cercanas, fuertes resistencias en aceptarle como el Mesías anunciado. Sin embargo, esto no debe llevarnos al desánimo o a pensar equivocadamente que hay que desistir de hablar del Señor a nuestros familiares. Estamos llamados a evangelizar a los nuestros. Aunque es verdad que nadie es profeta en su tierra, esto no quiere decir que desatendamos la evangelización en nuestros hogares. Para ello, no hay fórmulas fáciles, lo que tenemos que hacer es orar y dar testimonio.

Jueves 6 de febrero
Ss. Pablo Miki y compañeros, mártires

Evangelio de Marcos. 6, 7-13:
En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: «Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacudan el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia». Ellos salieron a predicar la conversión, expulsaban a muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Reflexión:

Jesús llama y envía a los Doce. Dos verbos que se aplican también a nosotros: llamar y enviar. Somos llamados y enviados. En verdad, cada bautizado es llamado amorosamente por Jesús. Es la vocación que todos nosotros tenemos, y que, si bien todos estamos llamados a la santidad, se concreta en una vocación particular: el sacerdocio, la vida matrimonial y la vida consagrada. Además, todos fuimos enviados y tenemos el poder del Espíritu Santo para someter a los espíritus malignos. Esto no es una exageración. Tenemos que estar convencidos de que desde el día de nuestro bautismo no solo hemos sido llamados a vivir con Jesús, sino que estamos ungidos por el Espíritu Santo para vencer todo tipo de mal.

Viernes 7 de febrero
Beato papa Pío IX

Evangelio de Marcos 6,14-29:

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan Bautista ha resucitado, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Y otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan e intentaba matarle, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, ofreció un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista». El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.

Reflexión:

Al contemplar la forma cómo murió san Juan Bautista, seguramente nos hemos indignado ante la maldad de Herodías y la complicidad de Herodes. Pero, convendría pensar si nosotros no estamos imitando con nuestro comportamiento a estos dos personajes funestos. Imitamos a Herodías cuando queremos acallar nuestra conciencia haciendo desaparecer de nuestra vida a quien nos corrige o nos ha hecho notar nuestros pecados, y por eso le deseamos el mal o lo desprestigiamos con calumnias. E imitamos a Herodes cuando somos cómplices del mal de otro, cuando cedemos ante las presiones de quienes quieren difundir la inmoralidad. Pidamos al Señor en nuestra oración que sepamos aceptar a quien nos hace notar nuestro mal comportamiento y que nunca seamos cómplices de la maldad.

Sábado 8 de febrero
Santa Josefina Bakhita, virgen

Evangelio de Marcos 6, 30-34:

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron solos en la barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos
los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas.

Reflexión:
¡Qué conmovedora la escena de hoy! Jesús muestra su corazón de pastor, pues ve a sus discípulos cansados, agotados, y los lleva a un lugar aparte para que descansen. Aprendamos a descansar. Esto será posible si tras un arduo trabajo buscamos un momento para descargar nuestros agobios en el Corazón de Cristo, el Buen Pastor. Es bueno descansar, pero no caigamos en la forma mundana de hacerlo, pensando equivocadamente que los desórdenes de todo tipo son necesarios para despejar la mente. También hay que evangelizar los descansos. Cuando tras haber cumplido nuestros deberes diarios estemos fatigados, tengamos siempre un momento para reposar en el Corazón de Cristo.

Domingo 9 de febrero
V del tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 5, 13-16:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, y así alumbre a todos los de la casa. Del mismo modo, alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo»

Reflexión:
El Evangelio de hoy presenta dos imágenes que deben llevarnos a hacernos dos preguntas: ¿Soy sal de la tierra? ¿Soy luz del mundo? Con relación a la primera pregunta, seremos sal si hacemos un buen ambiente ahí donde estamos. Esto no significa hacer las cosas para quedar bien ante los demás, sino hacerlo todo para agradar a Jesús. Hay que sazonar el ambiente siempre desde Cristo, el único que da el verdadero sabor a la vida humana. Y con relación a la segunda pregunta, seremos luz si ahí donde estamos, empezando por nuestra casa, damos testimonio de Cristo. En otras palabras, si somos «Cristo» para los demás. En la medida que nosotros reflejamos a Cristo estamos iluminando la vida de los que nos rodean.

