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MEDITACIÓN DIARIA
DEL EVANGELIO - OCTUBRE 2022
-Por Padre Juan Bytton Arellano, sacerdote jesuita-

Intención del papa Francisco para el mes de octubre: Recemos para que la Iglesia, fiel al evangelio y valiente en su anuncio, viva cada vez más la sinodalidad y sea un lugar de solidaridad, fraternidad y acogida.

Sábado 01
Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora
Jb 42, 1-3.5-6.12-16; Sal 118, 66.71.75.91.125.130; Lc 10, 17-24

Evangelio: En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». Él les contestó: «He visto a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar a todo poder del enemigo. Y nada les hará daño alguno. Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; alégrense más bien de que sus nombres están inscritos en el cielo». Y en aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar». Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Reflexión: «Los setenta y dos volvieron muy contentos». Ese es el signo de una evangelización profunda y liberadora: la alegría del servicio cumplido. Jesús agrega que esa alegría es aun mayor cuando se es parte de la familia de Dios. En seguida, Lucas presenta una de las oraciones más bonitas de Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra». El Hijo nos presenta a un Padre que discierne y opta por los sencillos. La alegría mayor está en tener la capacidad de ver lo que Dios nos regala, en saber interpretar los signos de los tiempos y armonizar la creación con relaciones humanas justas.

Me pregunto: ¿Cuáles son mis opciones fundamentales en la vida? ¿Es la contemplación de la creación y las relaciones humanas una actitud de mi vida cristiana?

Domingo 02
XXVII del Tiempo Ordinario
Ha 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94, 1-2.6-9; 2 Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10 SALTERIO III

Evangelio: En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor contestó: «Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían ustedes a ese árbol: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y les obedecería. ¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: “Ven, siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú”? ¿Tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Así también ustedes: Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer”».

Reflexión: El Evangelio de Lucas tiene en el horizonte a comunidades de origen judío y pagano. Para ambas, la fe es un don que se debe pedir constantemente, frente a la novedad del Dios de Jesús y las propias tradiciones. Los dos ejemplos que Jesús propone evidencian quiénes son sus seguidores: gente que conoce y trabaja la tierra y personas que cuentan con criados para cultivar sus campos. Hay una relación directa entre estas realidades de la vida cotidiana y el pedido de aumentar la fe; que, según san Pablo, «obra en la caridad» (Ga 5, 6).

Me pregunto: ¿En qué ocasiones he pedido a Dios que aumente mi fe? ¿He animado a otros a pedir y agradecer por este don?

Lunes 03
San Francisco de Borja, presbítero
Ga 1, 6-12; Sal 110, 1-2.7-10; Lc 10, 25-37

Evangelio: En aquel tiempo, se presentó un maestro de la ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Haz respondido bien. Haz esto y tendrás la vida eterna». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas; y después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y dándoselos al encargado, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él contestó: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda, y haz tú lo mismo».

Reflexión: El evangelio nos sitúa en un camino donde se encuentran el sufrimiento y la misericordia. Viendo al hombre moribundo, el sacerdote y el levita, funcionarios del culto, pasan de largo. Se nos dice que iban por allí por casualidad y, por eso, siguen de frente, ni siquiera el camino les es familiar. Lamentablemente, en el mundo actual siguen existiendo muchos caminos como el de Jerusalén a Jericó, en los que hay gente desangrada, despojada de todo, incluso de las ganas de vivir. Con esta parábola, de lenguaje sencillo y cercano, Jesús nos ofrece el nuevo decálogo de la misericordia: las diez acciones del buen samaritano frente al hombre que sufre.

Me pregunto: ¿Quiénes han sido buenos samaritanos en mi vida? ¿Cuándo he sido buen samaritano para los demás?

Martes 04
San Francisco de Asís
Ga 1, 13-24; Sal 138, 1-3.13-15, Lc 10, 38-42

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán».

Reflexión: Las dos hermanas están atentas a Jesús, una en el servicio a los comensales, la otra en la contemplación. Seguro que con Jesús llegaban más personas y había que atenderlas. Ambas hacen una buena labor. Sin embargo, las sabias palabras de Jesús nos enseñan a poner las cosas en su lugar. Como se narra en Juan, a propósito de la muerte de Lázaro, la reacción de las dos hermanas es contraria: Marta sale al encuentro de Jesús, mientras María se queda en casa (Jn 11, 20), con los visitantes. Por tanto, la «parte mejor» es estar atentos a Jesús, porque de allí nace también el estar atentos a los demás; es decir, contemplando para servir.

Me comprometo: En la memoria de san Francisco de Asís, pidamos para que crezca nuestro compromiso por la paz y el cuidado de la casa común.

Miércoles 05
Santa Faustina Kowalska, religiosa
Ga 2, 1-2.7-14; Sal 116, 1-2; Lc 11, 1-4

Evangelio: Una vez, Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”».

