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1MEDITACIÓN DIARIA DEL EVANGELIO - SEPTIEMBRE
-Por Padre Carlos R. De Almeida-

Intención del papa Francisco para el mes de septiembre: Recemos para que los recursos del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.

Martes 1 de septiembre
San Egidio, abad; San Arturo

Evangelio de Lucas 4, 31-37:

“En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Ellos se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio impuro, y se puso a gritar con fuerza: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús le increpó: «¡Cállate y sal de este hombre!». El demonio salió de él, arrojándolo al suelo sin hacerle ningún daño. Todos quedaron asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus impuros, y salen». Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

Reflexión:

Jesús le dice al maligno: «Cállate y sal». De esta manera, nos enseña a no dialogar con el padre de la mentira. Pero no pensemos, ingenuamente, que el demonio se nos va a aparecer, visiblemente, para llevarnos a ofender a Dios. Los espíritus inmundos actúan, ordinariamente, a través de diversas ofertas atractivas que nos seducen, haciéndonos creer que vamos a ser felices fuera del ámbito de Dios. Es el momento de orar y decirle al demonio en la presencia de Dios: «Cállate y sal». Debemos ser radicales ante los engaños del maligno. Con el diablo no se dialoga. Quien comienza a dialogar con el maligno, ya perdió la batalla.

Miércoles 2 de septiembre

Evangelio de Lucas 4, 38-44:

“En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, la fiebre desapareció; ella, levantándose en seguida, se puso a serviles. Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se lo llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «¡Tú eres el Hijo de Dios!». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Y al amanecer, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; y llegando donde estaba intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el Reino de Dios también en los otros pueblos, para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea”.

Reflexión:
En este pasaje del Evangelio, percibimos cómo Jesús pasó sanando enfermedades del cuerpo, por ejemplo, a la suegra de Simón Pedro, y enfermedades del alma, liberando a los poseídos por el diablo. De esta forma, Jesús se presentó como el Ungido, que viene a traer la liberación integral del hombre. Ahí donde Jesús estaba, ahí se daba la liberación verdadera. Además, el Evangelio de hoy nos dice que Jesús no se queda solo en un lugar, sino que quiere ir a otros pueblos. Aprendamos del Maestro el celo apostólico. Debemos tener la conciencia de que estamos llamados a comunicar la liberación que brota de un profundo encuentro con Cristo. Hoy, el Señor cuenta con nosotros, sus discípulos, para que todos los hombres, sin excepción alguna, experimenten su fuerza liberadora.

Jueves 3 de septiembre
San Gregorio Magno, papa y doctor

Evangelio de Lucas 5, 1-11:

“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.
Desde allí vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de la orilla.  Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echen las redes para pescar». Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes». Y puestos a la obra, pescaron gran cantidad de peces que reventaban las redes. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.  Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la cantidad de peces que habían pescado; lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.

Reflexión:

Hagámosle caso a Jesús. Pedro le hizo caso y la pesca fue abundante. Hoy también el Señor nos pide «remar mar adentro y echar las redes», solo así podremos ser pescadores de hombres. En esto consiste el apostolado, que es una dimensión esencial de todo cristiano. Remar mar adentro es aventurarse con Cristo y lanzarse, sin miedo, al apostolado. Es no tener miedo de ir a diversos ámbitos de la realidad, donde hay tantas personas que no encuentran sentido a sus vidas, en el mar agitado de la sociedad de hoy. Echar las redes significa hablar con audacia de Cristo a los demás. Y no olvidemos que, ciertamente, echamos las redes con palabras, pero, sobre todo, con una vida coherente.

Viernes 4 de septiembre
Santa Rosalía de Palermo, virgen; Santa Irma

Evangelio de Lucas 5, 33-39:

“En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los discípulos de los fariseos también; en cambio, los tuyos, comen y beben». Jesús les contestó:
«¿Quieren que los amigos del novio ayunen mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán». Y añadió esta parábola: «Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar un vestido viejo. Si lo hace así, malogra el vestido nuevo; además el pedazo nuevo no quedará bien con el vestido viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie, después de haber gustado el vino añejo, quiere vino nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

Reflexión:
Cristo es la novedad inaudita. Con Él todo se renueva. De ahí que, si queremos una verdadera renovación en nuestra vida, el único camino es un profundo encuentro con Cristo. No caigamos en el error de los fariseos y letrados, quienes aparecen en el Evangelio de hoy y pensaban que las prácticas ascéticas, como orar y ayunar, eran lo que los hacía justos delante de Dios. No es así. Lo que nos transforma es estar en una relación viva con el Novio, Cristo. La oración nos hará santos en la medida en que forjemos una profunda amistad con Jesús y aprendamos, de Él, a amar de verdad. Las mortificaciones, como el ayuno, serán eficaces solo si nos identifican con Cristo y nos permiten pensar más en los demás. Digámoslo de otra manera, toda práctica espiritual, como la oración y la mortificación, será eficaz siempre y cuando nos lleve a imitar a Cristo.