Lunes 10 de febrero
Santa Escolástica, virgen

Evangelio de Marcos 6, 53-56:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos, después de atravesar el lago, llegaron a Genesaret, donde amarraron la barca a la orilla. Apenas desembarcaron, le reconocieron enseguida, y recorrieron toda aquella región; cuando se enteraba la gente donde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y aldeas, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y a los que lo tocaban se sanaban.

Reflexión:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en Genesaret suscitando en las personas el deseo de acercar sus enfermos a Él para que los cure. Hoy Jesús también sigue sanando a los enfermos, y nosotros estamos llamados a ser como las personas de Genesaret, haciendo esa pastoral tan importante en el mundo de la enfermedad y del sufrimiento. En verdad, no podemos descuidar a nuestros enfermos, es necesario que tengan un profundo encuentro con Cristo, de manera especial a través del sacramento de la Unción de los enfermos. Expliquemos de manera sencilla el sentido de este sacramento, que es un encuentro de Cristo, médico de cuerpos y almas, con los enfermos.

Martes 11 de febrero
Nuestra Señora de Lourdes

Evangelio de Marcos 7, 1-13:
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de los antiguos; y, al volver de la plaza, no comen si no se purifican, Y hay otras muchas cosas que observan por tradición como la purificación de vasos, jarras y ollas. Por eso los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los antiguos?». Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres». Y añadió: «¡Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para conservar su tradición! Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte”. En cambio, ustedes dicen: “Si uno le dice a su padre o a su madre: Los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permiten hacer nada por su padre o por su madre. De ese modo anulan la palabra de Dios por una tradición que ustedes mismos se han transmitido; y como estas, hacen muchas otras cosas».

Reflexión:
Nuestro Señor Jesucristo fue duro con los fariseos y lo hizo porque Él, que nos ama tanto, no quiere que caigamos en esa actitud nefasta de la vida espiritual que llamamos fariseísmo. Hoy el Evangelio nos presenta la esencia del fariseísmo. Es esa actitud de cuidar solo lo exterior, las apariencias, las formas, pero no preocuparnos de lo interior. Aunque es verdad que debemos cuidar los actos exteriores, nunca olvidemos que lo exterior es expresión de lo interior. Y lo interior es un corazón totalmente orientado a Dios ¿De qué valen tantas apariencias y formalidades exteriores si por dentro no hay una verdadera orientación a Dios? ¿De qué valen los ritos exteriores cuando nuestro corazón está apegado a la mundanidad?

Miércoles 12 de febrero
Santa Eulalia de Barcelona, mártir

Evangelio de Marcos 7, 14-23:
En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escúchenme todos y entiendan: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga». Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le pidieron que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿También ustedes siguen sin entender? ¿No comprenden? Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y va a parar al excusado». Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: «Lo que sale de dentro, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen las malas intenciones, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, insensatez. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Reflexión:
Hoy seguimos escuchando en el Evangelio las palabras del Señor contra el fariseísmo. Conviene meditar sobre la pureza interior tan necesaria para no caer en una vida de apariencias o puras fachadas. Lo que debemos cuidar es, sobre todo, el corazón, que, en la Sagrada Escritura, es lo más íntimo del hombre. Es en el corazón, en lo interior de nuestro ser, donde se está jugando una correcta relación con Dios. Por eso tenemos que acoger siempre la gracia de Cristo que purifica nuestro interior y transforma nuestro corazón dándole la capacidad de amar de verdad. Y, para la purificación del corazón, lo primero es un buen examen de conciencia que nos 63 llevará a detectar aquello que no le gusta al Señor.

Jueves 13 de febrero

Evangelio de Marcos 7, 24-30:

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió. Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, siro-fenicia de nacimiento. Le rogaba que expulse el demonio de su hija. Y Él le dijo: «Espera primero que se sacien los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselos a los perritos». Pero ella le respondió: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». Él le contestó: «Por lo que has dicho, anda, que el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, encontró a su hija acostada en la cama; el demonio había salido.

Reflexión:
La mujer cananea nos enseña a buscar a Jesús, pues ella lo hace con fe y humildad. En primer lugar, cómo no admirar la fe de esta mujer que se postra ante el Señor y con total confianza le pide por su hija que estaba poseída por el maligno. La mujer cananea muestra, con ese gesto de la postración, su total abandono en Jesús. Y, junto con su fe, está su humildad, pues ante las palabras de Jesús de no dar pan a los perritos, ella no se siente ofendida, no es susceptible, sino que humildemente acoge lo dicho por el Señor, más aún, toma conciencia de su indignidad. Busquemos a Jesús con la humildad de la cananea. A Jesús no se le busca para reclamarle algo, sino para ponernos a su disposición.

