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1ADOLESCENCIA Y SEXO.
PROPUESTAS EDUCATIVAS DESDE LA FE
-Por pbro. Enrique Fabbri, sj*-

La adolescencia es una temática que nos interpela y nos interesa a todos, especialmente por la vulnerabilidad en la que vive en la actualidad. El sacerdote jesuita Enrique Fabbri, antes de partir a la casa del Padre, nos dejó unos valiosísimos escritos sobre el tema, que no podemos dejarlos pasar. Llama la atención la actualidad con que se abordan los temas, siendo que se escribieron cerca de 2015, nos brindan mucha luz sobre la materia y son una invitación para reflexionar y actuar. Para el provecho de todos, iremos publicando la totalidad del texto, pero dividido en breves temas o títulos cada mes.

ADOLESCENCIA Y SEXO. PROPUESTAS EDUCATIVAS DESDE LA FE

2Frente a la situación actual de los jóvenes, sin lugar a duda desconsoladora, preocupante y amenazadora para el próximo futuro, es lógico que nos preguntemos, sobre todo si somos padres, educadores, catequistas, qué podemos y debemos hacer. La propuesta se hace difícil no sólo por lo complejo que es su elaboración, sino también porque nos sentimos aparentemente una minoría y nos queda la impresión que hay que plantear estas cuestiones en un contexto social que se muestra superficial e indiferente y no se interesa en valorarlas. La difusa masificación del ambiente incita a asumir como modos de proceder normales, lo que la mayoría acepta sin ningún esfuerzo de valoración crítica. Pero es un derecho y obligación ineludible para todos los que tenemos una misión intransferible en la formación humana y cristiana de la generación de nuestros niños y adolescentes asumir con seriedad y confianza la problemática propia en la educación sexual de los mismos.

Frente a todos los problemas que pueda tener el y la adolescente es importantísimo seguir el sabio consejo que da el cardenal Martini: “Los problemas humanos se afrontan humanamente, cultivando las características cualidades humanas de la valentía, de la generosidad, del paciente estudio científico, de la educación austera, de la libertad responsable, de la dedicación que debería ser incondicional y, por tanto, hasta de la apertura al misterio.

3Una sociedad que elimina los problemas de manera expeditiva y artificial y no cultiva las cualidades arriba enumeradas es una sociedad inexorablemente condenada a la decadencia” 1.

Por eso veo altamente conveniente proponer una serie de reflexiones y actividades para cumplir a conciencia con nuestras responsabilidades:

a) Promover encuentros de todo tipo para reflexionar seriamente sobre estos temas y buscar apropiados cauces de acción.

Tanto las acciones de gobierno, las reacciones y actitudes de la opinión pública, como las otras alternativas que presentan organismos e instituciones de todo tipo, propio de estas sociedades pluralistas, han de ser examinadas, analizadas y sometidas a una crítica serena y fundamentada. El mejor modo de prevenir comportamientos inadecuados y despropósitos de todo calibre y asumir lo que aparece valedero y digno de ser tenido en cuenta es que estos grupos capaciten a sus miembros en la toma de posiciones libres, responsables y eficaces.

b) Dar a la educación de la afectividad y la sexualidad una primordial importancia en la evolución psicológica de nuestros hijos.

4Desde mi propia experiencia puedo afirmar que éste es uno de los temas que más inquieta y preocupa a nuestros adolescentes y jóvenes. Tales temas brotan espontáneamente de labios de muchachos y chicas cuando se encuentran con educadores y animadores de grupos que les inspiran suficiente confianza. Entonces, por lo general, preguntan sin ningún reparo. Quieren llegar a la verdad de estos temas. A menudo la culpa está en los adultos que por falta de síntesis vital y/o conceptual rehuimos proponerlos o tocarlos. Esto se comprueba sobre todo en los padres. ¿Cuántos son los que saben informar a sus hijos al entrar en la pubertad sobre el sentido y, sobre todo, la finalidad del despertar de su genitalidad: en sus excitaciones, sus curiosidades, sus atracciones primerizas entre los sexos, etc., asumiendo el padre la sana iniciación sexual de sus hijitos y la madre, la de sus hijitas? Y cuando llegan a la adolescencia, ¿sabe el padre trasmitir a sus hijas adolescentes cuál es la imagen que él tiene de la mujer, y la madre a sus hijos adolescentes qué es lo que ella considera un varón bien logrado en su sexualidad? 2 Y se podrían dar otros muchos ejemplos 3.