Sábado 5 de septiembre
Santa Teresa de Calcuta, religiosa

Evangelio de Lucas 6, 1-5:

“Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos dijeron: «¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Jesús les contestó: «¿No han leído lo que hizo David cuando él y sus hombres sintieron hambre? Cómo entró en la casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, que solo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros». Y añadió: «El Hijo del hombre es señor del sábado»”.

Reflexión:

Hoy, el Evangelio nos enseña que para Jesús lo importante no son las leyes, sino la persona humana. Jesús ha venido por cada ser humano y, de esta manera, nos revela el valor que tenemos para Él. ¡Qué grande debe ser la dignidad de cada persona porque Dios no solo se hace hombre por los hombres, sino que ofrece su vida para que nadie se pierda! La Iglesia, fiel a las palabras y acciones del Señor, tiene una profunda preocupación por el hombre. Ella quiere contribuir, en el mundo de hoy, a través de su enseñanza clara sobre la dignidad de la persona humana. En un mundo donde contemplamos, con dolor, cómo se pisotea constantemente el valor sagrado del hombre mediante leyes, sistemas y estructuras diversas, la Iglesia alza su voz para proclamar que el criterio fundamental para organizar una sociedad es el respeto del ser humano, en todas las etapas de su vida.

Domingo 6 de septiembre
XXIII del tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 18, 15-20:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, llámale la atención a solas. Si te hace caso,
has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o como un publicano. Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Les aseguro, además, que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»”.

Reflexión:

En la vida de los demás percibimos cuestiones que no armonizan con el Evangelio. ¿Qué hacer frente a ello? El camino no es la crítica destructiva ni la murmuración, que daña el nombre del prójimo. Lo evangélico es la corrección fraterna, la cual es una de las catorce obras de misericordia. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos indica incluso el proceso que debemos seguir cuando nos acercamos a un hermano que ha fallado. Ciertamente, corregir no es fácil, pero debemos hacerlo por caridad. No decirle nada a una persona que, objetivamente, está obrando mal, es hacerle daño, pecar de omisión y ser, en cierta manera, cómplice. Si nosotros practicamos la corrección fraterna y, al mismo tiempo nos dejamos corregir con humildad, crecemos en nuestro seguimiento a Cristo.

Lunes 7 de septiembre
Santa Regina, mártir

Evangelio de Lucas 6, 6-11:

“Un sábado, entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado y encontrar de qué acusarlo. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». Él se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: «Les voy hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o destruirlo?». Y, dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: «Extiende la mano». Él lo hizo, y su mano quedó restablecida. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer contra Jesús”.

Reflexión:

El Evangelio de hoy nos dice que los letrados y fariseos estaban al acecho de lo que hacía Jesús, para tener algo de qué acusarle. Lo peor de todo es que, en lugar de alegrarse porque Jesús sana a un hombre, lo critican porque está curando en día sábado. A nosotros nos puede pasar lo que hacían los dirigentes religiosos de la época de Jesús. ¿En qué sentido? En que, en lugar de alegrarnos por el bien que una persona hace, inventamos explicaciones para desacreditarla. En otras palabras, buscamos segundas intenciones. Cuando contemplemos a alguien hacer una acción buena, alegrémonos porque todo bien realizado, sin importar quién lo lleve a cabo, es movido siempre por Dios. Que el Señor nos libre de caer en la actitud mezquina de los letrados y fariseos.

Martes 8 de septiembre
Natividad de la Virgen María

Evangelio de Mateo 1, 1-16.18-23:

“Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su espo-so, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por el profeta: «Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”»”.