 

Viernes 14 de febrero
Ss. Valentín, Cirilo, monje y Metodio, obispo

Evangelio de Marcos 7,31-37:

En aquel tiempo, Jesús dejó el territorio de Tiro, pasó por Sidón, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentaron un sordo que, además, hablaba con dificultad. Le pidieron que le imponga las manos sobre él. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», que quiere decir: «Ábrete». Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba sin dificultad. Jesús les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Reflexión:
Hoy es bueno que hagamos examen de conciencia para ver si tenemos dentro el demonio sordo, que además nos impide hablar bien. ¿A qué me refiero? Al hecho de que muchas veces somos como sordos porque no escuchamos como debe ser la Palabra de Dios o solo queremos oír lo que nos gusta y no nos exige. Y también muchas veces tenemos dificultades para hablar con Dios. Por todo ello, pidámosle a Jesús que con la fuerza del Espíritu Santo nos toque los oídos y la boca, que diga «Effetá», y de esa manera, escucharemos correctamente la Palabra de Dios, nos dejaremos interpelar por ella y conversaremos todos los días con Dios de corazón a corazón.

Sábado 15 de febrero

Evangelio de Marcos 8, 1-10:

Por aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino y algunos han venido de lejos». Le respondieron sus discípulos: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a estos aquí en el desierto?». Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos contestaron: «Siete». Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes pronunció la acción de gracias, los partió y se los dio a sus discípulos para que los sirvieran. Y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces. Jesús los bendijo, y mandó también que los sirvieran. La gente comió hasta quedar saciada, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas. Eran unos cuatro mil. Y Jesús los despidió. Enseguida subió a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión:
Hoy podemos fijarnos en la compasión de Jesús por la muchedumbre que le sigue. El Señor contempla a la gente que tiene hambre y está cansada. Pero Jesús no solo contempla con compasión, sino que actúa y hace el milagro de la multiplicación de los panes. Nosotros no hacemos milagros, estos provienen del Señor. Sin embargo, aprendamos de Jesús a tener esa mirada compasiva que nos llevará no solo a descubrir las necesidades de los demás para apenarnos, sino a actuar con la fuerza del Espíritu Santo para aliviar tantas necesidades que vemos a nuestro alrededor. No nos hagamos los distraídos, la compasión lleva a la acción concreta.

Domingo 16 de febrero
VI del Tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 5,17-37:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No crean que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento. Les aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se 67 salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Les aseguro: Si no son mejores que los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con tu adversario, llega a un acuerdo, mientras van de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. Han oído ustedes el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo les digo: El que mira a una mujer y la desea, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te hace caer en pecado, córtatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se separe de su mujer, que le dé acta de divorcio”. Pues yo les digo: El que se divorcie de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás lo que hayas prometido al Señor bajo juramento”. Pues yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. A ustedes les basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Reflexión:

En primer lugar, a la luz del Evangelio de hoy, conviene decir que Jesús no viene a abolir el decálogo. Más bien Él nos trae la gracia para que podamos cumplir cada uno de los mandamientos y lleva a su plenitud todo el decálogo enseñándonos que lo más importante de todo es el amor a Dios y el amor al prójimo por Dios. Además, solo si tenemos un profundo encuentro con Cristo, solo si nos dejamos transformar interiormente por el Espíritu Santo, podremos cumplir los diez mandamientos. He aquí algo fundamental para nuestra vida cristiana: Cristo es quien nos renueva interiormente para que podamos vivir en la Ley de Dios. Dicho de otra manera, respetar al otro, decir siempre la verdad, vivir la pureza, etc., solo será posible si en nosotros está Cristo.

Lunes 17 de febrero
Siete Santos Fundadores, Siervos de María

Evangelio de Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, los fariseos se presentaron y se pusieron a discutir con Jesús; le pidieron un signo del cielo, para ponerlo a prueba. Jesús, suspirando profundamente, dijo: «¿Por qué esta generación pide un signo? En verdad les digo: no se les dará un signo a esta generación». Y dejándolos, subió a la barca de nuevo y se fue a la otra orilla.