Reflexión: Lucas nos narra la única oración que Jesús enseña a sus discípulos. Sabemos que en la sinagoga se rezaban oraciones similares, pero la originalidad de Jesús está en llamar a Dios Padre. Presentándolo de ese modo, Jesús va realizando su proyecto que une reino, pan y perdón; una mesa compartida a partir de la misericordia. Esta oración guía nuestra relación con Dios y entre nosotros. El don de llamar a Dios Padre se convierte en compromiso de construir fraternidad.

Me pregunto: ¿Cuán consciente vivo del hecho de que Dios es nuestro Padre?

Jueves 06
San Bruno, presbítero
Ga 3, 1-5; Sal: Lc 1,69-75; Lc 11, 5-13

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y este viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Yo les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite. Por eso yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre ustedes, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?».

Reflexión: Jesús compara a Dios con un amigo y un padre; y a los panes, el pescado y los huevos con el Espíritu Santo. Es decir, el Reino de Dios siempre tiene aroma a mesa compartida. Crea el ambiente de confianza y libertad delante de nuestro Dios. Solo quien confía es capaz de pedir, porque sabe que será atendido. Somos testigos de que, muchas veces, los discípulos de Jesús no sabían lo que pedían (Mc 9, 6). Lo mismo ocurría con las primeras comunidades cristianas y con nosotros hoy. Por eso, renovar una imagen del Dios Padre nos permite ordenar la vida para pedir y vivir lo que contribuye con el bien común.

Me pregunto: ¿Cómo son mis oraciones de intercesión? ¿Cuál es la imagen de Dios que más me ayuda en mi fe?

Viernes 07
Nuestra Señora del Rosario
Ga 3, 7-14; Sal 110, 1-6; Lc 11, 15-26

Evangelio: En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: «Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, si yo expulso los demonios en nombre de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿con qué poder los expulsan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: “Volveré a la casa de donde salí”. Y al volver, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va, toma otros siete espíritus peores que él, y se meten a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

Reflexión: Jesús expulsa un demonio mudo, y lo acusan de hacerlo con el poder de Belzebú, una divinidad cananea que era el príncipe de demonios. Jesús responde desde el tema de la división. Si Satanás viviese dividido, su reino no resiste. Quien vive así y encerrado en sí mismo tiene cerrados los oídos, los ojos y el corazón. Al que no presta atención a su corazón, le costará mucho escuchar el corazón de la gente y a Dios, tampoco podrá leer los signos de los tiempos. Toda división interior genera división exterior. Por eso, estamos invitados a cuidar la casa interior para aprender a vivir en la casa común.

Me comprometo: Pidamos por todos los misioneros para que, a ejemplo de María, sigan llevando la buena noticia y generando la fraternidad universal.

SÁBADO 08
San Hugo de Génova
Ga 3, 22-29; Sal 104, 2-7; Lc 11, 27-28

Evangelio: En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la voz en medio de la multitud, diciendo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Pero él le respondió: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Reflexión: Las alabanzas de una mujer da pie a que Jesús diga una de las palabras más hermosas: «Bienaventurados —makarios, en griego— los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Jesús define la felicidad plena que nace de la escucha. Pues escuchar con la vida es conducir a esta por el camino de quien nos habla. Un Dios que es amor nos moldea la vida para amar. Oír la voz y el grito de miles de hombres y mujeres que sufren, nos prepara para el servicio. Por tanto, cumplir la palabra consiste en tener el corazón y los oídos abiertos para servir. La palabra es alimento diario para ser compartido y generar vida y justicia (cf. Jn 4, 34).

Me pregunto: ¿Valoramos y promovemos la voz de las mujeres en la Iglesia y la sociedad? ¿Escucho la palabra de Dios en la voz de quienes sufren?

Domingo 09
XXVIII del Tiempo Ordinario - San Héctor
2 R 5, 14-17; Sal 97, 1-4; 2 Tm 2, 8-13; Lc 17, 11-19 SALTERIO IV

Evangelio: Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Reflexión: La compasión de Jesús sana a los diez leprosos. Lo hace pidiéndoles que cumplan la ley; es decir, presentándose ante los sacerdotes. En el trayecto, todos quedan sanados. Pero el centro del relato lo ocupa aquel que vuelve para agradecer a Jesús. La gratitud nunca se exige, pero cuando se realiza lleva todo acto a la plenitud. Lucas recalca, además, que no es judío: «¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»; seguro con la intención de abrir la puerta del evangelio a los no judíos y darles la misma dignidad que el resto de creyentes en Jesús. En fin, la fe agradecida es la que salva. Pues «el signo de un cristiano es un corazón agradecido» (Pedro Arrupe, S. J.).

Me pregunto: ¿Soy agradecido con Dios por todo lo que me sucede? ¿Hago de la gratitud un signo firme de mi fe y de forma de vivir?