Reflexión:

Hoy, la Iglesia nos invita a contemplar la venida al mundo de la Santísima Virgen María. Con el nacimiento de María, Dios se acercó más a los hombres, pues entró en la historia aquella mujer que había sido elegida para ser la madre del Salvador. Celebrar el nacimiento de María es celebrar la bondad de Dios, que va preparando un camino de salvación para todos los hombres. La venida de la Virgen es, podemos decir, el pórtico de entrada de la Encarnación. María es la tierra virgen y fértil donde surgirá el fruto bendito que trae la salvación, Cristo Jesús. Celebremos esta fiesta dando gracias a Dios por haber creado a María, como obra maestra suya. Ella, por voluntad de Dios, tiene un papel único en la historia de la salvación. Siempre nos quedaremos limitados con nuestras palabras cuando hablemos de la importancia de María, en la historia de la salvación.

 

Miércoles 9 de septiembre
San Pedro Claver, presbítero

Evangelio de Lucas 6. 20-26:

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán. Bienaventurados ustedes cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y desprecien su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados, porque tendrán hambre! ¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán! ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas».

Reflexión:

El Señor presenta una contraposición entre los que son dichosos y los que merecen la exclamación «ay». Los dichosos son los que siguen las exigencias del Evangelio. Dicho de otra manera, si nosotros armonizamos nuestra vida con Cristo, seremos de verdad felices. En esto consiste la verdadera felicidad. En cambio, los que tienen la exclamación «ay» son aquellos que han elegido un estilo mundano de vida, el cual, aparentemente, puede hacernos feliz, pero, a la larga, dejará un profundo vacío interior. Entre estas dos formas de vida, el evangelio o la mundanidad, tenemos que elegir una. En esto no existen términos medios. ¿Dónde estamos nosotros? ¿En el ámbito del evangelio o de la mundanidad?

10 de septiembre
San Nicolás de Tolentino, religioso

Evangelio de Lucas 6,27-38:
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «A los que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes. Pues, si aman solo a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen el bien solo a los que les hacen el bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen. Y si prestan solo cuando esperan cobrar, ¿qué merito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Más bien, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y malvados. Sean compasivos como es compasivo su Padre; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: recibirán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes»”.

Reflexión:

Todo lo que nos pide Jesús es exigente: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos persiguen, bendecir a los que nos maldicen, etc. ¿Quién puede decir que no le cuesta todo ello? Sin embargo, en estas exigencias se expresa la huella de Cristo. Jesús nos ha dado la pauta. Él nos ha marcado el camino porque nos ha enseñado a amar, a hacer el bien, a bendecir, sin poner condiciones de ningún tipo. Pero Jesús no solo es el modelo, no solo es un ejemplo exterior, sino que Él mismo nos concede un corazón nuevo para vivir sus exigencias. En otras palabras, el Señor nos transforma, desde dentro, a través del Espíritu Santo, de modo que podamos relacionarnos con los demás, sea quien sea, dejando siempre la huella de la misericordia.

Viernes 11 de septiembre
Santos Orlando y Rolando

Evangelio de Lucas 6, 37-42:

En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el pozo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “¿Hermano, déjame que te saque la paja del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Reflexión:

El Señor apela al sentido común para indicarnos que un ciego no puede guiar a otro ciego. Esto lo tenemos que aplicar a nuestra vida cristiana. ¿Cómo vamos a conducir a una persona a Cristo, si en nosotros no está Cristo? ¿Cómo voy a hablar del evangelio a los demás, si el evangelio no ha calado en mi vida? ¿Cómo voy a orientar a una persona por la senda de Cristo, si mi vida está desordenada? Tenemos que ser honestos con nosotros mismos, no podemos ser ciegos que guían a otros ciegos. Por eso, la preocupación personal de llevar a Cristo, en nuestra vida, es fundamental, solo así podremos guiar, correctamente, a los demás. Digámoslo otra vez, para guiar a alguien, antes tenemos que dejarnos guiar por Cristo, caso contrario, llevaremos a los demás al abismo.

Sábado 12 de septiembre
Santísimo Nombre de María

Evangelio de Lucas 6, 43-49:

«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno. Porque cada árbol se conoce por su fruto; no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien; y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de la abundancia del corazón, habla la boca. ¿Por qué me llaman “¿Señor, ¿Señor”, y no hacen lo que digo? El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, les voy a decir a quién se parece. Se parece a uno que edificaba una casa: cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca; vino una inundación, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo destruirla, porque 353 estaba sólidamente construida. En cambio, quien escucha la palabra y no la pone en práctica, se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó y quedó completamente destruida».