5Esto exige, sin duda, cualidades especiales para tratar con los jóvenes; personalidad madura, equilibrio psíquico, pedagogía aplicada, experiencia religiosa. Hay que saber abrirles a los adolescentes y a los jóvenes horizontes que les permitan integrar la sexualidad en la persona y vivir comprometidos solidariamente con el mundo que les rodea y les pide respuestas adecuadas. Es ésta una exigente tarea porque no es fácil la integración amorosa de la sexualidad en la personalidad de chicas y muchachos, tanto en su proyección hacia el futuro como en la forma de llevarla a cabo. En efecto, ha de hacerse lenguaje maduro del amor y no palabrerío balbuceante de inmadureces, egoísmos, cretinismos y patologías, y esto exige mucha calidad y calidez, comprensión, ternura y paciencia de parte de padres y educadores 4. Y esto se podría lograr más plenamente cuando al esfuerzo de padres y educadores, para pensar rectamente sobre el sexo y querer vivirlo como lo piensan, se agreguen medios públicos que ayuden y promuevan esos sanos propósitos.

c) Situar la crisis actual de la sexualidad dentro de la crisis más amplia y profunda de la “crisis de la personalidad”.

Al joven moderno se le hace difícil sobrevivir como hombre integral y pleno respirando el aire malsano de una cultura ambiental que paraliza y anestesia su crecimiento con los “slogan” de una seudo libertad para los sentimientos, una desenfocada cultura del cuerpo y una diversión masiva y despersonalizada. Se presenta como modelo el de un hombre “quebrado, demolido, fragmentado” porque vive sin perspectiva del fin y el sentido último de su vida 5.

6Estas crisis culturales se reflejan en los comportamientos masivos de amplios grupos humanos y causan desconciertos y desorientaciones a las corrientes de adolescentes que van desembocando en el gran mar de la pública convivencia de los hombres. Estos desafíos han de ser afrontados para darles una respuesta que vaya satisfaciendo y tranquilizando los anhelos de verdad y de libertad que gimen por lograrse en el corazón de todo hombre, sobre todo en aquéllos que comienzan a querer ser independientes, los adolescentes. Urge, por lo tanto, educarles su espíritu crítico para que puedan apreciar cómo muchas cosas socialmente admitidas, sobre todo por los medios de comunicación social, como buenas, impiden en la práctica la realización personal en la misma verdad, justicia, libertad y amor. Esto supone el esfuerzo concomitante por mejorar o cambiar por parte de los poderes públicos y comunidades de padres y educadores bien organizados, las estructuras socioeconómicas y culturales en donde los jóvenes hacen su experiencia de integrarse en la sociedad civil.

Es un sinsentido afrontar estos problemas afirmando que no tienen importancia y que ya pasarán con el correr del tiempo. Peor aún si se los deja de lado como si no existiesen, como sucede cuando las tensiones sexuales exacerbadas por la precoz y publicitada promiscuidad y por la pornografía se resuelven con la permisividad sexual.

Los problemas humanos se afrontan humanamente cultivando y promoviendo los profundos valores de la convivencia sexuada que suponen una educación austera, una libertad responsable, una paciente consulta a las ciencias del hombre, una generosa dedicación a las exigencias del verdadero amor 6. Una sociedad que se duerme en la práctica de estas disciplinas de la mente y del corazón es una sociedad condenada inexorablemente a la muerte.

7Para los cristianos el asumir tal actitud es una exigencia de la novedad y originalidad de su fe. Todo lo que es verdaderamente humano es cristiano, pues no puede haber humanidad nueva si no hay hombres nuevos que se comprometen en la dinámica de su fe y de su Evangelio a hacer “todas las cosas nuevas”. Por eso nuestra formación moral, la educación de la conciencia cristiana y la modelación sistemática de los aspectos más importantes de la vida cristiana han de obtener un puesto insustituible en la catequesis, en la predicación, en la enseñanza teológica de nuestros colegios y universidades 7.

d) Presentar la sexualidad como algo que afecta a toda la persona de quien recibe su sentido como lenguaje del amor.