Reflexión:
Jesús, para mostrar que es el Mesías prometido, hacía una serie de signos, dentro de los cuales estaban los milagros. Sin embargo, los fariseos no creyeron en Él y le pedían signos del cielo. Ante esto, el Señor, con claridad, les indicó que no dará más signos. En realidad, Jesús mismo es el signo de que Dios nos ama tanto que se hace hombre por nosotros. No caigamos en esa actitud farisaica de pedir al Señor signos para creer en Él. Jesús mismo, su persona, es el signo mayor. No debemos seguir a Jesús porque nos hace milagros, sino por ser quién es, el Dios amigo, el Dios cercano, Aquel que ha dado su vida por nosotros.

Martes 18 de febrero
San Eladio de Toledo, obispo

Evangelio de Marcos 8, 13-21:

Los discípulos se habían olvidado de llevar panes y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les recomendó: «Estén atentos con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes». Ellos comentaban: «Lo dice porque no tenemos pan». Dándose cuenta, Jesús les dijo: «¿Por qué comentan que no tienen panes? ¿Aún no comprenden ni entienden? ¿Es que tienen la mente enceguecida? ¿Teniendo ojos no ven y teniendo oídos no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos llenos de pan recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?». Ellos: contestaron «Doce». «¿Y cuántas canastas de sobras recogieron cuando repartí siete entre cuatro mil?». Le respondieron: «Siete». Entonces, Jesús les dijo: «¿Y aún no entienden?».

Reflexión:
Son varias las actitudes que tenían los fariseos y que no estaban en armonía con el Evangelio. Hoy Jesús también nos dice a nosotros: «Cuídense de la levadura de los fariseos». ¿Qué significa esto? Es la hipocresía. En efecto, era propio de los fariseos llevar una doble vida, una doble cara. En definitiva, estamos hablando de la falta de sinceridad, lo cual es un atentado contra la verdad. Es lo que llamamos doblez. Nadie está libre de tener esa levadura de los fariseos que tanto desagrada a Jesús. Todos tenemos siempre, por ejemplo, la inclinación a fingir o simular. Por ello, pidamos siempre al Señor que nos libere de la hipocresía.

Miércoles 19 de febrero
San Conrado de Piacenza

Evangelio de Marcos 8, 22-26

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Le trajeron un ciego y le rogaban que lo tocara. Jesús tomando al ciego de la mano, lo sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». El ciego que empezaba a ver le respondió: «Veo a los hombres como si fueran árboles que caminan». Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos; y el ciego comenzó a ver perfectamente y quedó curado, y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».

Reflexión:
Evangelio de hoy nos enseña que muchas veces Jesús sana no de golpe, sino mediante un proceso. En efecto, el ciego de Betsaida es sanado en dos pasos. Primero, el Señor le moja los ojos con su saliva y le impone las manos, en ese momento este ciego aún no ve bien. En un segundo paso, el Señor pone sus manos sobre los ojos del ciego, y ahí se realiza la sanación definitiva. Quizás a ti también el Señor te introduce en un proceso de sanación interior y lo hace porque espera de ti una total confianza que implica necesariamente la paciencia. No nos desesperemos si aún no hay resultados; Jesús está actuando en nuestras vidas, nos ha introducido en un proceso de sanación, confiemos en Él.

Jueves 20 de febrero
Santos Francisco y Jacinta Marto

Evangelio de Marcos 8, 27-33:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pueblos de Cesárea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le contestaron: «Algunos dicen que eres Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas». Entonces él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó a que no hablaran a nadie sobre eso. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

Reflexión:

Pedro hace una confesión de fe en Cristo. Afirma que Jesús es el Mesías; es decir, el Ungido, aquel prometido por los profetas que traerá la verdadera liberación a su pueblo. Sin embargo, cuando Jesús dice que es el Mesías que va a padecer y morir crucificado, Pedro se escandaliza y quiere apartarlo de su misión. No podemos confesar de verdad a Jesús si dejamos de lado su cruz redentora. No dejemos que se meta el pensamiento mundano, que nos lleva a rechazar la cruz. Es verdad que lo definitivo es la resurrección; pero un Cristo sin cruz no es el Cristo de nuestra fe. Pidamos siempre al Espíritu Santo que nos dé la ciencia de la cruz, que estemos convencidos de verdad que aceptar la cruz es aceptar a Jesús.

Viernes 21 de febrero
San Pedro Damián, obispo y doctor

Evangelio de Marcos 8,34-9,1

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre entre los santos ángeles». Y añadió: «En verdad les digo que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto que el reino de Dios ha llegado con poder».