Reflexión:

Jesús predicó usando una serie de imágenes para que podamos captar, con facilidad, el mensaje. Hoy, el Señor usa la imagen del árbol al cual se le conoce por sus frutos. Nosotros estamos llamados a dar frutos. Así como la higuera da higos, lo que se espera de un cristiano es que refleje a Cristo. Más aún, que sea otro Cristo. Para que podamos dar frutos, necesitamos tener una raíz, que es Cristo. Seguramente, muchas veces hemos escuchado que el cristiano debe ser radical. Pues la palabra radical viene del latín radix, que significa «raíz». Solo si estamos enraizados en Cristo, solo si fundamentamos nuestra vida en Cristo, como se apoya una casa en la roca, podremos dar frutos.

13 de septiembre
XXIV del Tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 18, 21-35:

“En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.  El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano»”.

Reflexión:

Todos sabemos que el oficio de Jesús fue ser artesano o carpintero, pero también podemos decir que su oficio es ser el «Maestro del perdón». En verdad, por donde Jesús pasaba, perdonaba sin medida. Hoy, en el Evangelio, Jesús nos pide que sigamos su ejemplo. Hay que perdonar no siete veces, sino «setenta veces siete», que en el lenguaje hebrero no es, sino «siempre». La parábola que nos relata Jesús, del empleado sin entrañas, nos debe llevar a reflexionar sobre el hecho de que Dios nos perdona de manera superabundante. ¿Quién soy yo para no perdonar a mi prójimo? Nadie dice que perdonar a quien nos ha agraviado sea fácil. Con nuestras propias fuerzas es imposible perdonar de corazón. Pero si pasamos por una profunda cristoterapia, será posible. Abramos nuestro corazón a la gracia del Señor. Con la oración, la confesión y la comunión eucarística, Jesús sanará las heridas dejadas por los agravios. Él nos ayudará a perdonar de corazón.

Lunes 14 de septiembre
Santa Imelda

Evangelio de Lucas 7, 1-10:

“Cuando Jesús terminó de hablar al pueblo que lo escuchaba, entró en Cafarnaún. Allí había un centurión que
tenía un siervo muy estimado por él, que estaba enfermo y a punto de morir. Oyó hablar de Jesús y le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que fuera a sanar a su siervo. Los ancianos, llegando a donde estaba Jesús, le rogaban con insistencia: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo y él nos construyó la sinagoga». Jesús se fue con ellos. No estaban lejos de la casa, cuando el centurión envió a unos amigos para que le dijeran: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso no me consideré digno de ir a ti, pero di una palabra y mi criado quedará sano. Pues yo también soy un hombre sujeto a la autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a uno: “Ve”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace». Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «Les digo que ni en Israel encontré una fe tan grande». Y cuando regresaron los enviados a la casa, encontraron sano al siervo”.

Reflexión:

Así como un foco necesita de la electricidad para encender y un motor de combustión necesita de la gasolina para funcionar, así la gracia de Dios necesita ser alimentada por nuestra fe para poder obrar milagros y maravillas. Esta es la lección de este Evangelio. Jesús, por compasión y buena voluntad, se levanta y va a curar al siervo del centurión, pero cuando llega a casa de éste, salen los amigos con su recado: “No soy digno...” y “...con una palabra tuya...”. Fe y humildad. La combinación perfecta para que Dios otorgue sus más hermosas gracias a la gente que se las pide. Fe, porque el centurión creyó con todo su corazón que Jesús podía curar a su siervo. No dudó del poder de Jesús en su corazón. Porque de otra manera no hubiera podido arrancar de su Divina misericordia esta gracia. Humildad, porque siendo centurión y romano, que tenían en ese tiempo al pueblo judío dominado, no le ordenó a Jesús como si fuera un igual o una persona de menor rango. Todo lo contrario. Se humilló delante de Él y despojándose de su condición de dominador de las gentes, reconoció su condición de hombre necesitado de Él.

Martes 15 de septiembre
Nuestra Señora de los Dolores

Evangelio de Lucas 7, 11-17:

“En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y
María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.