Lunes 10
San Daniel Comboni, obispo
Ga 4, 22-24.26-27.31—5,1; Sal 112, 1-7; Lc 11, 29-32

Evangelio: En aquel tiempo, la gente se aglomeraba alrededor de Jesús y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el juicio con los hombres de esta generación y los condenará; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con los hombres de esta generación, y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás».

Reflexión: Jesús llama perversa a su generación porque pide un signo. ¿No le basta con tantas curaciones, tantas palabras que llegan al corazón y todas las propuestas para construir un mundo mejor? Por ello, Jesús retoma el ejemplo de personajes de la Sagrada Escritura: el profeta Jonás, la reina del Sur, el rey Salomón. Y los presentes tienen delante de sus ojos a alguien que es más que ellos tres, pues lleva todo a su plenitud. Esta es una invitación a estar más atentos a las acciones, a los hombres y mujeres sanados, a las necesidades de la gente que nos rodea. No se trata de pedir algún signo extraordinario, sino agradecer el signo concreto y cercano que ha sido enviado para nunca más alejarse.

Me pregunto: ¿Mi fe solo busca signos extraordinarios? ¿Vivo según ese signo-sello del cristiano que es el amor a Dios y al prójimo?

Martes 11
San Juan XXIII, papa
Ga 5, 1-6; Sal 118, 41.43-45.47-48; Lc 11, 37-41

Evangelio: En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Den más bien, como limosna lo que tienen dentro y todo será puro».

Reflexión: Cuando se invita a alguien a casa, es para acogerlo y hacerlo sentir bien. Pero el fariseo de este relato, aunque seguramente tenía esa intención, se dejó llevar por su legalismo. No obstante, Jesús no se queda en las formas, en lo políticamente correcto; él va a lo esencial, a lo que sale del interior: «Den como limosna lo que tienen dentro». En eso consiste la pureza para Jesús, pues «la santidad no es una cuestión de pureza, sino de misericordia» (José Antonio Pagola). Paradójicamente, salir de nosotros mismos nos ayuda a ordenar nuestro interior, sirviendo al prójimo se ordenan el alma y los afectos.

Me comprometo: En la memoria de san Juan XXIII, pidamos por la Iglesia para que se guíe siempre por la luz del evangelio y tengan las ventanas abiertas al aire fresco del Espíritu.

Miércoles 12
Nuestra Señora del Pilar
Ga 5, 18-25; Sal 1, 1-4.6; Lc 11, 42-46

Evangelio: En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasan por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los primeros asientos en las sinagogas y ser saludados en las plazas! ¡Ay de ustedes, que son como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!». Un maestro de la ley intervino y le dijo: «Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros». Jesús replicó: «¡Ay de ustedes también, maestros de la ley, que imponen a la gente cargas insoportables, mientras ustedes no las tocan ni con un dedo!».

Reflexión: Jesús cuestiona algunas prácticas de los fariseos, en este caso, respecto al diezmo y los primeros puestos. Lo mismo hace con los maestros de la ley porque sus actos pueden resultar dañinos para los demás. Jesús enseña que, cuando uno es el centro de todo, se pierde el sentido; así, la religión se vuelve ególatra y los hermanos, esclavos. La ley y los primeros puestos no son necesariamente negativos. Todo lo contrario. Cuando la ley se pone al servicio de los últimos y marginados, devuelve la dignidad que todos debemos tener para ocupar el primer puesto en el amor de Dios; y, desde allí, generar vínculos de fraternidad.

Me pregunto: ¿Hago de mi fe un espacio de privilegios o de servicio? ¿Hago de la religión un cúmulo de prácticas para imponer y fiscalizar a los demás?

Jueves 13
San Eduardo
Ef 1, 1-10; Sal 97, 1-6; Lc 11, 47-54

Evangelio: En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de ustedes, que edifican sepulcros a los profetas, a quienes sus antepasados mataron! Así se hacen testigos y cómplices de lo que hicieron sus antepasados; porque ellos los mataron y ustedes les edifican sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán”; así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, se lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de ustedes, maestros de la ley, que se han quedado con la llave del saber; no han entrado ustedes y a los que intentaban entrar les impidieron!». Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo con muchas preguntas capciosas, para sorprenderlo con sus propias palabras.

Reflexión: Cada época es responsable de sus actos, y no hay nada peor que repetir los errores del pasado. Por eso, Jesús, muchas veces, apela a la historia de la salvación. Los maestros de la ley la deben conocer; pero la sabiduría sin misericordia y caridad es inservible (cf. 1 Co 13, 1 ss.). Por lo contrario, lo que no se comparte y se queda encerrado termina contaminándose y corroyendo todo a su alrededor. Las palabras de Jesús son directas porque quiere un ser humano pleno y en plenitud. Hoy como ayer, hay falsos profetas y maestros de la ley que prefieren ser sepulcros y «maestros de desventuras», como fruto de su encierro y temor.