Se llega a una suficiente madurez de la sexualidad cuando ésta se integra armónicamente dentro de la estructura del ser humano: lo psicofísico, lo afectivo, lo relacional, el proyecto de vida, la entrega oblativa, la fidelidad gratuita, la fecundidad responsable, la paternidad social, etcétera. Esto sólo es posible, si se encara una reflexión antropológica seria que resitúe la ética dentro de un campo de valores y fines personalizantes y que permita el logro de una visión unitaria y “holística” (es decir totalizante) del sentido de la persona humana. Cuando la sexualidad se abre a la verdad, la justicia y la solidaridad descubre siempre la presencia del amor que la ilumina y la guía y a quien se supeditan todas las pulsiones, excitaciones, atracciones y emociones del deseo y placer de la misma.

8Y cuando aparece el amor, allí ya comienza la operación divina que penetra y eleva esa realidad humana con su gracia para que todo se viva según el amor con que el Padre nos ha amado en su Hijo Jesucristo. Amor llamado por la teología con el término griego ágape. Por eso lo que comúnmente llamamos castidad es una fuerza del corazón humano, que le viene como un don de Dios cuya misión es salvaguardar el amor como el dinamismo básico de la persona y de las relaciones humanas. Esta visión de la castidad como don de Dios y tarea humana implica una catequesis y una teología que haga resaltar el sentido del cuerpo humano como exteriorización de la persona, miembro de Cristo por el bautismo y templo del Espíritu de donde brota todo amor.

Nuestros adolescentes han de ser progresivamente ayudados a encontrar por sí solos el significado de las cosas y un sentido de la vida desde donde unificar todos los aspectos de su existir. Han de asimilar aquellas prácticas y conductas que les ayuden a orientar todos sus esfuerzos vitales para descubrir y vivir, sin desalientos frente a sus momentos de debilidad, todo ese riquísimo mundo de los signos y símbolos mediante los cuales se manifiesta el verdadero lenguaje del amor.

9Han de ser estimulados a querer aprender a amar de una forma madura de donde brotan sus sazonados frutos que son sus acertados comportamientos corporales. No se supera el egoísmo, que deshumaniza a los demás y a uno mismo, sin esfuerzos bien orientados y motivaciones profundas; pero sólo así logran una paz y una felicidad inalcanzables para un corazón carcomido por una enfermiza búsqueda de su propio placer. En síntesis no se puede llegar a comprender el sentido de la sexualidad y penetrar en su misterio si nuestros adolescentes no reciben y no aceptan un sano proceso de preparación consciente para aprender a ser persona y amar de acuerdo con su dignidad de seres humanos 8. Nada importante se improvisa en la vida. Somos responsables de nuestro vivir cotidiano, pues allí aprendemos –o no– a dominar nuestro futuro en donde, –al ir éste haciéndose presente– se podrá calibrar la calidad de nuestros comportamientos éticos y nuestros compromisos vocacionales de por vida. Y ojalá el juicio de la sana posteridad pueda decir de nuestros jóvenes de hoy: he aquí hombres cabales que se han realizado plena y armónicamente en el amor.

e) Situar los criterios y actitudes sexuales en el horizonte del Reino de Dios para iluminar con la Palabra de Cristo el misterio de la sexualidad.

10Los padres y educadores cristianos han de capacitarse para poder mos­trar que los sanos comportamientos sexuales que proponen a hijos y educandos de ambos sexos no sólo valen por sí mismos, sino por ser iluminados y valorados por la Palabra de Dios, tanto en el Antiguo Testamento como, sobre todo, en el Nuevo 9.

Allí aparece con plena fuerza el ideal evangélico de un amor univer­sal y singular al mismo tiempo que gobierna todos los gestos del cuerpo sexuado para expresar a los otros de una manera concreta, el deseo de ayudarlos a realizarse como personas, ya se casen o permanezcan célibes 10.

Hay que esforzarse por mostrarles a los adolescentes que lo que ellos muchas veces llaman amor, porque así lo oyen y ven proponer por los medios masivos de comunicación social, es un amor egoísta, esclavo de un erotismo cerrado en sí mismo. Este se consume con rapidez porque no sólo no une a las personas, aunque se entreguen por sus cuerpos, sino que las conduce a un vacío y a una frustración, indefinidamente compensadas con nuevas sensaciones que se mueven y agitan en un círculo vicioso. Uno evoca aquí sin querer los infernales círculos de condenados de la Divina Comedia del Dante.

