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1EDUCAR EN SEXUALIDAD.
CUERPO Y SEXO SIN AMOR.
-Por pbro. Enrique Fabbri, sj*-

La adolescencia es una temática que nos interpela y nos interesa a todos, especialmente por la vulnerabilidad en la que vive en la actualidad. El sacerdote jesuita Enrique Fabbri, antes de partir a la casa del Padre, nos dejó unos valiosísimos escritos sobre el tema, que no podemos dejarlos pasar. Llama la atención la actualidad con que se abordan los temas, siendo que se escribieron cerca de 2015, nos brindan mucha luz sobre la materia y son una invitación para reflexionar y actuar. Para el provecho de todos, iremos publicando la totalidad del texto, pero dividido en breves temas o títulos cada mes.

¿CUÁNDO Y CÓMO EDUCAR EN LA SEXUALIDAD?
CUERPO Y SEXO SIN AMOR

2En esta sociedad consumista y hedonista se ve al cuerpo como un objeto puramente material en el cual el sexo ha de ser satisfecho de tal manera que no se lo dañe por no tomar medidas de seguridad. Se lo hace así solamente sede e instrumento de placer robándole toda finalidad personalizante. Sólo queda una corporeidad “funcional” y hedonista, pero alienada y reducida a un aparato físico-funcional. Los “mass-media”, la publicidad y la literatura erótica, por lo general, sólo se interesan en presentar una imagen del hombre como un ser capaz de dolor y de placer y de cómo evitar lo primero y lograr lo segundo, sin interesarse en mostrarle una categoría de valores que lo introduzcan e integren en el genuino lenguaje del amor y en su responsabilidad social frente al bien común 1. Es en esta visión cientificista empapada de positivismo y contaminada de utilitarismo individualista, donde se pretende buscar su justificación: “En este fundamento materialista y mecanicista se apoyan la cultura de lo efímero y la subcultura de la pornografía” 2.

Al “egotizar” la sexualidad encerrándola puramente en la fijación de dar placer a la excitación erótico-genital, cualquiera ella sea, se la ha encadenado en un infantilismo psicológico que impide al sujeto socializar su sexualidad y lo privatiza de tal manera que lo incapacita para descubrir la función social de la misma. Pierde así, al no alcanzar su madurez, la facultad de situar su existencia sexual en la historia y descubrir y asumir un modelo de comportamiento acertado que contribuya a la construcción y mantenimiento de una sociedad que se pueda considerar públicamente madura.

¿Se logra este objetivo si se dejan de lado realidades institucionales que señalen apropiados parámetros dentro de los cuales se puede hablar de un sexo maduro que respeta y asume los vínculos socio-sexuales que contribuyen al bien común de la misma sociedad? 3.

3Mientras se pretenda mantener como modelo de educación sexual un planteo de mera información que se empeña en separar el sexo y la vida afectiva, del amor y de la procreación, el ser humano se encontrará en un callejón sin salida. Es absurdo, inmaduro y hasta generador de patologías privilegiar el impulso sexual por sí mismo en vez de plantear la madurez del mismo en una dimensión relacional y social. Con claridad y firmemente afirma Anatrella: “Para las creencias contemporáneas, todo es posible en el campo sexual. Por lo tanto, la sexualidad no se presenta siempre como una modalidad de la relación humana, sino como una búsqueda angustiosa de placer. Si el placer es legítimo cuando es fuente de relación, favorece, sin embargo, la desunión si trata de imponerse como único objetivo. Muchas orientaciones, en la reflexión social, corren el peligro de favorecer el temor al sexo y provocar su desvalorización” 4.

El sexo se ha educado rectamente cuando ha aprendido a hacerse lenguaje del amor 5. Entonces uno ama y es amado por el valor personal y original que cada uno/a ofrece al otro/a. En tal etapa el sexo busca, desea, estima, ama al otro/a porque tiene un sentido que plenifica integral y armónicamente a ambos. Un sexo así vivido favorece la vida social y hace de la persona una “intérprete colaboradora de la obra creativa de Dios” 6.

4Todo el mundo deplora el síndrome del SIDA y al sentirse amenazado por él se esfuerza en tomar serias cautelas de defensa que se sintetizan en la frase “secure sex”, sexo seguro. Pero, a pesar de todo, la epidemia no retrocede porque la gran mayoría no quiere prestar atención a un síndrome mucho más peligroso, causa principal de que el anterior siga vigente y virulento. Es el SIDA del espíritu que impide y bloquea a gran parte de la humanidad actual para formarse en el sentido integral de la sexualidad humana y responder a sus exigencias para que se eduque como lenguaje del verdadero amor y no se convierta en la imagen deprimente y grotesca de la inmadurez y en una patología sexual con sus deplorables consecuencias corporales, psíquicas y espirituales.

No se pueden esperar “milagros” si se vive en una cultura que propone concepciones desviadas del varón, de la mujer, del ejercicio de la sexualidad, de las relaciones entre los sexos… El hombre común es expuesto a una tentación de la que fácilmente se contagia. Y así se van derrumbando desde lo más íntimo del mismo los valores sobre los cuales subsiste una sociedad digna del hombre: el amor, la educación, el sexo… Al oscurecer el verdadero sentido de esos valores se cae en su banalización al ser devorados por un individualismo narcisista que convierte la libertad en libertinaje.