Me pregunto: ¿Considero mi vivencia de la fe una experiencia profética? Como creyente, ¿me siento llamado a anunciar y denunciar lo que va en contra de la dignidad humana?

Viernes 14
San Calixto I, papa y mártir
Ef 1, 11-14; Sal 32, 1-2.4-5.12-13; Lc 12, 1-7

Evangelio: En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digan de noche se repetirá a pleno día y lo que digan al oído, o en el sótano, se pregonará desde la azotea. A ustedes, amigos míos, les digo: no tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer nada más. Les voy a decir a quién tienen que temer: teman al que tiene poder para matar y después arrojar al infierno. A este tienen que temer, se los digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Más aun, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo: Ustedes valen mucho más que muchos gorriones».

Reflexión: Jesús advierte de la hipocresía de los fariseos porque es como la levadura que hace crecer algo sin contenido. Tarde o temprano se llegará a saber; porque, cuando la masa empiece a pudrirse, el hedor lo dejará en evidencia. Por otro lado, para las primeras comunidades cristianas, la muerte y persecución son realidades cotidianas. De allí la exhortación a no temer a los que matan el cuerpo. El miedo no es el mejor consejero. Hay que aprender a mirar siempre más allá. A quienes se debe temer es a los que matan el futuro, la esperanza, y plantean caminos sin retorno. Pues evidencian la hipocresía del corazón y esconden sus verdaderas intenciones. La mayor tentación es que nuestra vida de fe se contamine de esas actitudes.

Me pregunto: ¿Estoy atento a la hipocresía dentro y fuera de mi comunidad? ¿Soy un promotor de esperanza, sanación y salvación en toda circunstancia?

Sábado 15
Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora
Ef 1, 15-23; Sal 8, 2-7; Lc 12, 8-12

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me niega ante los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del Hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando los conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo se van a defender. Porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que tengan que decir».

Reflexión: En este pasaje, Jesús se presenta a sí mismo como intercesor, y al Espíritu Santo, como protector. Es interesante que aparezca la realidad trinitaria cuando se habla de intercesión. Nuestra fe es netamente relacional, Dios es comunidad de amor y nuestra vivencia de la fe debe reflejarla. Blasfemar contra el Espíritu no se perdona porque es negar la paternidad de Dios (cf. Rm 8, 15), el camino de la misericordia para la reconciliación. Asimismo, con la intercesión del Hijo, nace un modo de vivir y actuar en el mundo: interceder unos por otros para ser siempre imagen y semejanza del creador, dignificar al ser humano y cuidar la casa común.

Me comprometo: Por intercesión de santa Teresa de Jesús, pidamos que nuestra vida cristiana refleje cada día más el evangelio y el amor a Dios y al prójimo.

Domingo 16
XXIX del Tiempo Ordinario
Ex 17, 8-13; Sal 120, 1-8; 2 Tm 3, 14—4,2; Lc 18, 1-8 SALTERIO I

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en la misma ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: “Hazme justicia frente a mi enemigo”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, para que no venga continuamente a molestarme”». Y el Señor añadió: «Fíjense en lo que dice el juez injusto; entonces Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿los hará esperar? Yo les aseguro que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?».

Reflexión: El evangelio nos presenta un modo distinto de orar, la oración por insistencia. La viuda, socialmente marginada, clama justicia al juez. Jesús aclara el tipo de fe de ambos y pone en el centro el tema de la justicia. La parábola inicia mencionando el temor a Dios y el respeto al ser humano. Cuando somos conscientes de un Dios que acompaña a los últimos, el respeto y el cuidado de ellos nos entrenan en el respeto a Dios. Esta es la clave de lectura que encontramos en la relación de Dios con sus «elegidos», él «hará justicia sin tardar». Esta justicia, entendida bíblicamente, consiste en vivir bajo la presencia de un Dios que camina con su pueblo; cuyo proyecto de vida nos abre a la eternidad y al amor y justicia plenos.

Me pregunto: ¿Oramos porque haya más justicia? ¿Practicamos entre nosotros la justicia por la que oramos?

Lunes 17
San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir
Ef 2, 1-10; Sal 99, 2-5; Lc 12, 13-21

Evangelio: En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?». Y dijo a la gente: «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Que por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes». Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y comenzó a hacer cálculos diciendo: “¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta misma noche vas a morir. Lo que has acumulado, ¿para quién será?”. Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo y no es rico a los ojos de Dios».

Reflexión: «Por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes». Esta afirmación de Jesús es todo un proyecto de vida para ricos y pobres, mientras exista esa brecha. Acumular es una falsa felicidad y seguridad. Mientras ella derriba y elimina, la solidaridad tiende puentes y abre la puerta a la felicidad verdadera. Porque esta es alegría compartida, la comida que alcance para todos, el descanso merecido para cada uno. El verbo «acumular» aparece tres veces en el relato y es la clave de lectura: ¿vivimos en función de la acumulación egoísta o el compartir gratuito?