Reflexión:

Hoy contemplamos a María, que está al pie de la cruz. En realidad, toda la vida de la Santísima Virgen María estuvo marcada por la cruz. No fue fácil para la Madre de Dios peregrinar por este mundo. Pensar que Dios ahorró a María sacrificios y dolores es incorrecto. María vive abrazada a la cruz, en Belén, dando a luz al Salvador, en un pesebre. María abraza la cruz huyendo a Egipto, con el niño y san José. María experimenta la cruz escuchando la profecía de Simeón, de que su hijo Jesús será signo de contradicción. El punto culmen del dolor de María será contemplar la pasión y la muerte de su Hijo, en la cruz. Pero ella nos enseña a unirnos a la ofrenda redentora de Jesús. Aprendamos de la Santísima Virgen María a ser ofrendas, en la única ofrenda que salva, Cristo. María es la primera que cumple lo dicho por san Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Miércoles 16 de septiembre
Ss. Cornelio, papa y Cipriano, obispo; mártires

Evangelio de Lucas 7, 31-35:

“En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿A quién, pues, se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los
compararemos? Se parecen a unos niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta y no han bailado, cantamos lamentaciones y no han llorado”. Porque vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijeron: “Tiene un demonio”; viene el Hijo del hombre, que come y bebe y dicen: “Ahí tienen a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero la sabiduría ha sido reconocida por todos sus hijos».

Reflexión:
Es imposible que podamos agradar a todos. El mismo Jesús fue un signo de contradicción. Lo importante no es, como decimos en el lenguaje coloquial, actuar para la tribuna o tener contentos a todos. Si actuamos así, seremos como una veleta movida por el viento del qué dirán. Nosotros estamos llamados a actuar siempre en armonía con nuestra fe y, por tanto, cada acción que hagamos debe tener como intención agradar solo a Dios. La pregunta que debemos tener presente es la siguiente: ¿esto que yo voy a hacer agrada al Señor? Cumplamos con radicalidad nuestra misión de ser testigos de Cristo, en el mundo, y no busquemos el aplauso de aquellos que viven según las modas del momento o están seducidos por las diversas ideologías dominantes. Lo que de verdad importa es que el Señor esté contento con nuestra forma de vivir.

Jueves 17 de septiembre
San Roberto Belarmino, obispo y doctor

Evangelio de Lucas 7, 36-50:

“En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro, lleno de perfume, y colocándose detrás junto a sus pies, comenzó a llorar y con sus lágrimas le mojaba los pies, se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora». Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió: «Dímelo, maestro». Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?». Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo, ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque ha amado mucho; pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados». Los demás invitados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz»”.

Reflexión:

Nos encontramos con dos actitudes diferentes frente a Jesús: el fariseo que se cree impecable y la mujer llena de pecados. ¡Qué diferencia entre ambos! El fariseo juzga de manera severa pensando que es impecable. La mujer pecadora no deja de llorar sus miserias. El fariseo es frío y distante con el Señor. La mujer pecadora expresa su cariño hacia Aquel que le está brindando misericordia. El fariseo se quedó con sus pecados. La mujer salió liberada de sus miserias, gracias a la acción liberadora de Jesús. ¿Dónde estamos nosotros? Nos hace bien imitar a la mujer pecadora en ese dolor de corazón, tan necesario para experimentar el perdón de Dios. Quizá nosotros no tengamos las lágrimas físicas de esta mujer, pero sí debe llorar el corazón al tomar conciencia de nuestras fragilidades. Al mismo tiempo, no perdamos de vista que esas lágrimas se convertirán en una profunda alegría, pues experimentaremos que el perdón de Jesús es más grande que nuestros pecados.

Viernes 18 de septiembre
XXIV Semana del Tiempo Ordinario

Evangelio de Lucas 8, 1-3:

“En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del
reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes”.

Reflexión:

El Evangelio de hoy nos habla de las mujeres que formaban parte del grupo de los discípulos del Señor. Jesús trae consigo una revalorización de la mujer. Esto fue revolucionario para una sociedad machista, donde la mujer era vista por debajo del varón. Pero para Jesús, la mujer tiene la misma dignidad que el varón y, además, a lo largo del Evangelio, la mujer aparece como portadora de una misión importante para la vida de la Iglesia. ¡Cómo no valorar la labor de la mujer en la Iglesia! En sus diferentes vocaciones, ya sea como casada, soltera o consagrada, las mujeres muestran una delicadeza peculiar en su trato con el Señor y en la comunicación del Evangelio. Benditas mujeres, comenzando por María, que a lo largo de la historia han mostrado el rostro femenino de la Iglesia.