5Es urgente, por lo tanto, detenerse y reflexionar para decidirse a afrontar y orientar todos estos “nuevos planteos morales” dentro del cuadro de una antropología integral de la persona, como lo afirma Juan Pablo II al terminar su encíclica sobre El esplendor de la verdad: “Como puede verse, en la cuestión de la moralidad de los actos humanos, y particularmente de la existencia de los actos intrínsecamente malos, coincide en cierto sentido la cuestión misma del hombre, de su verdad y de las consecuencias morales que se derivan de ello. Al reconocer y enseñar la existencia del mal intrínseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a la verdad íntegra sobre el hombre, al que respeta y cuya dignidad y vocación promueve. En consecuencia, debe rechazar las teorías expuestas más arriba, que son contrarias a esta verdad. Sin embargo, es necesario que nosotros, venerables Hermanos en el Episcopado, no pongamos nuestro empeño sólo en exhortar a los fieles sobre los errores y peligros de algunas teorías éticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo. En El, que es la verdad (cf. Jn.14,6), el hombre puede, mediante los actos buenos, comprender plenamente y desarrollar perfectamente su vocación a la libertad obedeciendo a la ley divina, que se compendia en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Es lo que ocurre por la fuerza del don del Espíritu Santo, Espíritu de verdad, de libertad y amor. El nos da el poder de interiorizar la ley y verla y respetarla como un dinamismo de la verdadera libertad personal: «la ley perfecta de la libertad» (Sant.1,25)” 7.

6Es imposible pretender la constitución de familias psíquicamente maduras, si no se educa a las nuevas generaciones en el sentido profundo de la maternidad y la paternidad y se les da luces, estímulos y ayudas para que sepan asumir su responsabilidad sexual. Cuando fallan las bases antropológicas y éticas de la sexualidad, poco o nada se puede esperar de las futuras familias para el bien integral y armónico de la humanidad. Con gran energía afirma el mismo Juan Pablo II: “Sería un error considerar la progresiva disolución de la familia como un fenómeno inevitable, que acompaña casi automáticamente el desarrollo económico y tecnológico. Al contrario, el destino de la familia está confiado, ante todo, a la conciencia y al compromiso responsable de cada uno, a las convicciones y a los valores que viven dentro de nosotros. Por tanto, es preciso dirigirse siempre, con confianza suplicante, a Aquel que puede cambiar el corazón y la mente de los hombres” 8.

Cuando en la vivencia del sexo, él y ella se sienten llamados a unirse en sus cuerpos por su vida conyugal están llamados en su vocación a superar el dualismo del sexo en la trinidad del amor: ser siempre fecundos sea en un sentido natural, sea sobrenatural, porque el amor es trino o muere. Fecundidad que no pide siempre un nuevo hijo, pero que se proyecta a nivel preconsciente, por la forma profunda, delicada y “juguetona” con que se vive el encuentro corporal, a ser un misterioso principio de renovar en la vida, que redunda en beneficio de la convivencia familiar y social en la que ambos cónyuges viven. Hacen crecer en la vida y el amor, en lo que de ellos depende, el entorno social en donde se mueven. Ejercen lo que se llama la paternidad integral.

 

-La nota continúa en la publicación de Familia Cristiana del mes que viene, con el tema "¿Cuál es la base primaria de la relación varón-mujer?".

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Notas:

1. Son profundamente serios sobre este tema los dos editoriales del diario LA NACIÓN: La televisión destructiva (31/10/02) y La TV deforma y la escuela resiste (24/11/02). Lo mismo el artículo de S. KOVADLOFF, La siembra de la ignorancia en la Revista de LA NACIÓN del 10/11/02, págs. 30-31 y Los chicos como consumidores, notas de LA NACION (11/06/03), pág. 17, 1ª sección.

2. Mons. E. SGRECCIA, La corporeidad: una clave de lectura en Familia et Vita, n. 1 (1996), pág. 14. Ver E. FABBRI, Cuerpo, lenguaje del espíritu, Guadalupe, Bs. As., 2004; y Los chicos como consumidores, notas de LA NACIÓN del 11/06/03, pág. 17, 1ª Sección.

3. Ver T. ANATRELLA, Le sexe oublier, ed. Flammarion, París, 1990 (Hay edición española, Sal Terrae, Santander, 1994). En ese planteo absurdamente reductivo puede afirmar el sexólogo W. H. MASTERS: “Un instante de reflexión es suficiente para ver claramente que el orgasmo, tanto del varón como de la mujer, es una cuestión totalmente egocéntrica” (Citado por T. Anatrella en Los modelos sexuales contemporáneos y las orientaciones actuales de la educación sexual, Familia et Vita, n. 1, 1996, pág. 23).

4. Los modelos sexuales contemporáneos…, Familia et Vita, n. 1, 1996, pág. 38.

5. “El amor humano abraza también al cuerpo y el cuerpo expresa igualmente el amor espiritual. La sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona” (Consejo Pontificio de la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, 8/12/95, n. 3).

6. C. Vaticano II, La Iglesia en el mundo contemporáneo (GS), n. 50.

7. El esplendor de la Verdad, n. 83.

8. Alocución al II Foro de las Asociaciones Familiares Italianas, 27/06/98. Sobre la concepción reduccionista y deformante sobre la sexualidad que hoy se proclama en muchos ambientes, ver R. ZAPPALÀ, Note di antropologia della sessualità, La Famiglia, n. 190 (1998), págs. 7-19.

 
*Enrique Fabbri fue sacerdote de la Compañía de Jesús (Jesuita), licenciado en Filosofía y en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Continuó sus estudios en Inglaterra, Suiza y Bélgica. Se especializó en Antropología de la sexualidad, la pareja humana y la familia. Autor de numerosos libros y artículos. Fue decano de la Facultad de Teología de la Universidad del Salvador y director del CIAS (Centro de Investigación y Acción Social). Ha dado conferencias y cursos en el país (Argentina) y fuera de él. Falleció en 2015.
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