Me comprometo: En la memoria de san Ignacio de Antioquía, pidamos por los misioneros de Siria y Medio Oriente, donde entregan todo al servicio de los demás, aunque se carezca de paz.

Martes 18
San Lucas, evangelista
2 Tm 4, 9-17a; Sal 144, 10-13.17-18; Lc 10, 1-9

Evangelio: En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Pónganse en camino! Miren que los mando como corderos en medio de lobos. No lleven talega, ni alforja, ni sandalias; y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos su paz; si no, volverá a ustedes. Quédense en la misma casa, coman y beban de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayan cambiando de casa. Si entran en un pueblo y los reciben bien, coman lo que les pongan, curen a los enfermos que haya, y digan: “Está cerca de ustedes el Reino de Dios”».

Reflexión: El número 72 (7 x 10 + 2 = 72) es bastante sugerente, como lo son todos los números en la tradición bíblica. El 7 y el 10 representan la perfección estética y ética, respectivamente; y el 2 tiene que ver con la misión y el dinamismo de la fe. Los discípulos deben ponerse en camino para mostrar la belleza de lo bueno y del vivir en la verdad del amor. No es una misión fácil y Jesús lo dice «Van como corderos en medio de lobos». Por eso, es clave ser ligeros de equipaje y promotores de paz. Cuanto más sencilla, la vida es más de Cristo y, cuando se comparte en el calor del hogar, se vuelve alimento para el día a día.

Me comprometo: En la fiesta de san Lucas, pidamos por el diálogo interreligioso e intercultural para la construcción de un mundo más fraterno.

Miércoles 19
Beato José Timoteo Giaccardo
Ef 3, 2-12; Sal: Is 12, 2-6; Lc 12, 39-48

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría asaltar su casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del Hombre». Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?». El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración de alimentos a sus horas? Bienaventurado el criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad les digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y a las criadas, y se pone a comer y beber y a emborracharse. Llegará el señor de aquel criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que conoce la voluntad de su señor, pero no está preparado y no obra según su voluntad, recibirá un castigo muy severo. En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más».

Reflexión: La espera del retorno de Jesús se está haciendo larga para las primeras comunidades. Hay que ayudarles a reconocer que el regreso del Salvador no ocurrirá según la lógica humana. Los discípulos solo deben permanecer atentos, mediante una espera activa. Es interesante que el acento esté en el administrador fiel y solícito, porque se trata de un ejemplo que refleja compromiso, orden, buen manejo de los bienes temporales y espirituales. Nuestra fe se funda en la esperanza; es decir, consiste en una espera dinámica, viva, solidaria, iluminada desde el amor y la misericordia de Dios.

Me pregunto: ¿Cuál es la calidad de mi espera y de mi esperanza? ¿Cómo comparto la vida desde mi fe en el Dios de Jesús?

Jueves 20
San Pedro de Alcántara, religioso
Ef 3, 14-21; Sal 32, 1-2.4-5.11-12.18-19; Lc 12, 49-53

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? ¡No, sino división! Desde ahora, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Reflexión: En este pasaje, las palabras de Jesús suenan duras. El fuego en la tradición judía es un medio de manifestación divina; pero Jesús dice que ese fuego será para dividir, incluso a las propias familias. En esa época, la familia estaba estructurada en torno al padre (pater familias et pater potestas). Él era el dueño de todo y controlaba incluso las manifestaciones religiosas de la familia. ¿Qué ocurría si un hijo o hija se convertía al cristianismo? Ardía la casa. Ese es el sentido de lo que dice Jesús. Es un proceso de madurez que orienta las vidas hacia un bien mayor; aunque no será algo fácil, como lo demuestran la cantidad de mártires de las primeras horas del cristianismo.

Me pregunto: Como creyente, ¿me comprometo en la construcción de una sociedad cuyos valores sean la vida digna, la justicia y la paz?

Viernes 21
Santa Laura Montoya
Ef 4, 1-6; Sal 23, 1-6; Lc 12, 54-59
Si saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo,

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Cuando ven subir una nube por el poniente, dicen en seguida: “Va a llover”, y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, dicen: “Hará calor”, y así sucede. Hipócritas: si saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no saben interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no saben juzgar ustedes mismos lo que es justo? Cuando te dirijas al tribunal con tu adversario, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras van de camino; no sea que te lleve ante el juez y el juez te entregue al guardia y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo».