Reflexión:
Seguir a Cristo no es fácil; pero tampoco imposible.
Hoy Jesús nos habla de unas exigencias concretas para ser discípulos suyos. La primera es la base de todo, ¿cuál es? Negarse a sí mismo; en otras palabras, para colaborar con la gracia de Dios, hay que dejar de lado nuestro egoísmo, nuestro «yo», que nos lanza a ponernos en el centro. Se trata de luchar para que estemos totalmente orientados a Cristo. Solo así podremos asumir las cruces que aparecerán en nuestra vida. Si en nosotros está Cristo, si nos dejamos transformar por Él, bienvenidas las cruces de cada día porque Él llevará el mayor peso.

Sábado 22 de febrero
Cátedra de San Pedro, apóstol

Evangelio de Mateo 16,13-19:

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, ¡Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

Reflexión:
Hoy, en esta fiesta de la Cátedra de san Pedro, debemos meditar en la importancia de estar siempre a la escucha del vicario de Cristo en la tierra, el sucesor de Pedro; es decir, del papa. Nunca estará de más señalar que el papa es ese hermano mayor que nos confirma en la fe, con la asistencia permanente del Espíritu Santo, y que nos anima a recorrer el único camino, que es Cristo. El papa, sea quien sea, está para ser el primer servidor en la Iglesia y todo lo que nos enseña es para que configuremos nuestra vida con Cristo, la única Cabeza de la Iglesia. Valoremos la gracia que tenemos nosotros, los católicos, de tener al vicario de Cristo, el Santo Padre.

Domingo 23 de febrero
VII del Tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo, 5, 38-48:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, les digo: No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Reflexión:
Cristo nos trae una lógica distinta a la del mundo. Es incompatible seguir a Cristo y vivir según los moldes del mundo. En efecto, es común percibir que, cuando una persona sufre un agravio, hay una presión para que se cobre la revancha. O, por poner otro caso, cuando alguien es demasiado bondadoso con los demás, se le tilda de tonto. Pero nosotros no seguimos la lógica de la venganza, del arribismo, de la mezquindad o del acomodo, seguimos a Cristo y Él nos pide una forma de comportarnos, donde lo importante es buscar el bien del otro, sea quien sea, lo cual exige el perdón, el servicio, la generosidad, la paciencia, etc.

Lunes 24 de febrero

Evangelio de Marcos 9, 14-29:
En aquel tiempo, después de la transfiguración, Jesús, Pedro, Santiago y Juan bajaron del monte, al llegar adonde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos. La gente al ver a Jesús, se sorprendió y corrió a saludarlo. Él les preguntó: «¿Sobre qué están discutiendo?». Uno le contestó: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu que no le deja hablar; y cuando se apodera de él, lo tira al suelo, echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido». Él les contestó: «¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo los tendré que soportar? Tráiganmelo». Y ellos se lo trajeron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó al suelo y se revolcaba, echando espuma por la boca. Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él: «Desde niño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos». Jesús replicó: «¿Qué es eso de “si puedes”? Todo es posible para el que tiene fe». Entonces el padre del niño gritó: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!». Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él no vuelvas a entrar en él». Y el espíritu, gritando y sacudiéndolo violentamente, salió de él. El niño se quedó como un cadáver, tanto que la multitud decía que estaba muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y el niño se puso en pie. Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: «¿Por qué no pudimos expulsarlo nosotros?». Él les respondió: «Esta clase de demonios se expulsa solo con la oración». Jesús hoy nos dice lo que le señaló al padre de un muchacho endemoniado: «Todo es posible para el que cree».

Reflexión:
¡Cuánto tenemos que valorar la fe! No dejemos que nadie haga trastabillar nuestra fe. Los discípulos no habían podido expulsar al maligno porque les faltaba fe. En otras palabras, su fracaso era efecto de su fe débil. Estamos llamados a cimentar nuestra vida sobre la fe y un medio esencial es la oración. Si somos personas de oración, tendremos una fe sólida. El Evangelio de hoy también enseña la importancia de la oración, pues el Señor nos indica que hay demonios que solo salen con la oración. Quien ora todos los días está firme en la fe.

Martes 25 de febrero
Beata Ludovica de Angelis

Evangelio de Marcos 9, 30-37:
En aquel tiempo, Jesús atravesaba la Galilea junto a sus discípulos; y no quería que nadie lo supiera, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Pero ellos no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?». Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y, tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino a aquel que me ha enviado».