11El ideal evangélico del amor expresado por el cuerpo es globalizante y radical y vive de un profundo dinamismo que siempre busca el bien real del otro, aunque nunca lo logre del todo. La realización humana según la fe cristiana sobre el amor y el sexo está en su entrega plena a la gloria de Dios y al bien de los hombres como dos realidades indisolublemente unidas 11. Se trata de despertar este ideal en nuestros adolescentes y estimularlos con medios apropiados para que puedan vivir lo propio de la ética cristiana en su conducta sexual.

f) Comprender la psicología en evolución de los/las adolescentes que a primera vista muestran comportamientos aparentemente contrapuestos.

Padres, educadores y catequistas se encuentran con personalidades en gestación psicoevolutiva con todas las variantes y fluctuaciones de ese proceso. Comúnmente muestran talantes lábiles que solamente se van afirmando si encuentran ambientes cálidos y acogedores en sus familias y en sus colegios. Esto pide personalidades educadoras que sepan conjugar la claridad expositiva, la comprensión profunda de la psicosociología juvenil y la exigente propuesta del ideal evangélico que aparece inseparablemente unido a la misericordia, que comprende y perdona las limitaciones y debilidades de los hombres. Sólo una relación personal de ayuda con cada uno de los/las adolescentes como cauce cálido y cordial para orientar su afectividad y comportamientos sexuales puede servir para que ellas y ellos aprendan a asumir sus vidas y personalicen su fe.

12Hay que alentarlos al logro de un conocimiento interno del Señor Jesús, de su Madre y de su obra para que se “enamoren” profundamente de su persona y lo sepan seguir de palabra y con sus obras. Allí está la fuente para descubrir y vivir el amor auténtico que se expresa por un sexo librado de todas sus ataduras egoístas. Así podrán comprender existencialmente que a su edad la virtud de la castidad es posible cuando se la internaliza como un valor, se ponen los medios para guardarla y se cuenta con la ayuda del Señor.

g) Insistir en que los mass‑media muestren y promocionen la dimen­sión social de la sexualidad.

Nadie niega que los comportamientos son en gran parte propuestos y disimuladamente impuestos en los ambientes en donde se mueven y agitan la convivencia y actividades de los hombres. Este mecanismo opera en forma creciente en la estructura e infraestructura de los diversos ambientes y se va asimilando de tal manera que puede llegar a convertirse en un modelo ideal. Y en esto los medios masivos de comunicación social (m.c.s.) tienen un influjo primordial.

13Lo que aquí está en juego es la imagen de la sexualidad que se quiere presentar como modélica al hombre común. Antes no abundaban los m.c.s. y el tema del sexo se lo veía como tabú, se lo rodeaba de una conspiración de silencio y cuando se hablaba se lo encaraba de una manera puritana y rigurosa. Hoy, esos medios, con el pretexto muchas veces de una mejor información y educación, hacen de la sexualidad una realidad meramente biológica, demasiado necesitante, puramente placentera en donde toda forma de actuación sexual parece tener el mismo valor, donde priman criterios sociológicos, –lo que hace la mayoría como lo moral­mente aceptable– sobre los humanistas y éticos. Todo se reduce a técnicas, a conocimientos anatómicos, a encuestas sociológicas, pero cada uno queda libre para actuar como le parezca. Poner límites o hablar de nor­mas es estar aprisionado por prejuicios. No interesa educar para el dominio y el control de las pulsiones, para la disciplina, para el amor y la ternura, para el respeto a la dignidad de la persona, sobre todo de la mujer, para la fidelidad del cariño. Pero sus consecuencias son, a la corta o a la larga, deletéreas: al caer en este “liberalismo” absoluto el fenómeno sexual ya no sería signo de progreso, sino de retroceso y deshumanización.

14Aquí se ha de hacer sentir la sana presión de una opinión pública res­ponsable, asumida, sobre todo, por familias que respetando la libertad exigen el velar a nivel público por la salud integral en la sexualidad de sus hijos. No se trata de imponerse con reivindicaciones absurdas y trasnochadas y menos de exigir desconsidradamente la intervención compulsiva del poder público. Hay que aprender a denunciar con claridad y buen fundamento todos los intereses políticos y económicos que se esconden bajo esas campañas y anunciar con planteos relevantes por escrito, por imágenes y oralmente los valores superiores del sexo puesto al servicio del verdadero amor entre el hombre y la mujer.