Reflexión: Esta vez Jesús llama hipócritas a la gente porque no saben «interpretar el tiempo presente». Conocemos del clima para trabajar la tierra y alimentarnos. Pero lo mismo pide el Maestro que hagamos con la historia. Juzgar lo que es justo, dejándonos llevar por la justicia divina, que es vivir en Jesús. Por otro lado, la figura del juez tiene mucho eco en la tradición bíblica. Acudir a él simboliza la búsqueda de justicia. Por ello, llegar reconciliados es confirmar que la única deuda por pagar es el compromiso de compartir gratuitamente todo lo que Dios hace por nosotros. Los signos de los tiempos nos dicen a dónde y hacia quiénes nos envía el juez a reconciliar.

Me pregunto: ¿Forma parte de mi camino de fe el discernimiento? ¿Me formo en ello a nivel personal y comunitario?

Sábado 22
San Juan Pablo II, papa
Ef 4, 7-16; Sal 121, 1-5; Lc 13, 1-9

Evangelio: En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».

Reflexión: El pecado y la culpabilidad están muy relacionados con la religión. Pero Jesús quiere ir más hondo, al origen mismo de la fe y la misericordia como medios que nos acercan al rostro del Padre. Para la cultura hebrea, la higuera simboliza la esperanza que Dios tiene en el ser humano. Por eso, este relato se suma a las representaciones de Dios que guían a toda persona que está en proceso de conocimiento del Padre de Jesús. Esto requiere, sin duda, de acompañamiento, cuidado y evangelización, un proceso que une nuestros tiempos humanos con los de Dios. Además, el discernimiento es el modo como la fe, que es un don, ayuda a madurar al ser humano.

Me pregunto: ¿Cómo vivo la paciencia y el acompañamiento? ¿Cómo me relaciono con personas de otras religiones y modos de pensar?

Domingo 23
XXX del Tiempo Ordinario
Eclo 35, 12-14.16-18; Sal 33, 2-3.17-19.23; 2 Tm 4, 6-8.16-18; Lc 18, 9-14 - SALTERIO II

Evangelio: En aquel tiempo, para algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; solo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de mí que soy un pecador”. Les digo que este último bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».

Reflexión: Dos hombres antagónicos de la sociedad suben al templo a orar. Uno de ellos, el fariseo, se tiene por justo, está seguro de sí mismo y desprecia a los demás. Empieza dando gracias a Dios y es lo correcto. Pero, en seguida, vuelve al espejo de su ego, mira desde lo alto. El publicano, por su parte, reconoce que Dios se caracteriza por su compasión y es lo primero que pide. Luego, se mira a sí mismo, pero reconoce su verdad: es pecador. Cuando se unen la compasión y el pecado, la misericordia y la miseria, surge la fuerza de Dios que sana y justifica. Miremos cómo rezamos a Dios para saber cómo tratamos a los demás.

Me pregunto: ¿Cómo es mi oración? ¿Realizo un examen de conciencia y miro el efecto de mi oración en mi vida y la de los demás?

Lunes 24
San Antonio María Claret, obispo
Ef 4, 32—5, 8; Sal 1, 1-4.6; Lc 13, 10-17

Evangelio: Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Y había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos y en seguida se enderezó y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tienen para trabajar; vengan en esos días a que les curen, y no en sábado». Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de ustedes, ¿no suelta al buey o al asno del pesebre y lo lleva a beber, aunque sea sábado? Y a esta, que es hija de Abraham, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que liberarla de sus ataduras en sábado?». A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

Reflexión: El sábado y la sinagoga son centrales en la tradición hebrea y muy resguardados por los fariseos y maestros de la ley. Pero, en ese tiempo y espacio, Jesús renueva la fe y sana a una mujer encorvada. Así, saca a la luz la verdadera actitud del jefe de la sinagoga; quien, atado a las formas, vive encorvado mirando solo su ombligo y sus propios intereses. Pues, si el sábado y la sinagoga son para alabar a Dios, esto se realiza cuando se devuelve la dignidad a las personas. «Hipócritas» es la expresión que usa Jesús cuando se vive de manera egoísta en nombre de la fe y de Dios. De esa forma, Jesús nos sigue dando la gran lección de inclinarse para servir, enderezarse para alabar.

Me pregunto: En mi vivencia de la fe, ¿antepongo la ley o las personas? ¿Qué criterios me enseña Jesús de cara a las necesidades de una hermana o hermano?

Martes 25
San Crisanto y Daría, mártires
Ef 5, 21-33; Sal 127, 1-5; Lc 13, 18-21

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un árbol y las aves anidan en sus ramas». Y añadió: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».

Reflexión: La mostaza era el grano más pequeño conocido en tiempos bíblicos. Así nace el reino, desde lo pequeño, sencillo y cotidiano. Después, la fuerza que brota de lo frágil hace que crezca un árbol donde las aves pueden anidar con confianza. Sus raíces permiten que tenga ramas frondosas. Los frutos atestiguan la calidad de las mismas. Así también es nuestra fe. La levadura, por su parte, que una persona sabe mezclar con tres medidas —el número de la revelación—, fermenta toda la masa. Esto alude al proceso y tiempo que toma cada acontecimiento para revelar la presencia del reino. Con estos ejemplos del día a día, Jesús nos habla de la presencia cotidiana de Dios entre nosotros.