Sábado 19 de septiembre
San Genaro, obispo y mártir

Evangelio de Lucas 8, 4-15:

“En aquel tiempo, se reunieron alrededor de Jesús mucha gente y al pasar por los pueblos otros se iban añadiendo. Entonces les dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, una parte de la semilla cayó al borde del camino, la pisaron, y las aves del cielo se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo la ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Entonces le preguntaron los discípulos: «¿Qué significa esa parábola?». Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, solo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios. Los que están al borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y arranca la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la tentación fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto gracias a su perseverancia»”.

Reflexión:
Un punto concreto que podemos meditar, sobre el Evangelio de hoy, viene a ser la recepción que estamos haciendo de la Palabra de Dios. Jesús nos explica, con claridad, el significado de la parábola del sembrador. Él es el sembrador y la semilla es la Palabra de Dios. ¿Cómo acogemos esa semilla? ¿Qué tipo de destino para esa semilla es nuestro corazón? En primer lugar, convendría que nos cuestionásemos si de verdad estamos creyendo que al acudir a los textos sagrados Dios nos habla. Quizá nuestra relación con la Escritura es la misma que con cualquier texto. Es bueno que, en este mes de la Biblia, examinemos nuestro contacto con la Palabra de Dios, puesta por escrito y que proclamamos siempre en la celebración litúrgica.

Domingo 20 de septiembre
XXV del Tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 19, 30-20,16

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar trabajadores para su viña. Después de contratar a los trabajadores por un denario al día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo, y les dijo: “¿Por qué están aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los trabajadores y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así los últimos serán los primeros y los primeros los últimos»”.

Reflexión:

La lógica del Reino de los cielos no solo nos sorprende, sino que exige de nosotros salir de nuestros esquemas estrechos. La parábola del Evangelio de hoy no aprueba la lógica matemática, porque el Señor nos está hablando de una realidad que no puede ser explicada, perfectamente, con categorías humanas. El Reino de Dios siempre supera cualquier explicación humana. Para el Reino, lo importante no es la cantidad, expresada en las horas de trabajo de los jornaleros, sino la calidad que, para Dios, es la santidad. A más santidad, más gloria en el Reino. No interesa si vivimos muchos o pocos años, lo que interesa es si los hemos vivido con el Señor. Lo importante no es cuánto hago, sino cómo lo hago, de cara a Dios. Además, la forma en que Dios premia, es decir, retribuye a los trabajadores del Reino, no debe ser entendida como la contabilidad humana. La retribución eterna de Dios sobre los justos es una realidad inimaginable, un estado de felicidad indescriptible (cf. 1 Co 2, 9).

Lunes 21 de septiembre
San Mateo, apóstol y evangelista

Evangelio de Mateo 9, 9-13:

“En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre
llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”, que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores»”.

Reflexión:

El encuentro entre Jesús y Mateo, o Leví, nos lleva a reflexionar sobre el llamado misericordioso que el Señor nos hace a nosotros, pecadores. En la época de Jesús, los publicanos tenían la fama de pecadores y era por dos motivos. Uno de ellos era porque trabajaban para los romanos cobrando los impuestos, por tanto, eran considerados traidores. El otro motivo era que, por lo general, eran corruptos y cobraban de más. Sin embargo, todo ello no fue obstáculo para que Jesús llame a Leví y le cambie la vida. El Señor dice, con claridad, que no ha venido por los justos, sino por los pecadores y no debemos olvidar que todos nosotros somos pecadores. Quien se considera justo y no pecador está diciendo que no necesita de Jesús. Mateo, el pecador, correspondió a la mirada misericordiosa de Jesús, se levantó y lo siguió con radicalidad. Hoy es santo.

 

Martes 22 de septiembre
San Mauricio, mártir

Evangelio de Lucas 8, 19-21:

“En aquel tiempo, la madre y los hermanos de Jesús fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». Él les contestó: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica»”.

Reflexión:
Los verbos son fundamentales para vivir, familiarmente, con Jesús. ¿Cuáles son? Escuchar y actuar. Lo primero es escuchar la Palabra de Dios. Hay que dejar que cale en lo profundo de nuestro corazón y, para ello, necesitamos reservar siempre un momento de silencio, de modo que profundicemos en esa Palabra que es más cortante que una espada de doble filo (Hb 4, 12). Y escuchar lleva a actuar. Es lo que Jesús nos dice al señalar que debemos «ponerla por obra». De la escucha de la Palabra pasamos a plasmarla en nuestra vida cotidiana. Si, por ejemplo, la Palabra de Dios me habla de la pobreza, tengo que concretarla en una vida sobria y desprendida. O si la Palabra me indica que tengo que perdonar siempre, tengo que plasmarla en erradicar el rencor de mi vida.