Es así uno de los deberes fundamentales de las familias bregar sin puritanismos ni miedos absurdos, para que los representantes públicos logren una legislación adecuada para evitar todas aquellas manifestaciones de la sexualidad y el erotismo que se quedan únicamente en la epidermis de la sexualidad y hacen del cuerpo de la mujer y del varón un solo objeto de publicidad y comunicación seductora.

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En nuestro mundo actual donde frecuentemente se reduce la sexualidad a biología y el amor a sensaciones epidérmicas, y donde tan fácilmente se promocionan las relaciones humanas y los productos por el camino del erotismo y la disimulada pornografía, ofrecer a nuestra adolescencia nociones, estímulos y medios para ser dueños de su sexualidad y vivirla orientada al amor como compromiso de vida es un testimonio necesario y urgente. El mundo de los hombres y la Iglesia de Dios necesitan chicas y muchachos fuertes de espíritu y limpios de corazón para que sus cuerpos sexuados reflejen la belleza de toda la creación y de su Autor.

15La nueva evangelización nos lleva por este camino: ver a Cristo en todo hombre y ver a Cristo como arquetipo de todo hombre. En este tipo de hombre se han de manifestar todos los rasgos del hombre verdadero capaz de reconciliarse consigo mismo y de asumir su historia. Hay que vivificar –como en la profecía de Ezequiel (37,1‑14)– los huesos calcinados y dispersos de jóvenes que viven de tal manera ajenos a su propia identidad que terminan por menospreciarla y olvidarla.

Por eso, ante todo, hemos de trabajar para situar y “reencarnar” a los jóvenes en su auténtica humanidad sexuada y devolverles las líneas maestras de su ser desde la luz, la vida y el amor que brotan del Espíritu: el agua que purifica y la sangre que redime, alimenta y alegra.

Confiemos en nuestros jóvenes que pueden darnos la esperanza de construir un mundo mejor del que les hemos dejado en herencia. Ellas y ellos pueden mostrar para bien de la humanidad la grandeza de su corazón que se juega por el amor y se niega a dar libre curso a los “instintos” egoístas que rebajan y destruyen al hombre.

Y esperemos que por nuestra oración y nuestro trabajo nunca se produzca en nuestra patria ese desgarrante pronóstico del cardenal Newman: “Llegara el tiempo en que sólo quede la Iglesia para defender al hombre y a la cultura”.

 

-La nota continúa en la publicación de Familia Cristiana del mes que viene, con el tema "Cuándo y cómo educar en la sexualidad".

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Notas:

1. Card. C. MARTINI, Por los caminos del Señor, Paulinas, Bogotá, 1987, pág. 334.

2. Aquí es de gran importancia el trato estimulador de cada progenitor con su hijo del otro sexo hecho de persona a persona. Este diálogo deja excelentes frutos en el corazón de los hijos. Dice el Informe para el Consejo Británico de las Iglesias:“Mucho queda por aprender y comprender respecto a los procesos de desarrollo que hemos descrito. A veces parece que el sexo y el amor se desarrollan por separado e irregularmente y sólo cuando ambos se funden está preparado el joven para el matrimonio. La capacidad de amor intensifica los sentimientos sexuales y el instinto sexual se convierte en hambre de algo más allá de lo sexual, en un deseo de la compañía continua e íntima de la persona amada, la búsqueda de alguien que llene mejor las necesidades afectivas, a la vez conscientes e inconscientes. La joven que ha conocido la seguridad y una vida feliz de hogar y ha amado a su padre, tenderá a repetir el ejemplo de sus padres y a buscar a alguien que se parezca a su padre. EL joven cuyas relaciones con sus padres hayan sido íntimas y afectuosas, inconscientemente buscará a alguien que se parezca a su madre. Sus ideas de la función que cada uno ha de desempeñar en la vida conyugal estarán, de ordinario, de acuerdo con las que cada uno ha conocido y en las que se ha educado”,Sexo y Moralidad, Mester Ediciones, Madrid, 1968, pág. 71.

3. Como dice Carlos DÍAZ USANDIVARAS: “En una sociedad blanda se privilegia el bienestar y la armonía en el presente más que los logros del futuro. Pero el futuro llega y con él toda la frustración y la violencia que poluciona hoy a nuestra sociedad”, revista CIAS, n.393, junio 1990, pág. 229.