Reflexión:
Cuántas veces nosotros somos como los Doce que estaban discutiendo quién era el más importante. No seamos ingenuos, también dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades, entra muchas veces esa visión mundana de buscar los mejores puestos, de estar «bien situados». Cuando vengan esas tentaciones, lo mejor es meditar el pasaje de hoy. Jesús nos enseña, con claridad, que un verdadero discípulo suyo no está buscando los mejores puestos, sino que se pone en el último lugar para que los demás estén mejor. Aprendamos del Maestro, Jesús, a colocarnos abajo para que los demás, empezando por los que están a nuestro lado, estén mejor.

Miércoles 26 de febrero
Miércoles de Ceniza

Evangelio de Mateo 6, 1-6.16-18:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tengan cuidado de no practicar las buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendrán recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunen no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Les aseguro que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Reflexión:
Hoy iniciamos la Cuaresma. Es un camino de cuarenta días para llegar, con el corazón purificado, al triduo pascual. El Evangelio de hoy nos pone en sintonía con la espiritualidad cuaresmal. Lo importante es descubrir en nuestro interior, en el corazón, lo que no le agrada a Jesús. Y para ello, este tiempo litúrgico nos propone la oración, la limosna y el ayuno. Con la oración detectamos, a la luz del Espíritu Santo, en qué debemos cambiar. Mediante la limosna, nos solidarizamos con los más necesitados y, de esa manera, erradicamos el egoísmo que nos tiene atados a nuestros propios intereses. Y con el ayuno, mostramos que nuestro verdadero alimento es la Palabra de Dios.

JUEVES 27 DE FEBRERO
San Gabriel de la Dolorosa, religioso

Evangelio de Lucas Lc 9, 22-25:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?».

Reflexión:
¿De qué vale tenerlo todo si no tenemos a Jesús? Por decirlo de otra manera, sin Jesús ese «todo» que pensamos tener es nada. Nunca estará de más enfatizar que, ante Jesús, todo lo demás es secundario. En efecto, podemos tener muchas cosas materiales y muchos logros personales, incluso éxitos que pueden ser legítimos y no hay por qué satanizar; pero si Jesús no está en el centro, todo ello no tiene valor de eternidad. He ahí un punto para nuestra meditación cuaresmal: ¿Jesús es lo primero en mi vida? En una sociedad como la que estamos viviendo, que nos ofrece «todo», no podemos dejar de lado nuestro centro que es Cristo. Que esta Cuaresma sea motivo para volver a centrar nuestra vida en el Señor.

Viernes 28 de febrero
Santa Antonia de Florencia

Evangelio de Mateo 9, 14-15:
En aquel tiempo, los discípulos de Juan el Bautista se acercaron a Jesús preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso estar de duelo los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces sí ayunarán».

Reflexión:
En este tiempo de Cuaresma es importante clarificar el sentido del ayuno. Comencemos por señalar que el ayuno no es un fin en sí mismo, sino un medio para estar con el novio, Cristo Jesús. Además, cuando hablamos del ayuno, no se trata simplemente de no tomar alimentos, sino de purificar el corazón privándonos de algo, para reflejar mejor al Señor. Asimismo, pensar que porque ayunamos somos mejores que los demás o ya somos santos, sería un gravísimo error. Y un último punto, el ayuno tiene que orientarse a la caridad. Si nos privamos de algún alimento es para que otros no tengan que pasar hambre.

Sábado 29 de febrero
San Augusto Chapdelaine

Evangelio de Lucas 5, 27-32:
En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Y él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: «¿Por qué comen y beben ustedes con publicanos y pecadores?». Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan».

Reflexión:
A partir de este pasaje de la vocación de Leví o Mateo, deberíamos evocar siempre, en nuestra oración personal, el hecho de que Jesús no ha venido a llamar a sanos y justos, sino a enfermos y pecadores. Y no olvidemos nunca que todos estamos enfermos por el pecado, pues todos somos pecadores. Quien no se considere así, significa que no necesita de Jesús. El primer paso para una verdadera conversión es tomar conciencia de que somos débiles, frágiles, llenos de miserias. Cuando hacemos esto, podemos acoger de verdad a Jesús, como lo hizo Leví. Hay que erradicar de nuestra vida la falsa idea de que somos impecables. Somos pecadores que necesitan de Cristo.

 
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