Miércoles 23 de septiembre
San Pío de Pietrelcina, religioso

Evangelio de Lucas 9, 1-6:
 
“En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco lleven dos túnicas. Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel sitio. Y si no los reciben, al salir de aquel pueblo sacudan el polvo de los pies, como testimonio contra ellos». Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando el Evangelio y curando enfermos, por todas partes”.

Reflexión:

Jesús envía a sus apóstoles y les deja dos tareas concretas: proclamar el Reino de Dios y curar a los enfermos. Nosotros también estamos enviados por el Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, a proclamar que hay un Reino que no es de este mundo. Es el Reino de la verdad y de la justicia, es el Reino de la paz y de la caridad. Cada bautizado debe ser portador del Reino de Dios que Jesús ha inaugurado, aquí en la tierra, pero que aún no ha llegado a su consumación. Al mismo tiempo, estamos enviados a curar a los enfermos. ¿Cómo entender esto? Nosotros tenemos la unción del Señor para curar a quienes están tristes contagiándoles la alegría del Evangelio. Curamos a los desorientados comunicándoles el mensaje de Cristo. Curamos a quienes viven la enfermedad de la soledad siendo una mano amiga, que les hace sentir la ternura de Dios. En fin, desde Cristo hay muchas formas de curar.

Jueves 24 de septiembre
Nuestra Señora de la Merced

Evangelio de Lucas 9, 7-9:

“En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de ver a Jesús”.

Reflexión:
Herodes quería ver a Jesús, pero ¿para qué? Herodes no quería ver a Jesús para descubrir en Él al Mesías, prometido por los profetas, sino porque simplemente quería saciar su curiosidad. Quizás esperaba ver una especie de ser extraordinario que hacía prodigios. La intención que tenía Herodes sobre Jesús era torcida. Había escuchado de aquel galileo que predicaba con autoridad y se decía que hacía milagros, por eso se preguntaba ¿quién es? Nosotros no buscamos a Jesús por curiosidad pensando que nos va a resolver algún problema y nos sacará de un apuro. Los verdaderos discípulos de Jesús desean establecer un vínculo profundo con Él, es decir, una relación viva marcada por la fe y el amor. Busquemos a Jesús con la intención de compartir nuestra vida con Él.

Vienes 25 de septiembre
San Cleofás; Santa Aurelia

Evangelio de Lucas 9, 18-22:

“Una vez que Jesús estaba orando solo, en compañía de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas». Y él les preguntó: Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías de Dios». Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día»”.

Reflexión:
Debemos acudir a cuatro escuelas. para poder responder a la pregunta de Jesús: ¿quién dicen ustedes que soy yo? La primera escuela es la oración personal, que nos lleva a conversar con el Señor y poder tener así sus mismos sentimientos (cf. Flp 2, 5). La segunda escuela es la que nos lleva a los sacramentos, los cuales nos hacen participar de la vida divina (cf. 2 P 1, 4), en especial, debemos acudir a la confesión y a la eucaristía. La tercera escuela es meditar en el Evangelio, pues solo podemos conocer a Jesús si nos metemos en los pasajes que nos relatan su vida y su predicación. La cuarta escuela es la devoción a María. Ella nos ayuda a dejarnos guiar por Jesús y a aceptarlo radicalmente en nuestra vida. En la escuela de María aprendemos a tratar a Jesús.

Sábado 26 de septiembre
Santos Cosme y Damián, mártires

Evangelio de Lucas 9, 43b-45:

“En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Oigan bien esto y no lo olviden: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres». Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no podían comprenderlo. Y les daba miedo preguntarle acerca de esto”.

Reflexión:

Dice el Evangelio que Jesús, en un contexto de admiración de la gente por Él, les dice con claridad a sus discípulos que será entregado en manos de los hombres. Jesús es sincero con quienes le siguen, les está anunciando lo que le espera. En efecto, estas palabras expresan la pasión y la cruz del Señor, pero para los discípulos serán oscuras porque ellos pensaban en un Mesías victorioso. Por tanto, les era impensable creer que el Ungido del Señor iba a pasar por la humillación de la crucifixión. Nosotros, que somos discípulos de Jesús, no debemos escandalizarnos ante la cruz. Seguir a Cristo, caminar con Él y compartir su vida exige estar convencidos de que también debemos pasar por la cruz.