Me pregunto: ¿Vivo mi fe en lo cotidiano, en los encuentros, diálogos, ayudas, etc.? ¿Creo que desde lo sencillo brota lo eterno?

Miércoles 26
San Evaristo, papa
Ef 6, 1-9; Sal 144, 10-14; Lc 13, 22-30

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y pueblos enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Jesús les dijo: «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán afuera y llamarán a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y él les contestará: “No sé quiénes son ustedes”. Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él contestará: “No sé quiénes son ustedes. Aléjense de mí, malvados”. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras ustedes serán arrojados fuera. Y vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos».

Reflexión: El evangelio nos recuerda que por la puerta estrecha solo se puede entrar inclinándose, que es el gesto supremo de servicio. Quien es capaz de arrodillarse ante Dios para alabarlo, lo hará ante el pobre para atenderlo. A ello alude la comparación con la puerta abierta y cerrada. Cada vez que invitamos a alguien a comer en casa, abrimos la puerta y somos acogedores. Esta actitud nunca debe desaparecer, más aún hoy cuando tantas puertas se cierran por miedo a lo diverso. Jesús también evoca a los patriarcas, que nos recuerdan la alianza eterna y fiel de Dios; esa alianza de puerta abierta, aquella del cielo y del hogar acogedor. Nuestra fe siempre es abierta porque vive del amor de Dios que se refleja en relaciones humanas solidarias.

Me pregunto: ¿Cuánto espacio le doy al miedo y a cerrar puertas en mi vida?

Jueves 27
Santa Sabina
Ef 6, 10-20; Sal 143, 1-2.9-10; Lc 13, 31-35

Evangelio: En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: «Vete y aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte». Él contestó: «Vayan a decirle a ese zorro: “Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; y al tercer día habré terminado”. Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas! Pero ustedes no han querido. Pues bien, miren, se les va a dejar la casa desierta. Les digo que no me volverán a ver hasta que llegue el tiempo en que ustedes digan: “Bendito el que viene en nombre del Señor”».

Reflexión: Contrariamente a otros pasajes, aquí vemos a algunos fariseos que protegen a Jesús. Estamos en la antesala a lo que va a ocurrir en Jerusalén. Y es que la experiencia liberadora y salvadora de Dios tiene un arraigo en la historia, un aquí y ahora. Ese es el marco en el que Jesús habla de su muerte y resurrección. Jerusalén, la Cuidad Santa para los hebreos, aquí es objeto de sus lamentos, haciendo eco del salmo 118. Como vemos, el Hijo de Dios es ruptura y continuidad, es una renovación profunda de la vida de quien cree en él, pues otorga un nuevo sentido a todo.

Me pregunto: ¿Cómo relaciono mi historia personal con mi fe? ¿Vivo vinculado al pasado con nostalgia, resentimiento o gratitud?

Viernes 28
Santos Simón y Judas, apóstoles
Ef 2, 19-22; Sal 18, 2-5; Lc 6, 12-19

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Yo te aseguro que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto; pero ustedes rechazan nuestro testimonio. Si no me creen cuando les hablo de la tierra, ¿cómo van a creerme cuando les hable de las cosas del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».

Reflexión: Hoy celebramos la fiesta del Señor de los Milagros, el Cristo Moreno, el Dios crucificado, alzado y resucitado. Esa es la plenitud del amor del Padre. Si la serpiente en el desierto fue signo de sanación, Jesús en la cruz es la realidad de la salvación. La vida eterna consiste en creer en el crucificado. Una fe que, a su vez, nos conduce hacia los crucificados de hoy. Creemos en un Cristo que camina por los campos y las calles de las ciudades. Por eso, Jesús nos habla de las cosas de la tierra, para ir familiarizándonos con las del cielo. No podemos vivir cerrados a las realidades complejas y esperanzadoras de este mundo. Alzando la mirada a la cruz, vemos el horizonte de esperanza, marcado por un camino de paz y justicia.

Me comprometo: Pidamos por todas las personas que se encomiendan al Señor de los Milagros y también para que acompañemos al Señor en los crucificados de hoy.

Sábado 29
Beata Chiara Luce Badano
Flp 1, 18b-26; Sal 41, 2-3.5; Lc 14, 1.7-11

Evangelio: Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer; y ellos lo observaban atentamente. Notando que los invitados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan invitado a otro de más categoría que tú. Y vendrá el que los invitó a ti y al otro, y te diga: “Cédele a este tu sitio”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga quien te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Reflexión: Jesús está en la casa de uno de los principales fariseos. Como no podría ser de otro modo, propone a los comensales una parábola al ver que ellos, más que por la comida, andan ansiosos por los asientos que van a ocupar. Esa era una preocupación muy común en la época de Jesús y, por qué no, también en la nuestra. Pero, con su parábola, Jesús muestra que la humildad es la llave que abre todas las puertas, incluso las que tienen más candados. Enaltecer en nombre de Dios significa levantarse para salir, servir y alentar la vida de los demás.