4. El documento de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano, lo dice acertadamente: “Para ayudar al adolescente a sentirse acogido en una comunión de caridad y liberado de su cerrazón en sí mismo, el educador `debe despojar de todo dramatismo el hecho de la masturbación y no disminuir el aprecio y benevolencia al sujeto; debe ayudarlo a integrarse socialmente, a abrirse e interesarse por los demás, para poder liberarse de esta forma de autoerotismo, orientándose hacia el amor oblativo, propio de una afectividad madura; al mismo tiempo lo animará a recurrir a los medios recomendados por la ascesis cristiana, como la oración y los sacramentos, y a ocuparse en obras de justicia y caridad” (n. 100).

5. Así describe esta situación la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española:“Se desarraiga la persona humana de su naturaleza e, incluso, se contrapone a ambas, como si la persona y sus exigencias pudiesen entrar en pugna con la naturaleza humana y con los valores y leyes insertas en ella por el Creador. De esta manera, el hombre se concibe a sí mismo como artífice y dueño absoluto de sí, libre de las leyes de la naturaleza y, por consiguiente, de las del Creador y trata de determinar su realidad entera sólo desde sí mismo. Pero al intentar escapar del alcance de estas leyes y normas, es decir, de la verdad que en ellas se encierra, el sujeto viene a ser presa de su propia arbitrariedad y acaba por verse aprisionado por graves servidumbres (cfr. Le 19)”, n. 24, revista Criterio, n. 2070, (23.5.91) pág. 238.

6. Ver a este respecto: E. FROMM, El arte de amar, Paidós, Buenos Aires y V. FRANKL, La voluntad de ser, Herder, Barcelona, 1988. También, Scott PECK, Una nueva psicología del amor, Emecé, Buenos Aires.

7. Conviene volver a leer la exhortación pastoral de Juan Pablo II sobre La enseñanza de la catequesis,sobre todo cuando se habla de los adolescentes y los jóvenes, (n.38 y 39). Dicen los Obispos españoles: “El deterioro ético de nuestra sociedad y el respeto a la fe del Pueblo de Dios exigen de todos, especialmente de los sacerdotes, catequistas y profesores de Religión o de Teología moral, que nos esforcemos en llegar a la unidad de criterio y de acción acerca de aquellos valores objetivos claramente señalados como permanentes por el magisterio auténtico de la Iglesia. Las normas que ésta ha propuesto como obligatorias deben ser fielmente enseñadas y aplicadas; en cambio, lo que es opinable y discutible, debe presentarse como tal”. “La verdad os hará libres”, n.55; revista Criterio, n.2073, (11.7.91) pág. 343.

8. Ver E. FABBRI: Alegría y trabajo de hacerse hombre, Guadalupe, Buenos Ai­res, 1991.

9. Ver E. FABBRI, “Hacia una pastoral de la realidad sexual”, revista CIAS, n.287 (octubre 1979), págs. 55‑71.

10. Genialmente Erich FROMM llamó a este amor sexuado “amor fraternal” y lo describió como “la clase más fundamental de amor... Es el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto a cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida...”; El arte de amar, Paidós, Buenos Aires, 1960, pág. 56.

11. Dicen en el mismo documento los Obispos españoles: La vida cristiana es nueva creación; no sólo producto de la propia voluntad o esfuerzo, sino resultado, sobre todo, de la acción de Dios en Cristo por la fuerza recreadora de su Espíritu. La resurrección de Jesús ha introducido en el corazón de la historia una nueva forma de existencia con sus motivaciones y finalidades propias, que está más allá de las posibilidades humanas y de los condicionamientos de raza, cultura y condición: “Revestíos del hombre nuevo creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. (Ef. 4,24) (n.46). Revista Criterio, n. 2071, (3.6.1991), pág. 274.

 
*Enrique Fabbri fue sacerdote de la Compañía de Jesús (Jesuita), licenciado en Filosofía y en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Continuó sus estudios en Inglaterra, Suiza y Bélgica. Se especializó en Antropología de la sexualidad, la pareja humana y la familia. Autor de numerosos libros y artículos. Fue decano de la Facultad de Teología de la Universidad del Salvador y director del CIAS (Centro de Investigación y Acción Social). Ha dado conferencias y cursos en el país (Argentina) y fuera de él. Falleció en 2015.
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