Domingo 27 de septiembre
XXVI del Tiempo Ordinario

Evangelio de Mateo 21, 28-32:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». Contestaron: «El primero». Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él»”.

Reflexión:
 Jesús les dice a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. La razón la encontramos a lo largo de la vida pública de Jesús. ¿Quiénes acogieron el mensaje del Señor? Fueron los grandes pecadores como Zaqueo, la samaritana, la mujer pecadora, el buen ladrón, etc. Ellos consideraron sus miserias y aceptaron el perdón misericordioso que Jesús les ofreció y se convirtieron de verdad. En cambio, los dirigentes religiosos, en su gran mayoría, pusieron un muro a las palabras del Señor y, por eso, no se convirtieron. Ellos se creían impecables. Con la parábola de los dos hijos aprendemos la importancia de la conversión. Aquel hijo, que al inicio le dice a su Padre que no irá a donde le manda, pero luego recapacita y va, nos enseña la importancia de rectificar. Mientras estamos vivos, siempre podemos convertirnos, siempre es posible desandar lo mal andado y, con la gracia de Dios, transitar por el único camino que es Cristo.

Lunes 28 de septiembre
San Wenceslao, mártir

Evangelio de Lucas 9, 46-50:

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante. Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. Porque el más pequeño de ustedes es el más importante». Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu Nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir». Jesús le respondió: «No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes está con ustedes»”.

Reflexión:
Hoy, el Evangelio nos presenta la actitud sectaria de Juan, quien se opone a un hombre que hacía una acción buena, porque no era del grupo. Jesús corrige la actitud de Juan y nos da una lección. No debemos ser sectarios, sino más bien estamos llamados a reconocer todo lo bueno, verdadero y bello que percibimos en los demás, aunque no tengan la misma fe de nosotros. Santo Tomás de Aquino afirmaba que el bien, venga de donde venga, viene del Espíritu Santo. No olvidemos que la Iglesia que fundó Cristo es católica, es decir universal, por tanto, no es una secta. Tomemos conciencia de que formamos parte de una comunidad ungida por el Espíritu Santo y que está abierta siempre a reconocer y fomentar todo lo noble que realizan los hombres, independientemente de la cultura o la religión.

Martes 29 de septiembre
Ss. Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Evangelio de Juan 1,47-51:

“En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí viene un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higüera crees? Has de ver cosas mayores». Y añadió: «Les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre»”.

Reflexión:
Hoy celebramos la fiesta de los santos arcángeles. San Miguel, quién como Dios, es el protector de la Iglesia y es invocado en la lucha contra el diablo. Acudamos a él para pedirle que nosotros, los miembros de la Iglesia, no nos dejemos seducir por Satanás, padre de la mentira. San Gabriel, fuerza de Dios, es quien comunica a María que había sido elegida para ser la Madre de Dios. Acudamos a este arcángel pidiendo que nos ayude a acoger siempre el Evangelio, que es la Buena Noticia. San Rafael, medicina de Dios, fue quien guió y cuidó a Tobías en su viaje. Pidámosle que nos ayude para que nunca nos desviemos del único camino que debemos transitar y que se llama Jesús.

Miércoles 30 de septiembre
San Jerónimo, presbítero y doctor

Evangelio de Lucas 9, 57-62:

“En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, uno le dijo: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Los zorros tienen madriguera y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia». Jesús le contestó: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el reino de Dios»”.

Reflexión:   

Hoy, en el Evangelio, encontramos dos exigencias concretas para seguir a Cristo. En primer lugar, está la pobreza. Quien desea seguir a Cristo, con radicalidad, debe tener en cuenta que sigue a Aquel que no tenía dónde reclinar la cabeza. Por tanto, es incoherente seguir a Cristo y acumular bienes materiales, desordenadamente. Seguir a Cristo implica, necesariamente, considerarlo como nuestra verdadera riqueza. La segunda exigencia es colocar a los familiares en su debido lugar. No se trata de no amarlos o de olvidarse de ellos, sino de poner a Jesús como el Amor que da sentido a todo amor hacia nuestros parientes. Jesús no admite competidores, pero cuando nos entregamos a Jesús, Él hace que amemos de verdad a los demás, comenzando por los de nuestra casa.
 
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