Me pregunto: ¿Mi fe me impulsa a ser humilde, a reconocer el valor de todo ser humano y a ser acogedor con quien me pide ayuda?

Domingo 30
XXXI del Tiempo Ordinario
Sb 11, 22—12, 2; Sal 144, 1-2.8-11.13-14; 2 Ts 1, 11—2, 2; Lc 19, 1-10 - SALTERIO III

Evangelio: En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Reflexión: Este relato está lleno de simbolismo. Zaqueo es un jefe rico, pero pequeño de estatura. Por ello, sube a una higuera para ver a Jesús. Los publicanos, para la cultura hebrea, representaban lo malo; la higuera, en cambio, la esperanza. No obstante, siempre habrá una forma de llegar a Jesús cuando miramos con esperanza sincera. Sin importar las murmuraciones, Jesús va a la casa de Zaqueo, pero primero lo invita a bajar, a entrar en un camino real de conversión. Antes de ingresar a su casa, Zaqueo toma una decisión: quiere que, en adelante, haya en ella más espacio para todos. Si a él se le consideraba perdido, su conversión es procurar que nadie más se pierda.

Me pregunto: ¿Me he sentido alguna vez como Zaqueo? ¿Vivo mi conversión como un acto continuo de gratuidad y generosidad hacia los demás?

Lunes 31
San Alonso Rodríguez
Flp 2, 1-4; Sal 130, 1-3; Lc 14, 12-14

Evangelio: En aquel tiempo, Jesús dijo a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Reflexión: En este breve pasaje, Jesús nos regala el sentido pleno de su modo de ser y actuar: la gratuidad. Todo en Dios es amor gratuito, incondicional y generoso. En los evangelios, el banquete es la representación del reinado de Dios, una realidad que brota de la gratuidad. De allí la importancia de que los invitados garanticen esa gratuidad de la acción y la justicia futuras: pobres que no tienen de qué vivir, lisiados que no pueden trabajar, cojos a quienes les cuesta caminar por la vida; ciegos que no ven el mundo. Ellos pueden enseñarnos a ver la realidad que salva. Y entonces seremos bienaventurados, felices de verdad; porque la recompensa será la alegría de los demás, signo de la llegada del reino.

Me pregunto: ¿Hago de mi vida de fe una experiencia gratuita y generosa? ¿A quiénes estoy dispuesto a ofrecer mi ayuda sin esperar nada a cambio?

Martes 01 de NOVIEMBRE
Todos los Santos
Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23, 1-6; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a

Evangelio: En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo».

Reflexión: Las bienaventuranzas constituyen la nueva ley de la misericordia, la hoja de ruta de todo cristiano. La primera y la octava prometen un don para el presente: el Reino de los Cielos para los pobres de espíritu y los perseguidos a causa de la justicia. Ellos, a su vez, son los que movilizan las demás bienaventuranzas porque abren la puerta al don que vendrá. Son nueve bienaventuranzas, contando la que Jesús dirige a sus discípulos cuando son perseguidos por su causa. La décima exhortación —«estén alegres y contentos»— es la plenitud de las bienaventuranzas, ya que el diez constituye la perfección moral. Quien vive este proyecto es feliz porque busca la felicidad y la realización de los demás.

Me comprometo: En esta fiesta, pidamos por la Iglesia para que siga difundiendo con ilusión el evangelio de Jesús.

Miércoles 02 de NOVIEMBRE
Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
Lm 3, 17-26 o bien Rm 6, 3-9; Sal 129, 1-8; Jn 14, 1-6

Evangelio: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble su corazón; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así; ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y a donde yo voy, ya saben el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Reflexión: Este pasaje de Juan forma parte del discurso de despedida, en el que una cuestión clave es el tema de la muerte. Jesús está ofreciendo un proyecto nuevo. Por eso, sus palabras clave son: «No tiemble su corazón». Creer es la puerta que abre a la paz, tanto aquí en la tierra como en la morada eterna del Padre. La segunda palabra clave es «volver», un término que, en la cultura hebrea, significa conversión. Ese es el camino de todo creyente: una vida plena siempre en conversión, abierta a la eternidad en presencia del Padre. Lo cual se realiza cuando hacemos del mundo un hogar; de las relaciones humanas, fraternidad; de nuestro compromiso, construcción de paz y justicia.

Me comprometo: Elevemos una oración por los fieles difuntos que, descansando en Dios, nos siguen acompañando en las penas y alegrías.

 
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